Capítulo 16
Melisa
Me desperté con la sensación de estar siendo observada. No era una sensación incómoda, no como esas mañanas en las que despiertas sobresaltada creyendo que hay alguien en la habitación. Era algo más cálido, más íntimo, como si el sol mismo se hubiera detenido a contemplarme.
Abrí los ojos despacio, pestañeando contra la luz que entraba por las cortinas entreabiertas.
Y allí estaba él, sentado en el borde de la cama, completamente vestido con unos vaqueros y una camiseta blanca que se adhería a su torso de una manera que me hizo salivar instantáneamente.
Pero no era su cuerpo lo que me detuvo el aliento.
Eran sus ojos. Esos ojos grises que ahora parecían derretirse en un tono más suave, casi plateado, mientras me recorrían con una mezcla de adoración y hambre contenida.
—Llevas veinte minutos así —dije, mi voz saliendo ronca, cargada de sueño y de algo más profundo que había crecido entre nosotros durante la noche.
—Más —corrigió Nicolás, y su sonrisa fue lenta, devastadora—. Llevo cuarenta minutos mirándote. Intentando decidir si eres real o si me he vuelto loco y te he inventado.
Me estiré bajo las sábanas, consciente de repente de mi desnudez, de cómo el algodón rozaba mis pezones sensibles, de que solo una fina barrera de tela nos separaba. La vergüenza me invadió como una marea cálida, tintando mis mejillas de un rojo intenso que no pude disimular.
—Deberías haberme despertado —murmuré, tapándome la cara con el brazo, avergonzada de estar ahí, desnuda en su cama, con la luz del día expuesta cada imperfección, cada celulitis, cada marca que mi cuerpo guardaba como mapa de mi historia.
Nicolás se inclinó y apartó suavemente mi brazo, obligándome a mirarlo. Su tacto era eléctrico, a pesar de la suavidad con la que me tocaba.
—Nunca —dijo, su voz bajando a un susurro ronco—. Nunca te escondas de mí. Eres preciosa, Melisa. Especialmente ahora, con el pelo revuelto y la piel marcada por mi boca.
Mis ojos se desviaron instintivamente hacia mi cuello, donde sentía el eco de sus mordiscos de la noche anterior, y luego bajaron por mi cuerpo, buscando esas huellas que él había dejado como reclamo.
Y entonces lo vi: la marca roja en mi cadera, el moretón suave en el interior de mi muslo donde sus dedos se habían aferrado con demasiada fuerza en un momento de pasión desenfrenada.
—Dios, lo siento —dije, intentando cubrirme, mortificada—. Debo parecer un mapa de carreteras.
Nicolás capturó mis manos, impidiéndome que me ocultara. Sus dedos se entrelazaron con los míos, fuertes, cálidos, seguros.
—Eres perfecta —insistió, y en su voz no había duda, solo certeza absoluta—. Y si te avergüenzas, entonces debo hacer algo para que olvides esa vergüenza.
Se inclinó más, y su boca encontró la mía en un beso que empezó tierno, casi reverente, pero que rápidamente se transformó en algo más urgente.
Su lengua se deslizó entre mis labios, probando, reclamando, y yo gemí contra su boca, sintiendo cómo el calor se acumulaba entre mis piernas con una rapidez que me dejó sin aliento.
—Nicolás… —suspiré cuando sus labios se deslizaron por mi mandíbula, bajando por mi cuello, mordisqueando la piel sensible justo donde el cuello se une con el hombro.
—Shh —murmuró contra mi piel—. Déjame cuidarte. Déjame demostrarte lo hermosa que eres cuando te dejas sentir.
Sus manos se movieron con una lentitud deliberada, como si tuviera todo el tiempo del mundo, aunque podía sentir la tensión en sus músculos, la forma en que su cuerpo se mantenía rígido, controlado, conteniéndose para no aplastarme con su peso.
—No tienes que… —empecé a decir, pero me interrumpió con otro beso, esta vez más profundo, más exigente.
—Quiero —dijo, separándose lo justo para mirarme a los ojos—. Quiero sentirte. Quiero estar dentro de ti. Pero quiero que sea perfecto para ti. Que no tengas miedo. Que sepas que puedes parar cuando quieras.
Asentí, sintiendo que las lágrimas me picaban en los ojos por la ternura que desbordaba su voz. No era solo sexo lo que estaba ofreciéndome. Era confianza. Era seguridad. Era el regalo más valioso que podía darle a alguien como yo, rota y reconstruida.
Nicolás se desvistió con movimientos económicos, nunca perdiendo el contacto visual conmigo.
