Jefe, no te soporto Capítulo 29
97%

Capítulo 29

Nicolás

Cuando entré en casa, supe inmediatamente que algo iba mal. No había música, no había olor a cena, no había el sonido habitual de Melisa moviéndose por la cocina o riendo al teléfono. Solo había silencio, denso y pesado, que me golpeó en el pecho nada más cruzar el umbral.

La encontré en el salón, sentada en el borde del sofá, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo de una manera que me recordó a nuestra primera entrevista, cuando parecía a punto de huir de mi oficina.

Estaba pálida, incluso a la luz tenue de la lámpara, y cuando levantó la vista hacia mí, vi que sus ojos estaban hinchados, como si hubiera estado llorando.

Mi corazón se detuvo.

—Melisa —dije, dejando las llaves sobre la mesa del recibidor sin mirar—. ¿Qué ocurre?

Ella no respondió. Solo me miró con una intensidad que me aterrorizó. En mi cabeza, empezaron a girar escenarios catastróficos. ¿Que estaba enferma? ¿Que había pasado algo en el gimnasio? ¿Que… que quería dejarme? El miedo me sentó como un puñetazo en el estómago.

Me acerqué despacio, como si ella fuera un animal asustado, listo para salir corriendo, y me senté en el borde de la mesa de centro, frente a ella, a escasos metros.

—Dime —supliqué, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. Sea lo que sea, podemos solucionarlo. Pero dime qué pasa.

Ella respiró hondo. Abrió la boca. La cerró. Y entonces extendió la mano hacia el cajón de la mesilla auxiliar, sacó algo pequeño, rectangular y blanco y me lo tendió.

Lo cogí con dedos temblorosos. Era una caja de cartón, de esas que venden en farmacias. Y cuando la abrí, cuando vi lo que había dentro —una varilla de plástico con dos rayas rojas intensas—, el mundo se detuvo.

Silencio.

Un silencio absoluto, ensordecedor, que duró exactamente cinco segundos según el reloj de la pared. Cinco segundos en los que mi cerebro intentó procesar la información, rechazarla, aceptarla, explotar de emoción.

—¿Es…? —logré decir, pero la voz se me quebró.

—Sí —susurró ella, y una sonrisa temblorosa apareció en sus labios—. Seis semanas. Aproximadamente.

La miré. Realmente la miré. Y entonces lo vi. No estaba triste. Estaba… asustada. Emocionada, pero asustada. Y radiante, a pesar del miedo.

—¡Dios mío! —exclamé, y el silencio se rompió como un cristal.

Me levanté de un salto, la cogí en brazos, ella chilló sorprendida y la hice girar en el aire, riendo como un loco, con las lágrimas corriendo por mis mejillas, sin poder detenerlas.

La dejé en el suelo, la agarré por los hombros, la besé una, dos, diez veces, y luego me arrodillé frente a ella, poniendo las manos sobre su vientre, que aún estaba plano, pero ya contenía la vida.

—Vas a ser padre —dijo ella, con la voz llena de amor y pánico a partes iguales.

—Voy a ser padre —repetí, incrédulo, maravillado, aterrado y emocionado a la vez.

Me senté en el suelo, junto al sofá, y ella se deslizó para sentarse a mi lado. Nos quedamos así, en el suelo del salón, con la prueba de embarazo entre nosotros como un tesoro sagrado.

—Tengo miedo —confesé de repente, y la honestidad me supo a liberación—. Tengo miedo de no saber hacerlo bien. De ser como mi padre. De ser demasiado duro, demasiado permisivo o simplemente… no estar a la altura.

Melisa me cogió la mano, entrelazando sus dedos con los míos.

—Yo también —admitió—. Tengo miedo de proyectar mis miedos, de no ser buena madre, de… de todo. Pero creo… creo que eso es bueno, ¿no? Que tengamos miedo. Significa que nos importa.

Asentí, besando sus nudillos.

