Epílogo
Melisa
Seis años después…
El caos llegó puntual, como todos los días, a las siete de la mañana en punto.
No fue un despertar suave, sino una explosión de sonidos: el despertador de Lucas, nuestro hijo mayor, de seis años, que imitaba el rugido de un dinosaurio; el llanto de la pequeña Ana, que había decidido que aquella era la mañana en la que odiaba su silla alta; y el grito de Nicolás desde la cocina, anunciando que los calcetines de Lucas habían desaparecido por arte de magia.
Me incorporé en la cama, con el pelo revuelto y la camiseta de dormir torcida, y suspiré hacia el techo. Seis años. Seis años desde aquella prueba de embarazo que cambió todo, y, aun así, cada mañana seguía sintiendo que vivía en un torbellino del que no quería salir.
—¡Mamá! —gritó Lucas desde el pasillo—. ¡Papá está haciendo fuego en la cocina!
—No es fuego, es arte culinario —corrigió la voz de Nicolás, ahogada por el sonido de algo chisporroteando violentamente.
Me levanté tambaleándome, cogí a Ana en brazos, que dejó de llorar inmediatamente al verme, y bajé las escaleras con la precaución de quien camina sobre huevos. La escena que me encontró fue, cuanto menos, pintoresca.
Nicolás, con el pelo revuelto y una camiseta vieja del gimnasio, intentaba dar la vuelta a unas tortitas que parecían haber sido atacadas por un animal salvaje.
El humo salía de la sartén en espirales sospechosas, y Lucas estaba sentado en la mesa, con una expresión de crítico gastronómico de cinco estrellas, observando el desastre.
—Creo que están muertas, papá —dijo Lucas, serio.
—Están caramelizadas —defendió Nicolás, intentando salvar lo insalvable.
—Están carbonizadas —corregí, dejando a Ana en su trona y arrebatándole la espátula a mi marido—. Vete a vestir a Lucas. Yo termino aquí.
Nicolás me besó en la mejilla, con una sonrisa de niño pillo, y desapareció corriendo escaleras arriba persiguiendo a Lucas, que ya gritaba algo sobre un calcetín azul que era absolutamente vital para su supervivencia en el colegio.
Intenté rescatar el desayuno mientras contestaba mails en el móvil con una mano y daba cucharadas de yogur a Ana con la otra.
Trabajar desde casa tenía sus ventajas, pero también significaba que nunca estaba realmente fuera del trabajo.
El gimnasio había crecido, ahora teníamos cinco sedes en Andalucía, y mi rol como directora de operaciones me exigía estar siempre conectada, aunque estuviera cubierta de harina y con una hija que intentaba pintarme la cara con puré de manzana.
—¡Sorpresa! —La voz de Andrea resonó en el recibidor justo cuando lograba sentar a Ana con su vaso de leche.
Apareció en la cocina con ese aire de torbellino rubio que tenía desde los cinco años, cargada de bolsas de su estudio de diseño y con una sonrisa radiante.
—He traído croissants —anunció, dejando una bolsa sobre la mesa—. Y noticias. He diseñado la imagen corporativa de una cadena de hoteles. Voy a ser famosa, Melisa. O rica. O las dos cosas.
—Ya eres famosa —dije, dándole un beso mientras intentaba evitar que Ana tirara el vaso al suelo—. Y si sigues apareciendo sin avisar a las siete y media de la mañana, también serás persona non grata.
—Nunca —sonrió ella, haciéndole cosquillas a Ana—. Soy la tía favorita. ¿Verdad, princesa?
La puerta volvió a sonar. Esta vez era Álex, con su eterna chaqueta de cuero a pesar de que ya era jefe de comisaría, cargado con bolsas de comida para llevar de la cafetería del gimnasio.
—He traído salvación —dijo, besando a Andrea en la mejilla, cosa que hacía cada vez más a menudo, aunque ambos seguían negando que fuera nada serio, y saludando a Ana con la mano—.
Y noticias. Diego ha intentado hacer una clase de spinning con los niños y ha vomitado tres veces. Marta lo ha grabado. Es oro puro.
La mañana siguió su curso caótico pero perfecto.
Después de desayunar los croissants de Andrea, con Nicolás intentando limpiar la cara de Lucas con un paño húmedo, y Ana cantando canciones sin sentido, nos vestimos y salimos hacia el gimnasio.
