Capítulo 25
Nicolás
Estaba solo en Castillo Fitness II, el gimnasio que aún no inauguraba, envuelto en semipenumbra porque los trabajadores se habían ido hacía una hora y solo quedaban las luces de emergencia.
El eco de mis pasos contra el suelo de caucho nuevo sonaba hueco, desesperado.
Intenté llamar a Melisa. Nada. Llamé a Álex. Tampoco.
Fue entonces cuando sonó mi móvil. Era Álex, pero su voz sonó distorsionada, lejana, como si estuviera corriendo.
—Gabriel ha escapado —dijo sin preámbulos, jadeando—. Saltó por una ventana en el Miramar. Tenemos unidades persiguiéndolo, pero es rápido, Nicolás. Muy rápido. Y Melisa…
—¿Qué pasa con Melisa? —Grité, con el corazón martilleando contra las costillas.
—Está bien. Está conmigo. Pero dice que Gabriel mencionó el nuevo gimnasio. Un sabotaje. Un incendio programado. Si estás ahí, sal. Sal ahora.
Colgué antes de que pudiera decirme más. No iba a salir. No podía. Si había fuego, si había una trampa, tenía que encontrarla. No solo por el dinero invertido, sino porque si ese lugar ardía, si explotaba, sería el final de todo lo que había construido. Y Gabriel lo sabía.
Corrí hacia la sala de máquinas principales, oliendo el aire. Nada. Luego hacia los vestuarios. Tampoco. Estaba a punto de dirigirme a la oficina cuando escuché un ruido tras de mí. Un portazo. Voces.
—¡Jefe! ¡Estás vivo!
Diego entró corriendo por la puerta principal, con Marta detrás de él.
Ambos vestían ropa de deporte, como si hubieran venido directamente del otro gimnasio.
Diego llevaba una mochila de lona colgada del hombro y una expresión de pánico que nunca le había visto.
Marta, en cambio, parecía furiosa, con un bate de béisbol en la mano que no recordaba haber visto antes.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunté, confundido.
—Melisa llamó a Andrea —explicó Marta, cerrando la puerta de golpe—. Dijo que habría fuego. Que necesitaba ayuda. Vinimos tan rápido como pudimos.
—He traído herramientas —dijo Diego, abriendo la mochila para mostrar destornilladores, cinta aislante y lo que parecía ser un extintor portátil—. Y agua. Y bocadillos. Por si acaso.
—¿Bocadillos? —Repetí, incrédulo.
—Nunca se sabe —se encogió de hombros—. En las películas siempre hay tiempo para comer mientras desactivan bombas.
—No hay tiempo para comer —siseó Marta—. Y no hay bombas, imbécil. Probablemente sea un cortocircuito. O un escape de gas.
—O un incendio provocado —murmuré, mirando alrededor—. Gabriel estuvo aquí. Tiene que haber dejado algo.
Nos dividimos para registrar el local. Diego fue hacia la zona de cardio, Marta hacia la oficina, y yo hacia el almacén de material deportivo. El silencio era denso, opresivo. Cada sombra parecía moverse. Cuando estaba a mitad de camino, escuché un grito.
—¡Nicolás! ¡Aquí!
Era Marta. Corrí hacia la oficina y la encontré de rodillas junto a la caja de electricidad, con Diego inclinado sobre ella, discutiendo en voz baja pero intensa.
—Es el cable rojo —decía Diego, señalando un haz de cables que salían de la pared.
—No, el rojo es el de alimentación —replicó Marta—. Si lo cortas, activas el sistema de respaldo. Es el azul el que hay que cortar.
—¿Desde cuándo eres experta en explosivos? —replicó Diego.
—¡Desde que vi La jungla de cristal tres veces! —exclamó ella—. Y en todas las películas es el azul.
—Eso es en las películas americanas. Esto es España. Aquí los cables son diferentes.
—Son cables, Diego, ¡no tapas!
—¡Los dos, callad! —Grité, agachándome junto a ellos.
No había explosivos. Al menos, no visibles.
Pero había algo peor. Un dispositivo conectado al sistema eléctrico principal, con un temporizador digital que marcaba cuarenta y cinco minutos y contaba hacia atrás.
