Capítulo 28
Melisa
Seis meses después de aquella cena de velas, mi vida tenía una forma que no habría reconocido apenas un año antes.
Ya no era la recepcionista asustada que se escondía detrás de un mostrador, ni la víctima que huía de su pasado, ni siquiera la mujer que dudaba de cada paso que daba.
Ahora ocupaba una oficina real, no el cuarto de limpieza improvisado del principio, con una ventana que daba al mar y una placa en la puerta que decía «Directora de Operaciones», sin que yo me riera al verla.
Me gustaba el peso de la responsabilidad.
Me gustaba tomar decisiones, enfrentarme a los proveedores y discutir con Nicolás sobre expansiones y nuevos proyectos, sabiendo que mi opinión contaba tanto como la suya.
Había algo poderoso en sentarme a la mesa de juntas y ver a los inversores mirarme a los ojos, no por encima del hombro buscando a mi novio.
—Eres imparable —me había dicho Nicolás esa mañana, besándome antes de salir para una reunión en Sevilla—. A veces me asusta lo mucho que has crecido.
—Tú también —le había respondido, ajustándole la corbata—. Y eso es lo que nos hace funcionar.
Sonreí sola en la oficina, recordando su cara. Estaba feliz. Genuinamente feliz. Y eso, para alguien que había pasado dos años sumida en la oscuridad, era casi un milagro.
El teléfono sonó. Era Andrea, cuyo nombre ahora aparecía en mi pantalla seguido de un emoji de corona y la palabra «Jefa».
—¿Estás sentada? —preguntó, y su voz vibraba de emoción.
—Estoy en la oficina. ¿Qué pasa?
—He firmado el contrato del estudio. ¡Es mío, Melisa! ¡El estudio de diseño en el centro, ese que vimos hace meses, es oficialmente mío!
Grité de alegría, olvidando por completo la dignidad empresarial. Andrea llevaba meses ahorrando, buscando financiación, dudando. Verla conseguirlo me llenó de orgullo. Habíamos llegado juntas, desde aquel piso pequeño de Cruz del Molinillo hasta aquí, cada una construyendo su propio imperio.
—Celebramos esta noche —dije—. Cena en mi casa. Trae champán.
—Llevo dos botellas —prometió ella—. Y te cuento todo. ¡Te quiero, jefa!
Colgué riendo, todavía con la sonrisa en los labios cuando la puerta se abrió sin llamar. Entraron Diego y Marta, discutiendo como de costumbre, con un papel en la mano que parecía ser una lista.
—Yo digo que antes del verano —decía Diego—. Ella ya lleva el anillo; es cuestión de tiempo.
—Tú no entiendes nada de mujeres —replicó Marta—. Van a esperar. Querrán una boda grande, un viaje de novios, todo eso. Yo digo que el bebé llega el año que viene.
Se detuvieron al verme. Yo los miré con la ceja levantada.
—¿Estáis hablando de nosotros? —Pregunté, señalando el papel.
Diego sonrió con esa sonrisa de lobo que le caracterizaba.
—Melisa, cariño, estamos haciendo la quiniela. Marta dice que tú y el jefe tendréis un hijo el año que viene. Yo digo que será este año. Y Samuel… —señaló hacia abajo— …apostó a que ya estáis intentándolo.
Sentí que el calor subía a mis mejillas, pero mantuve la compostura.
—Sois unos cotillas —dije, haciéndome la ofendida—. Y os vais a quedar con las ganas de saberlo.
—¡Eso significa que sí! —exclamó Diego, victorioso.
—Significa que es mi vida privada —repliqué, empujándolos hacia la puerta—. Tengo que salir. Y dejad de apostar sobre mi útero, por favor.
Salieron discutiendo todavía, y yo me quedé sola, con la mano inconscientemente posada en el vientre. No estaba segura de nada. O quizás sí lo estaba, pero no quería admitirlo.
Había empezado a sentirme diferente hacía dos semanas.
Al principio lo atribuí al estrés: la apertura del tercer gimnasio en Sevilla se acercaba, y llevábamos meses de locura.
Pero el cansancio persistía, y las náuseas matutinas por ese repulsivo olor a café que antes adoraba y ahora me hacía correr al baño, no tenían nada que ver con el estrés.
Había comprado la prueba en una farmacia del otro lado de la ciudad, donde nadie me conociera. La había escondido en el fondo del bolso durante tres días, demasiado asustada como para usarla, demasiado emocionada como para tirarla.
Conduje a casa con las manos temblorosas sobre el volante. Nicolás no llegaría hasta las ocho. Tenía tiempo.
El baño de nuestra casa me pareció extrañamente silencioso cuando entré. Saqué la cajita del bolso, leí las instrucciones por décima vez y me senté en el borde de la bañera.
El tiempo de espera fueron los tres minutos más largos de mi vida.
Cuando aparecieron las dos rayas, rojas, inequívocas, sentí que el suelo se movía bajo mis pies. No de miedo, al menos no solo de eso. Sino de emoción pura que me hizo llorar en ese momento.
Positivo. Estaba embarazada. Nos íbamos a convertir en padres.
Me quedé allí sentada durante largos minutos, con la prueba en las manos, llorando y riendo al mismo tiempo.
Pensé en mi madre, en cómo había criado sola a una hija durante veintiséis años, en lo fuerte que había sido, en lo mucho que la echaba de menos en ese momento.
Pensé en Nicolás, en lo buen padre que sería, en su paciencia, en su fuerza, en su capacidad para proteger sin sofocar.
Y luego vino el miedo.
No el miedo a que Nicolás se enfadara o a que no quisiera al bebé. Él lo deseaba, lo sabía. Lo habíamos hablado de pasada, pensando en algún día, cuando estuviéramos listos. Él estaría feliz y emocionado, y se volvería aún más protector.
El miedo era hacia mí misma.
¿Podría ser buena madre? Yo, que había pasado por la violencia, que llevaba cicatrices invisibles, que a veces seguía despertándome gritando en mitad de la noche.
¿Podría criar a un niño sin transmitirle mis miedos ni proyectar en él mis traumas?
¿Sería capaz de darle la seguridad que yo no tuve, la familia completa que yo perdí?
Me miré en el espejo, con los ojos hinchados de llorar, y vi a una mujer diferente. No solo a la directora de operaciones, no solo a la novia de Nicolás. Vi a una madre. Vi a alguien que iba a tener que ser más fuerte de lo que nunca había sido.
Y decidí que podía hacerlo. Que haría todo lo posible por ser la madre que mi hijo merecía.
Guardé la prueba en el cajón de mi mesilla, junto a una foto de mi madre. Luego bajé a la cocina y empecé a preparar la cena, aunque sabía que no podría comer nada sin vomitar. Quería que todo pareciera normal cuando él llegara. Quería ver su cara cuando se lo dijera.
Lo haría esa noche. No con una gran escenificación, no con un regalo envuelto. Solo con las palabras. Con la verdad.
Estaba sentada en el sofá, con las manos cruzadas sobre el regazo, sobre mi vientre, donde ya imaginaba que crecía algo mágico, cuando escuché el coche aparcar en el garaje.
El corazón se me aceleró hasta el punto de doler.
La puerta se abrió. Escuché sus pasos en el recibidor, el sonido de las llaves sobre la mesa, su voz llamándome.
—Melisa, ya estoy en casa.
Cerré los ojos, respiré hondo y supe que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.