Cuando estuvo completamente desnudo frente a mí, tuve que contener el aliento.
Era magnífico, una escultura de músculos y piel dorada, con cicatrices que contaban historias de disciplina y esfuerzo.
Y entre sus piernas, su erección se alzaba gruesa, pesada, palpitante con el deseo que sentía por mí.
—Tú me haces así —dijo, notando mi mirada—. Solo tú. Desde el primer día.
Se tendió sobre mí, sosteniéndose sobre sus antebrazos para no aplastarme, creando un espacio íntimo entre nuestros cuerpos donde el calor se acumulaba. Sentí su miembro rígido contra mi muslo, caliente y duro, y un escalofrío de anticipación me recorrió la espina dorsal.
—Dime si te duele —susurró, besando mis párpados, mis mejillas, la comisura de mi boca—. Dime si voy demasiado rápido. Dime si necesitas que pare.
—No pares —jadeé, arqueándome contra él, buscando su contacto—. Por favor, no pares.
Se tomó su tiempo. Dios, cómo se tomó su tiempo.
Me besó cada centímetro de piel expuesta, desde la clavícula hasta los pechos, deteniéndose en cada pezón para lamerlo, succionarlo con una suavidad que me hizo gemir y retorcerme bajo él.
Sus manos recorrían mi cuerpo con adoración, acariciando mis curvas sin prisa, sin vergüenza, celebrando cada redondez, cada suavidad.
Cuando bajó por mi vientre, dejando un rastro de besos húmedos, sentí que el corazón me golpeaba las costillas con fuerza. Se detuvo en mi ombligo, jugueteando con la lengua, y luego siguió descendiendo, cada vez más abajo, hasta que su aliento caliente acarició el vello púbico.
—Nicolás… —suspiré, una mano agarrándose a las sábanas, la otra enterrándose en su pelo.
—Confía en mí —murmuró, y entonces su lengua se deslizó entre mis pliegues.
El sonido que escapó de mi garganta fue involuntario, un gemido agudo que llenó la habitación.
Nicolás me saboreó con una lentitud torturadora, separando mis labios íntimos con los dedos para exponerme completamente a su mirada y a su boca.
Su lengua trazó círculos alrededor de mi clítoris, no tocándolo directamente todavía, provocándome, llevándome al borde de la locura.
—Por favor… —supliqué, moviendo mis caderas buscando más fricción, más contacto.
—Por favor, ¿qué? —preguntó, su voz vibrando contra mi piel más sensible—. Dime qué necesitas, Melisa. Dime cómo te gusta.
—Ahí… —gemí, sintiendo que la vergüenza se mezclaba con el placer, haciendo que mi piel se erizara—. Justo ahí. Más fuerte.
Obedeció. Su lengua encontró mi clítoris con una presión precisa, y comenzó a moverse en un ritmo constante, firme, mientras sus dedos se deslizaban hacia mi entrada, probando mi humedad, preparándome. Cuando introdujo un dedo dentro de mí, curvándolo para buscar ese punto mágico, vi las estrellas.
—Dios, estás tan mojada —gruñó contra mí, y el sonido reverberó directamente en mi núcleo—. Tan lista para mí. Quiero sentir cómo te corres contra mi lengua, Melisa. Quiero saborearlo.
Aumentó el ritmo, moviendo la lengua más rápido, más fuerte, mientras sus dedos trabajaban dentro de mí, encontrando un ritmo perfecto que me hacía ver blanco. Sentía la tensión acumulándose en mi vientre, un nudo de placer que crecía y crecía, amenazando con romperse.
—Voy a… —avisé, agarrando su pelo con más fuerza, arqueándome completamente.
—Córrete —ordenó—. Córrete, cariño. Ahora.
Y lo hice. Mi orgasmo me golpeó con la fuerza de un tsunami, haciendo que mi cuerpo se contrajera violentamente, que mis piernas temblaran sin control, que gritara su nombre con una voz que no reconocía como mía.
Nicolás me sostuvo, me acompañó, bebiendo mi placer hasta que estuve laxa, jadeante, con la visión borrosa y la mente en blanco.
Pero no me dio tiempo a recuperarme. Subió por mi cuerpo con una urgencia contenida, besando mi vientre, mis pechos, mi cuello, hasta que su boca encontró la mía en un beso profundo donde podía saborearme a mí misma mezclada con su deseo.
Sentí su erección presionando contra mi entrada, caliente, insistente, enorme.