No era una bomba convencional. Era un iniciador de incendios.
Una chispa programada para saltar en cuarenta y cinco minutos, justo cuando el sistema de ventilación arrancara automáticamente para la limpieza nocturna, esparciendo el fuego por todo el edificio en cuestión de segundos.
—Mierda —susurré—. Es profesional. Muy profesional.
—¿Podemos desactivarlo? —preguntó Marta, pálida.
—No sin el código —dije, mirando el teclado numérico—. O sin cortar la corriente general del edificio. Pero si hacemos eso, perdemos las cámaras, las alarmas…
—Y Gabriel podría escapar —terminó Diego.
En ese momento, la puerta principal se abrió de golpe. Todos nos giramos, preparados para lo peor, pero eran Álex y tres agentes de policía armados, con chalecos antibalas y linternas.
—¡No toquéis nada! —gritó Álex, corriendo hacia nosotros—. Técnicos en camino. Tenemos que evacuar el edificio.
—No podemos —dije, señalando el dispositivo—. Si nos vamos, en cuarenta minutos arde todo. Y no es solo esto. Gabriel está aquí, Álex. En algún lugar. Lo sé.
Álex me miró fijamente, evaluando. Luego asintió.
—De acuerdo. Equipo, registro sistemático. Diego, Marta, salid de aquí.
—Ni hablar —dijo Marta, poniéndose de pie con el bate en la mano—. Este es mi gimnasio. Mi trabajo. No me voy.
—Yo tampoco —añadió Diego, aunque su voz temblaba ligeramente—. Además, alguien tiene que distinguir entre el cable rojo y el azul.
—Son todos negros —suspiró Álex—. En España los cables son negros.
—¡Lo sabía! —exclamó Marta, golpeando el suelo con el bate—. ¡Te lo dije, Diego!
—¡Callaos los dos y buscad! —Ordené, ya corriendo hacia la salida de emergencia.
Necesitaba encontrar a Gabriel antes de que activara algo peor. O antes de que huyera. O antes de que…
Fue entonces cuando vi la figura en la puerta de la sala de boxeo. Alto, elegante, con un traje que no correspondía a un gimnasio en obras. Mi hermano. Esteban.
Estaba pálido, sudoroso, con las manos temblorosas. No parecía el depredador seguro que imaginaba. Parecía un hombre roto, desesperado.
—Nicolás —dijo, y su voz sonó extraña, aguda—. No deberías estar aquí. Tenías que haber recibido el aviso. El fuego…
—¿El fuego que planeasteis? —Corté, acercándome a él con pasos lentos, calculados—. ¿O el que Gabriel iba a provocar mientras tú te quedabas en Madrid con coartada perfecta?
—No era para ti —dijo, retrocediendo—. Era para el negocio. Para hacerte vender. Para que volvieras a ser mi hermano, para que dejaras de mirarme por encima del hombro…
—¡Me querías muerto! —grité, y el eco resonó en el gimnasio vacío.
—¡No! —sollozó, y vi que las lágrimas corrían por sus mejillas—. ¡Muerto no! Solo… solo arruinado. Humillado. Como me humillaste tú cuando rechazaste ayudarme. Como me humilló padre cuando te dejó a ti el legado emocional y a mí solo las deudas.
Estaba roto. Completamente roto. Pero también era peligroso. Un hombre roto con recursos es el peor enemigo.
—Gabriel te utilizó —dije, bajando la voz—. Te utilizó para llegar a mí. Y ahora está aquí, Esteban. Va a quemar esto con nosotros dentro. Y a ti también te dejará arder.
Los ojos de Esteban se abrieron de golpe.
—No —susurró—. Él dijo que solo sería un susto. Que nadie saldría herido…
—Miente —dije—. Siempre miente.
En ese momento, un estruendo sacudió el edificio. No una explosión, sino el sonido de algo pesado cayendo. Seguido de gritos. De Diego.
—¡Aquí! ¡Está aquí! ¡En el tejado!
