Capítulo 22
Melisa
Dos días. Habían pasado dos días desde que Gabriel había aparecido en la calle como un fantasma del pasado, y desde entonces no había podido dormir más de tres horas seguidas sin despertarme gritando, empapada en sudor, con la sensación de manos fantasmales sobre mi piel.
Pero Nicolás había estado allí. Cada noche, cada mañana, cada momento en el que el miedo amenazaba con devorarme entera.
—No estás sola —me había dicho la noche anterior, con sus manos enmarcando mi rostro, obligándome a mirarlo a los ojos—. Estoy aquí. Por ti. Para ti. Y no voy a permitir que ese hijo de puta se acerque a ti de nuevo. Te lo juro, Melisa. Te lo juro por mi vida.
Había creído en sus palabras. Quería creer en ellas con cada fibra de mi ser. Pero el miedo es traicionero, y esa tarde, cuando el gimnasio se quedó vacío y el silencio se hizo demasiado denso, sentí que algo se avecinaba.
Eran las diez de la noche. Había terminado de organizar la recepción, de apagar los ordenadores, de revisar que todo estuviera en orden para el día siguiente.
El edificio quedó en silencio, solo interrumpido por el zumbido lejano de la nevera de la cafetería y el tic-tac metálico del reloj de la pared.
Saqué el móvil para enviarle un mensaje a Nicolás.
Melisa: Voy saliendo, nos vemos en tu casa.
Y me dirigí a los vestuarios femeninos para recoger mi bolso.
El pasillo estaba oscuro. Las luces automáticas debían de haberse apagado ya por el temporizador. Caminé con paso rápido, intentando no dejar que la imaginación jugara conmigo, pero cuando empujé la puerta de los vestuarios y entré en el espacio vacío, el interruptor no funcionó. Quedé a oscuras.
—¿Hola? —llamé, y mi voz sonó extrañamente aguda en el silencio—. ¿Hay alguien aquí?
Nada. Solo el eco de mi propia pregunta.
Metí la mano temblorosa en el bolso, buscando a tientas el móvil para usar la linterna. Mis dedos rozaron la carcasa, intenté agarrarlo, y en ese preciso instante, sentí que el aire cambiaba detrás de mí.
Una mano grande, áspera, con dedos fuertes y brutales, se cerró sobre mi boca con una violencia que me cortó el aire.
Un cuerpo musculoso, pesado, se pegó a mi espalda aplastándome contra la pared de las taquillas, y el olor a colonia barata y sudor rancio me invadió las fosas nasales haciéndome querer vomitar.
—Shhh, preciosa —susurró una voz en mi oído, y el aliento cálido y pestilente me hizo estremecer de terror—. No grites. No quiero que nadie nos interrumpa esta vez.
Reconocí la voz. Dios, la reconocí. Era la misma de mis pesadillas. La misma de aquella noche en Madrid.
—¿Recuerdas hace dos años? —murmuró, y su mano libre empezó a bajar por mi cuello, por mi pecho, amasándome con una brutalidad calculada—.
Recuerdo cada segundo. Cómo jadeabas mientras te la metía.
Cómo te retorcías debajo de mí. Lo duro que me puso tu cuerpecito.
Cómo me corrí dentro de ti mientras tú llorabas como una putita.
Cerré los ojos con fuerza. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas, calientes, humillantes, mientras el pánico me paralizaba. Sentía su erección dura contra mi espalda, su aliento en mi cuello, su voz envenenada de lujuria y crueldad.
—He pensado en ti cada día desde entonces —continuó, y su mano bajó más, rozando mi vientre, buscando la cintura de mis pantalones—.
Cuando te vi en el gimnasio, no podía creer que fueras tú.
Pero ahí estabas. Más buena que nunca. Y desde ese día, he querido volver a follarte como aquella noche.
Sentirte apretar alrededor de mi miembro.
Sus dedos se deslizaron por dentro de mis vaqueros, encontrando el borde de mis braguitas.
Quise gritar, pero su mano sobre mi boca lo impedía, transformando mi terror en sonidos ahogados, animales.
