Capítulo 20
Melisa
El sol de la tarde caía sobre Málaga con esa intensidad dorada que hace que todo parezca un sueño borroso, como si la ciudad entera estuviera sumida en una especie de trance veraniego.
Caminaba por la Alameda Principal con paso rápido, con las sandalias golpeando el suelo de forma rítmica, intentando volver a mi piso antes de que el calor se volviera insoportable.
Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado, un vestido ligero de color beige que se adhería a mi piel por el sudor, y la mente puesta en mil cosas a la vez: el gimnasio, las amenazas, Nicolás, la forma en que había dormido anoche entre sus brazos como si finalmente hubiera encontrado un puerto seguro.
Fue entonces cuando lo vi.
Estaba al otro lado de la calle, apoyado contra la fachada de un edificio de mármol blanco, con las gafas de sol puestas y una sonrisa perezosa dibujada en el rostro.
Llevaba un polo azul claro que realzaba sus ojos, unos pantalones chinos beige impecablemente planchados, y ese reloj caro que siempre le había caracterizado.
Gabriel. Mi ex novio. El hombre que había destruido mi vida hacía dos años.
El monstruo que había vuelto a contactarme hacía apenas unos días.
El mundo se detuvo.
Mis pies dejaron de moverse por voluntad propia.
Sentí que la sangre se retiraba de mi cara, dejándome fría, mareada, como si de repente el suelo hubiera cobrado vida y amenazara con tragarme entera.
Mi corazón empezó a latir con una fuerza que me resultaba dolorosa, un tamborileo desesperado contra mis costillas que me impedía respirar correctamente.
Las bolsas que llevaba en las manos pesaban toneladas de repente, y tuve que dejarlas caer al suelo para no desmayarme.
No es real, pensé, cerrando los ojos con fuerza, abriéndolos de nuevo. Es una alucinación. Es el estrés. Es el miedo materializándose.
Pero cuando volví a mirar, seguía ahí. Y esta vez, me había visto.
Se enderezó despacio, quitándose las gafas de sol con un movimiento pausado, calculado, como si estuviera disfrutando del momento.
Sus ojos azules me encontraron a través de la calle, y vi cómo su sonrisa se ampliaba, transformándose en algo que pretendía ser cálido pero que yo conocía demasiado bien: era la sonrisa del depredador que ha encontrado a su presa.
Empezó a cruzar la calle.
Cada paso que daba era una sentencia. Mis piernas no respondían.
Intenté moverme, dar media vuelta, correr, pero estaba paralizada, completamente inmovilizada por el terror que me recorría la espina dorsal como electricidad.
Mi boca se secó. Mis manos empezaron a temblar sin control.
El tráfico de la Alameda pasaba a mi lado, los coches pitaban, la gente caminaba, pero yo estaba atrapada en una burbuja de silencio absoluto donde solo existía él, acercándose con esa elegancia arrogante que tanto odiaba.
—Melisa —dijo cuando estuvo a dos metros de distancia, y su voz fue como un cuchillo deslizándose sobre mi piel—. Qué casualidad encontrarte aquí. Justo estaba pensando en ti.
No pude hablar. Mi garganta se había cerrado por completo.
Lo miré fijamente, viendo los detalles que había intentado olvidar durante dos años: la forma en que su pelo castaño caía sobre su frente con ese aire despeinado calculado, la pequeña cicatriz en su ceja izquierda de un accidente de skate de adolescente, el olor a su colonia caro que me llegaba incluso desde esa distancia.
Todo volvió de golpe. La fiesta. La bebida.
La oscuridad. Las manos. Las risas. El dolor.
—¿No me vas a saludar? —avanzó un paso más, invadiendo mi espacio personal, y retrocedí instintivamente hasta que mi espalda chocó contra la pared de un comercio—. Vamos, cariño. Después de todo lo que compartimos, ¿tanta frialdad? Te he echado de menos.
Su mano se levantó para tocarme el rostro, y sentí que iba a vomitar. Iba a desmayarme. Iba a desmoronarme allí mismo, en medio de la calle, ante la mirada de cientos de desconocidos.
—Quítale esa mano de encima —dijo una voz a mi lado, profunda, gutural, cargada de una furia contenida que hizo que el aire vibrara.
Nicolás apareció como si se hubiera materializado de la nada.
Estaba a mi derecha, con el cuerpo interpuesto entre Gabriel y yo, con los hombros tensos y los puños cerrados a los lados del cuerpo.
Su altura imponía, su presencia era un muro de protección física y emocional que me hizo querer llorar de alivio.
Gabriel retiró la mano despacio, sin prisa, y evaluó a Nicolás con una mirada que recorrió su cuerpo de arriba abajo. No parecía intimidado. De hecho, parecía… interesado.
—Vaya, vaya —dijo Gabriel, con ese tono de voz encantador que sabía usar tan bien—. ¿Y tú quién eres? El caballero de la armadura brillante, supongo. Qué… típico.
—Nicolás Castillo —dijo Nicolás, y su nombre sonó como una promesa de violencia contenida—. Y tú eres Gabriel Valdés. He oído hablar de ti.