Era sábado, y los sábados eran sagrados: día de familia en el negocio.
El Castillo Fitness original, el primero, donde todo empezó, seguía siendo nuestra sede principal.
Cuando entramos, con Lucas corriendo hacia la recepción gritando «¡Hola, tío Samuel!
» y Ana dormida en mi hombro, sentí esa familiar sensación de volver a casa.
Los empleados nos saludaban con cariño, los clientes habituales hacían muecas a los niños y, en el fondo, junto a la piscina, estaba él.
Nicolás se había quitado la chaqueta y llevaba a Lucas sobre los hombros, mostrándole cómo funcionaba el sistema de filtración del agua, con una paciencia infinita que nunca habría imaginado en el hombre frío y controlador que conocí años atrás.
—¡Papá, más alto! —gritó Lucas, y Nicolás lo levantó más, haciéndolo volar por un segundo.
Ana se despertó entonces, exigió bajar y corrió, tambaleándose, hacia su padre, gritando «¡Papá, papá!» con esa voz aguda que derretía corazones.
Los observé desde la barra de la cafetería mientras Andrea y Álex discutían sobre quién pagaría el almuerzo. Nicolás agachándose para abrazar a Ana, Lucas intentando enseñarle a su hermana a hacer pompas en el agua, los tres juntos, perfectos, reales.
Habíamos construido esto. No solo el gimnasio, no solo el éxito empresarial. Habíamos construido una familia. Un hogar. Una vida.
Salí al exterior, hacia la zona de la piscina donde, años atrás, todo cambió. El sol de la mañana brillaba sobre el agua y, por un momento, estuve sola con mis recuerdos.
—Te he estado buscando —dijo la voz de Nicolás a mi espalda.
Me giré. Estaba allí, con Ana en brazos y Lucas agarrado a su pierna, pero me miraba a mí con esa intensidad que el tiempo no había logrado apagar.
—¿Recuerdas cuando me odiabas? —preguntó, sonriendo, dejando a los niños en el suelo para que jugaran cerca.
—No te odiaba —mentí—. Solo te encontraba insoportablemente arrogante.
—Y ahora —dijo, acercándose, agarrándome por la cintura con la familiaridad de quien ha compartido mil mañanas—, ¿qué me encuentras?
—Insoportablemente perfecto —susurré, apoyando la cabeza en su hombro.
Nos quedamos así, mirando el agua donde nos habíamos besado, donde nos habíamos amado, donde habíamos empezado.
—Nunca pensé —dije, con la voz cargada de emoción— que aquel hombre insoportable que me miró como si fuera un error de cálculo acabaría siendo el amor de mi vida. El padre de mis hijos. Mi hogar.
Nicolás me besó suavemente en la sien.
—Yo sí —dijo.
Lo miré, incrédula.
—Mentiroso —reí.
—Bueno… —sonrió, con esa sonrisa que aún me volvía loca— quizá desde el tercer beso. O el cuarto. Definitivamente desde el quinto.
Los niños nos llamaron desde el césped, exigiendo atención, exigiendo abrazos, llenando el aire de risas y de vida. Nos separamos, pero no del todo. Nicolás me cogió la mano, entrelazando sus dedos con los míos, y caminamos juntos hacia ellos.
Y mientras corríamos tras Lucas, que intentaba escabullirse hacia la zona de pesas, y mientras Ana nos exigía que la levantáramos ya mismo, pensé en todo lo que había dejado atrás. En la oscuridad de Madrid, en el miedo, en la vergüenza, en la sensación de estar rota.
No había olvidado mi pasado. Seguía ahí, en algún lugar, una cicatriz invisible que formaba parte de quien era. Pero ya no vivía dentro de él. Ya no me definía. Ahora vivía en la luz, en el caos, en el amor.
En el hombre al que una vez juré que odiaba, y que ahora era mi todo.
—Te amo —susurré a Nicolás mientras levantaba a Ana en brazos.
—Yo también te amo —respondió—. Ahora, y siempre, y en cada beso que nos queda por dar.
Y mientras el sol brillaba sobre nosotros, mientras los niños reían y la vida seguía su curso imperfecto y maravilloso, supe que había llegado a casa.
Definitivamente.