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Amy
Algo me guiñó el cabello, alce la mano para alejarlo de mí. Debe de ser Fátima. Agité la cabeza y sentí una punzada de dolor, abrí los ojos de inmediato al escuchar el sonido de queja de Paco, mi abuela y mi hermana estaban frente a mi riéndose.
- ¡Ey! – me quejé al observar a Paco sobre mi cuerpo.
- Paco te quería dar los buenos días, – me dijo la abuela que tenía una taza de café en la mano – te traje esto. – me extendió la taza.
- Gracias abuelita. – la tomé y le extendí la mano en línea recta a paco para que se subiera a ella y eso hizo – Buenos días, Paco.
- Buenos días. – me respondió con entusiasmo.
- Un besito. – le pidió Fátima, el ave me lanzó un beso y luego chifló.
- Muuuua, uy, uy, uy. – dijo Paco asintiendo con la cabeza varias veces.
- Samanta llamó, – dijo Fátima al tiempo que sorbí el café – es su día libre, viene para acá.
- Bien, – respondí – me voy a arreglar.
- Nah, ya debe estar por llegar, intenté despertarte más temprano, pero tú no te movías, así que mi abuela sugirió traer a Paco para hacer el trabajo.
- Bien hecho Paco. – le dije.
Se escuchó que llamaban a la puerta, mi abuela tomó a Paco de mi mano y lo colocó sobre su hombro, fue a recibir a mi amiga y mientras estuvimos solas intenté hacerle señas a Fátima para ver de qué se trataba, pero ella no sabía nada, como Samanta era conocida pasó directo a la habitación y se sentó en la cama conmigo.
- Santo padre de los cielos ¿Qué te pasó en el pelo? – preguntó samanta.
- Nada, me acabo de levantar, para mí mala suerte no vivo en una telenovela en la que las protagonistas van a la cama con maquillaje y se despiertan con cabello de salón. – volví a darle otro sorbo al café.
- ¿Eso es café? – preguntó y yo asentí.
- ¿Quieres un poco? – le preguntó mi abuela gritando desde afuera de la habitación.
- Si no es mucha molestia doña Refugio. – le respondió en voz alta para que la escuchara.
- No mi niña ¿Cómo te gusta, negro o con azúcar?
- Con leche, si tiene.
- Ya te lo preparo.
- El café se bebe negro. – le respondí.
- Solo estás celosa porque a mí me le pondrá algo extra. – me dijo.
- Ja, a mí me lo trajeron a la cama. – presumí.
Mi abuela no tardó prácticamente nada en preparar el café, se lo entrego a mi amiga y nos dejó solas, entre nosotras era normal visitarnos y sentirse como en casa en el hogar de la otra, la familia de cada una era amable. Cuando volvió a hablar lo hizo en susurros solo para que nosotras dos la escucháramos, pero Wanda ya se había despertado con los gritos y de pronto temí que quisiera entrometerse en nuestra conversación.
- No vas a adivinar quien pasó ayer a buscarte. – dijo Samanta.
Mi hermana y yo nos quedamos viendo, no necesitábamos decir el nombre, lo sabíamos, la observamos nuevamente haciendo un levantamiento de cejas, ella entendió de inmediato y asintió.
- No te creo, – le dije – me estás tomando el pelo. – ella negó.
- ¿Qué te dijo? – quiso saber Fátima.
- Hay una fiesta de navidad en popoyo, va a salir un shuttle desde su hostal, el transporte es gratis así que podríamos ir todas, igual el veinticinco ninguna trabaja.
- ¿Van a ir a la fiesta en popoyo? – preguntó Wanda en voz alta.
- Aún no sabemos, – le respondí, ella se sentó sobre su cama – apenas nos está contando.
- Yo quiero ir. – dijo casi a súplica, Fátima y yo nos quedamos viendo unos segundos.
- ¿A dónde van a ir? – Mi abuela abrió la cortina para vernos.
- Hay una fiesta en popoyo el veinticinco – dijo Wanda – ya había escuchado, pero no tenía con quien ir.
- Nosotras no sabemos si vamos a ir, gracias a cierta persona que hizo berrinche por un vestido me quedé sin dinero. – le recordé.
- Pero acaban de decir que el transporte es gratis y me parece que la fiesta también.
- De hecho, la entrada cuesta $10. – dijo Samanta.
- Entonces no puedo ir, no me gusta salir sin dinero, aún si me invitan, porque si me toca largarme por mi cuenta, al menos tengo dinero para el taxi y mi dignidad. – expliqué.
- Abuela ¿y si nos prestas a las tres para ir? – preguntó Wanda.
- No se supone que eres menor de edad – preguntó Samanta – creo que porque habrá alcohol es para mayores de dieciocho.
- Tengo dieciocho – le dijo – y la gente ya me conoce, no es como que me vayan a pedir identificación, llevo comprando alcohol desde los dieciséis y no voy a excederme, si vamos todas juntas nos vamos a cuidar ¿verdad abuelita?
- Deja de pedirle a la abuela para todo. – le regañó Fátima.
- Hagamos una cosa – sugirió mi abuela – ¿dónde va a ser esto?
- En un hotel de la playa de Popoyo. – le respondí.
- ¿A qué hora comienza? – preguntó y todas observamos a Samanta.
- A la ocho o nueve, no estoy segura.
- ¿Y termina?
- Creo que de madrugada. – dijo Samanta y comenzó a revisar el teléfono.
- Bueno, yo les voy a pagar las entradas a las tres como regalo de navidad. – Fátima y yo abrimos los ojos enormemente – Y el abuelo les va a pagar el taxi, así van más seguras, se van a las ocho y las llegan a traer a la una, la que venga borracha o con alguna otra cosa pierde conmigo.