—Aprenderemos juntos —dije—. Seremos el equipo más extraño y torpe del mundo, pero seremos un equipo. Y nuestro hijo… o nuestra hija… será amado. Eso lo garantizo.

Ella se echó a llorar de nuevo, pero esta vez eran lágrimas de alivio. La abracé, la mecí, la besé en la coronilla, prometiéndole en silencio que sería el padre que mi propio padre nunca fue.

Dos horas después, nuestra sala de estar se había convertido en una fiesta improvisada. Andrea había llegado con cuatro botellas de champán para celebrar que iba a ser tía, y Álex estaba sentado en el sofá con una sonrisa boba que no se le quitaba de la cara desde que le habíamos dado la noticia.

—Voy a ser tío —repetía, como si fuera un mantra—. Voy a ser el tío guay. El que le enseña a conducir antes de tiempo y le compra su primera cerveza.

—Ni hablar —dijo Melisa, señalándole con un dedo acusador—. Tú serás el tío responsable que le enseña a respetar la ley.

—Eso es lo que dice ahora —intervino Andrea, abriendo otra botella—. Espera a que el niño tenga dos años y empiece a decir «tío Álex» con esos ojitos. Estará perdido.

Estábamos todos un poco borrachos, excepto Melisa, que bebía agua con gas con cara de resignación, cuando la puerta se abrió sin llamar y entraron Diego y Marta, con cara de indignación.

—¡Hemos oído rumores! —exclamó Diego, señalándonos con el dedo—. ¡Rumores de que hay un ganador de la apuesta! Y ese soy yo —añadió, triunfal—. Aposté a este año. Págame, Marta.

Marta se cruzó de brazos con una expresión de suficiencia.

—Ni hablar —dijo—. Las reglas decían que debían estar casados. O al menos prometidos. Y no lo están. Además, yo aposté a que sería después de la boda, así que técnicamente, si se casan rápido, yo gano.

—¡Eso no estaba en las reglas escritas! —Protestó Diego.

—Estaba implícito —replicó Marta.

—¡Nada estaba implícito!

—¡Callaos los dos! —gritó Andrea, levantando su copa—. ¡Estamos celebrando que van a tener un bebé! ¡Guardad el dinero para el regalo del bautizo!

Diego y Marta se miraron, gruñeron, pero finalmente se unieron a la celebración. Diego incluso se emocionó tanto que intentó hacer un brindis con zumo de naranja por el futuro campeón de halterofilia y se lo derramó en la camisa.

Cuando se fueron todos y la casa volvió a quedar en silencio, solo quedamos nosotros dos. Melisa y yo, sentados en el sofá, con las manos sobre su vientre, mirando hacia un futuro que de repente parecía infinito y maravilloso.

La cogí en brazos, la senté sobre mis piernas y la besé con una ternura que me dolía en el pecho. Un beso lento, profundo, lleno de promesas silenciosas.

Cuando nos separamos, ella apoyó la frente contra la mía, con los ojos cerrados y sonriendo.

—¿Sigues odiándome? —pregunté, recordando nuestra primera conversación, nuestra guerra de plantas, todo lo que habíamos recorrido.

Ella abrió los ojos. Brillaban de amor y de travesura.

—Muchísimo —respondió, con esa voz cantarina que me volvía loco.

Sonreí, ampliamente, felizmente.

—Perfecto —dije—. Porque pienso pasarme el resto de mi vida intentando que cambies de opinión.

Y mientras el amanecer se asomaba por la ventana, pintando el cielo de Málaga de un rosa que prometía un día hermoso, supe que lo lograría.

Que cada día, durante el resto de mi vida, la haría sonreír, reír y sentir que era amada.

Y que juntos, con nuestro hijo, construiríamos la familia que ambos habíamos soñado y que ninguno de los dos había tenido.

Era el final de una guerra. El comienzo de una vida.

Y era perfecto.