Capítulo 24
Melisa
El mensaje llegó a las diez de la mañana, mientras estaba sentada en el sofá de la casa de Nicolás con una taza de café entre las manos que ya se había enfriado.
Era una nota física, no digital. Alguien la había deslizado por debajo de la puerta durante la noche, o quizás muy temprano, cuando la vigilancia del portal bajaba la guardia.
El papel era grueso, de esos que usan en hoteles caros, y la letra era de máquina de escribir, deliberadamente anónima.
«Melisa. Sé que me buscan. Sé que tu amigo policía y tu novio musculoso creen que pueden atraparme.
Pero tú y yo sabemos la verdad, ¿verdad?
Nosotros tenemos asuntos pendientes. Reunámonos.
Solo tú y yo. Sin policías. Sin tu guardaespaldas.
Hoy a las seis, en el café del Hotel Bahía.
Si no vienes, o si veo a alguien sospechoso, hablaré con la prensa sobre los negocios sucios de Nicolás Castillo.
Y luego desapareceré para siempre. Decisión tuya, preciosa. »
Leí el papel tres veces. La primera con miedo. La segunda con rabia. La tercera con una claridad que me sorprendió a mí misma.
No iba a huir. No esta vez.
Nicolás estaba fuera, en una reunión de última hora con los abogados del gimnasio.
No le dije nada cuando volvió a mediodía.
No podía. Sabía que intentaría impedírmelo, que me encerraría en una torre de cristal para protegerme.
Pero ya había tomado una decisión durante esas horas de espera, mirando fijamente esa nota: iba a dejar de ser la presa.
Iba a convertirme en el cebo consciente, en la trampa que se cierra.
Llamé a Álex a las dos. Le pedí que viniera a casa, a solas, sin decirle nada a Nicolás todavía. Cuando llegó, con su cara de policía cansado pero atento, le tendí el papel.
—Es una trampa —dijo inmediatamente, frunciendo el ceño.
—Por supuesto que es una trampa —respondí, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—.
Pero es nuestra oportunidad. Él cree que le tengo miedo.
Cree que puede manipularme, que puede chantajearme con la reputación de Nicolás.
Y va a hablar, Álex. Si voy, si le doy la impresión de que estoy sola y asustada, va a soltar todo lo que sabe sobre los sabotajes, sobre lo que planean.
Álex negó con la cabeza, paseándose por el salón.
—Es demasiado peligroso, Melisa. Gabriel trabaja con Esteban Castillo, el hermano de Nicolás. Joder, Nicolás me mataría si…
—Nicolás no manda en esto —corté, levantándome—.
Yo sí. Soy yo la que fue violada. Soy yo la que ha vivido dos años con miedo.
Y soy yo la que decide cuándo termina esto.
Pero no voy a ser estúpida. Por eso te he llamado.
Quiero ir, pero no sola. Quiero que me preparen con un micrófono.
Quiero que haya agentes encubiertos en el café.
Quiero que graben cada palabra que diga.
Álex se detuvo. Me miró con una mezcla de admiración y preocupación.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado tan segura de nada —dije, y era verdad—. No soy una víctima, Álex. Ya no. Soy una mujer que va a mirar a su agresor a los ojos y va a hacerle pagar.
A las cinco y media, estaba sentada en una mesa del rincón más oscuro del café del Hotel Bahía.
Llevaba un vestido sencillo, beige, sin joyas, sin nada que pudiera usar en mi contra.
Pero bajo la ropa, llevaba un dispositivo de grabación adherido al sujetador, y en el bolso, además de las llaves y el móvil, había un botón de pánico que Álex me había dado.
Un solo toque y cinco agentes entrarían por todas las puertas.
El café estaba lleno de gente. Eso me daba seguridad.
Había una pareja mayor tomando té en la mesa de al lado, un hombre de traje leyendo el periódico en la barra, uno de los nuestros, y una camarera joven atendiendo las mesas, otra agente, lo sabía por el pinganillo invisible que llevaba en el oído, aunque fingía no conocerme.
