Jesse's girl 12
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Rick

la primera vez que me quise divorciar teníamos seis meses dentro del matrimonio, ya habíamos tenido discusiones fuertes por cuestiones tontas. Al principio me decía “al menos soy la esposa” y conforme fue pasando el tiempo fue repitiendo “yo quería casarme”, pero pasados los seis meses estaba harto de sus frases de menosprecio, me planteé la idea de decirle “quiero el divorcio, estaba enojado cuando ni si quiera habíamos discutido, porque ella se empeñaba en seguirme la contraria como si su vida se basara en eso.

Una vez, teníamos que reunirnos con unos amigos que no habíamos visto en años, nuestra única oportunidad de verlos, y ella tardaba demasiado en arreglarse, llevábamos una hora de retraso. Odiaba ser su marido en ese momento. Anhelaba desesperadamente mi independencia y mi vida de soltero, no quería depender de nadie; quería ser yo mismo, sin "con" ni "y". Estaba agotado, preguntándome por qué estaba con ella si me molestaba tanto. Pero ser marine te forma como persona. Aprendes a no tomarte nada personal, a ser fuerte en situaciones de mucho estrés.

En ese entonces, no había pensado en cómo sonaría la palabra "divorciado" asociada a mi nombre. Habíamos sido pareja desde que teníamos dieciséis. Cuando me enlisté en los Marines, le sugerí terminar. Sabía que no nos veríamos por un tiempo, pero ella quería esperarme. Teníamos una relación a distancia. Le escribía cartas, la llamaba siempre que podía y pensaba en ella constantemente. Fue difícil, pero ambos nos queríamos y respetábamos la relación, logrando que funcionara.

Después de cinco años juntos, empezó a darme pistas de que quería casarse. Mis padres habían comenzado a salir a la misma edad que nosotros. Yo anhelaba ese tipo de amor para mí. Así que le compré mi primer anillo, un anillo de promesa, porque no tenía ninguna duda de que era la indicada, simplemente no quería casarme tan joven. Debbie se llevaba bien con todos mis amigos, mi familia la adoraba, siempre era educada, sabía cómo ser elegante y dirigir las conversaciones con mucha gracia; todos admiraban su inteligencia, incluso yo.

Cuando dijo que quería estudiar ciencias políticas, nadie se sorprendió. La apoyé, mis abuelos pagaron sus estudios en UCLA y se graduó con honores. En cuanto se graduó, le ofrecieron un trabajo como profesora en la Universidad de Georgetown. No estaba contenta; pensé que era porque deseaba estudiar un doctorado o algo parecido, pero no podía estar más lejos de la verdad.

- Esperaba una propuesta de matrimonio no una de trabajo. – dijo con un tono de decepción.

- Debbie… – no sabía que decir.

- Por mucho tiempo me aferré a este anillo – observó su anillo de promesa – soporté muchos años pensando que quizás me estabas dando tiempo para culminar mis estudios, “un paso a la vez” me decía, pero ya culminé y nada.

- Pensé que querías seguir estudiando. – intentaba no sonar como un imbécil incapaz de saber las necesidades de su pareja.

- La única razón por la que podría seguir estudiando es para seguir justificando que no me hayas pedido matrimonio aún, – podía ver las lágrimas al borde de sus ojos – estoy cansada Ricky, han sido casi siete años ¿Cuánto tiempo más crees que puedo esperar? – me quedé mudo – Si acepto este trabajo podría pagarme yo sola mis estudios, ya no necesitaría el dinero de tu familia.

- ¿Quieres decir…? – se me rompió el corazón.

- Que si no estamos saliendo para casarnos voy a dejarte. – me explicó.

- Debbie… – quería rogarle que no me dejara, en lugar de eso dije – no tomes ese trabajo, sabes que no te valorarán, tú podrías ser la presidente de este país si te lo propones. – ella negó.

- ¿Y tu esposa? ¿Seré algún día tu esposa?

- Lo serás. – le aseguré.

- ¿Vas a proponerme matrimonio?

- No ahora. – me arrepentí de decir eso en cuando vi su rostro.

