Jefe, no te soporto Capítulo 17
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Capítulo 17

Melisa

Andrea estaba sentada en mi sofá cuando entré, con dos cafés sobre la mesa y una expresión de ceja levantada que decía más que mil palabras.

—Vaya, vaya —dijo, evaluándome de arriba abajo con la rapidez de un escáner—. El mismo vestido de ayer. El pelo que parece que has pasado la noche en un túnel de viento. Y esa… —señaló mi cuello con la taza— …ese chupetón que podría servir de señalización vial. ¿Dónde has estado, Melisa Serrano?

Me dejé caer en el sofá frente a ella, cubriéndome la cara con las manos.

—No es lo que parece —mentí, sabiendo que era exactamente lo que parecía.

—Oh, cariño —Andrea se inclinó hacia delante, sonriendo con malicia—. Es exactamente lo que parece. Has estado con él. Con el jefe. En su casa. Toda la noche. Y por la cara de satisfacción que traes, diría que ha sido bueno. Muy bueno.

—Andrea, por favor —gemí, sintiendo que el calor subía a mis mejillas—. No empieces.

—¿No empezar? —exclamó ella, echándose hacia atrás—. ¡Melisa, llevas meses bailando alrededor de este tío! Ayer desapareciste con él, no contestaste el móvil en toda la noche, y ahora apareces a las nueve de la mañana con aspecto de mujer que ha sido bien… —hizo una pausa dramática— …atendida.

—Fue un error —dije rápidamente, levantando la vista—. No debería haber pasado. Fue… fue un momento de debilidad. Ya está. Fin de la historia.

Andrea me miró con esos ojos verdes que veían demasiado.

—Un error —repitió, incrédula—. Melisa, llevas dos años sin tocar a un hombre.

Dos años huyendo de cualquier contacto. Y ahora, de repente, te acuestas con tu jefe —señaló mi cuello otra vez—, dejándote marcas que durarán una semana, y dices que fue un error.

¿O es que fue tan malo que te arrepientes?

—No —solté, demasiado rápido—. No fue malo. Fue… fue perfecto. Demasiado perfecto. Por eso es un error, Andrea. Porque esto no puede ir a ninguna parte. Él es mi jefe. Yo soy su empleada. Y además… —me detuve, tragando saliva— …yo no estoy preparada para esto. Para sentir esto.

Andrea suspiró, su expresión suavizándose. Se acercó y me agarró la mano.

—Cariño —dijo, más suavemente—, tal vez justo por eso debías quedarte esta mañana. En lugar de huir como si te persiguieran.

—No huía —mentí de nuevo.

—Claro que sí —dijo ella, y no había reproche en su voz, solo comprensión—. Pero bueno, ahora tendrás que enfrentarte a él en el gimnasio. Así que más te vale aprender a disimular.

En el gimnasio, el ambiente era eléctrico.

Desde el momento en que crucé la puerta, sentí que todos los ojos estaban sobre mí.

Diego estaba en la zona de pesas, pero dejó la barra suspendida cuando me vio entrar.

Marta, que estaba atendiendo a un cliente en la recepción, levantó una ceja con una sonrisa socarrona.

Incluso Samuel, que normalmente estaba metido en su oficina, apareció en el pasillo con una expresión de curiosidad reprimida.

Y luego estaba él.

Nicolás bajó de su despacho a las diez en punto, como siempre.

Vestía un traje gris que le sentaba de muerte, con la camisa blanca abrochada hasta el último botón, impecable, controlado.

Pero cuando sus ojos encontraron los míos, vi algo quebrarse en su máscara de hielo.

Vi el recuerdo de la noche, de la mañana, de cómo había salido corriendo.

—Buenos días, Melisa —dijo, y su voz salió formal, profesional, pero con un deje de ronquera que solo yo podía detectar.

—Buenos días, señor Castillo —respondí, intentando mantener el tono neutro, aunque mi corazón martilleaba contra mis costillas.

Nos miramos durante un segundo demasiado largo.

Un segundo en el que el silencio entre nosotros gritaba todo lo que habíamos compartido horas antes.

Luego él asintió y se dirigió a su oficina, pero no antes de que yo viera cómo su mano se cerraba en un puño a su lado, un gesto de frustración que me hizo sentir culpable.

Intenté concentrarme en el trabajo. Organicé las citas, respondí los teléfonos, sonreí a los clientes. Pero cada vez que levantaba la vista, sentía la mirada de alguien sobre mí.

Diego apareció a mi lado a mediodía, apoyándose en el mostrador con una sonrisa de lobo.

—Oye, Melisa —dijo, fingiendo casualidad—. ¿Sabes si el jefe llegó temprano hoy? Porque su coche estaba en el parking cuando yo llegué a las siete, y eso es raro.

