Jesse's girl 2
2%

2

Amy

La tercera vez que vi a Jesse fue esa misma noche luego nuestro encuentro haciendo surf, tenía la breve sospecha de que podría encontrármelo de nuevo en el bar, por lo mismo dediqué unos cuantos minutos de mi tiempo para arreglarme un poquito más, le pedí a mi hermana Fátima que me hiciera una trenza en el cabello, y tome ropa prestada del armario de Wanda, sabía que se iba a molestar, pero también que no estaría ahí cuando despertara.

Wanda abundaba en vestidos, eran sus prendas preferidas y como era la favorita de mis abuelos ellos siempre le compraban más, cada mes cuando la chica de Avon pasaba a dejarnos los catálogos, ella escogía algo y los abuelos terminan pagándolo, el que tomé prestado ni si quiera se lo había puesto, resultó ser muy pequeño y en lugar de dármelo a mí como suele hacer siempre que una prenda no le queda, lo amontonó con el resto de la ropa porque el vestido era muy lindo y quería bajar de peso para ponérselo.

Esta vez me tocó servir la mesa de Jesse, quien ya no solo estaba rodeado de otros hombres que reconocía de la noche anterior, sino de varias chicas, tres para ser específica, una de ellas la conocía, también surfista y estaba con su novio al lado, las otras dos me eran desconocidas, una era extranjera, y otra posiblemente local, Jesse me saludó, y aunque fui amable mantuve mi distancia y me dediqué únicamente a servir.

- ¿Qué está pasando con el gringuito? – preguntó Samanta cuando me la encontré cerca de la cocina.

- Nada. – giré los ojos.

- Pero lo he cachado lanzándote varias miradas.

- Para eso tiene ojos. – respondí.

- Está guapísimo, ojalá fuese a mí a la que viera. – levantó una ceja.

- Pues ve por él, todo tuyo. – sugerí.

- ¿Y crees que no lo intenté ya? me la pasé intentando coquetearle toda la noche de ayer.

- ¿Y?

- Pues que fue lindo y amable, pero tampoco me dio pase, si yo fuera tu…

- Sabes que no salgo con extranjeros, – la interrumpí – y tampoco es como que esté interesado en mí.

- Yo digo que sí, que al menos le gustas y creo que a ti también te gusta él ¿O porque otra razón te pondrías un vestido nuevo?

- No es nuevo, es de Wanda. Bueno, si es nuevo. – admití y ella me lanzó un codazo.

- Lo sabía, te gusta el gringuito y no tendría nada de malo intentar a ver qué pasa.

- Ya te dije que no…

- Que no sales con gringos, aja, eso no quiere decir que no te guste… o que no te los puedas comer. – negué ante su comentario.

Me alejé en cuanto miré que una mesa me hizo seña para pedir otra ronda de cervezas, las horas pasaron y en un par de ocasiones pude notar que ella tenía razón, Jesse había girado a verme varias veces, sonreí satisfecha para mis adentros, me hacía sentir atractiva y eso me gustaba.

Jesse se quedó de último en el bar, incluso las chicas se habían retirado ya, estábamos por cerrar, él estaba ebrio otra vez, me preguntaba que tanto ejercicio tendría que hacer una persona para tomar tanta cerveza y mantener los abdominales como los suyos, Jesse pagó la cuenta y en la factura dejó su número y una propina de veinte dólares. Sonreí y llevé el recibo con Samanta.

- Te lo dije ¡le gustas! Yo nunca fallo en esas cosas, mi radar es cien por ciento efectivo.

- Pues que problema que no tengo teléfono. – me reí irónicamente.

- ¡Pero si nos pagan esta semana! Cómprate uno. – me dijo casi gritando.

- Estás loca, – negué – ese dinero ya lo debo, si acaso me sobra para un helado. – admití.

- Hay prioridades, – afirmó – paga lo que debes la próxima quincena y cómprate el maldito teléfono, no puedes estar así toda la vida. – sentenció.

- No voy a estar así toda la vida, – repetí con algo de sarcasmo – tengo que pagar ese dinero, sino mis abuelos no me dejarán en paz, ya la próxima quincena me compro el teléfono.

- Te odio, – me señaló con el dedo – tienes a Mr. músculo babeando por ese culito flaco y tú lo desperdicias de esa forma.

- ¡Tú madre! – le insulté en broma – mi culo no está flaco. – le saqué la lengua.

Le di la espalda para alejarme de ella y me persiguió para darme una nalgada y luego salir corriendo “me las vas a pagar” le amenacé mientras la vi escapando de mí. Cuando llegue a mi casa todos estaban dormidos y me di cuenta de que Wanda no se enteró que me llevé su vestido, me lo quité y lo puse en mi ropa sucia, escondiéndolo para que no lo mirase, me puse una camiseta vieja para dormir y me acosté pensando en Jesse.