Y entonces llegó él.
Gabriel entró por la puerta principal con esa arrogancia que le caracterizaba, con el pelo perfectamente peinado, con un traje azul marino que debía costar una fortuna. Sonrió al verme, una sonrisa cálida, encantadora, como si fuéramos viejos amigos que se reencuentran.
—Melisa —dijo, acercándose a la mesa—. Qué guapa estás. El tiempo te sienta bien.
—Siéntate —dije, y mi voz salió plana, sin emoción—. Y ahórrate los cumplidos. No funcionan conmigo.
Su sonrisa flaqueó un instante, apenas perceptible, pero lo vi. Se sentó frente a mí, cruzando las piernas, estudiándome con esos ojos azules que una vez me parecieron atractivos y ahora solo me provocaban náuseas.
—Has cambiado —dijo, haciendo un gesto a la camarera para que nos dejara solos—. Estás más… dura.
—Aprendí de los mejores —respondí, cruzando los brazos—. De ti, precisamente. ¿Qué quieres, Gabriel? No tengo todo el día.
Se inclinó hacia delante, bajando la voz.
—Quiero hablar. Explicarte las cosas. Hace dos años…
—No —corté, firme—. No vas a hablarme de hace dos años. No vas a intentar convencerme de que fue un error, de que estabas borracho, de que yo te provoqué. No voy a permitir que me hagas sentir culpable de lo que me hiciste tú y tus amigos.
Su expresión cambió. El encanto desapareció, dejando ver algo frío, calculador.
—Siempre fuiste tan dramática, Melisa. Esa es tu naturaleza. Pero la verdad es que tú querías estar allí. Tú querías divertirte. Y si te drogaron —dijo esto último con una ligereza que me erizó la piel— fue para que lo disfrutaras más. Para que te soltaras. Tú siempre fuiste una estirada.
Cerré los puños bajo la mesa, pero mantuve la cara impasible. No iba a dejar que me provocara. No iba a darle esa satisfacción.
—¿Es eso lo que te dices para dormir por las noches? —pregunté, inclinándome también hacia delante—. ¿Que yo lo quería? ¿Que violarme entre varios era un favor que me hacíais?
—No fue violación —siseó, y vi que le costaba mantener la calma—. Fue… una fiesta. Tú estabas borracha. Te relajaste. Y ahora vienes con estas acusaciones, intentando arruinar mi vida, mi reputación…
—Tu reputación —dije, y se me escapó una risa amarga—. ¿La de empresario respetable? ¿La de hombre de negocios? Sé que trabajas para Esteban Castillo, Gabriel. Sé que te paga para destruir a Nicolás. Y sé que intentaste secuestrarme para usar eso contra él.
El propio Álex me lo había contado, y me quedé en shock al escucharlo.
Gabriel se quedó quieto. Sus ojos se estrecharon, evaluando, calculando cuánto sabía realmente.
—Esteban es un visionario —dijo finalmente, cambiando de táctica—.
Su hermano es un estúpido que desperdició la herencia de su padre en un gimnasio de barrio.
Esteban solo quiere recuperar lo que es suyo.
Y yo… yo solo quiero lo que me corresponde.
Lo que tú me debes, Melisa. Dos años de mi vida echados a perder porque decidiste escapar como una cobarde en lugar de afrontar lo que pasó.
—¿Lo que te debo? —Repetí, incrédula—. ¿Te debo algo?
—Me debes respeto —dijo, y su voz se volvió venenosa—. Me debes lealtad. Estuvimos juntos ocho meses. Yo te quería. Y tú me humillaste. Me dejaste. Desapareciste sin dar explicaciones. Y ahora apareces con este tipo, con este Nicolás, frotándome en la cara que has pasado página… con mi enemigo.
Ahí estaba. La verdad. No era solo dinero. Era posesión. Era ego herido. Era el miedo a que yo hubiera sobrevivido, a que hubiera encontrado a alguien mejor, a que su poder sobre mí se hubiera evaporado.
