Jesse's girl 3
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Amy

Me tomé un par de aspirinas y aun así el dolor de cabeza me duró hasta llegar al trabajo ¿En qué estaba pensando al emborracharme de esa manera? Mi límite era seis cervezas, era un milagro que no hubiera vomitado y menos mal que no recordaba la regañiza que me dio mi madre, Fátima me dijo que los despertó a todos y hasta Wanda se sintió mal por mí.

- ¿Cómo te sientes? – me preguntó Dionisio.

- Tengo dolor de cabeza, no me hables.

- ¿Sabes que es bueno para sacar la resaca? – preguntó.

- No digas otra cerveza, no tengo un centavo y estoy trabajando.

- Ya sé que no tienes dinero, lo dejaste claro anoche, por eso te invité, y si, una cerveza.

- ¿En serio? No recuerdo mucho de anoche, ni si quiera recuerdo cómo llegué a casa.

- Yo tampoco recuerdo cómo llego a casa, incluso cuando estoy sobrio, ah, pero mi esposa me estaba esperando, estaba arrecha, pensé que me iba a correr de la casa.

- Sorry. – le dije.

- Me voy, acaba de llegar el distribuidor.

El camión de cervezas estaba frente a la entrada, sonreí y saludé a Alvaro, nuestro repartidor, venía cada semana, nos conocíamos poco, el verano anterior intentó invitarme a salir y yo lo había rechazado, estaba demasiado ocupada trabajando en mi tesis que cualquier otra cosa que no tuviera relación con la universidad lo consideraba una pérdida de tiempo.

La universidad ya había acabado y yo ya no tenía oportunidad con él, a través de Facebook había descubierto que comenzó a salir con otra chica, era exactamente el mismo patrón que había sucedido con Jesse, con la diferencia que al ver a Alvaro con otra chica me fue indiferente, pero con Jesse, sentía cierto rencor hacia mí misma.

Jesse no apareció esa noche, ni si quiera lo vi haciendo surf con el resto de los surfistas, al terminar la noche, me arrepentí de despreciar a Jesse, por mostrarme tan desinteresada, Samanta se acercó a mí y me sacó del trance, estábamos terminando de cerrar.

- ¿Y si vamos a bailar? – sugirió.

- Estoy cansada. – admití.

- Mañana, es tu día libre. – me dio un codazo.

- El mío no el tuyo. – le recuerde.

- No importa, diré que estoy enferma.

- Sam, no tengo dinero.

- ¿Y quién dice que vamos a gastar? Con tanto gringo por acá, cualquiera estaría dispuesto a invitarnos. – me sonrió maliciosamente.

- El problema con eso es que ellos esperarán algo a cambio y yo no puedo darles eso.

- Amy, si es por eso, estoy dispuesta a sacrificar mi culo para que se te quite esa cara de perro que has llevado todo el día.

- Oh por dios, pero que samaritana, te comenzaré a llamar “madre Teresa” – dije con sarcasmo.

- Teresa sí, pero no madre, porque entre ser y no ser, yo soy. – dijo haciendo referencia a la famosa novela mexicana.

- Tienes que enseñarme a ser así. – le dije.

- Es fácil, primero tienes que dejar de ser mojigata.

- ¿Y cómo hago eso?

- Dices en tu casa que vienes a trabajar y nos escapamos juntas a San Juan del sur. –sugirió.

- Imposible, ya saben que es mi día libre, aparte mi tía viene a la casa después de misa y mi abuela quiere que le ayude a preparar una sopa de res.

- ¿Y después de eso? – preguntó ella y yo me quede en silencio.

- No me dejarán ir sola. – dije al fin.

- Pues te vienes con Fátima.

- Van a querer que traiga a Wanda también y aún no la perdono.

Ya habíamos terminado de recoger todo, incluso nos despedimos de Dionisio quien era el encargado de abrir y cerrar el local, estábamos por salir cuando nos distrajo un cuadriciclo, entonces reconocí al hombre que lo conducía, Jesse.

- ¿Necesitas que te lleve? – olía a alcohol.

- Ve ¿no quieres dejar de ser mojigata? – incitó Samanta.

No lo pensé dos veces y me subí detrás de él, no le dije a donde, por qué ni loca permitiría que me vieran llegar a la casa con un hombre, así que solo lo dejé conducir, noté que bajó a la playa y sonreí mientras el viento azotaba mi rostro. Nos detuvimos frente a un hostal, muy lejos de mi casa y me pregunté ¿Por qué me había llevado ahí?

- Vamos a hacer surf. – me dijo.

- ¿Qué? ¿Estás loco? Son casi la una de la madrugada, el agua debe estar helada.

- Ni de cerca comparada a lo helada que es el agua en California, vamos, será divertido.

- Pero no tengo mi tabla. – me quejé.

- Por eso te traje acá.

Se bajó de la moto y tomó una tabla pequeña que estaba recostada a la pared del hostal, había dos personas sentadas afuera con un perro frente a una fogata, me estrechó la tabla y esperó a que yo me bajara y la recibiera y aunque aún no estaba segura de lo que iba hacer la acepté, él tomó otra, la misma con la que lo había visto días anteriores, me tomó de la mano y me hizo correr hacia el mar.

- Espera, – le dije en cuanto mis pies tocaron el agua – no tengo ropa.

- Entonces lo haremos desnudos. – sugirió.

- No, hay personas. – me giré a verlos.