Por un segundo, vi que Gabriel titubeaba. Sus ojos se estrecharon apenas, evaluando, calculando. Pero luego sonrió, extendiendo la mano con una educación exagerada que resultaba obscena dadas las circunstancias.
—Encantado, Nicolás —dijo, pronunciando mi nombre con una familiaridad que me erizó la piel—. Soy un viejo amigo de Melisa. Bueno, algo más que amigo, ¿verdad, cariño? Éramos… muy cercanos.
Sentí que Nicolás se tensaba aún más, si eso era posible. Su mano no se movió para estrechar la de Gabriel. Solo permaneció quieto, como una estatua de hielo y fuego a la vez, bloqueándome del mundo.
—Ella no quiere hablar contigo —dijo Nicolás, y su voz era baja, peligrosa—. Y si vuelves a acercarte a ella, si la vuelves a tocar, si siquiera la miras de nuevo… tendremos un problema serio, Gabriel.
Gabriel rio. Fue una risa suave, casi musical, pero vacía de humor genuino. Era el sonido de la crueldad disfrazada de encanto.
—Qué protector —dijo, bajando la mano sin inmutarse—. Me recuerdas a mí mismo cuando tenía tu edad. Tan… gallardo. Tan seguro de que puedes salvar a la damisela. Pero Melisa y yo tenemos asuntos pendientes, ¿no es así, amor?
Mi voz seguía sin funcionar. Negué con la cabeza, apenas un movimiento mínimo, sintiendo que las lágrimas me picaban en los ojos, pero negándome a derramarlas delante de él. No le daría esa satisfacción. No le mostraría cuánto miedo tenía.
Nicolás se giró ligeramente hacia mí, sin perder de vista a Gabriel, y sus ojos encontraron los míos.
Vi en ellos la pregunta, la preocupación, la furia contenida.
Y vi también que lo sabía. Que detectaba el terror absoluto que me paralizaba, que reconocía la forma en que temblaba, el color que había perdido mi rostro, la respiración agitada.
Lo sabía todo sin necesidad de palabras.
—¿Quieres irte? —preguntó, suavemente, y su voz era solo para mí.
Asentí. Fue todo lo que pude hacer.
Nicolás se volvió hacia Gabriel, y esta vez su voz dejó de ser educada. Era un gruñido, una promesa de destrucción.
—Vete. Ahora. Y olvida su dirección, su teléfono y su existencia. Porque la próxima vez que aparezcas cerca de ella, no habrá testigos. No habrá escenas. Solo dolor.
Gabriel levantó las manos en señal de rendición, pero su sonrisa no flaqueó. Si acaso, se hizo más amplia, más fría, más… conocedora.
—Por supuesto —dijo, retrocediendo un paso—. No quería causar problemas. Solo saludar a una vieja amiga. Cuida bien de ella, Nicolás. Es… frágil. Se rompe con facilidad.
Y entonces, justo cuando se dio la vuelta para marcharse, cuando empezó a alejarse con esa arrogancia que tanto odiaba, hizo algo que heló mi sangre por completo.
Se detuvo. Se giró. Y miró a Nicolás directamente a los ojos.
Y sonrió.
Pero no fue una sonrisa de despedida, ni de burla, ni de derrota. Fue una sonrisa de reconocimiento. Como si lo conociera. Como si supiera algo que nosotros ignorábamos. Como si estuviera compartiendo un secreto privado con el hombre que acababa de amenazar.
—Nos veremos pronto, Castillo —dijo, y su voz bajó hasta convertirse en un susurro que solo nosotros pudimos oír—. Tenemos mucho de qué hablar tú y yo. Mucho en común, aunque aún no lo sepas.
Y se fue, caminando con paso tranquilo, como si no acabara de amenazar nuestras vidas, como si no hubiera destrozado la mía hace dos años, como si no supiera exactamente quién era Nicolás y por qué estaba allí.
Nicolás se giró hacia mí inmediatamente, agarrándome por los hombros con una suavidad que contrastaba con la tensión que vibraba en su cuerpo.
—Melisa —dijo, y su voz temblaba de preocupación—. ¿Estás bien? Dime algo. Por favor.
Quise hablar. Quise explicarle quién era, qué había pasado, por qué estaba temblando. Quise decirle que ese hombre era el monstruo de mis pesadillas, que había vuelto, que no sabía por qué ni cómo, pero que estaba allí, en Málaga, demasiado cerca.
Pero las palabras no salieron. Solo un sollozo ahogado escapó de mi garganta, y me dejé caer contra su pecho, sintiendo cómo sus brazos me envolvían, cómo me protegía del mundo entero.
No expliqué nada. No pude.
Pero mientras Nicolás me sostenía, mientras sentía su corazón golpeando con fuerza contra mi oreja, vi por encima de su hombro la figura de Gabriel alejándose entre la multitud.
Y justo antes de girar la esquina, se volvió una última vez.
Y esa sonrisa… esa sonrisa de conocimiento, de complicidad siniestra, de promesa de destrucción… me dijo más que mil palabras.
Gabriel no había venido por mí.
Había venido por nosotros.
Y sabía exactamente quién era Nicolás Castillo.