—No tengo idea —respondí, encogiéndome de hombros, intentando parecer indiferente.

—Claro —dijo él, no convencido—. Y supongo que tampoco sabes por qué lleva esa marca en el cuello. Parece… —hizo una pausa— …parece que alguien le haya arañado en un momento de pasión desenfrenada.

Sentí que el calor subía hasta la coronilla. Recordé cómo mis uñas se habían clavado en su espalda, cómo había gemido mi nombre. Bajé la vista rápidamente.

—Debe haberse rasguñado entrenando —murmuré.

—Entrenando —repitió Diego, asintiendo con exageración—. Claro, claro. Eso debe ser.

Marta pasó por mi lado poco después, dejando caer un papel sobre el mostrador.

—Lista de socios nuevos —dijo, y luego, bajando la voz—: Por cierto, llevas su colonia puesta. La de él. Esa amaderada. Es inconfundible.

Mi mano voló instintivamente a mi cuello. ¿Seguía oliendo a él? Dios, qué vergüenza.

—Es… es el jabón del baño del gimnasio —tartamudeé.

—Claro —dijo Marta, guiñándome un ojo—. El jabón que solo usa él en su ducha privada. El que está en su oficina. Ese jabón.

Quise morirme. Quise que el suelo se abriera y me tragara.

Samuel fue el último. Apareció a media tarde con unos informes, pero en lugar de dejarlos y marcharse, se quedó mirándome con esa expresión de padre preocupado que tenía.

—Melisa —dijo, suavemente—, ¿estás bien? Pareces… distraída.

—Estoy perfectamente, Samuel —aseguré, forzando una sonrisa.

—Porque si algo te preocupa —continuó, ignorando mi negativa—, si hay algún problema… con el trabajo, con alguien… puedes contar conmigo. Somos un equipo.

—Lo sé —dije, sintiendo una punzada de culpa—. Gracias, Samuel. De verdad.

Cuando se fue, me quedé sola en recepción, con la cabeza entre las manos, preguntándome cuánto más podría aguantar esta farsa antes de que alguien descubriera la verdad.

No tuve que esperar mucho para saberlo.

A las seis, cuando el gimnasio empezaba a vaciarse, los tres, Diego, Marta y Samuel, se reunieron en la zona de descanso, justo al alcance de mi oído. Intenté no escuchar, pero sus voces eran demasiado claras.

—Cincuenta euros —dijo Diego—. Apuesto cincuenta euros a que se acostaron anoche.

—Cien —replicó Marta—. Y digo que fue en su casa. En esa mansión de la zona residencial.

—Yo digo que ya llevan semanas haciéndolo —intervino Samuel, sorprendiéndome—. Y que por eso están tan raros. El jefe ha estado insoportable últimamente, y Melisa… bueno, Melisa brilla de una forma diferente.

—Brilla —repitió Diego, soltando una carcajada—. Eso es una forma de decirlo. Yo diría que está… —buscó la palabra— …radiante. Y él, a pesar de intentar parecer el mismo capullo de siempre, se le escapan las miradas. La mira como si fuera la última cerveza en el desierto.

—Apostemos entonces —dijo Marta—. Yo digo que duran hasta el otoño. Él es demasiado controlador, ella es demasiado independiente. Colisionarán antes de que llegue el frío.

—Yo digo que se casan —dijo Diego, y casi me atraganto con mi propia saliva—. En serio. Hay química de la buena. De la que dura.

—Y yo digo —intervino Samuel, más serio— que deberíamos dejarlos en paz. Si quieren mantenerlo en secreto, es su derecho. Pero… —hizo una pausa— …si me preguntan, creo que se quieren. Y eso es bueno. Ambos lo necesitaban.

Me quedé quieta, con el corazón golpeando contra las costillas. ¿Se querían? ¿Era eso posible? ¿Podía ser que lo que había entre nosotros fuera algo más que sexo, más que atracción, más que un error?

Mi móvil vibró sobre el mostrador. Lo cogí con manos temblorosas.

Era un mensaje de Nicolás. Un número que no tenía guardado, pero que reconocí por el tono imperioso y tierno a la vez.

Nicolás: Esta noche necesito verte.

Simple. Directo. Sin opción a negativa.

Miré hacia arriba, hacia su oficina. Las luces estaban encendidas, y sabía que él estaba ahí, mirando hacia abajo, esperando mi respuesta.

Y a pesar de todo el miedo, de toda la vergüenza, de todas las razones por las que debería decir que no, sentí que una sonrisa se dibujaba en mis labios mientras tecleaba mi respuesta.

Melisa: Dime dónde y cuándo.

El ganchito estaba clavado. Y yo estaba cayendo, sin red, sin miedo, hacia lo desconocido.