Jefe, no te soporto Capítulo 21
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Capítulo 21

Nicolás

La dejé en su piso, temblando todavía, con las lágrimas secas en las mejillas y una taza de té entre las manos que no dejaba de derramar porque le temblaban los dedos.

Intenté quedarme, intenté obligarla a que hablara, a que me dijera qué era lo que Gabriel le había hecho exactamente, por qué esa sonrisa me había helado la sangre, por qué ella seguía sin poder articular palabra.

Pero Melisa solo negó con la cabeza, se metió en su dormitorio y cerró la puerta con suavidad, dejándome solo en ese salón diminuto lleno de fotos de su madre y plantas que necesitaban agua.

Salí a la calle y el mundo parecía diferente.

Los colores eran más agudos, los sonidos más estridentes, el aire olía a peligro.

Sentía un nudo en el pecho que no me dejaba respirar correctamente, una presión que crecía con cada segundo que pasaba lejos de ella, con cada imagen mental de la cara de ese hijo de puta sonriendo como si supiera algo que yo ignoraba.

Quería matarlo.

No era una metáfora. No era una exageración de pensamiento.

Era una necesidad física, visceral, que me recorría las venas como veneno caliente.

Quería encontrar a Gabriel Valdés, arrastrarlo hasta un callejón oscuro y hacerle pagar cada segundo de miedo que había puesto en los ojos de Melisa.

Quería romperle las manos, esas manos que habían osado tocarla.

Quería borrar su sonrisa de la faz de la tierra con mis propios puños hasta que dejara de existir como amenaza.

Me metí en el coche y conduje sin rumbo fijo durante veinte minutos, pasándome los semáforos en rojo, ignorando el claxon de otros conductores, con las manos agarradas al volante con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color.

Mi mente era un túnel oscuro donde solo existía la violencia.

Imaginaba escenarios: encontrarlo en su hotel, seguirlo hasta un aparcamiento solitario, esperarlo fuera del edificio de Melisa.

Cada fantasía terminaba con sangre. Con su sangre.

Y con la satisfacción momentánea de saber que ya no podría hacerle daño a nadie más.

Fue entonces cuando el móvil vibró. Álex. Contesté sin mirar, con la voz saliendo como un gruñido animal.

—¿Dónde estás? —preguntó, sin preámbulos.

—Conduciendo —respondí, y mi tono debió de ser elocuente porque Álex guardó silencio un segundo.

—Estás a punto de hacer una locura —dijo, y no era una pregunta.

—Necesito golpear algo —confesé, y la verdad me supo amarga en la boca—. Necesito hacerle daño, Álex. Necesito que pague.

—Ven a la comisaría —dijo, firme—. Ahora. Antes de que hagas algo de lo que te arrepentirás el resto de tu vida.

—No me arrepentiría —mentí.

—Sí que lo harías —insistió—. Porque si matas a ese tío, pierdes a Melisa. Para siempre. Y lo sabes.

Sus palabras me golpearon como un balde de agua helada. Apreté los frenos en medio de la Avenida de Andalucía, provocando un frenazo que casi provoca una colisión por detrás. El coche detrás del mío pitó furioso, pero yo estaba paralizado, procesando lo que Álex acababa de decir.

Tenía razón. Dios, cómo odiaba cuando tenía razón.

Si mataba a Gabriel, si dejaba que mi rabia tomara el control, me convertiría en exactamente lo que Melisa temía: un hombre violento, impredecible, peligroso. Perdería su confianza para siempre. Y ella se quedaría sola, con su trauma, sin mi apoyo, porque yo estaría entre rejas.

—Voy para allá —dije finalmente, con la voz rota.

—Date prisa —dijo Álex—. Y Nicolás… deja el coche. Toma un taxi. No te fío conduciendo ahora mismo.

Colgué y obedecí. Dejé el coche aparcado en una zona de carga y descarga, llamé un taxi y veinte minutos después estaba sentado frente a Álex en su despacho de la comisaría de Málaga, con una taza de café frío entre las manos que no recordaba haber cogido.

Álex me miró durante largos segundos sin hablar. Era su técnica de policía, esa capacidad para leer a las personas sin necesidad de palabras. Vio mis manos temblorosas, mi mandíbula apretada hasta el dolor, mis ojos que debían de estar inyectados en sangre.

—Cuéntame —dijo finalmente.

Y se lo conté todo. El encuentro en la calle. La parálisis de Melisa. La sonrisa de Gabriel. La forma en que había dicho mi nombre como si me conociera. La amenaza velada. Cuando terminé, Álex suspiró y se pasó las manos por la cara.

—Ese tío es peligroso —dijo—. Pero no de la forma que tú crees. No es solo un violador. Es algo más.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, enderezándome en la silla.

Álex abrió un cajón y sacó una carpeta gruesa. La dejó sobre la mesa entre nosotros con un golpe sordo.

—He estado investigando desde que me contaste lo de Melisa —dijo—.

Gabriel Valdés. Treinta y un años. Empresario.