Corrí hacia la escalera de emergencia, subiendo los peldaños de dos en dos, con los pulmones ardiendo y la mente en blanco. Cuando llegué a la azotea, el panorama me heló la sangre.
Gabriel estaba en el borde del parapeto, con una linterna en la mano, sonriendo.
Detrás de él, la ciudad de Málaga se extendía como un manto de luces.
Pero lo peor no era él. Era lo que tenía a sus pies.
Un dispositivo más grande que el de abajo.
Uno que no necesitaba temporizador. Uno que podía activar manualmente.
—¡Quédate donde estás! —gritó Álex, apareciendo detrás de mí con el arma desenfundada—. ¡No te muevas, Gabriel!
—¿O qué? —rio Gabriel, y su voz era pura locura—. ¿Me disparas? ¿Y si caigo sobre el dispositivo? ¿Y si lo activo al caer?
—No lo harás —dije, dando un paso adelante—. Porque no quieres morir. Quieres ganar. Y si mueres, pierdes.
Gabriel me miró, y por primera vez vi duda en sus ojos. Vacilación.
—Tú no lo entiendes —dijo—. Ella me eligió a mí primero. Fue mía primero. Y tú… tú solo eres el recambio. El segundo plato.
—Ella nunca fue tuya —dije, firme—. Nunca fue propiedad de nadie. Y menos tuya.
Gabriel se tensó. Su mano se movió hacia el dispositivo. Pero antes de que pudiera tocarlo, algo pasó volando por el aire. Un bate de béisbol. Marta, que había subido por la otra escalera, lo había lanzado con una precisión que habría engañado a cualquier jugador profesional.
El bate golpeó a Gabriel en el hombro, haciéndolo tambalearse.
Aproveché el segundo de desequilibrio para lanzarme hacia él.
Nos encontramos en el borde del parapeto, luchando, golpeándonos, con el vacío de cuatro pisos de altura a nuestros pies.
Sentí sus puños contra mi costado, su aliento cálido y asqueroso en mi cara.
Lo agarré por la camisa, intentando apartarlo del dispositivo.
—¡Nicolás! ¡Cuidado! —gritó alguien.
Gabriel se retorció, resbaló, y por un instante ambos estuvimos al borde del abismo.
Pero entonces Álex estaba allí, agarrándome por la cintura, tirando hacia atrás con toda su fuerza.
Caímos hacia atrás, lejos del borde, mientras otros agentes se abalanzaban sobre Gabriel, inmovilizándolo contra el suelo, esposándolo, leyéndole sus derechos entre jadeos.
Estaba acabado. Realmente acabado.
Me quedé tendido en el suelo de la azotea, mirando el cielo estrellado, con el pecho subiendo y bajando desesperadamente. Había terminado. Gabriel estaba detenido. Esteban también, seguramente, abajo con los otros agentes. El dispositivo estaba controlado. Habíamos ganado.
Pero entonces sonó mi móvil. Un mensaje. Lo saqué con dedos temblorosos, esperando ver una notificación de éxito, de alivio.
En su lugar, vi una foto.
Melisa. En un coche. Con una bolsa en la cabeza. Y un texto: «El juego continúa, Castillo. Si quieres verla viva, ven solo al almacén del puerto. Sin policías. Tienes veinte minutos.»
El mundo se detuvo. La sangre se me heló.
Gabriel no había estado solo. Había tenido un cómplice. Y mientras estábamos aquí, arriba, celebrando la victoria, alguien había cogido a Melisa.
Me levanté de un salto, ignorando el dolor en las costillas, ignorando los gritos de Álex que me pedía que esperara.
—¡Nicolás! ¡Qué ocurre!
No respondí. Corrí hacia la escalera, bajando los peldaños de tres en tres, con el corazón en la garganta y un único pensamiento martilleando en mi cráneo: «Los voy a matar. Si le hacen daño, los voy a matar.»
Llegué a la calle y corrí hacia mi coche, con el móvil en la mano, marcando el número que me habían enviado, dispuesto a negociar con el diablo si era necesario, dispuesto a todo.
Porque sin ella, nada de esto tenía sentido. Y estaba dispuesto a arder con tal de salvarla.