John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 2
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Capítulo 2

— S anjay, déjeme aquí delante.

—Sí, señora —respondió Sanjay antes de poner el intermitente derecho y salir de Vittal Mallya Road para entrar en la marquesina de U.B.

City, un gran complejo comercial de lujo en el centro de Bangalore.

Paró frente a la entrada principal y Charlotte sacó un billete de cien rupias del bolso para dárselo a Sanjay, en el asiento delantero.

—Cómprese algo de comer, Sanjay, voy a tardar un rato. Le llamaré cuando termine.

Sanjay asintió con la cabeza.—Sí, señora, gracias, señora.

—Mantenga el móvil encendido, Sanjay, acuérdese de lo que pasó la última vez que se le agotó la batería y no pude localizarle.

—Sí, señora, hoy está cargado del todo. Llámeme cuando quiera, señora.

Charlotte abrió la puerta y se bajó del coche.

Sanjay era un buen chófer y siempre estaba dispuesto a ayudar, pero tenía la mala costumbre de apagar el móvil o dejar que se le agotara la batería.

La última vez, tuvo que registrar todo el edificio del aparcamiento entero hasta que lo encontró durmiendo en el coche, con el móvil muerto sobre el salpicadero.

Sanjay tenía un trabajo fácil, no lo utilizaban todos los días, pero su joven esposa acababa de tener otro bebé y él andaba más que falto de sueño, recuperándolo en el coche en cuanto podía.

Charlotte pasó por el detector de metales de la entrada del centro comercial y le dio el bolso a la guardia de seguridad para que lo inspeccionara.

La vigilante le echó un vistazo por encima y la dejó pasar con una sonrisa.

Charlotte no entendía para qué servían aquellos guardias; sus controles de seguridad eran, en el mejor de los casos, rudimentarios.

Susan estaba dentro, mirando el móvil, y levantó la vista cuando Charlotte la llamó por su nombre. Se saludaron con un beso al aire y se dirigieron hacia las escaleras mecánicas que subían a la planta de los restaurantes.

Susan también era inglesa, y ella y su marido, Barry, llevaban ya tres años destinados en Bangalore.

Se la consideraba una «veterana» y conocía al dedillo los restaurantes y las boutiques de la ciudad.

Susan había demostrado ser de gran ayuda y un contacto muy útil cuando Charlotte y John se mudaron a la ciudad. Se habían hecho muy buenas amigas.

—¿Qué tal has estado, Charlotte?

—Genial, genial. Acabo de venir de la exposición en Chitrakala Parishath.

—Ah, sí, tengo pendiente ir. ¿Qué tal estuvo?

—Bastante interesante. Muchas obras de artistas locales.

Llegaron al final de la escalera mecánica y salieron a la plataforma antes de girar a la derecha, hacia los restaurantes.

—Sabes, Charlotte, deberías exponer algunos de tus cuadros. Eres tan buena como la mayoría de esos artistas, como mínimo. Estaré encantada de ayudarte a organizarlo.

—No sé, Susan. John también me ha estado insistiendo, pero no estoy segura de que sea lo que quiero hacer.

—Bueno, si cambias de opinión, avísame. Puedo conseguir que vengan muchas de las esposas de los expatriados —dijo Susan mientras llegaban a su restaurante italiano favorito y le decían a la camarera de la entrada—: Para dos, por favor.

La camarera las condujo a una mesa vacía y les entregó las cartas.

—Ahora, cuéntame lo de tu viaje a Ooty.