El sonido del Paco fue lo que me despertó muy a las siete de la mañana ¿Por qué habíamos decidido tener un loro? Eran tan escandalosos que deseaba dárselo de comida a los gatos callejeros que abundaban en el pueblo ¡maldito pájaro! Y luego el grito “chooo” de mi madre que también estaba hastiada del jodido animal. Me levanté y fantaseé con cocinar al ave verde que vivía en nuestra cocina.

- Anda, canta. – le dijo mi abuela y dueña.

- Alabaré, alabaré, alabareeee – cantó el loro y mi abuela le siguió – alabaré a mi señor

- Deberías llevarlo a misa el domingo, seguro lo aceptan en el coro. – le dije en tono de broma.

- Te imaginas que se le salga una de las groserías que dice en media misa. – dijo Fátima quien tomaba café sentada en una silla plástica en un rincón de la cocina.

- Ca, ca, ca, ca, ca… – el pájaro se puso histérico.

- Cállense, – nos riñó mi abuela – que Paco entiende todo, él es un loro muy inteligente ¿verdad que sí? – se dirigió a Paco con voz de bebé – no les hagas caso, a ver, canta conmigo “tu gloria, tu gloria”

- Tu gloria, tu gloria, gozoso ese día… alabaré, alabaré.

El ave terminó mezclando las dos canciones y todos nos echamos a reír, luego mi abuela me sirvió café y me preguntó cómo me había ido en el trabajo, entendía que lo que quería saber era si le iba a pagar el dinero que le había pedido prestado para pagar mi título universitario, la tranquilice diciéndole que todo iba bien y que le pagaría pronto.

Una vez que había terminado de comer intenté irme a la cama, pero antes observé el mar, las olas reventaban cerca de nosotros y me moría de ganas de montarme en ellas, sin embargo, estaba muerta del cansancio, así que preferí ir por una siesta y no fue hasta que escuché los gritos de Wanda que me desperté un par de horas más tarde.

- ¡Se puso mi vestido! – escuché decir – me lo tiene que pagar, estaba nuevo.

- Ni si quiera te quedaba, – dijo Fátima para defenderme – llevaba meses tirado en tu…

- Eso no tiene nada que ver, yo no me pongo nada de ella.

- Pero bien que agarras mi maquillaje.

Los gritos se escuchaban por toda la casa, respiré profundo ¿Cómo se había dado cuenta del vestido? Me tragué la frustración y me acerqué a ambas con toda la paciencia que tenía.

- La única razón por la que no usas mi ropa es porque no te queda y no te gusta, si no…

- No me vengas con esa mierda. – me señaló y pude ver que estaba molesta.

- Llevas medio año diciendo que bajarías de peso para las vacaciones y nunca lo hiciste. – le recordé.

- No te atrevas flaca cacreca.

- Ya basta, – intervino Fátima – deja de ser tan infantil.

- ¿Cómo es que estás de su lado? – le recriminó Wanda – iré a hablar con los abuelos.

Wanda salió de la habitación echa una furia y desde ahí pudimos escuchar como una joven adulta de dieciocho años se quejaba con sus abuelos como una niña de diez. Ellos me mandaron a llamar y lo próximo que supe fue que me estaban exigiendo pedirle disculpas a mi hermana por tomar un vestido sin su autorización y a pagárselo en mi próxima quincena.

Me mantuve ocupada todo el día, lave la ropa, arregle el cuarto y evite a toda costa a mis hermanas, estaba molesta, no podía creer lo increíblemente egoísta y mimada que podía ser Wanda, y lo injustos que podrían ser mis abuelos, cuando ella tomaba de mis cosas o las de Fátima nadie decía nada y ahora yo me quedaría sin dinero esa quincena por pagarle el maldito vestido.

Cuando llegué al trabajo no estaba del mejor humor, así que me desahogué con Samanta, a quien conocía de ya varios años y quien trabajaba de forma permanente en el bar. Era la persona más cercana a mí en el pueblo luego de mi hermana Fátima, me llevaba cinco años de diferencia, así que se sentía como otra hermana mayor.

- ¿Sabes que te haría sentir mejor? – me preguntó.

- ¿Además de arrancarle el cabello a la perra de mi hermana? ¿Qué sé yo? ¿Unas cervezas?

- Unas cervezas definitivamente funcionarían, solo que estamos en horario laboral, así que dudo que se nos permita, pero no me refería a eso.

- Ay, no sé, salir a hacer surf por un rato, eso me sabría bien.

- Ay no, yo iba a decir ver al papucho de las miradas cachondas.

- ¿Jesse? – iba a negar, en lugar de eso dije – ¿sabes qué? Un taquito de ojo no me vendría mal. – y asentí con una sonrisa.

Estuve de acuerdo con ella, pero para mí mala fortuna, Jesse no se apareció en toda la noche. No fue hasta la noche siguiente que lo vi por cuarta vez, se apareció en el bar temprano y estaba hablando con el dueño como si fueran grandes amigos, aún no había demasiada gente, así que cuando no estaba ocupada le miraba con disimulo ¿por qué era tan guapo? ¿Y cómo era que aún no lo había visto acompañado? Los hombres como el solían aparecerse con una mujer distinta cada día.

