Jefe, no te soporto Capítulo 18
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Capítulo 18

Nicolás

El sobre llegó a mi casa a las seis de la tarde, cuando el sol empezaba a teñir el cielo de Málaga de un naranja intenso y mentiroso.

Lo encontré en el buzón, junto con las facturas habituales y un catálogo de equipamiento deportivo que no había pedido.

Era blanco, sin remitente, con mi nombre escrito a máquina con una tipografía anónima que me erizó la piel antes incluso de abrirlo.

Lo supe. Lo supe en el momento en que lo toqué, con ese peso extraño que tenían las cosas malignas, ese tacto que parecía contaminado por la maldad de quien lo había preparado.

Me quedé en el vestíbulo, con las llaves aún en la mano, y abrí el sobre con dedos que noté extraños, como si no pertenecieran a mi cuerpo. Dentro había fotografías. No del gimnasio. No del nuevo local. Eran de Melisa.

Mi sangre se convirtió en hielo instantáneo.

Ella entrando en su edificio. Ella en el supermercado del barrio, eligiendo manzanas con esa concentración absurda que tenía para las tareas cotidianas.

Ella durmiendo en su sofá, visiblemente tomada desde la ventana de su salón, con la boca abierta y una manta descuidada sobre las piernas.

Y la peor: ella saliendo de mi casa esa misma mañana, despeinada, con la ropa arrugada, con esa expresión de huida que había intentado disimular pero que la cámara había captado con cruel precisión.

Debajo de las fotos, una nota escrita con letra impresa:

«Ella es más accesible de lo que crees. Y tú, Castillo, no estás protegiendo a nadie. Solo la estás poniendo en la lista.»

El rugido que salió de mi garganta fue animal, primitivo, un sonido que no reconocí como mío.

Sentí que la razón se me escapaba, que ese control férreo que había cultivado durante años se resquebrajaba como madera podrida.

Di un puñetazo a la pared del vestíbulo, sintiendo cómo los nudillos se abrían contra el yeso, cómo el dolor subía por mi brazo como una advertencia que ignoré por completo.

—¡Hijo de puta! —Grité al vacío, agarrando las fotografías con tanta fuerza que se arrugaron en mi puño.

Alguien la estaba vigilando. No solo a mí. A ella. En su casa. En su vida privada. En mi propia puerta. Y lo peor de todo era que yo lo sabía, que llevaba semanas sabiendo que alguien estaba jugando con nosotros, y no había hecho lo suficiente para detenerlo. Había fallado. Otra vez.

Cogí el teléfono para llamar a Álex, pero en ese momento sonó el timbre. Miré por la mirilla y la vi. Melisa. Perfecta, con un vestido azul que se adhería a sus curvas de una manera que bajo otras circunstancias me habría vuelto loco, pero que ahora solo intensificaba mi terror.

Abrió la puerta antes de que pudiera decidir si ocultarle las fotos o no. Entró con una sonrisa nerviosa, con las mejillas sonrojadas, con ese aire de valentía que tanto me admiraba y que ahora me aterraba.

—Hola —dijo, y su voz sonó más ligera de lo que yo me sentía—. Recibí tu mensaje. He venido tan pronto como he podido.

La miré. Realmente la miré. Y vi lo frágil que era, lo pequeña, lo expuesta. Vi cómo alguien podría hacerle daño antes de que pudiera siquiera gritar. Y sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—Nicolás, ¿qué te pasa? —su sonrisa se desvaneció al ver mi expresión—. Estás pálido. Y tu mano… —vio los nudillos ensangrentados, el yeso agrietado de la pared—. ¿Qué has hecho?

—Nada —mentí, intentando sonar calmado, ocultando las fotografías detrás de mi espalda con un movimiento torpe que ella no dejó pasar.

—¿Qué es eso? —avanzó un paso, su intuición femenina funcionando a pleno rendimiento.

—Melisa, no es nada. Solo… solo problemas del trabajo. Del gimnasio. Nada que te concierna.

—Nada que me concierna —repitió, y su voz cambió, se volvió más fría—. Nicolás, llevas semanas actuando raro. Recibes mensajes extraños, desapareces a horas raras, y ahora me dices que esto no me concierne. ¿Qué escondes?

—Te estoy protegiendo —dije, y soné más brusco de lo que pretendía—. Solo quiero protegerte, Melisa. No quiero que te preocupes por…

—¡No me trates como a una niña! —explotó ella, dando un paso hacia mí con los ojos brillando de rabia—. ¿O crees que no me doy cuenta de que algo va mal? ¿De que alguien nos está observando? ¿De que hay algo oscuro entre nosotros que no me cuentas?

La miré, sorprendido por su reacción. Había esperado miedo, quizás lágrimas, pero no esto. No esta furia controlada, esta determinación de acero.

—Melisa…

—No —cortó ella, levantando una mano—. No me vengas con excusas de «es por tu bien».

He pasado dos años de mi vida huyendo, Nicolás.

Dos años ocultándome, sintiendo miedo, dejando que otros decidieran por mí.

Y ahora tú… tú haces exactamente lo mismo.

Me ocultas cosas. Me tratas como si fuera de cristal. Como si no pudiera soportar la verdad.

—No es eso —intenté explicar, acercándome, pero ella retrocedió.

