Jefe, no te soporto Capítulo 23
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Capítulo 23

Nicolás

El teléfono sonó a las tres de la madrugada con una insistencia que me arrancó de un sueño agitado.

Me incorporé en la cama, con el corazón martilleando contra las costillas antes incluso de ver quién llamaba.

Cuando leí el nombre de Álex en la pantalla, supe que no traía buenas noticias. Nunca lo hacía a esa hora.

—Dime —respondí, y mi voz salió áspera, cargada de la tensión que llevaba días acumulando en el cuerpo.

—Necesito que vengas a la comisaría —dijo Álex, y su tono era diferente al habitual. Había algo frío, profesional, peligroso—. Tenemos que hablar. En persona. Y trae todo lo que tengas sobre tu hermano Esteban.

El nombre me golpeó como un puñetazo en el estómago. Esteban. Mi hermano mayor. El que había heredado el carácter autoritario de mi padre multiplicado por diez. El que llevaba cinco años sin dirigirme la palabra, desde que le negué un préstamo para salvar su empresa fallida.

—¿Qué tiene que ver Esteban en esto? —pregunté, ya vistiéndome a toda prisa con una mano mientras sujetaba el móvil con la otra.

—Solo ven, Nicolás. Y por Dios que nadie te siga.

Conduje por las calles vacías de Málaga con una velocidad que habría significado la retirada del carnet de no ser porque Álex había alertado a las patrullas para que me dejaran paso.

Mi mente era un torbellino de preguntas sin respuesta.

¿Por qué demonios aparecía el nombre de Esteban en una investigación policial?

¿Qué relación podía tener mi hermano, que vivía en Madrid y se dedicaba a especular con propiedades en ruinas, con Gabriel Valdés y el sabotaje a mi gimnasio?

Cuando llegué a la comisaría, Álex me esperaba en la puerta de su despacho con una expresión que nunca le había visto. Parecía enfermo. O furioso. O ambas cosas.

—Entra —dijo, sin saludarme—. Cierra la puerta.

El despacho olía a café rancio y a papel viejo.

Sobre la mesa, extendidos como un mosaico de traición, había fotografías, extractos bancarios, y páginas y más páginas de conversaciones impresas.

Álex señaló una silla. Me senté. Mis ojos se posaron inmediatamente en una fotografía en color: Esteban y Gabriel Valdés sentados en la terraza de un restaurante de lujo en Puerto Banús.

Sonreían. Brindaban con copas de champán.

La fecha estampada en la esquina inferior indicaba que había sido tomada hacía apenas dos semanas.

—Joder —susurré, sintiendo que el mundo se tambaleaba bajo mis pies.

—No es una coincidencia —dijo Álex, apoyándose en el borde de la mesa—.

Llevamos meses investigando quién está detrás de las amenazas, de los sabotajes, de la filtración de datos de tu empresa.

Y siempre llegábamos a callejones sin salida.

Hasta que ayer por la tarde, un confidente en el entorno de Gabriel nos pasó esto.

Cogió otra fotografía. Esta vez mostraba a Esteban entrando en un edificio de oficinas en el centro de Málaga. El mismo edificio donde habíamos localizado la IP desde donde se enviaron los correos anónimos amenazantes.

—Tu hermano —continuó Álex, con una voz que intentaba ser neutral, pero fallaba— ha estado financiando a Gabriel Valdés durante los últimos seis meses.

Transferencias mensuales de su cuenta personal a una offshore de Valdés.

Y no solo eso. También ha estado comprando acciones de la competencia, de Olympus Fitness, a través de testaferros.

Está intentando hundirte, Nicolás. Y no solo económicamente.

Miré las pruebas una por una. Los números no mentían.

Las fechas encajaban con precisión quirúrgica.

Cada sabotaje, cada amenaza, coincidía con un movimiento bancario de Esteban.

Mi propia sangre. Mi hermano. El que me había visto crecer, el que había compartido mi infancia bajo el yugo de nuestro padre.

—¿Por qué? —pregunté, y la palabra me supo a ceniza en la boca.

Álex suspiró. Cogió un informe y me lo tendió.

—El testamento de tu padre —dijo—. O, mejor dicho, la cláusula secreta que nadie conocía hasta hace ocho meses.

Tu padre dejó una cantidad significativa de dinero en una cuenta bloqueada.

Condición para el desbloqueo: que ambos hermanos estuvieran al frente de la empresa familiar, o que se vendiera la empresa y se repartieran los beneficios equitativamente.

Pero tú rechazaste la herencia. Quisiste construir tu propio imperio, Castillo Fitness , sin un céntimo del viejo.

Y eso dejó a Esteban sin su parte del pastel.

Negué con la cabeza, intentando procesar la información.

