John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 19
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Capítulo 19

I gual que la víspera, unos golpes en la puerta sacaron a John de su neblina etílica. Se frotó la cara y miró el reloj. Eran las siete, fuera estaba oscuro, y dentro también, pues John no se había molestado en encender las luces.

Se encontró al inspector Rajiv en el umbral, vestido de paisano.

—¿Puedo pasar, señor Hayes?

John se hizo a un lado, sin decir nada, y mantuvo la puerta abierta.

Rajiv entró y esperó, sin saber adónde ir.

John pasó a su lado hacia el salón, encendió la luz del techo y se sentó en el sillón.

Rajiv lo siguió, echando un vistazo a las cajas de cartón, y sus ojos recorrieron fugazmente la botella de ginebra medio vacía en el suelo, junto a la butaca.

Él se sentó en el otro sillón. John se sirvió otra copa y levantó la mirada hacia Rajiv de forma interrogativa.

Rajiv negó con la cabeza.

—No, gracias.

John tomó un buen trago de ginebra y lo apuró, pero apenas le servía para mitigar la sensación de impotencia. Permanecieron en silencio; John, con la vista fija en el vaso; Rajiv, sentado en el borde del asiento.

Rajiv se aclaró la garganta.

—Señor Hayes, sé que las cosas han sido extremadamente duras para usted. No puedo ni imaginar lo que se siente al perder a alguien a quien amas.

John no dijo nada, se limitó a mirar el vaso que sostenía.

—Señor Hayes, ¿puedo hablar con usted extraoficialmente?

John asintió.

—He investigado todo lo que he podido durante los últimos meses, pero me he topado con un muro —hizo una pausa, respiró hondo y continuó—. Creo que podría usted tener razón sobre este hombre. Sunil Patil tiene fama de meterse en líos. Pero no tenemos nada que lo vincule con lo que pasó.

—El coche es suyo —rompió John su silencio por fin.

—Sí, pero se denunció el robo del coche.

—Qué conveniente —dijo John sin esforzarse en ocultar la amargura de su voz.

Rajiv suspiró.

—Creo que me tomaré una copa.

John señaló la botella con un gesto.

—Sírvase usted mismo, hay un vaso en la cocina.

Rajiv fue a por un vaso, se agachó para coger la botella y se sirvió un poco de ginebra.

Se acercó a la ventana antes de dar un sorbo, haciendo una mueca ante el sabor desconocido, y miró hacia la oscuridad.

John lo observaba, estudiando su reflejo en el cristal, esperando a que continuara.

Rajiv parecía preocupado, su rostro, un torbellino de emociones encontradas.

Rajiv dio otro sorbo a su bebida, pareció tomar una decisión y se giró para mirar a John.

—Señor Hayes, nunca podré atrapar a los que hicieron esto.

Si es el hombre que usted dice, tiene muy buenos contactos en la política; su padre es un ministro importante del gobierno estatal.

Muniappa no hace nada sin el permiso de líderes políticos como él.

Si empiezo a husmear cerca de este hombre, puede estar seguro de que me trasladarán de esta comisaría en menos de una semana —suspiró, cruzó la habitación y volvió a sentarse en el sillón.

—Esta gente es intocable, lamento decirlo.

Se me parte el corazón y va en contra de todo en lo que creo, en contra de todo lo que aprendí en la academia de policía.

Pero la realidad es dura. No hay justicia para gente como usted, señor Hayes.

Vivimos en un sistema gobernado por los ricos y poderosos.

Se quedaron en silencio un momento, con el peso de las palabras de Rajiv gravitando en la estancia.

Al cabo de un rato, John habló.

—¿Y qué se supone que haga? ¿Quedarme de brazos cruzados y dejar que los asesinos de Charlotte se libren?

Rajiv se quedó mirando su vaso antes de vaciarlo de un trago largo.

—Me temo que es todo lo que puede hacer, señor Hayes. Lo siento de veras —Rajiv se puso de pie y miró a John—. Señor Hayes, por favor, sé que es duro, pero olvídelo. Siga con su vida. Empiece de cero —miró las cajas a su alrededor—. Quizá en otro lugar.

John no respondió, no lo miró; tenía los ojos llenos de lágrimas. Rajiv lo observó un instante, luego se dirigió a la puerta, dejó su vaso vacío sobre la mesita del recibidor y salió.

John esperó hasta oír cerrarse la puerta y entonces dio rienda suelta a sus emociones: las lágrimas se convirtieron en sollozos y se acurrucó en el sillón, con el cuerpo sacudido por el dolor.

Lloró y lloró hasta que no le quedaron más lágrimas.

Una vez agotado el pesar, el dolor en su pecho se transformó en rabia.

Rugiendo de frustración, arrojó el vaso contra la pared y lo vio hacerse añicos mientras los restos de la bebida goteaban por la pared.

No podía dejarlo así. No huiría como un cobarde. Le debía a Charlotte asegurarse de que sus agresores fueran castigados, y si el sistema no lo hacía, entonces tal vez él tuviera que encontrar otra manera.

—¡No te fallaré, Charlie!