16
Amy
No había terminado de bajarme de la moto cuando sentí la lluvia de preguntas encima, mi madre y mis abuelos hablaban a la vez, no estaba segura si se referían hacia mi o si se quejaban de mi con mi hermana ¿y ese quién es? ¡Por fin apareció! ¿Que son estas horas de llegar? ¡Llegó la sin casa!
Le había pedido a Jesse que se fuera, no estaba segura si lo que pretendía era evitar la vergüenza de que presenciara la reprimenda que estaba por venirse o si temía por su vida, de igual forma Jesse no me obedeció, quizás era él quien temía que me pasara algo, mi familia no parecía nada feliz de saber que estaba sana y salva, al contrario, daban miedo.
- Doña mentirosa – dijo mi abuela en voz alta – ¿Se puede saber qué hace aquí? Si esta ya no es su casa.
- Ya con hombre te puedes ir a vivir con él, – sugirió el abuelo – ya que no respetan esta casa.
- Ve por tus cosas. – dijo mi madre.
- ¿Qué? – terminé de entrar y Fátima me observó llena de miedo.
- ¡Que vayas por tus cosas! – me gritó mi madre – te lo advertí, – me señaló con el dedo – te lo dije, Amy, que si andabas de piernas sueltas ibas a tener consecuencias, ahora ve por tus cosas.
- Pero mamá, – intente decir. – abuela. – gire el rostro hacia ella.
- No te faltaron ovarios para irte de la casa sin avisar y te quedaron de sobra para abrirle las piernas las piernas a ese hombre.
- Te prometo que no me he acostado con él.
- Seguro pasaron jugando toda la noche, – dijo mi madre con sarcasmo – quién sabe ya cuántas veces lo habrán hecho.
- Pero si así fuera ¿Qué tiene de malo? – pregunté – las parejas tienen sexo y Jesse es mi novio.
Mi abuelo me soltó una bofetada que sentí que me desencajo un diente, no estaba segura, pero la mano de un hombre como él pesaba, era delgado y alto, pero había trabajado con sus manos toda la vida y eso le otorgaba unas manos grandes. En ese momento me dejó aturdida, el dolor me nublo la vista por unos segundos y se encarnó en mi como una punzada que recorría cada músculo de mi rostro, haciéndolo arder fuertemente.
- ¡Ah! – no logré decir nada mas.
- A ver si así dejas de andar de respondona.
Fátima se puso de pie para intentar ayudarme, pero mi mamá interpuso su brazo para evitar el acercamiento, note un ruido detrás de mí, Jesse, Fátima le pidió entre señas que se alejara, él solo lograría empeorar las cosas.
- No te metas Fátima. – le riñó mi madre.
- ¿Tú sabías de esto? – le preguntó el abuelo.
- Ella no sabía. – dije intentando sostener mi mejilla con ambas manos.
- Estoy muy decepcionada, – dijo mi abuela – así no es como te criamos, jamás imaginé que saldrías con esto.
- Pero…
Otra bofetada alcanzó mi otra mejilla, con más fuerza, o con más odio, pude notarlo en los ojos de mi abuelo y esta vez sí me quejé, un pitido comenzó a zumbarme en los oídos, grité, o eso me pareció y la sangre comenzó a correrse por mi boca.
- ¿Que no te bastó con el primero? ¡Que andas de respondona!
- Abuelo. – intentó intervenir Fátima.
Todo pasó demasiado rápido, mi abuelo me tomo de los hombros y me zarandeo, mi mamá dio unos pasos hacia atrás, la distancia le permitió a mi abuelo tomar control de la situación y por un momento pensé: esta no es una reprimenda como cuando estaba niña. Nunca me habían sacado sangre, me habían pegado en la boca, me habían dejado morados en las piernas, pero nunca me habían sacado sangre.
- No te basta con irrespetar esta casa, – me gritó – que te atreves a traerlo.
Noté como mi abuelo se sacó el cinturón del pantalón y fue cuando comencé a tener miedo, me parecía estar temblando, ya la sangre no era lo único que corría por mi rostro, también las lágrimas, di algunos pasos hacia atrás como instinto de supervivencia, escuché a Jesse gritar, pero la puerta estaba cerrada.