—Me pidió dinero cuando su empresa quebró. Se lo negué —corregí—. Le dije que no invertiría en su negocio porque era un agujero negro, pero le ofrecí ayuda personal. Él se negó. Me dijo que prefería verme muerto antes que aceptar mi caridad.

—Exacto —asintió Álex—. Y ahora quiere destruirte.

Quiere que pierdas todo lo que has construido para demostrarle a tu padre, aunque esté muerto, que él era el hijo digno, el que debería haber heredado el apellido, la empresa, el respeto.

Y ha encontrado en Gabriel Valdés el aliado perfecto para ello.

—Pero Gabriel… —mi voz se quebró—. Gabriel no solo quiere destruir mi negocio. Él quiere a Melisa.

Álex asintió con gravedad. Señaló un archivo que tenía abierto en el ordenador.

—Hemos accedido a los mensajes entre ellos.

Gabriel no está solo obsesionado con Melisa.

Está… enfermo. La considera su posesión, algo que le fue arrebatado cuando ella huyó de Madrid.

Y ahora, con la ayuda de Esteban, cree que puede recuperarla.

Pero no solo eso. Los mensajes hablan de castigarla por haber escapado.

De romperla para que nadie más pueda tenerla.

Y de usarla contra ti, para destruirte psicológicamente antes de arruinarte económicamente.

Cerré los ojos. El dolor en el pecho era físico, como si alguien me estuviera apretando el corazón con un puño de acero.

Recordé la sonrisa de Gabriel en la calle, esa expresión de conocimiento siniestro.

No solo me conocía a mí. Sabía exactamente quién era, qué significaba Melisa para mí, y cómo podía hacerme daño.

—Necesito protegerla —dije, abriendo los ojos, con una determinación que me quemaba por dentro—. Ahora mismo. La llevaré lejos. A un lugar donde no puedan encontrarla.

—No —cortó Álex, firme—. Eso es exactamente lo que esperan.

Si huyes, si te escondes, ganan ellos. Y además…

—hizo una pausa incómoda— …hemos interceptado un mensaje de hace tres horas.

Gabriel sabe que Melisa está en tu casa.

Sabe que duerme contigo. Y sabe que mañana por la noche vas a estar en el gimnasio hasta tarde, preparando la inauguración del nuevo centro.

El miedo me invadió como una ola de agua helada. No miedo por mí. Miedo por ella. Por su cuerpo frágil durmiendo en mi cama, confiando en que estaba a salvo entre mis sábanas.

—Van a usarla como cebo —dije, y la comprensión me golpeó con la fuerza de un tren—. Quieren atraparla. Mañana. Cuando yo no esté.

—Sí —confirmó Álex—. El plan es secuestrarla mientras tú estás en el gimnasio.

Llevarla a un lugar seguro —dijo esto último con amargura— donde puedan…

—tragó saliva—. Donde puedan hacerle daño sin que nadie intervenga.

Y luego, una vez que te hayan destrozado emocionalmente, publicarán pruebas falsas de que tú la vendiste, que tú la entregaste, arruinando tu reputación para siempre.

Es un plan de dos fases: destruir a Melisa para destruirte a ti.

Me levanté de la silla con tal violencia que esta cayó hacia atrás, golpeando el suelo con un estruendo sordo. Caminé hacia la ventana, con las manos temblorosas, intentando respirar. La rabia era ciega, absoluta, una marea roja que amenazaba con arrastrar la razón.

—Voy a matarlos —dije, y mi voz sonó extraña, distante, perteneciente a otro hombre—. A los dos. Con mis propias manos.

—No —dijo Álex, poniéndose frente a mí, bloqueando mi camino hacia la puerta—. Eso es lo que quieren. Que pierdas el control. Que cometas un error. Que termines entre rejas y ellos queden como víctimas. No, Nicolás. Vamos a ser más listos. Vamos a tenderles una trampa.

Lo miré fijamente. Vi la determinación en sus ojos, la frialdad profesional que contrastaba con la furia que yo sentía.

—¿Cómo? —pregunté.

Álex sonrió, pero fue una sonrisa sin humor, peligrosa.

—Vamos a darles exactamente lo que quieren. O eso creerán ellos.

Durante la siguiente hora, diseccionamos el plan con la precisión de cirujanos.

Álex llamó a dos agentes de confianza, personas que podían mantener la boca cerrada y que no estaban en la nómina oficial de la investigación para evitar filtraciones.

Explicó la operación paso a paso, mientras yo escuchaba, asimilando, transformando mi rabia en algo útil, letal pero legal.

—Mañana por la tarde —dijo Álex, señalando un mapa de la ciudad extendido sobre la mesa—, tú harás exactamente lo que harías normalmente. Irás al gimnasio. Te quedarás hasta tarde. Mostrarás tu rutina habitual. Pero Melisa no estará en tu casa.

