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- ¿Dónde voy a dormir? – pregunté.
- Donde tú quieras, – me dijo – no quiero que te sientas incómoda, no voy a irrespetarte, aunque me esté muriendo de ganas de hacerlo, soy un caballero y solo voy a hacer cosas en las que tú estés de acuerdo. – de pronto sentí que me faltaba el aire.
- Jesse, – dije aún de pie en la entrada de la casa – en verdad te quiero.
Él se acercó más, colocó sus manos sobre mi cintura, yo puse las mías sobre sus brazos, nuestros rostros se acercaron y solo el rozar de nuestros labios al besarnos me devolvieron la vida, el aire volvió a correr por mis pulmones, me pegó más hacia él, hasta que mi pecho chocó con el suyo, mis manos alcanzaron su cuello y dejé que él me llevara adentro de la casa.
- Vamos al balcón, hace buen clima, – me dijo al separamos, depositó un beso sobre mi frente y me extendió una mano, la tomé y lo seguí por las escaleras en silencio – no estaba seguro si vendrías. – me dijo una vez en su habitación.
- Yo tampoco – admití – ¿Qué hubieran hecho con mis hermanas?
- Samanta las iba a distraer. – confesó.
Salimos al balcón y pude sentir el aire fresco rozando mi piel, Jesse me abrazó por la espalda, haciéndome sentir su cuerpo macizo detrás de mí, con sus manos alrededor de mi cintura y su cabeza apoyada sobre mis hombros.
- Dime otra vez algo íntimo. – me susurró al oído.
- A veces no me siento tan bonita, – admití en voz alta, Jesse me giró para que lo viese a los ojos – a veces quisiera no tener vitíligo y ser normal.
- A mí me pareces muy normal. – me dijo.
- Ya lo sé, a veces hasta me siento normal, cuando nadie lo trae a colación, cuando llamo la atención de un hombre tan guapo como tú, pero en otras ocasiones me veo al espejo y hay algo diferente y las inseguridades me invaden.
- ¿Hay algo que puedas hacer al respecto? – preguntó y yo negué.
- La verdad no lo sé, ni si quiera he ido a un médico, lo único que sé acerca de mi condición es gracias a Google y mi curiosidad, generalmente no hablo de mis inseguridades porque cuando lo he hecho me han dicho “no te sientas así, eres bonita” o “deja de sentirte triste” como si mis sentimientos fueran ridículos y sin sentido, como si decirme bonita borrara lo que yo veo a diario sobre el espejo.
- ¿Alguna vez alguien te hizo sentir menos? – me preguntó en voz baja.
- Cuando era niña, la primera vez que me aparecieron unas manchas tenía como diez u once años, me caí, se me hizo un raspón y luego al caerse el cascarón de la herida me salió la mancha, mi mamá decía que era normal, pero mi hermana Wanda comenzó a llamarme rodillas de duvalin, el duvalin es un dulce, mitad blanco mitad negro. – le expliqué – Me llamó así por mucho tiempo, hasta que mis manchas comenzaron a aparecer de la nada en otras partes de mi cuerpo y ya no era solo mis rodillas.
- Era solo una niña haciendo una broma. – me dijo intentando defender a mi hermana.
- Lo sé, pero yo también era una niña y en ese momento no se sentía como una broma, dolió y cuando intenté quejarme era justo lo que me decían los adultos “es solo una broma, ríete” nadie me tomaba en serio, Wanda siempre tuvo la fortuna de ser bonita. – dije con algo de resentimiento.
- No me parece que sea más bonita que tú.
- Wanda no es la única que se mofó de mí, los niños parecían interesados en saber que me pasaba y comenzaban a interrogarme, se acercaban a mí más por curiosidad que por qué les agradara y yo ni si quiera sabía que estaba pasando, me decían que debería ir a un doctor, pero mi mamá no tenía suficiente dinero para llevarme a uno.
- Eran niños idiotas. – dijo y yo reí.
- Sí, eran idiotas, – acepte – sobre todo los que me rechazaron por no ser “normal”.
- Los anormales eran ellos – me dijo – ¿Qué clase de imbécil pasaría de ti?
- Varios, – admití – nunca he sido muy confiada conmigo misma, así que no era como que yo me fuese a declarar a un chico, pero tenía amigas, cuando tenía quince años estuve enamoradiza de este compañero de clase y una de mis “amigas” se lo dijo y él eso hizo “eww” con cara de asco.
- Tu amiga era una perra. – dijo y volví a reírme.
- En realidad, ella creía que era tan bonita como para gustarle y en su defensa le dio un puñetazo en la cara luego de que él dijera “eww”, se disculpó conmigo y seguimos siendo amigas.
- Me encantan los finales felices.
- Ahora tu cuéntame algo íntimo, dime algo sucio. – pedí.
- Una vez me besé con un hombre. – admitió y abrí los ojos en grande.
- ¿Eres bisexual? – pregunté y él negó.
- No, fue extraño, tenía este amigo gay y un día me confesó que le gustaba y me beso, pero no sentí nada, no lo rechacé porque pensé que iba a herir sus sentimientos, pero le dejé claro que me había sentido algo incómodo porque me gustaban las chicas.
- ¿Hace cuanto fue esto?
- Algunos meses.
- ¿No crees que si no lo rechazaste es porque quizás te puedan gustar los hombres? – el negó.
- No me siento atraído por hombres, me gustan las mujeres – reiteró con calma – en específico una que tiene manchitas muy bonitas y que monta olas mejor que nadie.