- No, – le supliqué – por favor no, te prometo que no he hecho nada malo.
- Mamá, – Fátima tomó del brazo a mi madre – por favor has algo. – ella negó.
- Es mejor que aprenda ahora. – le dijo.
- Mamá, tenemos más de veinte años ¿Qué va a aprender a esta edad?
- ¿Tú también quieres? – le preguntó la abuela a Fátima.
Fátima me observó, estaba al borde de las lágrimas, tan aterrada como yo “todo va a estar bien” le dije con la mirada, solo me van a golpear, pensé, me va a pegar, me voy a recuperar y voy a estar bien, me dije a mí misma. Me tiré al piso lista para recibir los golpes y el primero me alcanzó el brazo, el dolor era peor de lo que recordaba.
- ¡Ay! – grité.
- Pero cuando el gringo ese te estaba cogiendo no gritabas. – dijo mi abuelo.
El segundo golpe se sintió peor que el primero, la faja se le soltó de las manos a mi abuelo, haciendo que la hebilla alcanzara el hueso de mi cadera, me retorcí en el piso en posición fetal, mi abuelo recogió la faja.
- Amy. – escuché a Jesse llamarme.
- Ah, – dijo mi abuelo – creo que él también quiere, negra – le dijo a mi abuela – tráeme el machete, ya le voy a enseñar lo que se lleva por deshonrar a mi nieta.
- ¡No! – grité.
- ¡Mamá! – Fátima estaba en llantos – la va a matar, abuela pídele que pare por favor.
Mi abuelo me soltó una patada en el estómago dejándome sin aire, no me di cuenta en qué momento pasó, pero un líquido se escurrió por mis piernas y solo supe que me había orinado cuando sentí el olor.
- ¡Negra! – mi abuelo gritó de nuevo – ¡El machete!
Mi abuela desapareció, quería moverme, pero el dolor no me lo permitió, me costaba respirar, ver, pensar, eso es todo, me dije a mi misma, voy a morir, quiero morir, nos va a matar a los dos, a Jesse y a mí.
- ¿Por qué dilatas tanto? – preguntó el abuelo.
- No lo encuentro. – gritó mi abuela.
- Muy bien, – dijo él – yo me las puedo arreglar por mi cuenta.
Mi abuelo me tomó por el pelo y me arrastró por la sala, Paco que por lo general dormía de noche comenzó a chillar desde su jaula, ca, ca, ca, ca, chillaba sin parar y agitaba la cabeza mientras se movía de un lado a otro, Fátima corrió tras de mí para auxiliarme, pero mi mamá la retuvo del brazo, ella también tenía miedo.
- Ya vas a ver la paliza que le doy a este. – me dijo.
- Jesse. – logre decir en voz baja.
Mi abuelo me soltó el cabello de repente, haciendo mi cabeza impactara contra el piso con más fuerza, el dolor me dejó aturdida, no era capaz de reconocer que dolía más, mi estómago que aún seguía recuperándose de la patada, el ardor en el brazo o la cadera por la faja o los golpes que me habían dado en la cara, todo mi cuerpo estaba en agonía.
- Amy, – gritó Jesse – voy a llamar a la policía. – amenazó.
- Ya le voy a enseñar cómo se resuelven las cosas acá. – dijo mi abuelo encachimbado. (lleno de enojo).
- No, – supliqué – yo hablare con él, yo le digo que se vaya. – intenté sentarme con la fuerza que me quedaba.
- Se van a ir los dos, – dijo – no quiero verte la cara nunca más, ya no eres mi nieta.
El dolor que me invadía el cuerpo no se asemeja a lo que sintió mi corazón en ese momento, mi alma nunca había se había sentido amenazada como en ese instante, cuando el abuelo me rechazaba por no seguir todas las reglas, pero a mi madre le habían permitido tanto ¿es que no me querían?
- ¡Amy! – Jesse volvió a gritar.
- ¡Vete! – le grite liderada por la adrenalina.
- ¡Ay, pero que románticos! – dijo mi abuelo con sarcasmo – son como Romeo y Julieta, – se burló – a ver si te parece romántico esto.