—¿Estás lista? —preguntó, su voz saliendo como un gruñido, su cuerpo temblando con el esfuerzo de contenerse—. Dime que estás lista, porque no sé cuánto más puedo esperar.
—Sí —jadeé, envolviendo sus caderas con mis piernas, abriéndome para él—. Entra. Por favor, entra.
Se deslizó dentro de mí con una lentitud que me hizo gritar.
Era grande, grueso, y me llenaba completamente, estirándome de una manera que rozaba el dolor pero que se transformaba inmediatamente en placer intenso.
Nicolás gruñó, enterrando su rostro en mi cuello, sus músculos tensándose como cuerdas de acero mientras luchaba por mantener el control.
—Joder, Melisa —suspiró, su voz temblando—. Eres tan estrecha. Tan perfecta. No quiero hacerte daño.
—No me haces daño —aseguré, moviendo mis caderas para indicarle que podía moverse—. Me siento… completa. No pares, Nicolás. Por favor, no pares.
Empezó a moverse. Lentamente al principio, sacando casi todo su miembro para volver a enterrarse hasta el fondo, golpeando ese punto dentro de mí que hacía que viera estrellas.
Cada embestida era profunda, deliberada, diseñada para hacerme perder la cabeza.
Su ritmo era perfecto, ni demasiado rápido ni demasiado lento, construyendo la tensión de nuevo, llevándome hacia el borde con una precisión que me volvía loca.
—Mírame —ordenó, agarrando mi barbilla para obligarme a mantener el contacto visual—. Quiero verte cuando te corras. Quiero ver tus ojos.
Lo miré. Vi la concentración en su rostro, el sudor que perlaba su frente, la forma en que sus ojos se oscurecían con cada embestida. Era hermoso, primitivo, completamente entregado a mí. Y esa visión, combinada con la fricción perfecta de su cuerpo contra el mío, fue demasiado.
—Nicolás… voy a correrme otra vez —avisé, mis uñas clavándose en su espalda, marcándolo.
—Córrete conmigo, preciosa —gruñó, aumentando el ritmo, embistiendo con más fuerza, pero siempre controlado, siempre cuidadoso de no ser demasiado brusco.
Mi segundo orgasmo fue más intenso que el primero, una oleada de placer que me recorrió desde el vientre hasta las puntas de los dedos, contrayendo mis músculos internos alrededor de su miembro.
Nicolás gruñó mi nombre, enterrándose hasta el fondo una última vez, y sentí cómo palpitaba dentro de mí, liberándose con fuerza, llenándome con su calor mientras su cuerpo se tensaba y temblaba sobre el mío.
Nos quedamos así, entrelazados, jadeando, con nuestros corazones golpeando en sincronía contra nuestros pechos. Él me besó con ternura, con reverencia, con algo que se parecía demasiado al amor para que yo pudiera nombrarlo sin miedo.
—Eres increíble —susurró contra mis labios—. Perfecta.
Pero entonces la realidad se coló. La luz del sol entraba ahora con más fuerza por la ventana, y de repente me di cuenta de la hora.
De dónde estaba. De lo que había hecho. Y la vergüenza volvió, esta vez más fuerte, mezclada con el pánico de haberme mostrado tan vulnerable, tan desnuda, tan expuesta ante él.
—Tengo que irme —dije de repente, empujándolo suavemente para que se apartara.
Nicolás se separó, confundido, todavía tratando de recuperar el aliento.
—¿Qué? ¿Por qué? Melisa, quédate. Desayunemos juntos. Podemos…
—No —corté, sentándome en la cama y buscando mi ropa desesperadamente—. No puedo. Tengo que… tengo cosas que hacer. Y Andrea me espera. Y…
—Melisa, mírame —dijo, agarrando mi mano para detenerme.
Pero no pude. No podía mirarlo a los ojos sin sentir que me desmoronaba, sin sentir que me estaba entregando demasiado, demasiado pronto. Así que me vestí a toda prisa, ignorando su llamada, ignorando la expresión herida en su rostro.
—Te llamaré —mentí, cogiendo mi bolso y saliendo de la habitación casi corriendo.
—Melisa, espera… —su voz me siguió por las escaleras, pero ya estaba en la puerta, abriéndola, huyendo de nuevo.
El aire de la mañana me golpeó la cara cuando salí a la calle, despeinada, con la ropa arrugada, con el cuerpo todavía vibrando con el recuerdo de su tacto.
Corrí hasta la esquina, donde conseguí un taxi que me llevó a mi piso, mientras las lágrimas de confusión y vergüenza me corrían por las mejillas sin que pudiera detenerlas.