- Ya no quiero seguir esperando, siento que estás jugando conmigo, yo quiero tener una familia y quiero tenerla ahora, tú como hombre puedes tomarte todo el tiempo del mundo, yo no, yo quiero tener muchos hijos y tú lo sabes, – asentí – si sigo esperando y tú nunca me pides que nos casemos cuando quiera dejarte ya será muy tarde para mí iniciar de nuevo y me quedaré contigo solo porque ya es tarde y seré infeliz, ambos seríamos infelices.

- Voy a pedirte matrimonio, pero este no es el momento, dame tiempo, tú te mereces más que una propuesta a causa de la presión.

- A estas alturas, Rick, ya no me importaría si me propones matrimonio con un anillo de papel en McDonald, – me dice – quiero seguridad.

- Entiendo.

- Te amo Ricky, – “yo también te amo” pensé – por eso voy a rechazar la oferta de trabajo y dejaré que financies mis estudios una vez más, – dice con firmeza – dos años, – me apuntó con el dedo al pecho – te doy dos años para que me propongas matrimonio y si consigo otro diploma antes que otro anillo lo nuestro habrá acabado y no habrá nada en el mundo que pueda persuadirme en mi decisión.

- Entendido. – asentí.

Inmediatamente después de esa conversación fui a hablar con mi padre quien me preguntó si en realidad pensaba en Debbie como la mujer con la que quería pasar el resto de mi vida, cuando dije que sí, me preguntó ¿Entonces por qué seguirlo aplazando? Le pedí un anillo a mi madre, lo llevé a la joyería para que lo moldearan a su medida y para nuestro octavo aniversario hicimos un viaje a New York, y fue en el empire state building que me puse sobre mi rodilla y le pedí que se casara conmigo.

Cuando le conté a Jesse que había contratado una agencia para pedir la mano de Debbie comentó su desacuerdo conmigo, en un principio pensé que estaba celoso porque él era incapaz de mantener la estabilidad que yo tenía y de cierta forma el deseaba.

- Están demasiado jóvenes para casarse. – me dijo.

- La edad no es lo que te cualifica para casarte, – le dije – sino la madurez.

- Que ninguno de los dos posee, – aseguró – ustedes aún dependen del dinero de tus padres ¿Cómo piensan formar un hogar?

- Jesse, sabes que te aprecio como a un hermano, y por lo mismo preferiría que respetaras mi decisión de casarme como yo he respetado tu estilo de vida todos estos años.

- Está bien, – dijo dándose por vencido – si eso es lo que quieres voy a apoyarte.

Irónicamente Jesse fue nuestro padrino de bodas, nos casamos seis meses después en Castello di amorosa en napa valley, y la deuda me duró más que el matrimonio. Pensaba que, porque ya vivíamos juntos, o porque ya habíamos tenidos grandes diferencias y las habíamos solucionado, nuestro amor duraría para siempre y lo solucionaríamos todo, pero, así como vino a mi mente la primera vez la idea de solicitar el divorcio, vinieron muchas otras veces y cada ocasión me dolía más.

La segunda vez que pensé en divorciarnos fue a los ochos meses de estar casado, ella dijo que Jesse y yo no deberíamos de ser amigos porque éramos muy diferentes y que si seguía juntándome con él, terminaría engañándola, la sola idea de que pensara que podía traicionarla me ofendió, jamás había hecho nada para que pensara que podía serle infiel, la amaba y me atraía como ninguna otra, sexualmente estaba complacido, ella me había dejado experimentar a su lado todas las fantasías que se me pasaron por la cabeza.

Jesse ya ni si quiera era bienvenido en mi casa, ella no podía elegir mis amistades ¿No sería mejor el divorcio? Durante los primeros nueve años juntos, tuvimos más buenos momentos que malos, pero después de nuestro primer año de matrimonio íbamos en picada. Debbie y yo queríamos una familia numerosa; lo hablamos, tres hijos. Ella estaba tan enamorada de la maternidad que leyó varios libros sin siquiera estar embarazada.

Nuestro primer hijo iba a ser planeado. Hablamos de todo: desde la religión hasta a qué escuelas asistiría. Consideramos mudarnos a otro estado en cuanto supiéramos que estaba embarazada. Así que, después del primer año, dejamos de usar anticonceptivos, y ahí fue cuando todo se fue al garete. Cada mes que menstruaba era doloroso, cada prueba que salía negativa era estresante.