—¿Dónde estará? —pregunté, con la garganta seca.

—En un piso franco de la policía, vigilada por dos agentes de paisano. Nadie sabrá dónde está. Ni siquiera ella sabrá la dirección exacta hasta que esté dentro. Pero eso no es lo importante.

Señaló una zona del mapa cerca del Puerto Deportivo.

—Aquí —dijo— es donde Esteban y Gabriel han alquilado un apartamento. Un ático exclusivo, a nombre de una empresa fantasma. Es donde planeaban llevar a Melisa. Donde iban a… —se interrumpió, viendo cómo se tensaba mi mandíbula— …donde iban a cometer los delitos.

—¿Y qué hacemos? —pregunté.

—Colocaremos micrófonos y cámaras ocultas en el apartamento esta misma noche —explicó Álex—.

Mañana, cuando vayan a tu casa y descubran que no está, recibirán una llamada.

Una llamada anónima que les dirá que Melisa ha cambiado de planes, que está sola en el gimnasio, esperándote a ti en la oficina privada.

Les daremos cebo falso. Les haremos creer que la operación sigue en pie, pero cambiando el escenario.

—¿Y entonces? —insistí.

—Y entonces entrarán al gimnasio —dijo Álex, con una sonrisa fría—.

Pero no encontrarán a Melisa. Te encontrarán a ti.

Y a mí. Y a cuatro agentes más armados. Y tendremos grabado cada paso que den, cada palabra que digan, cada intención delictiva que demuestren.

Los pillaremos con las manos en la masa, intentando cometer un secuestro.

Y con las pruebas que ya tenemos de la conspiración, de las financiaciones, de los sabotajes…

los meteremos entre rejas por muchos años. A ambos.

Pensé en ello. Era arriesgado. Demasiado arriesgado. Si fallaba algo, si se daban cuenta del engaño antes de entrar en la trampa…

—¿Y si no entran? —pregunté—. ¿Si se dan cuenta de que es una trampa?

—Entonces los arrestamos por los delitos que ya hemos confirmado —dijo Álex encogiéndose de hombros—.

Pero prefiero pillarlos intentando hacer daño a Melisa.

Así no habrá fianza que los saque. No habrá abogado que los salve.

Será prisión preventiva inmediata y, cuando el juez vea las pruebas, condena segura.

Asentí. Era un buen plan. Era el único plan.

—Necesito decírselo a ella —dije—. No puedo dejarla en la oscuridad. Tiene derecho a saber que mañana es el día. Que todo termina mañana.

Álex dudó, pero finalmente asintió.

—Dile lo imprescindible. Pero no detalles. Cuanto menos sepa, mejor. Si Gabriel tiene contactos, si tiene forma de llegar a ella… cuanto menos sepa, menos podrá revelar bajo presión.

—Confío en ella —dije, firme.

—Yo también confío en ella —replicó Álex—. Pero no confío en que no se rompa si la torturan. Y Gabriel es capaz de eso. Ya lo has visto en sus mensajes.

No dije nada. Tenía razón. Por mucho que me doliera admitirlo, Melisa había sufrido demasiado ya. No podía pedirle que cargara con el peso de la operación. Tenía que protegerla, incluso de la verdad completa, solo por esta vez.

Cuando salí de la comisaría, el cielo empezaba a teñirse de un gris pálido que anunciaba el amanecer.

Conduje de vuelta a casa con la mente puesta en ella.

En cómo la despertaría suavemente. En cómo le diría que mañana todo cambiaría, que la pesadilla terminaría, sin revelarle que su propio cuerpo había sido el cebo en el tablero de ajedrez de mi hermano.

Al entrar en el dormitorio, la encontré dormida, con el pelo extendido sobre la almohada, con una mano bajo la mejilla, con una expresión de paz que no se merecía interrumpir.

Me senté en el borde de la cama y la observé durante largos minutos, memorizando cada detalle de su rostro.

El pequeño lunar junto a la clavícula. La forma en que fruncía ligeramente el ceño incluso durmiendo. La suavidad de su piel.

—Mañana acaba todo —susurré, inclinándome para besar su frente—. Y nunca más tendrás miedo. Te lo prometo.

Ella se movió, murmurando mi nombre en sueños, buscando mi mano con la suya. La encontró y se aferró a ella, sin despertar, con una confianza absoluta que me partió el alma.

Tenía que funcionar. No había opción de fallar.

Porque si fallaba, si Gabriel o Esteban conseguían ponerle una mano encima… sabía que no habría prisión, no habría juicio, no habría redención para ellos.

Solo habría muerte. Y yo sería quien la dispensara, aunque eso significara perderlo todo.