- ¡Si! – Wanda se expresó con emoción.
- ¿No podemos tomar? Así no será divertido, – dijo Fátima – vamos abuela, usted también fue joven, – le recriminó – una vez al año…
- Si pueden tomar, lo que quiero decir es que no se pongan locas, no quiero que terminen vomitadas ni violadas.
- Prometido. – dijo Wanda.
- Apuesto a que si Wanda se vomita no pasará nada. – me dijo Fátima en voz baja.
- Si alguna se vomita, tendrá que limpiar la casa por el resto del mes. – dijo mi abuela que la había escuchado.
- Gracias abuelita, – Wanda salió corriendo a abrazarla – te prometo que nos portaremos bien.
Fátima y yo nos observamos un segundo y luego a Samanta y nos reímos y nos levantamos también para abrazar a la abuela, dimos las gracias por su generosidad y de pronto me di cuenta el aprieto en el que me había metido ¿esa fiesta no tenía que ver con Jesse? Y ahora Wanda iría ¿Cómo quitársela de encima?
- Vamos a divertirnos, – dijo Wanda luego que mi abuela se había ido – ¡ah! Necesito un vestido nuevo, no tengo nada que ponerme. – Samanta giró el rostro en dirección a su ropa amontonada.
- Bueno, yo tengo un vestido nuevo. – señalé.
- ¡Mi vestido! – Chilló Wanda.
- Me parece que ahora es mío. – le recordé.
- No, ese vestido es mío y aún no me lo he puesto, si me purgo esta semana, seguro que me queda.
- Oye, Amy te pagó por ese vestido – le recordó Fátima – y como estuviste jode y jode con lo de hay que pedir prestado y no solo tomarlo, lo mínimo que puedes hacer es pedirle por favor a tu hermana.
- Ese vestido es mío. – dijo Wanda mientras fruncia el ceño.
- ¡Abuela! – grité.
- El vestido es de Amy. – gritó mi abuela desde el otro lado y Wanda giró los ojos
- Vamos, pídele por favor. – incitó Fátima, Wanda se cruzó de brazos, y lo hizo.
- Amy ¿me prestas por favor el vestido que te vendí? – y me sentí tentada a decir que si por la forma tan amable en que lo pidió y por sus ojos de gatito tierno.
- Lo haría, pero me lo pondré yo.
- No. – se puso en cuclillas cerca de mí y repitió por favor.
- Ni te queda. – se rio Fátima.
- Voy a bajar de peso – nosotras la observamos cara de incredulidad – ¡en serio! – reafirmó – es más, no voy a comer nada esta semana.
- No vas a estar de loca, – le gritó mi abuela – a matarte de hambre por un vestido.
- Ok, pero me voy a purgar dos días, – prometió – y voy a comer poquito en noche buena. – todas nos echamos a reír.
- Bueno, sí bajas de peso y te queda te lo presto, pero voy a tener que tomar otro de tus vestidos que no te quedan porque no tengo plata para comprar nada.
Wanda se levantó del piso y me abrazó para darme las gracias, en ese momento hasta pareciera que habíamos limado asperezas, después de todo éramos hermanas y nos tocaba convivir juntas, no servía estar disgustadas. Ella salió de la habitación y fue por su café con la abuela, en lo que nos quedamos solas aproveche para preguntar por Jesse en voz baja.
- ¿Jesse irá a la fiesta? – Samanta asintió – ¿Qué haremos con ella? – señalé con la cabeza la cama de Wanda.
- No te preocupes, Sam y yo ingeniaremos algo para que tengan un momento a solas. – aseguró Fátima.
- Parece muy peligroso. – dije.
- ¿Crees que te delataría? – preguntó samanta.
- No precisamente, pero no quiero que tenga algo con lo que después pueda chantajearme.
Wanda volvió a entrar a la habitación y todas cambiamos de tema, intentamos ponernos de acuerdo en que ropa usar y la hora a la que nos veríamos para maquillarnos y de paso hablamos un poco sobre los chismes del pueblo. Un rato después las dejé solas para prepararme para ir al trabajo y cuando fue hora de irme Samanta me acompañó.
- Ahora sí, ya podemos hablar tranquilas, – me dijo – me moría por contarte todo.
- Que conste que la emoción es por el chisme, no por Jesse.
- Es por los dos, no te hagas. – me dio un codazo y yo negué – ayer después que me llamaste, apareció en el bar, estaba volteando a ver a todos lados a ver si te encontraba, daba pena, así que me le acerqué y le dije “ella no vino” y me preguntó si estabas enferma y le dije que era tu día libre, me preguntó si creía que estabas interesada en salir con él y le dije que tenías el día comprometido, me preguntó si tenías novio y le dije que no, luego me llamaron y tuve que dejarlo solo, pero antes de irse me volvió a buscar y me preguntó por tu número de teléfono, le dije que no tenías porque se te había descompuesto, y la cara de alivio que puso, como diciendo “con razón no me ha llamado” – ambas nos reímos – después me preguntó si creía que tenía oportunidad contigo.
- ¿Y que le dijiste? – pregunté al notar que no continuaba.
- ¿Qué querías que le dijera? – preguntó.
- Ya dime que le dijiste. – exigí.
- Pues que normalmente no sales con gringos.
- ¿Que? – dije sin creérmelo – No le dijiste eso, – ella asintió – llevas diciéndome que salga con él todos estos días, no pudiste espantarlo.
- Pues sí, le dije “por lo general ella no sale con gringos, pero yo sí”
- No, no te creo. – luego lo pensé y sí que le creía.