Sentí cómo empujaba hacia abajo, cómo sus dedos gruesos encontraban mi sexo, cómo forcejeaba para penetrarme.
—Tan mojadita —gimió en mi oído, y el sonido me revolvió el estómago—. Siempre has sido una putita excitada. Aunque digas que no. Aunque finjas que no te gusta. Tu cuerpo no miente.
Sus dedos entraron en mí con violencia, sin preparación, y el dolor me cortó por la mitad.
Grité contra su mano, mordiendo su palma, sintiendo el sabor a sal y a cobre mientras él gemía de placer contra mi oreja, diciéndome obscenidades, recordándome cada detalle de aquella noche, de cómo me habían usado, de cómo habían disfrutado viéndome desmoronarme.
—Voy a hacértelo de nuevo —susurró, y escuché el sonido de su cremallera bajándose, el roce de la tela—. Aquí y ahora. Y esta vez recordarás quién manda. Recordarás quién es tu dueño.
En ese momento, algo cambió dentro de mí. No era la parálisis del miedo. Era una furia ciega, primitiva, que brotó desde lo más profundo de mi ser. No era una víctima. No era aquella chica drogada y rota de hace dos años. Era Melisa Serrano, y había sobrevivido demasiado para dejarme destruir así.
Abrí la boca y mordí con todas mis fuerzas la mano que me tapaba.
Sentí cómo los dientes se hundían en la carne, cómo el sabor a sangre inundaba mi boca, y él aulló de dolor, soltándome la boca por instinto.
En ese segundo de libertad, giré mi cuerpo y levanté la rodilla con toda la fuerza que tenía, conectando con su entrepierna con una precisión que me sorprendió a mí misma.
El grito que salió de su garganta fue agudo, desgarrado. Se dobló sobre sí mismo, agarrándose los genitales, y yo corrí. Corrí como nunca había corrido en mi vida, sin mirar atrás, sin importarme el bolso, el móvil, nada. Solo existía la puerta de salida, la calle, la libertad.
Empujé la puerta de cristal con tal fuerza que casi la rompo, y el aire de la noche me golpeó la cara como una bofetada de vida. Tropecé con algo, con alguien, y caí hacia delante, pero unos brazos fuertes me agarraron antes de que golpeara el suelo.
—¡Melisa! —era Marta, con los ojos abiertos como platos—. ¿Qué demonios…? ¿Por qué lloras? ¿Qué te pasa?
—Llama… —jadeé, con la voz rota, con el cuerpo temblando sin control—. Llama a Nicolás. Por favor. Ahora.
Marta no preguntó. Sacó su móvil y marcó con dedos veloces, mientras yo me aferraba a ella, mirando hacia la puerta del gimnasio, esperando ver salir a mi atacante, pero no había nadie. Solo oscuridad.
Minutos después, que parecieron horas, Nicolás llegó corriendo. Se lanzó hacia mí, me envolvió en sus brazos, y yo me desmoroné contra su pecho, sollozando sin control, sintiendo su corazón martillear contra mi oreja.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, con la voz cargada de terror y furia—. Melisa, dime qué ha pasado.
Se lo conté. Todo. Las palabras salieron entre sollozos, desordenadas, terribles. Cómo me había agarrado, qué me había dicho, cómo me había tocado. Cuando terminé, Marta estaba pálida, con los puños cerrados a los lados del cuerpo.
—No ha salido nadie —dijo, mirando hacia la puerta—. He estado aquí todo el tiempo. No ha salido nadie por la puerta principal.
—Ha tenido que salir por la parte trasera —dijo Nicolás, con una voz que helaba la sangre—. Por el callejón de servicio.
—Vamos a revisar las cámaras —dijo Marta, ya caminando hacia dentro, ignorando mi protesta de miedo.
Subimos a la oficina de seguridad. Rebobinaron las cintas, buscando la sección de los vestuarios femeninos. La imagen era oscura, granulada, pero se veía lo suficiente. Un hombre entrando detrás de mí. Esperando en la oscuridad.
