Jesse's girl 1
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Jesse's girl

Jesse's girl

Por Andrea Baltodano

© inepub.com

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Amy

¿Cómo es que una persona reinicia tu mundo? Desde el primer segundo que posé mis ojos en Jesse, supe que todo lo que había conocido y todo lo que yo era, estaba a punto de cambiar para siempre. Ni si quiera necesitaba que él me pidiera que hiciera nada, yo y el resto del universo estábamos voluntariamente dispuestos a su merced, lo único que él tenía que hacer era existir, porque su plena existencia irradiaba vida, pero vida de la buena.

En 21 años la vida me había dado sacudidas tan fuertes como una ola cuando me bota de la tabla de surf, a estas alturas no lloraba, ni me quejaba o maldecía al lastimarme, sin embargo, nada se le comparó a lo que sintió mi corazón cuando conocí a Jesse. No digo que fuese amor a primera vista, porque no creo que exista tal cosa, pero mis ojos no estaban preparados para su belleza.

Rubio, de ojos color miel, alto, piel dorada por el sol, músculos marcados, con su pecho al desnudo, en un bañador negro y en sandalias, se encontraba en la playa tocando la guitarra e intentando torpemente cantar “lamento boliviano” con un acento terrible, pero sin la menor vergüenza, rodeado de un grupo de hombres tanto locales como extranjeros, el hombre que me robaría el corazón, Jesse.

Ni si quiera se daba cuenta de mi existencia, y agradecía a dios que así fuera, porque no estaba preparada para mi perdición. Estaba trabajando, como cada verano la playa se llenaba de turistas se requería de personal extra en los bares y restaurantes cerca del mar. En un pueblo tan pequeño, donde todos nos conocíamos, no era tan difícil encontrar quien te recomendara en un trabajo, así fue como a los quince años comencé a servir mesas en un bar del amigo del hermano del padrino de mi mamá, ya eran seis años seguidos en los que había visto todo tipo de persona, pero sin duda nadie se comparaba con Jesse.

Hombres apuestos de todas las nacionalidades; británicos, holandeses, ecuatorianos, estadounidenses, asiáticos, etc. pasaban a comer o tomar algo en el bar en el que trabajaba, estaba acostumbrada a ver hombres así, sabía cómo eran, mis abuelos me lo decían todo el tiempo, llegaban por una temporada, jugaban y se entretenían con las chicas que se lo permitían y luego se iban y no regresaban, por eso cuando lo vi a él, supe que por mucho que mi corazón latiese fuerte, no me podía permitir acercarme a él.

Si me enamoraba, terminaría con el corazón roto, y en el peor de los casos, en boca de todo el pueblo, siendo la comidilla de la gente que no se la piensa dos veces para dar su opinión por muy cruda que sea, solo porque consideran que es la verdad y que debe ser dicha. En mi pueblo nadie se anda con tapujos, es nuestra frase predilecta para defender la carencia de empatía y el sentimiento de superioridad cuando se critica a una persona y eso lo sé de primera y segunda mano.

Jesse, atractivo y radiante, no tenía entrada a mi vida, aunque tampoco pensaba que tenía oportunidad con él, la mayoría de los hombres como el tenían novia, sin embargo, no podía apartar la mirada de él, ni yo ni nadie. Samanta estaba sirviendo su mesa esa noche, su inglés que casi siempre sonaba perfecto, se escuchaba casi tan destartalado como el mío, los nervios causaban ese efecto, Jesse causaba ese efecto.

Pasaron horas y varias canciones en inglés, desde los Beatles hasta Jonny Cash, aún con la música del bar de fondo se podía escuchar la buena guitarra de Jesse, su voz desafinada había llamado la atención de casi todos, incluso yo aplaudí cuando terminó su última canción y cedió la guitarra a uno de sus nuevos amigos. Un ser demasiado sociable digno de envidia. Se retiró poco antes de que cerráramos, cuando ya la mitad de las personas se había ido, pasada la medianoche, todo sonriente y un poco ebrio, volvió hacia mí por primera vez, pasó un segundo, luego dos, y luego me guiñó el ojo y desapareció por la puerta.

La segunda vez que vi a Jesse estaba todo mojado sobre una tabla de surf, me había imaginado que practicábamos el mismo deporte, pero no sospechaba que me lo encontraría en el océano tan temprano, sobre todo teniendo en cuenta que la noche anterior se había quedado tomando pasada la medianoche.