- No creo que les moleste. – dijo al tiempo que comienza a quitarse la ropa.

- No, – lo detuve – pescaremos una gripe.

- Vives en un país en el que puedes comprar prácticamente cualquier medicamento y en cualquier cantidad en la farmacia sin receta médica y a un precio ridículo y ¿Te preocupa una gripe?

- Bueno, digamos que en este momento mi situación económica no me permite enfermarme.

Deja de ser mojigata. La voz de Samanta resonó en mi cabeza. Estás arruinando el momento. Me dije a mí misma.

- Por favor, – Se acercó a mí y la forma en la que me miró casi me dejó sin respiración – me encanta hacer surf contigo, quiero hacerlo ahora, contigo.

Su voz, la forma en cómo lo pedía me dejó completamente mareada, tuve que recordarme que debía respirar, ya no de forma natural si no forzado, Jesse sostuvo mi mano y me pregunté ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Qué nos ahoguemos? ¿Qué me de gripe? Tenía que dejar de pensar tanto, no le haría daño a nadie, a lo mucho a mí misma.

Asentí y me adentré con él al mar, que parecía estar enojado, el viento corría fuerte y las olas eran agresivas, no pudimos montar ninguna, pero lo intentamos por un largo rato, cada vez que nos caíamos terminábamos riéndonos de nuestro fracaso, cuando salimos del agua, él corrió por delante de mí hasta entrar al hostal y conseguir una toalla para luego entregármela.

- Gracias. – le dije mientras me secaba el rostro y luego me cubría el cuerpo.

- ¿Quieres darte una ducha? – preguntó – te puedo prestar de mi ropa.

- Aprecio la intención, pero ni loca llegaría a casa con ropa de hombre.

- ¿Eres casada? – preguntó confundido.

- No, es solo que, en mi casa son muy estrictos con el asunto de los novios, imagina que llegue con la camiseta de un hombre cuando ni si quiera es mi novio.

- ¿Y si voy y me presento como tu novio? ¿Eso cambiaría algo? – sugirió y yo me eche a reír.

- Todos sabemos que los gringos solo vienen para divertirse una temporada y luego se van y jamás regresan.

- Podría regresar, podría quedarme a vivir acá. – negué, no le creía.

- ¿Tienen una secadora en el hostal? – intenté cambiar de tema – Podría poner a secar la ropa mientras me doy un baño – él asintió – ¿Tienen secadora de cabello?

- No lo creo, pero puedo pedirle a alguna de las chicas que me presten una. – dijo y yo asentí.

Entre con él al hostal, la mayoría de las personas seguían despiertos, la mayoría eran turistas, los extranjeros manejaban un horario de sueño completamente diferente al de nosotros, que nos íbamos a dormir temprano y nos levantábamos temprano, a excepción de Wanda, quien siempre se levantaba tarde, la única razón por la que yo podía mantener ese ritmo era porque en la universidad muchas veces me tuve que desvelar estudiando y porque el trabajo me requería que estuviera despierta.

Entré a su habitación, un tanto desordenado con arena por todas partes, me indicó donde estaba el baño, yo entre, me desnudé y entreabrí la puerta para pasarle mi ropa, me metí a la ducha y grité cuando me golpeó el agua caliente ¿Por qué el agua estaba caliente?

- Mierda. – me quejé y escuché la puerta abrir de inmediato, mi corazón se aceleró.

- ¿Qué pasó? – me preguntó.

Cerré la ducha y recé a Dios para que no abriera la cortina que nos separaba.

- Nada, el agua está caliente. –expliqué.

- ¿Necesitas que te enseñe a regularla?

- Solo dime cómo hacerlo.

Me dio un par de indicaciones y luego salió del baño, agradecí a Dios y me quité toda la arena que llevaba encima, cuando terminé, noté que había un secador de cabello sobre el tocador del baño, como mi cabello era corto no me tomó tanto tiempo, me envolví en la toalla y salí de la ducha, él estaba sentado sobre la cama con su celular en la mano, levantó la vista y lo puso de lado, me observó y me dijo.

- Quítate la toalla. – su voz era demandante, tanto que estuve por obedecer.

- ¿Mi ropa está lista? – intenté fingir demencia – Se hace tarde ¿qué hora es?

- Amy. – dijo mi nombre con deseo.

- ¿Podrías dejarme cerca de la casa?

Jesse se puso de pie, se acercó a mi despacio, cada segundo mi corazón palpitaba machacándome el pecho ¿Qué estaba pasando? No debí de haber llegado hasta ahí, era obvio que él iba a malinterpretar las cosas. Se quedó de frente, tan cerca que tuve que levantar el rostro para verlo a los ojos.

- ¿Te quieres ir ya? – preguntó y yo no supe responder – Te podrías quedar aquí conmigo.

¿Quería quedarme con él? Si ¿podía? No, localice su teléfono sobre la cama y mire la hora, eran las 2:45 am, si volvía a llegar tarde mi madre me mataría y esta vez lo recordaría.

- Quiero irme. – le dije.

Jesse asintió, fue por mi ropa y me la entregó, salió de la habitación para dejarme sola, luego de vestirme volví a salir, y aunque no hablamos mucho me llevó de regreso al bar y de ahí le di indicaciones para que me dejara a unos metros de la casa, cuando abrí la puerta mi madre y todos seguían dormidos y por fin pude respirar en paz.

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