Jefe, no te soporto Capítulo 27
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Capítulo 27

Nicolás

Estaba solo en mi oficina, aunque ya no podía llamarla así sin sentir una punzada de ironía.

Lo que antes era un espacio estéril, diseñado para demostrar éxito y control, ahora parecía habitado.

Había una planta en la esquina, una que Melisa había traído en su tercer día de trabajo y que había sobrevivido milagrosamente a mi olvido.

En el escritorio, donde antes solo había un ordenador y papeles, ahora descansaba una foto enmarcada: nosotros dos en la inauguración, riendo con la boca abierta mientras Diego nos echaba confeti encima desde el balcón.

Y en el cajón, escondido, pero siempre presente, estaba el pañuelo que había usado para limpiar la tinta de su mejilla aquel primer día, guardado como una reliquia de cuando todo empezó.

Pasé los dedos por el marco de la fotografía, sonriendo solo.

Habían pasado tres meses desde que Gabriel y Javier Prieto fueron encarcelados sin fianza, con cargos que sumaban décadas de condena, y desde que Esteban aceptó un acuerdo que le mantendría lejos de mi vida para siempre.

Tres meses de calma, de reconstrucción, de aprender a respirar sin el peso del miedo en el pecho.

Y en esos tres meses, todo había cambiado.

El segundo gimnasio no solo funcionaba; triunfaba.

Los números que tenía delante en la pantalla del ordenador eran mejores de lo que había proyectado incluso en mis sueños más ambiciosos.

Mil socios en el primer mes. Trescientos mil euros de beneficio neto.

Artículos en revistas nacionales que nos llamaban «el referente del fitness en España».

Incluso habíamos empezado a planear un tercer centro en Sevilla para el año siguiente.

Pero lo más sorprendente no eran las cifras. Era ella.

Melisa ya no era la recepcionista que llegaba tarde y reorganizaba mi mostrador a su antojo.

Aunque, pensándolo bien, seguía haciendo eso último.

Ahora era la directora de operaciones de Castillo Fitness, mi socia en la sombra, la persona que había transformado cada aspecto del negocio con su intuición y su capacidad para conectar con la gente.

Sabía el nombre de cada cliente habitual, recordaba sus cumpleaños, sus lesiones, sus historias.

Había creado un programa de bienestar emocional que había reducido la rotación de empleados a cero.

Y, lo más importante, había traído algo que yo nunca había logrado implantar: alegría.

La veía ahora, a través del cristal tintado de mi oficina, en la planta de abajo.

Llevaba un traje de pantalón azul marino que le sentaba de muerte, con el pelo recogido en un moño profesional que dejaba al descubierto su nuca.

Estaba hablando con un grupo de inversores potenciales, gesticulando con las manos, sonriendo con esa mezcla de ironía y calidez que derretía corazones y cerraba acuerdos comerciales.

Hablaban, reían, y yo sabía, porque la conocía, que estaba contando alguna anécdota improbable sobre cómo había aprendido a distinguir una máquina de remo de una herramienta de tortura medieval.

Era imparable. Y era mía.

O más bien, yo era suyo. Esa era la verdad que había aprendido a aceptar: que no la poseía, que no la protegía, que simplemente tenía el privilegio inmerecido de caminar a su lado.

—Te estás poniendo sentimental, Castillo —dijo una voz a mi espalda.

No me sobresalté. Conocía ese tono burlón demasiado bien. Álex estaba apoyado en el marco de la puerta, con su chaqueta de cuero y esa sonrisa de hermano mayor que tanto me sacaba de quicio.

—Llevas cinco minutos ahí —dije, sin girarme—. Podrías haber llamado.

—Y perderme la oportunidad de verte hacer ojitos a tu chica como un adolescente enamorado? Ni hablar.

Cogí el papel que tenía en la mesa —un informe de ventas que no necesitaba revisar— y se lo lancé. Lo esquivó con la elegancia de quien ha esquivado balas reales.

—¿Café? —preguntó.

—Café —acepté, levantándome.

Bajamos a la cafetería del gimnasio, ahora gestionada por una exclienta de Melisa que hacía los mejores croissants de Málaga. Nos sentamos en la terraza, con el sol de la tarde calentándonos la cara, y Álex me miró con esa intensidad que usaba cuando pasaba de amigo a interrogador.

—¿Estás bien? —preguntó, dejando el tono de broma.

—Nunca he estado mejor —respondí, y era verdad.

—¿Y con ella?

Suspiré, mirando el café que giraba en mi taza.

—Estoy perdido, Álex —admití, y decirlo en voz alta me liberó de un peso que ni siquiera sabía que cargaba—.

Completamente perdido. La amo. La amo de una manera que no sabía que existía.

No es solo… no es solo deseo, compañía o costumbre.

Es que cuando pienso en el futuro, en envejecer, en tener hijos, en todo eso que siempre me pareció un infierno…

solo la veo a ella. Solo quiero construir eso con ella.

Y me aterra porque nunca he querido tanto algo y porque sé que si la pierdo…

—No la vas a perder —cortó Álex, firme—. Ella te quiere. Lo veo cada vez que os miro. Es recíproco, Nicolás. Y tú te lo mereces. Después de todo lo que has pasado, te lo mereces.

Asentí, tragando el nudo que tenía en la garganta.

—Quiero hacerlo bien —dije—. Quiero… quiero construir algo con ella. Una vida. Un hogar. Todo.

