Capítulo 10
L a inactividad y la espera lo estaban frustrando.
No saber dónde estaba, si se encontraba bien o no, lo hacía sentir impotente, menos hombre.
No solo no había sido capaz de protegerla, sino que además no tenía ni idea de cómo recuperarla.
Debería haberse quedado en casa, en la vieja y segura Inglaterra, donde conocía el idioma y donde las cosas funcionaban como él estaba acostumbrado.
Aquí ni siquiera sabía por dónde empezar.
Maldijo el día en que decidió aceptar este trabajo.
La reunión que había mantenido ese mismo día con el inspector jefe Muniappa lo había dejado preocupado. Había algo que no encajaba. John no sabía precisar qué era, pero no se fiaba de aquel hombre; estaba seguro de que ocultaba algo, de que no le estaba contando toda la verdad.
El inspector Rajiv, sin embargo, era harina de otro costal.
Irradiaba una confianza serena, parecía un hombre capaz de conseguir resultados.
Durante la reunión había habido una tensión subyacente y John tomó nota mental de preguntarle al respecto la próxima vez que se reuniera con él a solas.
Mientras tanto, lo único que podía hacer era esperar.
Se sirvió otra generosa medida de ginebra del aparador y bebió un buen trago antes de volver a sentarse en el sillón, con la mirada fija en la pared.
El licor solo, el cuarto desde que había vuelto de la comisaría, le calentó la garganta, pero no hizo nada por mitigar el dolor que sentía en el pecho.
Las sombras se alargaban en el jardín mientras el sol se disponía a retirarse, y el día transcurría sin que él se diera cuenta.
John volvió a mirar el móvil, ignorando los mensajes del trabajo, pero no había nada de Rajiv.
La única llamada había sido del guardia de seguridad de la puerta principal para pedirle permiso para dejar pasar a un equipo de noticias de la televisión, petición que él había denegado.
No tenía ni idea de cómo lo habían localizado.
Ojalá la policía fuera igual de eficiente.
Puso el móvil a cargar y le dio otro trago a la copa.
Le vendría bien comer algo, pero la verdad es que no tenía apetito y, de todos modos, le faltaba la motivación para prepararse cualquier cosa.
En lugar de eso, cogió el mando a distancia y encendió la tele, cambiando de canal hasta que se detuvo en uno de noticias.
Era la basura de siempre: un partido político culpando a otro de un sinfín de males, los últimos cotilleos de Bollywood, el rumor de que un jugador de críquet salía con una estrella local.
Al principio no prestó mucha atención, dejando que el ruido lo envolviera, mientras la luz del televisor parpadeaba en la habitación a oscuras.
Solo cuando apareció una foto de un Audi plateado en la esquina de la pantalla, detrás de la presentadora, John se inclinó hacia delante y subió el volumen con el mando.
—La policía está investigando la desaparición de la señora Charlotte Hayes en Bangalore tras un altercado anoche cerca del lujoso barrio residencial de Shivnagar.
La señora Hayes regresaba a casa con su chófer a última hora de la tarde de ayer cuando su coche sufrió un accidente.
Tenemos entendido que cuatro hombres en un Audi A6 plateado la agredieron a ella y a su chófer antes de secuestrar a la señora Hayes.
Se desconoce su paradero actual. La policía está investigando.
Informa Swati Chandrashekar desde Shivnagar.
La cámara pasó a una joven de pie frente a un par de verjas de hierro, mientras un grupo de hombres se empujaba detrás de ella, cada uno desesperado por salir en el encuadre. En la mano izquierda sostenía un gran micrófono, mientras que con la derecha se apretaba el auricular.
—Gracias, Rahul. Anoche, la señora Hayes, una expatriada inglesa, fue agredida violentamente no muy lejos de aquí.
Su chófer se recupera actualmente en el hospital tras recibir una brutal paliza.
Los médicos afirman que su estado es estable, pero que tendrá que permanecer ingresado durante algún tiempo.
Se desconoce el paradero actual de la señora Hayes y se teme que haya sido secuestrada por sus agresores.
Hemos intentado ponernos en contacto con el marido de la señora Hayes, John Hayes, un expatriado inglés que trabaja para un banco extranjero, pero no nos ha sido posible.
Una fuente anónima de la comisaría de Shivnagar afirma que el Audi A6 conducido por los agresores está registrado a nombre de Surya Patil, líder de la Alianza Popular Progresista y diputado de la Asamblea Legislativa, cuya residencia se encuentra detrás de mí.
No ha sido posible contactar con el señor Patil para que haga declaraciones.
Sin embargo, un portavoz del señor Patil afirma que se denunció el robo del coche a primera hora de la tarde de ayer y que no ha sido encontrado. La policía continúa con sus pesquisas.
La cámara volvió al estudio. —Gracias, Swati. Y en otras noticias...
John apagó la tele y se recostó en la silla, mirando la pantalla en negro. Así que sí saben a quién pertenece el coche. Cogió el móvil, buscó el número de Rajiv en la agenda y marcó.
Sonó dos veces.
—Diga.
—Inspector Sampath, soy John Hayes.
—Sí, señor Hayes. Lo siento, pero todavía no tengo noticias para usted.
—Pero acabo de ver las noticias. Han dicho que el coche estaba a nombre de un tal Surya Patil.
El inspector Rajiv no respondió de inmediato.
—¿Hola? —John pensó que se había cortado la comunicación. Oyó un suspiro.
—Sí, señor Hayes, se supone que no es información pública. Este tipo de especulaciones en los medios de comunicación no ayuda en nuestra investigación.
—Pero ¿le pertenece a él? ¿Está implicado?
—Señor Hayes, nuestras pesquisas siguen en curso.
El señor Patil dice que el coche fue robado y, desde luego, no hay ni rastro del vehículo en su residencia.
De todos modos, creo que es muy poco probable que esté implicado.
Es un hombre mayor, muy prominente en la política del estado.
Tiene chófer, un hombre como él nunca conduce, y tendría demasiado que perder haciendo algo así.
Seguimos investigando y le informaré tan pronto como logremos algún avance.
—De acuerdo, por favor, hágalo. Gracias. —John colgó y dejó el móvil sobre la mesa. El inspector Rajiv parecía seguro, pero el instinto de John le decía que algo no iba bien.
¿Habían robado el coche de verdad o era todo una tapadera?
John había pasado suficiente tiempo en la India como para saber que lo que uno veía en las noticias no siempre era la verdad absoluta.
¿Quizá el ministro estaba implicado, a pesar de las negativas?
Era la única pista que John tenía. Tomó una decisión.
Caminó hasta la cocina, abrió el grifo y se echó agua fría en la cara antes de servirse un vaso de agua.
Se sintió más fresco, como si ahora tuviera un propósito.
Estuviera bien o mal, no podía quedarse de brazos cruzados sin hacer nada; tenía que pasar a la acción.
Cogiendo las llaves del coche del cuenco que había junto a la puerta principal, salió con paso decidido.