Marta se inclinó hacia la pantalla, entrecerrando los ojos. Y entonces dijo las palabras que cambiaron todo:
—Reconocería esa figura en cualquier parte —dijo, con un odio que nunca le había oído—. Es Javier Prieto. Ese gilipollas del empresario. El que coquetea con todo lo que se mueve.
Nicolás me miró con el ceño fruncido, y yo sentí que las piezas encajaban con una claridad aterradora.
Javier. El que había flirteado descaradamente conmigo el primer día.
Si él conocía a Gabriel, si me había reconocido en el gimnasio…
entonces Gabriel no había aparecido por casualidad.
Sabía dónde estaba porque Javier se lo había dicho.
—Necesito llamar a Álex —dijo Nicolás, sacando el móvil con manos temblorosas.
Puso el manos libres. La voz de Álex sonó metálica en la habitación.
—Álex, ha pasado algo —dijo Nicolás, y su voz se quebró—. Alguien ha atacado a Melisa en el gimnasio. Javier Prieto. El cliente ese. Creemos que está trabajando con Gabriel Valdés.
—Joder —suspiró Álex—. Voy a investigar inmediatamente. Si encuentro conexión entre esos dos, si descubro que Prieto estaba en esa fiesta de Madrid hace dos años… ambos pagarán por lo que hicieron. Te lo juro, Nicolás. Los meteré entre rejas y tiraré la llave al mar.
Esperé a que colgara. Luego miré a Nicolás, con una pregunta que me quemaba en la garganta.
—¿Le contaste a Álex lo que te conté yo? —pregunté, y mi voz sonó extrañamente calmada—. ¿Sobre… sobre lo que me pasó?
Nicolás me miró a los ojos, sin vergüenza, sin excusas.
—Sí —dijo—. Tenía que saber quién era Gabriel. Qué clase de escoria es. Necesitaba entender el nivel de peligro para protegerte. No fuiste la primera, Melisa. Álex averiguó que hubo otras antes.
Asentí. No estaba enfadada. De alguna forma, sentía alivio. Ya no era mi secreto oscuro, mi vergüenza privada. Ahora era evidencia.
—Quiero que pague —dije, y mi voz adquirió una firmeza que me sorprendió—.
Quiero que todos paguen. Y si tengo que denunciar ahora lo que pasó aquella noche, lo haré.
Iré a comisaría. Contaré todo. Con tal de que Gabriel y Javier y todos los que estuvieron esa noche paguen por el daño que nos hicieron. A mí. A esas otras mujeres.
Nicolás me abrazó con fuerza, y sentí su alivio contra mi pelo.
—Estoy contigo —dijo—. En todo. Siempre.
—Yo también —intervino Marta, cruzando los brazos—. Si necesitáis ayuda, no dudéis en pedírmela. Estaré encantada de darle una paliza a ese gilipollas y cortarle las pelotas para usarlas como bolas de adorno en mi árbol de Navidad el año que viene. Seguro que quedan muy festivas.
Una risa extraña, histérica, burbujeó en mi garganta. Luego otra. Y de repente, las tres nos reímos. Era una risa amarga, cargada de nerviosismo, pero era risa. Era vida. Era resistencia.
Marta se secó los ojos —porque también había lágrimas en los suyos— y me miró con una sonrisa torcida.
—Por cierto —dijo, cambiando de tema con una brusquedad que agradecí—. Creo que he ganado la apuesta. Porque vosotros habéis follado, y en tu casa —señaló a Nicolás—. Diego me debe cincuenta euros.
Nicolás y yo nos miramos. No tenía fuerzas para negarlo. No tenía fuerzas para nada excepto para estar viva, para haber sobrevivido, para estar de pie.
Y mientras Nicolás me sostenía, mientras Marta revisaba las cámaras una vez más buscando pruebas, mientras el miedo retrocedía dejando espacio para algo más fuerte, pensé en lo lejos que había llegado.
En que ya no era la chica rota de Madrid.
En que había luchado. En que había mordido, pateado, corrido. En que estaba viva.
Y por primera vez en dos años, supe que iba a estar bien. No porque el miedo desapareciera, sino porque finalmente tenía aliados. Finalmente tenía voz. Finalmente, estaba lista para dejar de huir y empezar a pelear.