Jefe, no te soporto Capítulo 19
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Capítulo 19

Nicolás

Me quedé mirándola, procesando sus palabras. Y me perdí en sus ojos, esos que me pedían que la hiciera mía, aquí y ahora.

—Melisa… —gemí, sintiendo cómo mi cuerpo respondía a ella con una urgencia inmediata—. No quiero hacerte daño. Después de lo que te conté sobre… sobre lo que te pasó…

—Eso fue violencia —cortó ella, besando mi mandíbula, mi cuello, mordisqueando la piel con una intensidad que me hizo gruñir—.

Esto es elección. Esto es deseo. Contigo me siento segura, Nicolás.

Contigo el sexo no es algo que me hagan.

Es algo que elijo. Algo que quiero. Algo que me hace sentir viva.

Sus manos bajaron por mi torso, encontrando mi cintura, desabrochando el cinturón con dedos temblorosos pero decididos. Yo la miré, viendo la determinación en sus ojos, viendo que realmente lo quería, que no tenía miedo, que confiaba en mí de una manera que me humillaba y me exaltaba a la vez.

—Dime que puedo soltarme —susurré, agarrando su pelo, tirando suavemente para exponer su cuello—. Dime que puedo ser yo. Sin control. Sin miedo a hacerte daño.

—Suelta el control —ordenó ella, arqueándose contra mí, presionando su cuerpo contra el mío—. Sé tú. Sé el hombre que eres. Fuerte. Intenso. Salvaje. Te soportaré. Te desearé. Quiero sentirte, Nicolás. Toda tu fuerza. Toda tu pasión.

La cogí en brazos con un gruñido que salió de lo más profundo de mi ser. La llevé hasta el salón, la dejé sobre el sofá y me incliné sobre ella, cubriéndola con mi cuerpo, pero sin aplastarla, sosteniéndome sobre los codos para poder mirarla, para ver cada expresión de su rostro.

—Si te duele… —empecé a decir.

—No me duele —interrumpió, agarrando mi camisa y tirando de ella para besarme con una ferocidad que me desarmó—. Me haces sentir viva. Ahora, Nicolás. Ahora.

La desvestí con una urgencia que rozaba la desesperación.

El vestido azul voló por el aire, seguido de su ropa interior, hasta que estuvo desnuda ante mí, perfecta, con la piel de gallina por la anticipación, con los pezones erectos esperando mi boca, con las piernas ligeramente abiertas mostrándome su humedad.

—Dios, eres hermosa —suspiré, besando su cuello, bajando por sus clavículas, tomando un pezón en mi boca y succionándolo con fuerza.

Ella gritó, arqueándose hacia arriba, sus manos clavándose en mi espalda. No era un grito de dolor. Era de placer, de liberación, de entrega.

—Más —suplicó—. No te detengas. Más fuerte.

Obedecí. La devoré. Besé cada centímetro de su piel, mordiendo, lamiendo, marcándola con mi boca, con mis dientes.

Quería dejar huellas. Quería que supiera que era mía.

Quería poseerla de una manera que no fuera tóxica, sino liberadora.

Que ella sintiera que su cuerpo era suyo, pero que yo lo adoraba.

Cuando llegué entre sus piernas, la encontré empapada, lista, brillando por mí. La probé con la lengua, fuerte, sin delicadezas excesivas, y ella se vino casi inmediatamente, agarrando mi pelo, gritando mi nombre con una voz ronca que llenó la habitación.

—Nicolás, por favor… —jadeó cuando el orgasmo pasó—. Entra en mí. Necesito sentirte dentro.

Me desvestí a toda prisa, liberando mi erección, gruesa y dura, palpitando con la necesidad de estar dentro de ella. Me posicioné entre sus piernas, guiándome con la mano, y empecé a entrar.

Era estrecha, caliente, perfecta. Sentí cómo se abría para mí, cómo me recibía, cómo sus uñas se clavaban en mis hombros instándome a seguir.

Entré hasta el fondo de una sola embestida, gruñendo como un animal, y ella gritó, pero no de dolor.

Era un grito de placer intenso, de plenitud, de «por fin».

—Sí —susurró, moviendo sus caderas contra las mías—. Así. Justo así. No te detengas. Fóllame, Nicolás. Fóllame.

