Jefe, no te soporto Capítulo 26
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Capítulo 26

Melisa

El día de la inauguración amaneció con un cielo azul imposible, de esos que solo se ven en Málaga cuando el verano se despide y el otoño aún no se decide a llegar.

Castillo Fitness II brillaba con una intensidad que parecía irreal, como si el propio edificio hubiera absorbido toda la luz del mediodía para lanzarla de vuelta al mundo en forma de cristales tintados y acero pulido.

Había gente por todas partes. Clientes VIP con trajes de miles de euros, periodistas de revistas de fitness con cámaras colgadas del cuello, influencers haciendo stories en directo desde la zona de spa, y los antiguos clientes del primer gimnasio, los de toda la vida, mirando alrededor con ojos como platos, preguntándose si podían permitirse seguir siendo parte de aquel mundo de lujo.

Yo estaba en el centro de todo, o eso parecía.

Llevaba un vestido azul cobalto que Andrea me había obligado a comprar porque, según dijo, «es la inauguración, no el funeral de tu dignidad», y los tacones más altos que había usado en mi vida.

Mi pelo caía en ondas sobre los hombros, cuidadosamente peinado para ocultar las pequeñas cicatrices que aún tenía en el cuello de aquella última noche en el almacén del puerto.

Las había cubierto con maquillaje, pero yo sabía que estaban ahí.

Como sabía que estaban las otras cicatrices, las invisibles, las que llevaba dentro y que ahora, finalmente, empezaban a cerrarse.

Todo salía perfecto. Demasiado perfecto, quizás.

Samuel supervisaba la zona de recepción con una eficiencia militar, sonriendo a los socios nuevos mientras su mano izquierda buscaba inconscientemente la alianza en su dedo, como hacía siempre cuando estaba nervioso.

Diego había intentado hacer el pino en la zona de yoga para romper el hielo, y Marta le había echado una toalla encima de la cara, provocando una carcajada general entre los asistentes.

Pero a pesar del éxito, a pesar de las luces, del champán, de los flashes de las cámaras, yo sentía un vacío en el pecho que nada parecía llenar. Porque él no estaba.

O eso creía.

Fue durante el discurso de bienvenida. Estaba de pie junto a Samuel, fingiendo escuchar sus palabras sobre visión empresarial y compromiso con la salud, cuando sentí que el aire cambiaba.

Una corriente eléctrica que recorrió la sala de arriba abajo, haciendo que la gente se volviera instintivamente hacia la puerta principal.

Allí estaba Nicolás.

Llevaba un traje gris marengo que le sentaba como si hubiera sido cosido sobre su cuerpo en ese preciso instante.

Su pelo negro estaba ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado la mano por él cien veces antes de entrar, y tenía ojeras que evidenciaban noches sin dormir.

Pero sus ojos… sus ojos me buscaban únicamente a mí.

Y cuando me encontraron, el mundo dejó de girar.

No habíamos hablado en dos semanas. Desde aquella noche en el almacén, desde que me había rescatado de las manos de Javier Prieto, el cómplice de Gabriel, desde que me había llevado en brazos hasta la ambulancia mientras yo lloraba sin control.

Desde que me había dicho, con la voz rota, que lo mejor era que nos separáramos, que yo merecía una vida sin peligro, sin él, sin la oscuridad que parecía perseguirle.

Y yo había aceptado. Porque estaba cansada. Porque necesitaba sanar. Porque su forma de protegerme, alejándome, me dolía más que cualquier golpe.

Pero ahora estaba allí. Y se acercaba.

La gente se apartaba a su paso sin que él tuviera que pedirlo. Tenía esa clase de presencia que imponía respeto sin esfuerzo, aunque hoy parecía diferente. Más vulnerable. Más… perdido.

—Melisa —dijo cuando estuvo frente a mí, y su voz salió áspera, cargada de emociones reprimidas.

Samuel nos miró, evaluando la situación, y luego hizo un gesto discreto a Diego y Marta. En cuestión de segundos, estábamos solos en un rincón de la sala de cardio, rodeados de máquinas brillantes y el murmullo lejano de la fiesta, pero completamente aislados del mundo.

—No deberías acercarte a mí —dije, cruzando los brazos, intentando proteger mi corazón de lo que fuera que viniera a decirme.

—Lo sé —respondió, y vi que sus manos temblaban ligeramente—. Pero tenía que verte. Tenía que decirte…

—¿Qué? —corté, y mi voz sonó más dura de lo que pretendía—. ¿Que lo sientes? ¿Que fue por mi bien? ¿Que me dejaste para protegerme? He escuchado eso antes, Nicolás. De ti. De otros. Y estoy cansada de que la gente decida por mí qué es lo mejor para mi vida.

Negó con la cabeza, dando un paso hacia mí. Retrocedí instintivamente, manteniendo la distancia.