—Nunca te pertenecí —dije, y mi voz salió fuerte, clara, llenando el espacio entre nosotros—. Y nunca te perteneceré. Pero dime, Gabriel, ¿qué le prometiste a Esteban? ¿Que me destruirías? ¿Que harías que Nicolás sufriera viéndome rota?
Gabriel sonrió, y fue una sonrisa de pura maldad.
—Esteban quiere el gimnasio. Yo quería… otras cosas.
Pero los planes cambian. Ahora solo quiero que paguéis los dos.
Que él pierda su imperio y que tú… —su mirada recorrió mi cuerpo de una manera que me hizo sentir sucia—.
Que vuelvas a ser lo que fuiste esa noche. Una mujer rota. Sin defensas. Mía.
Se inclinó más, alargando la mano para tocarme la mejilla. No retrocedí. Sabía que había cámaras grabando, que Álex escuchaba cada palabra, que pronto entrarían. Pero necesitaba más. Necesitaba la confesión completa.
—¿Y qué pasa si me niego? —pregunté, dejando que su mano casi rozara mi piel—. ¿Si digo que no voy a volver contigo? ¿Que no voy a traicionar a Nicolás?
La mano de Gabriel se detuvo. Su expresión se oscureció.
—Entonces tendré que usar el plan B —susurró—.
El que Esteban y yo preparamos para la inauguración del nuevo gimnasio.
Un pequeño incendio. Un accidente químico en la piscina.
Nada mortal, claro. Solo suficiente para arruinar la reputación de Castillo para siempre.
Y si en ese incendio resulta herida cierta recepcionista testaruda… bueno, sería una pena, ¿no?
Mi corazón se aceleró, pero mantuve la calma. Tenía lo que necesitaba. Tenía la confesión del sabotaje planeado, la amenaza, la conspiración.
—Ya está bien, Gabriel —dije, enderezándome—. Has dicho suficiente.
Frunció el ceño, confundido por el cambio en mi tono. En ese preciso instante, el hombre del periódico se levantó de la barra. La camarera dejó la bandeja. Y desde la cocina, aparecieron dos figuras más.
—Policía —dijo el hombre del periódico, mostrando la placa—. Queda detenido por conspiración para cometer secuestro, amenazas y…
No llegó a terminar la frase.
Gabriel reaccionó con una velocidad que no esperaba.
Empujó la mesa hacia mí, volcando los cafés sobre mi vestido, y en el segundo de confusión, se levantó de un salto.
Agarró una silla y la estrelló contra la ventana del café, que se hizo añicos.
Luego saltó por el hueco, cayendo sobre la terraza exterior, y echó a correr.
—¡Que alguien lo pare! —gritó Álex, entrando por la puerta principal con el arma desenfundada.
Me levanté tambaleándome, con el café caliente empapando la tela, viendo cómo Gabriel corría por el paseo marítimo, esquivando a la gente, desapareciendo entre los turistas que paseaban al atardecer.
Álex llegó a mi lado, jadeante, con la radio en la mano.
—Unidades en persecución. Cortamos las salidas del hotel. No llegará lejos.
Pero mientras decía esto, ya sabíamos la verdad. Gabriel conocía la zona. Tenía un coche esperando, o un cómplice, o simplemente la suerte del diablo. Cuando llegaron los refuerzos y cerraron el perímetro, él había desaparecido.
Me quedé allí, temblando, con el corazón martilleando contra las costillas. No por el miedo. Por la rabia. Había estado tan cerca. Tan cerca de verle esposado, de verle pagar, de cerrar ese capítulo de mi vida para siempre.
Álex me puso una mano en el hombro.
—Lo tenemos, Melisa —dijo, aunque su voz no sonaba convincente—. Tenemos la grabación. Tenemos la confesión. Podemos emitir una orden de búsqueda internacional. No se escapará.
Asentí, mirando el horizonte donde el sol se hundía en el mar, pintando todo de un rojo intenso.
—Va a por el gimnasio —dije, y mi voz salió firme, decidida—. Va a cumplir su amenaza. Tenemos que avisar a Nicolás. Ahora.