—¿Entonces qué es? —Su voz se rompió, lo noté, pero se recompuso inmediatamente—. ¿Crees que soy débil? ¿Que necesito un salvador? ¿Que no puedo defenderme sola?

—¡No! —grité, frustrado, sintiendo cómo la conversación se me escapaba de las manos—. Solo quiero… quiero que estés a salvo. Que no te pase nada. Que ese hijo de puta que nos está amenazando no te toque ni con un dedo.

—¿Qué hijo de puta? —preguntó ella, y su voz bajó a un susurro peligroso—. Nicolás, ¿qué está pasando?

Negué con la cabeza, intentando pensar, intentando encontrar la forma de decirle la verdad sin que el miedo la paralizara. Pero ella me leyó el pensamiento. Siempre me lo leía.

—Me estás mintiendo —dijo, y había tanta decepción en su voz que me dolió físicamente—. O al menos ocultando la verdad. Y eso me duele más que cualquier amenaza.

Se dio la vuelta, caminando hacia la puerta, y sentí que el pánico me invadía. No podía dejarla ir. No así. No con ese enemigo acechando afuera.

—Espera —dije, agarrándola del brazo, pero suavemente, sin fuerza.

Ella se giró. Sus ojos estaban húmedos, pero no había lágrimas. Solo determinación.

—Suéltame —dijo, y su voz era firme—. O dime la verdad.

Pero no me trates como a una damisela en apuros que necesita que el príncipe la rescate.

No soy esa mujer, Nicolás. He sobrevivido cosas que no imaginas.

He sido rota y reconstruida. Y no necesito que me protejas de la verdad.

Necesito que me la cuentes. Que me trates como a una igual.

Como a alguien que puede cargar con su propia mierda y con la tuya también.

Sus palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago.

Me di cuenta, con una claridad que me avergonzó, de que tenía razón.

La había estado tratando como a un objeto frágil, como a algo que podía romperse, cuando en realidad ella era la mujer más fuerte que conocía.

Había sobrevivido a un trauma que yo apenas podía imaginar, y aquí estaba, de pie, exigiendo su lugar, exigiendo mi respeto, no mi protección condescendiente.

—Tienes razón —dije finalmente, soltando su brazo y dando un paso atrás—. Tienes toda la razón, Melisa. He sido un idiota.

Ella no dijo nada. Solo me miró, esperando.

Cogí las fotografías que había escondido detrás de mi espalda. Las extendí sobre la mesa del recibidor. Vi cómo su rostro cambiaba al verlas, cómo la sangre se le iba de las mejillas, cómo sus manos temblaban al coger la imagen de ella durmiendo en su sofá.

—Dios mío —susurró.

—Llevan semanas vigilándote —dije, y mi voz sonó ronca, cargada de culpa—. Desde antes de que… de que esto empezara entre nosotros. Al principio pensé que era solo competencia empresarial. Amenazas vacías. Pero ahora… ahora sé que es personal. Que alguien quiere hacerme daño a través de ti.

Melisa miró las fotos, una por una. Su respiración se aceleró, pero no entró en pánico. No se desmoronó. Solo se quedó quieta, procesando, con una fuerza que me dejó sin aliento.

—¿Quién? —preguntó finalmente, mirándome a los ojos.

—No lo sé —admití—. Álex está investigando. Parece estar relacionado con mi padre. Con su empresa anterior. Alguien que quiere venganza.

Asintió, devolviendo las fotos a la mesa con cuidado, como si fueran serpientes.

—Y tú querías protegerme ocultándome esto —dijo. No era una pregunta.

—Sí —confesé—. Tenía miedo. Miedo de que huyeras. Miedo de que el miedo te paralizara. Miedo de perderte.

Ella se quedó en silencio durante unos segundos que se extendieron como eternidades. Luego dio un paso hacia mí. Otro. Hasta que estuvo frente a mí, tan cerca que podía oler su perfume, sentir su calor.

—Nunca me he escondido del miedo —dijo, suavemente—.

Hui, sí. De Madrid. De Gabriel. Pero no porque tuviera miedo.

Hui porque no tenía fuerzas para enfrentarme a él sola.

Pero ahora… —extendió una mano y tocó mi mejilla, su tacto eléctrico y suave— …

ahora no estoy sola. Y no quiero que me protejas ocultándome la verdad.

Quiero que me protejas estando a mi lado. Como un igual.

Cerré los ojos, inclinándome hacia su mano, sintiendo que algo se rompía dentro de mí, algo que necesitaba romperse. Mi control. Mi necesidad de manejarlo todo. Mi creencia de que debía ser el fuerte siempre.

—Lo siento —dije, y la verdad de esas palabras me pesó en el pecho—. Siento haberte tratado como si fueras frágil. No lo eres. Eres… eres la persona más fuerte que conozco.

—Lo sé —dijo ella, y una sonrisa tímida apareció en sus labios—. Ahora demuéstramelo.

—¿Cómo? —pregunté, abriendo los ojos.

Ella se acercó más, hasta que sus labios rozaron los míos en un beso que empezó suave pero que rápidamente se encendió en algo más profundo, más urgente. Sus manos se deslizaron por mi pecho, desabrochando botones con una determinación que me dejó sin aliento.

—Hazme el amor —susurró contra mi boca—. Pero no te contengas. No te controles. No me trates como si fuera de cristal. Muéstrame quién eres realmente. Muéstrame tu fuerza. Tu pasión. Todo lo que tienes.