Jesse's girl 8
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Amy

Usualmente la última semana de diciembre la mayoría de las personas no trabajaban, pero a la vez como muchos estaban de vacaciones, visitaban el mar. La playa en la que crecí es de las más populares de tola, Rivas. Se llena de personas de todo el país, los establecimientos tienen que estar abiertos y yo debía trabajar, mis abuelos y mis hermanas tenían el gusto de quedarse en casa, pero mi madre y yo debíamos ponernos manos a la obra.

Fui la segunda en despertar esa mañana, Wanda estaba levantada, lo cual era extraño, siempre era la más dormilona, me hizo cuestionarme si en realidad era muy tarde, revisé el reloj en mi nuevo teléfono y en efecto, era medio día, mi hermana Fátima seguía en la cama, al parecer dispuesta a seguir dormida unas cinco horas más, escuche voces afuera, era posible que mi tía y su esposo estuvieran en casa. La cama de mi mamá estaba vacía, asumí que estaban afuera y salí a saludar.

- Buenos días. – dije al correr la cortina del cuarto.

- Buenas tardes – dijo mi abuela – ¿quieres café?

- Sí sobró – le respondí – ¿Dónde está Wanda? – no estaba con ellos.

- No, pero igual tengo que preparar el café de la tanda de la tarde. – respondió mi abuela.

- Ana Claudia – mi mamá – se llevó a Wanda temprano a trabajar, últimamente la han llamado mucho. – me explicó mi abuelo.

- ¿Estuvo buena la fiesta? – me preguntó mi tía.

- Si, Wanda no dejaba de pedir música de Bad Bunny. – le respondí.

Tomé asiento cerca de mi tía, quien estaba jugando con Paco, siempre que estábamos comiendo él llegaba a pedir comida, ella le estaba dando pedazos de pan y el meneaba la cabeza y expandía los ojos mientras comía, me tome el café y les conté un poco sobre la fiesta, luego me retire excusándome con que tenía que arreglarme para el trabajo. Tomé una ducha, comí y poco antes de que me fuera Fátima despertó.

- ¿Ya te vas? – me preguntó entre bostezos.

- Sabes que son las tres y media de la tarde ¿Cómo haces para dormir tanto con el ruido de afuera?

- Soy la mayor, a ti no te tocó, pero mi mamá me llevaba a sus eventos y aprendí a dormir con el ruido, – me explicó – tenemos que hablar, – me apuntó con el dedo sentada sobre su cama – quiero saber todo.

- Te contaré al regreso, – dije – si estás despierta.

Tomé mi cartera y me dirigí al trabajo, al llegar de inmediato comencé a recibir órdenes de Dionisio, quien parecía estar de mal humor, no me hacia ninguna gracia, pero igual le obedecí, estábamos todos, incluso el jefe y no paramos ni un segundo, el bar se llenó y había mucho ruido, agradecí al cielo por no haber tomado mucho y no tener resaca, no me di cuenta del tiempo que pasaba hasta que una de mis compañeras de trabajo me interrumpió y me informó que mi madre quería hablar conmigo.

Mi madre nunca venía a buscarme al trabajo, tenía que ser algo muy importante o algo muy grave, los minutos que me tomó llegar hacia ella cerca de la entrada, no deje de pensar ¿Le pasó algo a alguna de mis hermanas o mis abuelos? Al verla, no parecía triste sino molesta, le salude, ella me llevó hacia afuera donde estábamos solas.

- ¿Qué pasó? – le pregunté.

- ¿Estás saliendo con alguien? – me preguntó directamente.

- Ah, – Mierda ¡piensa! – no ¿por qué? – sentí que la piel se me helaba, pero me aferré a negar y parecer convincente.

- No me mientas. – la severidad en su rostro era atemorizante ¡maldita Wanda!

- No sé de dónde sacas eso. – le dije y me crucé de brazos.

- Ya me dijeron todo Amy.

- ¿Quién te dijo? – pregunté curiosa ¿no fue Wanda?

- Estaba limpiando el hostal de don Chente y Maribel cuando escuché a unos gringos hablar de otro gringo que alquiló una casa para quedarse más tiempo porque está saliendo con una muchachita que trabaja en este bar.

- Mamá, no soy la única que trabaja aquí. – le expliqué sabiendo que ella conocía todos mis compañeros de trabajo.

- Si, pero solo tú y Samanta están solteras. – me explicó.

- ¿Y cómo sabes que no es la Samanta? – pregunté fingiendo indignación.

- Porque cuando fui a la iglesia a la misa de navidad que ustedes no fueron por andar de fiesta, una de las muchachas del coro me dijo que fue a ti a la que ha visto con un hombre que parece mayor, no a la Samanta.

- ¿Vas a creer en chismes de la gente? – negué.

- Amy, – dijo mi nombre conteniendo el enojo – no es la única persona que me ha dicho que te han visto con un gringo, tus abuelos también te vieron y yo tuve que hablar con ellos para que no te castigaran porque estaban a punto de exigirte que renunciaras al trabajo.

- ¿Qué? – exclamé toda incrédula – pero si solo estaba haciendo surf ese día, el muchacho y yo nos hicimos amigos porque visita el bar, tú sabes que tengo que ser amable ¿no puedo tener amigos sin que piensen que estoy saliendo con alguien? – esta vez la indignación fue real.

- Amy, – suspiró con impaciencia – los hombres no quieren una amistad ¿qué edad tiene ese “muchacho”? – preguntó.

