John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 21
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Capítulo 21

Khyak khyak khyak... Esa era la llamada que había estado esperando, la llamada de alarma de los langures.

Arrancó el jeep y avanzó con sigilo por la pista.

Al doblar una curva, vieron un grupo de chitales en alerta, todos con la vista fija en una dirección, hacia la maleza del lado izquierdo de la pista, mientras en los árboles la tropa de langures gritaba: khyak khyak khyak...

Observaron, mirando nerviosos hacia la maleza hasta que, de repente, los ciervos se dispersaron y Charlotte le agarró el brazo, expectante.

John preparó la cámara, a la espera, recorriendo con la mirada el espeso follaje que había frente al jeep.

Entonces, el guía susurró con apremio, señalando hacia la maleza:

—¡Ahí, señor!

Al principio, John no vio nada; entonces Charlotte ahogó un grito cuando apareció, primero la cabeza, que oteó la pista en ambas direcciones antes de salir a campo abierto.

Era magnífico: una hermosa bestia de rayas naranjas y negras, con la cola moviéndose perezosamente de un lado a otro mientras se detenía en mitad de la pista y los miraba con curiosidad.

No sentía miedo; era, al fin y al cabo, el rey de la selva, cómodo en su posición en la cima de la cadena alimentaria.

Bostezando con desgana, cruzó la pista, con sus gigantescas zarpas pisando suavemente la arena antes de desaparecer en la selva del otro lado.

Charlotte se volvió hacia John y lo abrazó, con lágrimas en los ojos, sin aliento por la euforia.

John no podía creer lo que acababa de ver.

Ningún documental de naturaleza en la tele podría haberlo preparado para la visión de un tigre en su hábitat natural.

Estaba atónito. Pasó un minuto o dos antes de que se diera cuenta de que no había sacado ninguna foto.

Ahora John esperaba de nuevo, aunque esta vez el objetivo de la vigilancia era un tipo diferente de depredador.

Había aparcado el vehículo al final de la calle, escondido detrás de otro coche y bajo un gran árbol del fuego.

Oculto a la sombra, estaba seguro de que su presa no podría verlo.

Cogió la cámara y, mirando por el visor, enfocó la cancela. La cancela de la casa de Surya Patil.

Era un juego de paciencia, pero cada vez que un hombre entraba o salía por la cancela, le sacaba una foto a la cara, con el objetivo al máximo zoom, capturando su imagen a la perfección.

Había preparado un sándwich y un par de botellas de agua, previendo una larga espera.

A pesar de la sombra, dentro del coche seguía haciendo un calor sofocante, pero no quería encender el motor y el aire acondicionado por miedo a llamar la atención, así que bajó un poco las ventanillas y soportó el calor, contento de haber elegido ropa ligera.

La casa era un hervidero de actividad, con un flujo constante de visitantes que buscaban los favores de Surya Patil entrando y saliendo por la cancela durante todo el día.

Después de cinco horas, había sacado cientos de fotos.

Eran más de las siete de la tarde y estaba cansado y hambriento.

Hacía mucho que se le había acabado el agua y había recurrido a orinar en la botella en lugar de marcharse en busca de un baño.

Estaba a punto de recoger cuando vio que las dos hojas de la cancela se abrían y un Mercedes Clase C blanco salía y giraba en su dirección.

John agarró la cámara y preparó el objetivo mientras se hundía en el asiento trasero para evitar que lo vieran.

Cuando el coche pasó bajo una farola, pudo sacar varias fotos de sus ocupantes a través del parabrisas: el conductor, su acompañante sentado a su lado y otro joven en el asiento trasero, inclinado hacia delante entre los dos asientos delanteros.

Todos se reían de un chiste compartido y no eran en absoluto conscientes de la presencia de John y su coche.

Aun así, se agachó mientras el coche pasaba a su lado.

Luego se asomó por encima del asiento trasero y observó cómo el Mercedes llegaba al final de la calle y giraba a la derecha.

John abrió la puerta y pasó al asiento del conductor, arrancó el motor y salió, haciendo un cambio de sentido para ir tras el Mercedes.

Mantuvo la distancia, quedándose lo más atrás posible sin perder de vista el vehículo.

Por suerte, a esa hora de la tarde el tráfico hacia la ciudad era más ligero, y la mayor parte iba en dirección contraria.

Siguió al coche más allá de Windsor Manor Circle y por la Golf Course Road.

En el siguiente semáforo, estiró el brazo hacia atrás, cogió la cámara del asiento trasero y la colocó en el del copiloto, a su lado, lista para usarla.

El Mercedes pasó por delante del estadio de críquet Chinnaswamy antes de girar a la izquierda en M.

G. Road. En el cruce con Brigade Road, giró a la derecha y, poco después, otra vez a la derecha para entrar en la más estrecha Church Street.

John redujo la velocidad y se detuvo a un lado mientras el Mercedes paraba frente a un bar.

Cogió la cámara y disparó sin parar mientras los tres hombres se bajaban y el conductor le entregaba las llaves a un aparcacoches.

Los hombres subieron los escalones del bar, saludando al portero y dándole una palmada en el hombro.

John comprobó que las fotos se veían nítidas y la dejó en el asiento a su lado.

No estaba muy seguro de qué hacer a continuación, pero sentía que tenía suficientes fotos para empezar.