John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 8
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Capítulo 8

U na vez que el inspector se hubo marchado, John regresó a casa para intentar dormir un par de horas. Estaba agotado física y emocionalmente. No había nada que pudiera hacer por Sanjay, así que lo dejó con Pournima, que estaba sentada a su lado, todavía cogiéndole la mano y rezando.

John entró en casa y lanzó las llaves al cuenco que había junto a la puerta.

La casa se sentía oscura y vacía, como si le faltara el alma.

John se sentía igual. Se quitó los zapatos de una patada y entró en el salón.

A pesar de lo temprano que era, se sirvió tres dedos de ginebra y apuró el vaso antes de volver a llenarlo.

Luego se dejó caer en el sofá, con el vaso en la mano.

No sabía qué hacer, adónde mirar ni a quién recurrir, y seguía culpándose por no haber cuidado de Charlotte.

Tomó otro buen sorbo de ginebra, la removió en la boca antes de tragar y sintió cómo el calor se extendía por su cuerpo.

Reclinándose en el sofá, cerró los ojos.

El efecto del alcohol y la noche en vela se apoderaron de él y cayó en un sueño intranquilo.

Un par de horas más tarde se despertó sobresaltado, sin estar seguro de por qué dormía en el sofá. Le dolía la cabeza y tenía la boca seca. Los recuerdos volvieron de golpe y comprobó si tenía mensajes en el móvil. Nada.

Se levantó despacio, se estiró y luego se arrastró con apatía hasta la cocina.

Abrió el grifo del agua fría del fregadero, se inclinó sobre él y se echó agua fría en la cara, pasándose los dedos mojados por el pelo.

Necesitaba un café. Abrió el armario y sacó la cafetera de émbolo, echó dos cucharadas colmadas de café molido y puso a calentar el hervidor.

Miró hacia el jardín, a las flores que Charlotte había plantado, a la mesa y las sillas que habían puesto bajo la pérgola donde solían sentarse al atardecer, cuando el calor opresivo del día había amainado, compartiendo una copa de vino o un gin-tonic.

Mentalmente, podía verla a ella, riéndose y recogiéndose el largo pelo rubio en un moño improvisado en lo alto de la cabeza para apartárselo del cuello.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y apartó la vista justo cuando el hervidor hizo clic.

Llenó la cafetera de émbolo y dejó que el café se hiciera.

Eran casi las diez, y normalmente a esa hora ya estaría en la oficina.

No se veía con fuerzas para hablar con sus compañeros, así que cogió el móvil y le envió un mensaje a David, su jefe, diciéndole que no iría a trabajar.

No tenía ganas de hablar con nadie y explicar lo que había pasado.

Solo quería que Charlotte volviera. No podía imaginar una vida sin ella.

No sabía qué hacer, tan acostumbrado a tenerla en casa, a sus sonrisas y su risa, al sonido de su voz mientras cantaba para sus adentros al pintar.

Sacó la tarjeta del inspector Rajiv del bolsillo y guardó los datos en el móvil.

Repasó las imágenes de su teléfono, seleccionó algunas fotos recientes de Charlotte y se las envió por correo electrónico al inspector.

Pero tenía que hacer más. Tenía que tomar las riendas de la situación.

No podía pasarse el tiempo sentado esperando.

Tenía que haber algo más que pudiera hacer.

Se sirvió un café y subió a ducharse y cambiarse.

Abrió el agua caliente de la ducha y luego la cambió a fría. La impresión del agua helada lo despertó y le dio energía; eso y el café.

Ya con ropa limpia, bajó y cogió las llaves. Era hora de hacer una visita a la comisaría.