- Apareció. – dijo Samanta tomándome por sorpresa.

- ¡Puta! – exclamé alterada luego de dar un salto – me asustaste.

- No dejes que se te pase de hoy. – me sentenció.

- No va a pasar nunca, – le dije – seguro tiene novia.

- ¿Y eso importa? Ojos que no ven corazón que no siente, además yo no veo un anillo en su mano.

- Si importa, no haría lo que no me gustaría que me hicieran.

- Por favor, deja la mojigatería de lado, cualquiera lo haría, está demasiado bueno, otras mujeres no se la pensarían dos veces para saltársele encima.

- Señoritas, podrían por favor dejar de hablar como dos gatas en celo y ponerse a trabajar, – nos interrumpió Dionisio, nuestro compañero de trabajo – el jefe las está llamando.

Giré de inmediato a ver al jefe, quien nos pidió un par de cervezas, me moví con gran agilidad para entregarles lo que pidieron y en cuanto estuve frente a ellos, el jefe especificó que lo que pidiera Jesse corría por cuenta de la casa, me quedé sorprendida ¿Cómo lo había hecho? Había encantado incluso al hombre más tacaño de todo el lugar ¿Qué estaba pasando? El jefe se fue poco después, Jesse se acercó a mí en solitario.

- No te vi en la playa esta mañana… ni ayer. – me dijo.

- Tampoco te vi por el bar anoche. – me encogí de hombros.

- Fui con unos amigos a la playa de San Juan del sur, estaba esperando que me contactaras para invitarte a venir conmigo.

- Incluso si lo hubieras hecho, no hubiera podido, como te das cuenta, trabajo. – respondí.

- Pero tienes horas libre durante el día.

- En las que duermo. – asentí.

- Y también haces surf.

- Si, también eso.

- ¿Qué te parece si mañana en lugar de hacer surf vamos por un paseo en cuadriciclo? Tu jefe se ha ofrecido a prestarme el suyo.

- ¿Qué hizo qué? – no daba crédito, la última vez que Dionisio lo pidió prestado terminó alquilándolo – Espera ¿eres amigo de mi jefe o son familia? – él negó.

- Apenas lo conocí hoy ¿no es genial? – asentí – Entonces ¿qué dices?

Escuché que alguien llamaba mi nombre desde la cocina, gire y noté que una de las órdenes estaba lista así que fui por ellas y cuando pase de nuevo junto a Jesse le dije “me la pensaré” luego Samanta se me acercó y me preguntó qué estaba pasando, le conté lo que había hecho el jefe y se quedó con la boca abierta.

- ¿Y si le hacemos un agua de calzón? – preguntó – Si conseguimos que se enamore de ti, seguro que convence al jefe que te nos dé un aumento.

- Un aumento no me vendría mal en este momento. – dije al recordar mis deudas.

- No te preocupes amiga, en cuanto terminemos la jornada nos tomaremos un par de cervezas para relajarnos, ya las dejé pagadas.

- Gracias. – le dije.

- Nada de gracias, en otra me invitas tú. – me guiñó el ojo y me dio una palmada en el trasero.

Pasado el rato, justo al momento del atardecer vi a Jesse caminar hacia el mar con la tabla en la mano y así se perdió entre muchos otros surfistas que montaban olas a esa hora, no fue hasta casi acabar la noche que lo vi de regreso en el bar, pero esta vez sí venía con una chica.

- Te lo dije, – dijo Samanta – se te adelantaron. – negó.

La chica y él estuvieron coqueteando por un largo rato y fue hasta que los vi besándose, que me di cuenta de que Samanta tenía razón, pero era mejor así, que se entretuviera con otras porque yo no lo haría, aunque ardiera de rabia, no podía hacer nada, ellos se fueron y Samanta y yo nos quedamos con Dionisio, nuestro compañero de trabajo, tomando más que un par de cerveza, las primeras tres corrieron a cuenta de mi amiga, y las otras cuatro fueron por parte de él.

Cuando llegue a casa a las tres de la madrugada estaba completamente ebria y mi madre me estaba esperando despierta, eso es lo último que recuerdo, cuando desperté la mañana siguiente me dolía la cabeza y yo misma quería arrancarle las plumas al pájaro ruidoso que no se podía quedar callado un segundo.

- shhhh – le dije a Paco – cállate loro hijueputa.

- Hijueputa. – repitió más alto.

- Amy – me reprendió mi abuela – ¿Qué es ese vocabulario? ¿Y porque sigues teniendo puesta la ropa de ayer?

Me mire la ropa que había llevado al trabajo, me disculpe y me retiré a darme un baño, luego le pague a mi abuela el dinero que le debía y a mi hermana por su vestido, cuando no soporté más el ruido de la casa tome mi tabla de surf y fui por unas cuantas olas al mar.