Esperaba tener las olas solo para mí, por lo general así era, incluso en temporada alta, nadie se metía al mar a esa hora, por eso cuando lo vi a ahí me quedé de piedra, lo reconocí a distancia, él era la única razón por la que estaba despierta a esa hora buscando una forma de distraer mi mente, no había dormido bien, luego de que me guiñara el ojo y se fuera la noche anterior, terminé mi jornada laboral y regresé a casa que está solo a un par de cuadras del trabajo.

Me metí en la cama, ya todos estaban dormidos, intenté no hacer mucho ruido, no moverme, no quería despertar a mi madre ni mis hermanas con quienes compartía habitación, me quedé viendo el techo, intentando sacarme de la cabeza la voz de Jesse, intenté no pensar en sus ojos que brillaban como el sol, pero no podía, había algo en él que me generaba demasiada curiosidad, si él se acercaba de nuevo… si volvía al bar y si me veía obligada servirle y si me debía hablarle ¿Qué tanta fuerza de voluntad necesitaría para no tirarme a sus pies?

Me había levantado a las cinco de la mañana en cuanto escuché al gallo cantar, fui al baño, me vi al espejo y fui muy consciente de mi aspecto, mis ojeras enormes, mi cabello estaba alborotado, mi piel en dos tonos distintos, mi aspecto era deprimente, pacería que estaba enferma. Pancho el gallo volvió a cantar, lo cual le recordó a Paco, nuestro loro, que era hora de su berrinche matutino, poco después mis abuelos estarían levantados preparando café para comer con pan.

Intenté ponerme lo más decente posible, tomé café mientras observaba la playa, las olas eran grandes, no pasó mucho tiempo para darme cuenta que no volvería a tener otra oportunidad, les avisé a mis abuelos que iría a practicar surf un rato, solo me retiré para cambiarme de ropa y buscar mi tabla cuando noté que había alguien más, me acerqué y luego lo vi, a Jesse, me tomó un buen rato armarme de valor y seguir adelante, estuve a muy poco de regresarme, pero no lo hice, quizás por la curiosidad que me inspiraba, o quizás porque me había vuelto totalmente loca.

En el momento en que mis pies tocaron el agua supe que no había marcha atrás, Jesse estaba sentado sobre su tabla, me observaba y eso me ponía nerviosa, pero no evitaba que me acercara, deje caer mi tabla sobre el agua y deslicé mi cuerpo sobre ella para comenzar a nadar, el agua estaba fresca, respire profundo el olor a sal y me llene de confianza, cuando por fin alcance la distancia donde estaba el, me senté sobre la tabla y le sonreí.

Observé la siguiente ola venir, ni si quiera le hablé, me preparé de inmediato para montarla, nade hacia ella, sentí la adrenalina correr por mi cuerpo, me puse de pie, estaba tan absorta en la suerte que había tenido de atrapar tan rápido una ola de ese tamaño que no me di cuenta que él venía detrás mío y por un instante casi pierdo el balance, pero lo no hice, su sonrisa mientras me observaba me sostuvo, así que me digné a disfrutar el momento, cuando la ola llegó a su fin me dejé caer de espaldas. Jesse apareció junto a mí, segundos después, ambos nos volvimos a subir a nuestra tabla y fue cuando lo escuché dirigirse hacia mí por primera vez.

- Esa fue la mejor ola de mi vida – dijo con gran entusiasmo – ¿tienen esto todo el tiempo? – preguntó en inglés y yo asentí con una sonrisa – y el agua, pensé que era mentira cuando me decían que estaría tibia incluso antes de que saliera el sol.

- El sol ya salió. –le recordé.

- Apenas. – levantó ambas cejas.

Cada expresión nueva en su rostro era un espectáculo ¿quién era ese hombre y con qué derecho era tan apuesto? Deseaba tener un interruptor que me permitiera apagar los nervios, porque él estaba totalmente relajado, y yo no parecía recuperarme, comenzaba a dar pena y temía que él lo notara, gire mi rostro para no tener que verlo unos segundos y tome un par de respiraciones largas.

- ¿Cómo te llamas? –preguntó.

- Amy. –respondí con los ojos cerrados aún sin verlo.

- Me llamo Jesse, ey, viene otra ola, si te das prisa, la cogerás detrás de mí.

Me giré de inmediato, él ya estaba encaminado hacia la ola, lo seguí mientras observaba el agua subir y formarse, me puse de pie detrás de él, pero poco pude mantener la concentración, era imposible mantener el equilibrio cuando sus maravillosos glúteos me distraían enormemente, me caí a mitad del camino y en mi torpeza me lo pasé llevando a él, cuando salí de nuevo me di cuenta de que había tragado agua y me sentí estúpida, pero fue su risa cuando él salió lo que me relajó.