- No sé, – agaché la cabeza – treinta quizás. – dije en voz baja.

- ¿Cómo se llama? – el interrogatorio me ponía nerviosa.

- Jesse. – dije sin poder mirarla.

- ¿Lo viste ayer en la fiesta? ¿Has ido a su casa? – lo dijo todo rápido, yo levanté el rostro y la vi a los ojos.

- Si lo que quieres saber es si me acosté con él ¡pues no! – evité responder a sus preguntas con la verdad.

- Amy, tu vida sexual es solo tuya, pero no quiero que vengas con un embarazo…

- No puedo creer que vinieras a sacarme del trabajo por eso. – la interrumpí.

- Vine porque me preocupo por ti, no porque esté loca, yo también fui joven y sé que a tu edad uno se puede dejar llevar, pero ten en cuenta que los hombres, sobre todo mayores no toman en serio a las niñas como tú.

- Mamá, no voy a embarazarme, – le aseguré – lo prometo.

- Amy, una vez te voy a decir eso, si sales embarazada te voy a echar de la casa.

Sus palabras se sintieron como una patada en el estómago, donde te quedas sin aire y no puedes sentir otra cosa más que dolor, sabía que el asunto de los embarazos en la casa era algo grave, pero no esperaba que me fuesen a amenazar con algo así. La casa ni si quiera es de ella, a ella no la corrieron ninguna de las tres veces que salió embarazada ¡era injusto!

- Está bien, – logre decir – pero si eso pasa no te lo perdonaría nunca, – le dije llevada por el enojo – no sé con qué cara vienes tu exigirme que no me embarace y a amenazarme con correrme de la casa cuando tú…

Antes que dijera algo mas ya tenía la mano de mi madre en la cara, la bofetada que me lanzó, no siendo la primera, fue la más fuerte de las que me había dado, observé a mi alrededor con discreción y noté que uno de los vecinos fue testigo del evento, eso no tardaría en estar en boca de todos, estaba tan molesta que era capaz de admitir que salía con alguien, pero a la vez sentí tanto miedo que preferí dejar las cosas a como estaban.

- Sí es todo lo que ibas a decirme, voy a trabajar. – dije a mi madre que me observó con tanto enojo que pensé me daría otra bofetada.

- Amy, estás advertida.

- ¿Hasta cuándo? – pregunté algo exasperada y me reprendí la lengua antes de decir algo de lo que podía arrepentirme. ¿quieres que nos convirtamos en monjas mejor? pensé, pero no lo dije.

- Hasta que te cases, y no vuelvas a faltarme el respeto, por qué la próxima te arrastro del pelo hasta la casa.

- Si mamá, – dije apenada – lo siento.

- Cuidado me entero de que me estás mintiendo, porque sabes que si andas con ese muchacho nos vamos a dar cuenta en algún momento.

Asentí, pero lo que en realidad quería decir era que si no salía con nadie tampoco nunca podría casarme, y quería decir que, así como ella dijo que miento, así nos mintieron a nosotras al decirnos que al graduarnos podríamos tener novios. Sin embargo, fui incapaz de decir nada, no debí levantar la voz ni contestarle a mi madre, la había avergonzado en frente de otras personas, y aunque me dolió física y emocionalmente su bofetada, la entendí, yo hubiera hecho lo mismo.

- Si señora. – logre decir.

Ella se fue y tuve que caminar lo más rápido que pude porque si corría llamaría la atención, llegue hasta el baño y me encerré, me mire al espejo y la mano de mi madre me dejó un enorme color rojo alrededor de la boca, me la cubrí con ambas manos, el corazón me latía demasiado fuerte y no pude contener más las lágrimas.

Alguien intento abrir la puerta, me limpie las lágrimas rápidamente, no supe cuánto tiempo había pasado, tomé el teléfono para ver la hora, las 6:30 pm, tenía un mensaje de Jesse, pero no lo abrí, me tome un tiempo para respirar profundo y retomar la compostura, abrí la puerta y salí de nuevo al trabajo, todos seguían demasiado ocupados como para darse cuenta de que algo me pasaba.

Un par de horas más tardes logre tener un segundo desocupado, ya casi me había olvidado del asunto de mi madre, saque el teléfono y leí el mensaje de Jesse, me decía que se lastimó haciendo surf y que no vendría en los próximos días, me avisó que me visitaría cuando se sintiera mejor y me preguntó si quería ir a visitarlo, le respondí rápido que tenía mucho trabajo y que lo esperaría a que viniera a verme.

Pronto estábamos de nuevo ocupados y fue hasta una hora antes de cerrar que Samanta se desocupó y se me acercó para decirme que el grupo de la mesa cinco, que eran todos extranjeros, nos estaban invitando a tomar con ellos, le avisé que no estaba interesada y le comenté un poco acerca del incidente con mi madre.

- ¿Crees que Wanda le ha dicho algo? – preguntó.

- No lo sé. – admití.

- ¿Pero entonces realmente no ha pasado nada con Jesse? Pensé que ayer…

- No pasó nada, – admití– mi mamá haciendo un gran escándalo y yo sigo siendo virgen.

- Uy, yo de ti voy y me lo cojo para que tengan de que hablar, solo por seguirles la contraria.

- Lo sé, sé que eres capaz de eso. – admití.

- Con todo respeto, pero tu mamá es bien hipócrita. – Asentí.