La palabra cruda en su boca me desencadenó.

Empecé a moverme con fuerza, con profundidad, embistiendo una y otra vez, perdiendo el ritmo, encontrándolo, perdiéndolo de nuevo.

El sofá crujía bajo nosotros, golpeando contra la pared, pero no me importaba.

Solo existía ella. Su calor. Su forma de gemir mi nombre.

Su forma de agarrarme como si nunca quisiera soltarme.

—Más fuerte —pedía ella, una y otra vez—. No te contengas.

Y le di todo. Mi fuerza, mi pasión, mi vulnerabilidad.

La agarré de las muñecas, inmovilizándolas sobre su cabeza, y ella se entregó completamente, confiando en mí, dejándome controlar el ritmo, la profundidad, todo.

La penetré con una ferocidad que nunca había permitido mostrar, temeroso siempre de lastimar, pero que ahora fluía libre porque ella me lo pedía, porque me lo suplicaba.

—Te siento tan profundo —gemía ella, con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás—. Dios, Nicolás, no pares. No pares.

La velocidad aumentó. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos, nuestros gemidos, nuestros gritos de placer.

Sentía que me acercaba al borde, pero quería que ella viniera conmigo.

Liberé una de sus muñecas y deslicé mi mano entre nosotros, encontrando su clítoris, frotándolo con precisión mientras seguía embistiendo con fuerza.

—Córrete conmigo, Melisa —ordené, con la voz saliendo como un gruñido.

Y se dejó llevar por el momento. Su cuerpo se contrajo violentamente alrededor de mí, apretándome, masajeándome, y yo no pude resistir más.

Me solté con un grito que sonó como un aullido, liberándome dentro de ella con fuerza, con una intensidad que me dejó ciego por un segundo, vaciándome completamente, entregándole todo lo que era.

Nos quedamos así, jadeantes, sudorosos, enredados en el sofá que ahora estaba descolocado, con la respiración agitada sincronizándose lentamente. La abracé, la atraje hacia mí, y ella se acomodó contra mi pecho, con su cabeza sobre mi hombro, con una pierna entrelazada con la mía.

—Eso fue… —empezó a decir, pero su voz se fue apagando.

—¿Doloroso? —pregunté, preocupado de repente, acariciando su espalda.

—Perfecto —susurró, y sonrió contra mi piel—. Eso fue perfecto. Gracias por confiar en mí. Por soltarte.

La besé en la frente, sosteniéndola con una ternura que me dolía en el pecho.

—Gracias a ti —dije—. Por enseñarme que la fuerza no es control. Que a veces, soltar es lo más fuerte que podemos hacer.

Ella asintió, sus párpados pesados. En minutos, su respiración se volvió regular, profunda. Se había quedado dormida en mis brazos, segura, protegida no por mis mentiras sino por mi verdad.

La miré mientras dormía. Vi la paz en su rostro, la forma en que su mano se aferraba a mi pecho incluso durmiendo, como si necesitara asegurarse de que seguía ahí.

Y pensé en el enemigo que acechaba afuera, en las fotos, en las amenazas, en la sombra de mi padre que parecía extenderse desde la tumba para destruir lo único bueno que había encontrado.

—Te protegeré —le juré en silencio, besando suavemente su sien—.

Pero no como antes. No ocultándote la verdad.

No tratándote como a un objeto frágil. Te protegeré como mereces.

Como una aliada, como una igual, como la mujer fuerte que eres.

Y si alguien intenta hacerte daño, si ese hijo de puta se atreve a poner un pie en mi umbral, descubrirá que hay cosas peores que mi ira.

Descubrirá lo que ocurre cuando despiertas al monstruo que duerme en un hombre que finalmente tiene algo por lo que vale la pena matar.

La sostuve más fuerte, pero no lo suficiente como para despertarla. Afuera, la noche había caído completamente sobre Málaga, y en algún lugar de esa oscuridad, alguien nos observaba. Pero aquí, en mis brazos, Melisa estaba a salvo. Y mientras durmiera, yo sería su guardián, su centinela, su escudo.

Pero cuando amaneciera, seríamos un equipo. Y juntos, descubriríamos quién era el enemigo. Y lo destruiríamos.