Otro fajazo me encontró, el cinturón de mi abuelo era de cuero, así que no dudaba que me rompería la piel si me seguía golpeando, grité, y otro golpe me alcanzó, no me dio tiempo de procesar el siguiente, volví a gritar, me va a matar, es lo único que pensaba, y dolía tanto que quería morir, solo quería que acabara.
- Mamá, la va a matar – repitió Fátima – ¿Qué no te duele? Es tu hija.
Mi madre se quedó en silencio, claro que le dolía que la decepcionara y al parecer todas las cosas buenas que hice toda mi vida no habían importado, lo único que le importaba era si le mentí o no, si me acosté con Jesse, traje un título universitario después de matarme cinco años en la universidad con una beca mientras trabajaba, pero eso no importaba ahora.
- No lo encontré, – dijo mi abuela – quién sabe dónde lo pusiste, vas a tener que ir vos por el machete.
Mi abuelo dejó de golpearme, mi cuerpo temblaba, mi abuela se acercó a mí en cuanto él se fue, estaba segura de que ella si sabía dónde estaba el machete y lo terminó escondiendo para que el abuelo no cometiera una locura, solo fingió que no lo encontró, el abuelo gritaba a lo lejos diciendo que todos éramos unos inútiles, ella me levantó del brazo, no fue nada cuidadosa, de hecho, me apretó con fuerza.
- Anda, levántate y deja de temblar, no es para tanto. – me dijo.
- Amy, – Fátima corrió a socorrerme y me ayudó a mantenerme de pie mientras mis piernas temblaban.
- Amy. – gritó Jesse desde afuera.
- Llévala al cuarto a que recoja sus cosas, – dijo la abuela – yo voy a hablar con el hombre.
- No habla español. – le dijo Fátima.
La abuela la aniquiló con la mirada, al instante comprendió que Fátima mintió cuando dijo que no lo conocía y que me había estado encubriendo.
- Ve a hablar con él. – le dijo en voz baja para que el abuelo no escuchara, Paco continuaba chillando – dile que se vaya, si tu abuelo encuentra el machete es capaz de matarlo.
- No se va a ir, – le dijo Fátima – yo creo que es capaz de volver con la policía ¿Qué vamos a hacer? Si la policía ve a Amy.
- Decimos que se cayó. – dijo la abuela como si nada.
- ¿Dónde se va a caer para que la dejen así? – preguntó con incredulidad Fátima – ya tiene la cara hinchada.
- Deja que se la lleve, – sugirió mi madre – mañana le llevarás la ropa y el resto de sus cosas.
Mi corazón volvió a romperse, ni si quiera pensaba que fuese posible que pudiese romperse más, pero así fue, mi madre era capaz de dejarme ir, de mandarme a la calle sin saber si estaría bien o no, Wanda tenía razón, no debería sentir pena por esa mujer, una mujer estúpida y además desalmada, cierto odio y rencor comenzó a crecer dentro de mí.
Te odio, te odio por lo que me hiciste a mí, por lo que le hiciste a Wanda y por lo que Fátima se vio obligada a hacer gracias al miedo que nos inculcaron, te odio por hacernos crecer inseguras, por no usar un maldito condón y traernos a este mundo de mierda, te odio por ser tan hipócrita, pero principalmente te odio por no quererme y haber sido la peor madre del universo.
Fátima me llevó hasta la puerta, mi abuela abrió y Jesse me observó atónito, tenía la boca abierta, me tomó de inmediato entre sus brazos y Fátima le pidió que me llevara lejos lo más rápido posible, entre ambos me apoyaron para subirme a la moto, me senté de lado, Fátima me hace la señal de la cruz y me bendijo antes de irnos, mientras la moto se alejaba me preocupa dejarla sola y lo que podía hacerle el abuelo a ella.
- ¿Qué te hicieron? – me preguntó preocupado a medio camino.
En la oscuridad de la noche dudaba que pudiera ver a detalle los golpes, era mejor así, porque lo que sea que se imaginaba que era mi familia, apuesto a que no esperaba eso y yo contribuí a que pensara que no eran tan malos, porque en mis años de chica buena jamás había recibido un castigo como ese y me preguntaba si verdaderamente valía la pena ¿Valía la pena recibir esa paliza por Jesse?