—No —dijo, y su voz se quebró—. No vengo a decirte eso. Vengo a pedirte perdón. Perdón por haber decidido por ti. Perdón por haberte alejado creyendo que era lo correcto. Perdón por no haberte preguntado qué querías tú.

Se detuvo, pasándose una mano por la cara con un gesto de derrota que nunca le había visto.

—Cuando te vi en aquel almacén —continuó, y sus ojos se humedecieron—, cuando vi lo cerca que había estado de perderte, de que te hicieran daño por mi culpa, por mi familia, por mi estúpida guerra con mi hermano…

perdí la cabeza. Pensé que lo mejor era alejarte de mí.

Que mi vida era demasiado peligrosa, demasiado complicada.

Que merecías a alguien que pudiera darte normalidad. Seguridad.

—¿Y crees que tú no puedes darme eso? —pregunté, y sentí que la rabia se mezclaba con el dolor.

—No —dijo, y por primera vez sonrió con amargura—.

Creo que no puedo darte normalidad. Mi vida nunca será normal, Melisa.

Tengo un hermano en la cárcel, un negocio que reconstruir, una sombra que me persigue.

Pero vengo a decirte que ya no me importa.

Que no quiero alejarte. Que quiero que decidas tú.

Dio otro paso, y esta vez no retrocedí. Estaba demasiado cerca, oliendo a su colonia amaderada, sintiendo su calor.

—No puedes volver a decidir por mí —dije, y mi voz tembló, pero mantuve la mirada firme—.

No puedes volver a decirme qué es lo mejor para mí, ni protegerme alejándome, ni sacrificarte por mi bien.

Si esto… si nosotros… tiene que funcionar, tiene que ser como iguales.

Como compañeros. No como guardián y protegida.

Asintió, sin apartar los ojos de los míos.

—Lo sé —susurró—. Y lo acepto. No quiero ser tu salvador, Melisa. Quiero ser tu… tu compañero. Tu igual. El que está a tu lado cuando tú decides luchar, no el que te aparta del campo de batalla.

Sentí que algo se desbloqueaba en mi pecho. Una tensión que llevaba semanas, meses, acumulando.

—¿Estás seguro? —pregunté, suavemente—. Porque yo no soy una damisela, Nicolás.

Soy una mujer que ha pasado por cosas oscuras y ha salido adelante.

Que tiene miedos, sí, pero que no necesita que nadie la salve.

Que necesita… —mi voz se quebró— …que necesita a alguien que la ame como es.

Con sus traumas, con su fuerza, con su independencia.

Nicolás extendió la mano y tocó mi mejilla con una ternura que me hizo cerrar los ojos. Su piel era cálida, áspera, real.

—Te amo —dijo, simple y llanamente—. Te amo con tu fuerza y con tus miedos.

Con tu pasado y con tu futuro. Te amo como mujer que me desafía, que me enfrenta, que no me deja salirme con la mía.

Te amo, Melisa, y no quiero cambiarte. Solo quiero estar a tu lado mientras tú cambias lo que quieras cambiar, y aferrarme a lo que decidas conservar.

Abrí los ojos. Las lágrimas corrían por mis mejillas, pero no me importaba. Porque en sus ojos vi la verdad. Vi a un hombre que había aprendido. Que había crecido. Que había dejado de intentar controlarlo todo para simplemente… amar.

—Idiota —susurré, sonriendo entre lágrimas—. Has tardado demasiado en darte cuenta.

—Lo sé —dijo, acercándose más, hasta que nuestros cuerpos casi se tocaban—. ¿Me perdonas?

—No —respondí, y vi que se sobresaltaba, confundido—. No te perdono. Porque no has hecho nada que necesite perdón. Solo has sido… humano. Y estúpido. Y protector hasta el exceso. Pero eso sí puedo aceptarlo. Puedo aceptarte. Como eres.

Sus labios se curvaron en una sonrisa que iluminó todo su rostro. Y entonces me besó.

Fue un beso diferente a todos los anteriores. No fue el beso desesperado de la guerra, ni el beso furtivo del deseo reprimido, ni el beso temeroso de quien no sabe si está haciendo lo correcto. Fue un beso de paz. De reconciliación. De promesa.

Sus labios se movieron contra los míos con una suavidad que me hizo estremecer, y cuando se separó, apoyó su frente contra la mía, con los ojos cerrados, respirando el mismo aire.

—Te sigo odiando —susurré contra su boca, y mi voz salió cargada de amor disfrazado de sarcasmo.

Nicolás abrió los ojos y sonrió, esa sonrisa arrogante y encantadora que me había vuelto loca desde el primer día.

—Entonces supongo que tendremos que seguir besándonos —respondió—. Para que el odio no se te suba a la cabeza.

Y mientras la gente aplaudía en la sala principal, mientras el champán corría y el éxito se consolidaba, nosotros nos quedamos allí, en nuestro rincón de guerra y paz, besándonos como si el mundo fuera a terminar, o como si acabara de empezar.

Porque de una forma u otra, así era.

Nuestro mundo, finalmente, estaba completo.