Álex sonrió y me dio una palmada en el hombro.

—Entonces deja de hablar conmigo y ve a hacerlo.

La preparé durante toda la semana. No fue fácil; Melisa tenía un radar para las sorpresas que había desarrollado tras meses de vivir conmigo, y yo no era precisamente un experto en subterfugios.

Pero conseguí que Andrea la distrajera con una supuesta reunión de chicas el viernes por la noche, mientras yo transformaba nuestra casa, nuestra, porque ya había dejado de ser solo mía hacía semanas, en algo que mereciera el momento.

Contraté a un chef privado para que preparara la cena en la cocina, pero le pedí que se fuera antes de que ella llegara.

Quería que pareciera que yo había cocinado, aunque ambos sabíamos que mis habilidades culinarias se limitaban a tostar pan y quemar agua para la pasta.

Encendí velas por todas partes: no solo en la mesa del comedor, sino también en el pasillo, en el salón y en las escaleras.

Puse música suave, jazz, ese tipo de melodías que ella adoraba y que yo había aprendido a tolerar y luego a amar.

Y esperé.

Cuando llegó, a las nueve en punto, la casa estaba en penumbra, iluminada solo por el parpadeo de las velas. La oí entrar, el sonido de sus llaves sobre la mesa del recibidor, su bolso cayendo, sus pasos acercándose.

—¿Nicolás? —llamó, y había curiosidad en su voz—. ¿Por qué está todo a oscuras? ¿Se ha ido la luz?

Salí de la cocina con la copa de champán en la mano y la vi allí, parada en medio del salón, con los ojos abiertos como platos, mirando el océano de velas que la rodeaba.

—Dios mío —susurró—. ¿Has hecho tú esto?

—Con un poco de ayuda —admití, acercándome—. Pero la idea es mía. Y la intención también.

Cogió la copa que le tendía, todavía sin palabras, y dejó que la guiara hasta la mesa del comedor, donde la cena esperaba tapada con campanas de plata. No eran solo dos platos; eran seis. Cada uno representaba un mes que habíamos pasado juntos desde que todo terminó, desde que empezamos de verdad.

—¿Qué celebramos? —preguntó, sentándose, con la voz temblorosa de emoción.

—A nosotros —dije, sentándome frente a ella—. Al hecho de que sigamos aquí. De que hayamos sobrevivido. De que hayamos ganado.

Cenamos hablando de todo y de nada. De los planes para el gimnasio de Sevilla, del viaje que queríamos hacer a Japón, de la posibilidad de adoptar un perro: ella quería un pastor alemán; yo prefería algo más pequeño que no me hiciera sentir inseguro de mi masculinidad.

Pero a medida que avanzaba la noche, la conversación se volvió más íntima, más profunda.

Cuando el chef se llevó los platos y nos quedamos solos, con el champán burbujeando en nuestras copas y la luz de las velas proyectando sombras en su rostro, supe que era el momento.

—Melisa —dije, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. Quiero que sepas algo. No solo esta noche, sino siempre.

Dejó la copa y me miró fijamente, con esa atención total que me hacía sentir como si fuera el único hombre del mundo.

—Esta casa —continué, haciendo un gesto amplio—, este negocio, esta vida…

antes estaban vacíos. Eran un escaparate para demostrar que valía, que era exitoso, que no necesitaba a nadie.

Pero contigo… —me incliné hacia delante, cogiendo sus manos entre las mías— …

contigo han dejado de ser un escaparate.

Se han convertido en un hogar. Tú eres mi hogar, Melisa.

No estas paredes, no este dinero, no este éxito. Tú.

Sentí que sus dedos se entrelazaban con los míos, fuertes, cálidos.

—Quiero construir una vida contigo —dije, y cada palabra pesaba lo que debía pesar—.

Quiero despertarme cada mañana y verte a mi lado.

Quiero tener hijos contigo, si tú los quieres.

Quiero envejecer contigo, pelear contigo, reconciliarme contigo, descubrir el mundo contigo.

Quiero que seas mi socia, mi amiga, mi amante, mi…

mi todo. No porque te necesite para completarme, sino porque contigo soy mejor. Soy completo.

Las lágrimas brillaban en sus ojos, pero no caían. Sonreía, esa sonrisa preciosa que me había robado el corazón desde el primer día.

—Nicolás —dijo, y su voz salió firme, clara, llena de amor—. Yo también quiero eso. Quiero construir esa vida contigo. Quiero ser tu compañera, tu igual, tu… tu todo. No tengo miedo. Contigo, no tengo miedo.

Nos levantamos al mismo tiempo y nos encontramos en medio del salón, entre las velas que parpadeaban suavemente.

La abracé, sintiendo su cuerpo contra el mío, su corazón latiendo al unísono con el mío.

La besé, larga y profundamente, como si pudiera sellar con ese beso todas las promesas que acabábamos de hacer.

Cuando nos separamos, ella apoyó la cabeza en mi hombro y suspiró contenta.

—Te amo —susurró.

—Yo también te amo —respondí, besando su pelo—. Te amo más de lo que pensé que era posible amar a alguien.

Y mientras el jazz seguía sonando suavemente de fondo, y las velas consumían su última luz, supe que había encontrado lo que había estado buscando toda mi vida sin saberlo. No el éxito. No el control. No la perfección.

A ella.

Mi mujer. Mi hogar. Mi vida.