No sabíamos cuál de los dos era el culpable, jamás consideramos la idea de que no pudiéramos tener hijos, ambos estábamos jóvenes y saludables, sugerir que nos hiciéramos exámenes nos daba miedo, porque si era ella quien no podía tener hijos la destruiría, sabíamos que adoptar era una opción, pero era consciente como su más grande sueño, que era tener una familia engendrando a sus propios hijos se vendría abajo, en cambio si yo era el responsable, ella aún podría dejarme y aunque sabía que sería doloroso para mí, me conformaría con la idea de que ella podría tener hijos con alguien más.

Les habíamos dicho a nuestras familias que estábamos intentando tener un bebé, y cuando el bebé no llegó, nos preguntaron si habíamos dejado de intentarlo. Entonces, los regalos que le daba para compensar el hecho de que no podíamos concebir perdieron su significado. Debbie estaba constantemente deprimida y bebía demasiado alcohol. Recuerdo haberle contado a Jesse sobre los problemas que teníamos, y su consejo fue buscar ayuda, como tratamientos de fertilidad. Así que lo hicimos.

Debbie y yo fuimos al médico, y después de varias pruebas, nos dimos cuenta de la verdad: le había costado a mi esposa semanas de llanto y a mí la decisión más difícil de mi vida. Su infelicidad era culpa mía, y me disgustaba cómo le estaba arruinando la vida. Pero ya lo sabía. Hice un par de pruebas de farmacia en casa sin que ella se diera cuenta. No me atreví a decirle por varios días, había imaginado su reacción, pero cuando recibimos los resultados, nada fue lo que yo esperaba.

Debbie, la mujer con clase, elegante y tremendamente inteligente de la que me había enamorado, cuando supo que era yo quien no producía suficiente esperma, lo tomó con mucha calma. Guardó silencio unos segundos, y luego me sonrió y dijo: «Aún podemos adoptar». Esa mujer me amaba tanto que estaba dispuesta a renunciar a su sueño por estar conmigo. Quería decirle que no tenía por qué hacerlo, pero después de casi diez años juntos, con tanta historia, no me atreví a pedirle que diera un paso atrás.

Debbie dejó de beber, también dejó de ir a eventos sociales, dejó de usar las redes sociales y dejó de arreglarse. La vi infeliz, así que le sugerí que fuera a terapia, dejamos de hablar, dejamos de tener sexo, cada vez que la buscaba ella me rechazaba, hasta llegué a cuestionarme mi identidad, ahora que sabía que no podía embarazarla, ¿Le parecía menos atractivo? El único que me hacía sentir mejor era Jesse.

- Me duele demasiado verte ser infeliz, – expliqué a Debbie – no estoy diciendo que quiero que nos separemos, quiero que lo consideres como una opción, creo que un verdadero hombre sabe cuándo dejar ir, sabe poner primero a la mujer que ama y todo este tiempo no he hecho más que ser egoísta.

- Rick…

- Déjame terminar – le pedí – Debbie, tú siempre has soñado en grande, y no quiero que dejes de hacerlo por mí, no quiero que renuncies a nada por mí, aún eres joven y la mujer más hermosa del mundo, vas a encontrar a alguien fácilmente que sea capaz de darte los hijos que tanto deseas.

De todas las veces que pensé en divorcio, todas vinieron a causa del enojo, jamás pensé que cuando realmente lo hiciera sería a causa del amor, me dolía decirle eso, pero era lo que un hombre debía hacer y me gustaba pensar en mi como un hombre que hacía lo correcto. Esperaba que Debbie se tomara su tiempo, que me dijera que era un imbécil, y que luego de pensarlo aceptara que nos separásemos, fue hasta que vi sus lágrimas correr que supe lo que se avecinaba.

- Gracias, – dijo con el corazón en la garganta – sí, quiero el divorcio.

En ese momento fue cuando supe, que no era el único que había considerado el divorcio en todo ese tiempo, ella también lo hacía y fue ella quien le puso fin a lo nuestro, al día de hoy aún me duele recordar en cómo se me rompió el corazón en mil pedazos, como no pude dormir luego que ella se fue de la casa y como no comí porque me sentía enfermo luego de firmar el divorcio, estaba mareado, irritado y no me preocupaba mi apariencia, por una semana no me bañe, no fue hasta que Jesse vino a visitarme que deje de sentirme solo.