O eso dice él. En realidad, es un depredador profesional.

Tiene antecedentes en Madrid, aunque nunca han prosperado por falta de pruebas o porque las víctimas retiraron la denuncia.

Tres mujeres que denunciaron agresión sexual.

Todas retiraron los cargos. Dos de ellas desaparecieron de Madrid poco después, igual que Melisa.

La tercera… —hizo una pausa— …la tercera intentó suicidarse.

Está en un centro psiquiátrico desde hace año y medio.

Sentí que el estómago se me revolvía. No era solo un monstruo aislado. Era un monstruo en serie. Un profesional de la destrucción.

—Pero eso no es todo —continuó Álex, abriendo la carpeta—. He estado indagando en sus conexiones empresariales. Y aquí viene lo interesante. ¿Recuerdas que te dije que las amenazas al gimnasio venían de alguien relacionado con tu padre?

Asentí, sintiendo que algo se avecinaba, algo oscuro.

—Gabriel Valdés trabaja para una empresa llamada Valdés & Asociados —dijo Álex, señalando un documento—.

Es una consultora financiera. Pero su cliente principal, el que le paga el sueldo y le da las órdenes…

es la empresa que compró los activos de tu padre cuando vendió todo hace diez años.

La misma empresa que ahora está intentando hundirte el gimnasio con competencia desleal y sabotajes.

El mundo giró ligeramente. Tuve que agarrarme al borde del escritorio para no caer.

—¿Estás diciendo que…?

—Que Gabriel no está en Málaga por casualidad —terminó Álex—.

Que no volvió a contactar a Melisa solo porque sí.

Alguien lo envió. Alguien que sabe lo que le hizo a Melisa, que sabe que tú y ella estáis juntos, y que está usando su pasado como arma contra ti.

Es una doble venganza, Nicolás. Destruirte a ti a través de ella, y destruirla a ella a través de ti.

Cerré los ojos. Las piezas encajaban con una precisión aterradora. La sonrisa de Gabriel al reconocerme. La forma en que había dicho mi nombre. No era solo un ex novio obsesionado. Era un sicario emocional contratado por el enemigo que acechaba en las sombras desde hacía meses.

—¿Quién? —pregunté, abriendo los ojos, y mi voz salió como un siseo—. ¿Quién está detrás de esto, Álex?

—Aún no lo sé —admitió mi amigo—. Pero estoy cerca.

Lo que sí sé es esto: si matas a Gabriel, si le pones un dedo encima, estarás jugando su juego.

Te convertirás en el monstruo, y ellos ganarán.

Melisa no necesita un vengador, Nicolás.

Necesita un hombre a su lado que la ayude a sanar.

Que la proteja sin destruirse a sí mismo.

Me quedé en silencio durante largos minutos.

El reloj de la pared hacía tic-tac, marcando el paso del tiempo que yo había estado a punto de desperdiciar en violencia estúpida.

Pensé en Melisa, en su dormitorio, sola, asustada, intentando procesar el regreso de su pesadilla.

Pensé en lo que habría sentido si, en lugar de encontrarme a mí en la calle, hubiera encontrado noticias de que había matado a Gabriel.

Si habría sentido alivio… o si habría visto en mí al mismo monstruo que ella huía.

—Tienes razón —dije finalmente, y las palabras me supieron a derrota y a victoria al mismo tiempo.

—Lo sé —dijo Álex, sonriendo levemente—. Ahora, vamos a hacer esto bien. Vamos a atrapar a ese hijo de puta, pero por la vía legal. Y vamos a descubrir quién lo está pagando. Y entonces, juntos, los haremos pagar. Pero sin sangre. Sin que tú pierdas a Melisa.

Asentí. Y por primera vez desde que había dejado a Melisa en su piso, sentí que la rabia ciega retrocedía, dejando espacio para algo más frío, más calculado, más peligroso en su propia forma: la determinación.

Gabriel Valdés pagaría. Pero no con mis puños. Pagaría con su libertad, con su reputación, con su futuro. Y el que lo manipulaba desde las sombras… ese descubriría que Nicolás Castillo podía ser mucho más letal con la ley de su lado que con la violencia ciega.

Me levanté y miré a Álex. Mi mejor amigo. Mi hermano de otra madre. El hombre que me había salvado de cometer el peor error de mi vida.

—Gracias —dije, y mi voz sonó firme de nuevo—. Por detenerme.

—Es mi trabajo —respondió, encogiéndose de hombros—. Y mi placer. Ahora vete con ella. Dile la verdad. Dile que no estás solo, que no va a pasarle nada, que la protegeremos. Pero sobre todo… —me miró fijamente— …dile que no eres como él. Que nunca lo serás.

Asentí. Y salí de la comisaría con la cabeza alta, sabiendo que la guerra acababa de empezar, pero que esta vez, la lucharía con inteligencia. Por Melisa. Por nosotros. Por el futuro que aún podíamos tener si no dejaba que la oscuridad me consumiera.

Gabriel había elegido el campo de batalla equivocado. Y pronto lo descubriría.