Capítulo 20
J ohn conducía con cuidado por la pista de tierra embarrada y llena de baches que llevaba al barrio de chabolas de Laxminagar.
Aunque llevaba el nombre de la diosa hindú de la riqueza, por algún motivo, esta se había olvidado de la zona a la hora de repartir sus bendiciones.
A cada lado se alineaban cabañas de una sola planta, hechas de adobe y hormigón, separadas de la pista por una cuneta llena de un líquido negro y estancado.
John redujo aún más la velocidad cuando dos niños cruzaron la vereda corriendo descalzos mientras empujaban con un palo el neumático de una bicicleta.
Unas gallinas picoteaban enérgicamente en la tierra antes de dispersarse ante la proximidad de su todoterreno.
Una mujer con un voluminoso camisón estaba sentada en el umbral de su puerta, secándose el espeso pelo negro al sol.
Levantó la vista con curiosidad cuando él pasó, y luego volvió a desenredarse el pelo con los dedos.
John observó cada casa con atención. Solo había pasado por allí una vez, así que tenía que concentrarse para encontrar la que buscaba.
Al sentir que estaba en la zona correcta, encontró un pequeño terreno despejado ocupado por un rebaño de cabras hambrientas que pastaban cerca del armazón oxidado de un rickshaw abandonado y se detuvo a un lado.
Al salir, miró a lo largo de la calle antes de acercarse a una señora que estaba sentada en el umbral de su puerta, quitando piedras de una cesta de mimbre con arroz.
—¿Sanjay? —preguntó, suponiendo que allí todos conocían a sus vecinos.
La mujer lo miró con curiosidad antes de señalar la siguiente chabola con la mano que tenía libre.
—Al lado.
—Gracias.
Ella asintió con la cabeza, sonriendo, y observó cómo John se daba la vuelta y caminaba hacia la pequeña casa que le había indicado, seguido por un grupo de críos que se reían entre dientes. John les dedicó una sonrisa antes de llamar a la puerta de madera y esperar.
La puerta se abrió con un crujido, y la esposa de Sanjay, Pournima, apareció en el umbral; la expresión de sorpresa de su rostro no tardó en convertirse en una sonrisa de bienvenida.
—Señor, entre, por favor. —Le hizo un gesto para que entrara y se apresuró a quitar un montón de ropa doblada de una silla de plástico mientras John se descalzaba en la puerta—. Por favor —dijo, señalando la silla—. Sanjay está al llegar.
John entró y se sentó mientras Pournima cogía un teléfono móvil destartalado y marcaba. Tuvo una rápida conversación en el idioma local, de la que John solo entendió su nombre.
—Sanjay está al llegar —repitió antes de desaparecer tras una puerta cubierta con una cortina. John oyó el trajín de ollas y sartenes y supuso que era la cocina.
La habitación era pequeña pero estaba limpia, escasamente amueblada con un televisor sobre un soporte de plástico en una esquina y una pila de sillas de plástico contra una pared.
No había más muebles, pero junto a la puerta de la cocina, adosado a la pared, había un pequeño templo de madera del que ascendían finos hilos de humo en espiral de dos barritas de incienso encendidas.
La habitación olía a sándalo y a flores.
Otra puerta con cortina conducía a lo que John supuso que era el único dormitorio.
A través de la cortina entreabierta, pudo ver a una niña pequeña que dormía sobre una manta en el suelo.
La puerta principal se abrió y Sanjay entró corriendo, con cara de preocupación, ligeramente sin aliento, con manchas de humedad en las axilas y un brillo de sudor en la frente.
—Señor, bienvenido a mi casa. —Sanjay le estrechó la mano a John con nerviosismo, obviamente no acostumbrado a la visita de su antiguo jefe.
—Un momento, señor.
Sanjay se metió a toda prisa en la cocina, y John pudo oír una conversación en voz baja con Pournima. La cortina se descorrió y salieron ambos, con los rostros radiantes. Pournima llevaba una bandeja con té humeante y un plato de galletas.
—Por favor, señor, tome un poco de té. —Sanjay le hizo un gesto a Pournima para que se adelantara, y John cogió una taza de acero con té y un par de galletas. Le dedicó una sonrisa de agradecimiento a Pournima y luego se volvió hacia Sanjay.
—¿Cómo están sus niñas?
—Muy bien, señor —asintió con entusiasmo, con el rostro lleno de alegría al pensar en sus hijas. Señaló hacia el dormitorio—. Geetanjali está durmiendo y Saumya está en el colegio. Gracias, señor.
John asintió y sorbió el té mientras Sanjay y Pournima permanecían de pie, observándolo.
Levantó la vista hacia Sanjay, luego hacia Pournima y de nuevo hacia Sanjay.
Este pareció entender y le susurró algo a Pournima, que asintió y, tras sonreírle a John, abrió la puerta principal y salió, dejándolos solos.
John dio otro sorbo al té excesivamente dulce y pensó por dónde empezar. Dejó la taza en el suelo junto a su silla y miró a Sanjay a los ojos.
—Sanjay, ¿cree que podría identificar a los otros hombres?
—No estoy seguro, señor. —Paseó de un lado a otro por la habitación—. Señor, puedo describírselos, pero ya lo hice para la policía y no sirvió de nada.
John pensó un momento.
—Tengo una idea, Sanjay. Le prometo que no volveré a molestarlo después de esto, pero ¿me ayudará al menos a identificar a los implicados?
Sanjay dejó de pasear y bajó la vista hacia sus pies, pensativo. John no dijo nada, dándole tiempo para que lo sopesara. Cogió la taza, sorbió el té y se terminó la segunda galleta.
Sanjay levantó la vista.
—Usted y la señora siempre fueron buenos conmigo.
Pagaron mis facturas del hospital y me siguen pagando ahora aunque ya no trabajo para ustedes.
—Hizo una pausa y miró hacia la puerta del dormitorio antes de continuar—: Pero tengo miedo, señor.
Mucho miedo. —Volvió a bajar la mirada, debatiéndose en una decisión interna.
Hizo una pausa y luego levantó la vista con una nueva determinación reflejada en el rostro—. Lo ayudaré, señor.