- Eso fue divertido. – dijo él.

Solo asentí y volví a subirme a la tabla, giré el rostro en dirección a mi casa y vi a mis abuelos a lo lejos, un pequeño revuelo entre miedo y remordimiento azoto mi cuerpo, sabía lo que estaban pensando, para ellos cualquier interacción con un hombre era una amenaza y sabía que si duraba dos segundos más junto a Jesse comenzarían a interrogarme, la pregunta era ¿estaba dispuesta a intercambiar ese buen rato por uno malo al salir del agua? ¿Estaba dispuesta a sacrificar la diversión por un poco de paz? No estoy haciendo nada malo me dije a mi misma.

- Ya nos conocemos ¿verdad? – preguntó Jesse desde su tabla.

Me giré a verlo y asentí, su cabello ante la luz del día tomaba un tono más ligero, caía hacia delante y era devastador, pero su sonrisa, con sus dientes súper alineados y blancos, era perfecta, deseaba estar ahí, con él, perdiendo todo mi tiempo admirándolo, sabía que no podía hacer nada más y no podía dar paso a ello, observé el mar en busca de una futura ola para poder alejarme, pero todo estaba en calma.

- En el bar, – me recordó y yo asentí – ¿vives aquí? – asentí de nuevo.

- Creo que voy a nadar un poco aquel lado, – señalé – creo que se están dando mejores olas allá. – sugerí.

El me siguió y en efecto pudimos montar un par de olas más, un tanto más pequeñas que las anteriores, pero siempre excitante, no cruzamos mucha palabra luego de eso, había pasado quizás media hora o más, no era consciente del tiempo, pero ya no veía a mis abuelos, así que decidí que era momento de volver.

- ¿Qué haces aquí tan temprano? – pregunté.

- Revise Surfline, decía que tendría las mejores olas a esta hora.

- ¿Qué es eso? – pregunté, el me observó extrañado.

- ¿No manejas aplicaciones para hacer surf? – preguntó y yo negué.

- Salgo al mar, lo observo durante un rato, lo analizo y tomo la decisión si entrar o no ¿cómo pensabas que hacían las personas antes de la tecnología?

- No sé, preguntando. Pero ya ves que a veces las personas te dan mala información. – se encogió de hombros.

- Si, bueno… creo que debo irme. – le dije.

- ¿Por qué? ¿Te estoy aburriendo?

- Un poco, sí. – mentí y su expresión me sacó una carcajada – Solo bromeaba, tengo cosas que hacer.

- Muy graciosa, – dijo negando con una sonrisa – me ha encantado conocerte.

- Igual, – asentí – nos vemos luego.

Con eso me giré y comencé a nadar sobre mi tabla lejos de él, por alguna razón no podía dejar de sonreír, al menos así fue hasta que llegué a casa y escuché a mi abuelo sisear detrás de mí “el diablo es puerco”, entonces la sonrisa se desvaneció y un enojo grande me invadió el rostro. Fui a la habitación, mis hermanas seguían dormidas, mi mamá ya se había despertado, estaba en el baño cuando llegué.

Fátima y yo compartíamos una litera de dos pisos, ella dormía en la de arriba, Wanda compartía una cama grande con mamá, me molestaba pensar como, aunque hiciera todo bien, me llevaba todas las reprimendas. Entre a bañarme luego de mi madre, cuando salí me encontré con mis abuelos hablando seriamente con mamá, explicando cómo yo me había ido muy temprano a encontrar con un hombre al mar y así le siguió una regañiza, porque para ellos todo era su culpa, por no sabernos dar un buen ejemplo, me quedé ahí a observar, porque si decía algo podría terminar con la boca reventada de un manotazo.

En casa decimos “chistito te ves más bonito” que es como decir calladita me veo más bonita. Nos evita problemas, acá nadie le levanta la vos a mis abuelos, aunque hablamos gritando. Los respetamos, así que aguantamos humillaciones, gritos, golpes, porque gracias a ellos tenemos donde vivir, no diré que no me duele nuestra situación, pero tampoco los odio, son estrictos, y a su vez se cuánto nos aman, es solo que su amor a veces puede ser un poco opresivo.

Mamá no me dijo nada luego de que mis abuelos terminaron el sermón, pero si me lanzó una de esas miradas que dicen “luego hablamos” y “estas en problemas” ella se fue al trabajo y yo regresé a la habitación, me acosté en la cama junto a Wanda, estaba cansada y frustrada y me puse a pensar como ese drama había sido por hablar con Jesse y al pensar en su sonrisa antes de caer definitivamente en manos de Morfeo sabía que había válido totalmente la pena.