Capítulo 15
Nicolás
El beso en la oficina aún me quemaba los labios cuando la invité a cenar. No fue planeado. Salió de mí con la misma urgencia con la que había salido todo desde que la conocí: irracional, inevitable, necesario.
—Ven a mi casa —dije, sin soltar su cintura, con la frente apoyada contra la suya—. No para… no te estoy presionando. Solo para cenar. Para hablar. Para estar juntos sin que todo el mundo nos mire.
Melisa me miró con esos ojos de miel que ahora brillaban de una forma diferente. Sin miedo. O al menos, con menos miedo del que había visto durante semanas.
—¿Estás seguro? —preguntó, su voz temblosa pero firme—. Porque si voy contigo a tu casa, Nicolás… si cruzamos esa puerta…
—Solo cenar —prometí, aunque ambos sabíamos que era una mentira piadosa—. Y lo que tú quieras después. Siempre lo que tú quieras.
Asintió. Y en ese momento, supe que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.
La conduje en silencio hasta la zona residencial donde vivía, en las afueras de Málaga, donde las casas tenían jardines en lugar de balcones y el ruido de la ciudad quedaba reducido a un murmullo lejano.
Cuando abrí la puerta del coche y ella salió, vi su expresión mientras miraba hacia la vivienda.
Era moderna, blanca, con grandes ventanales de cristal que reflejaban la luz del atardecer.
El jardín estaba perfectamente cuidado, la piscina brillaba como un espejo turquesa, y todo rezumaba éxito y dinero.
Era la casa que había construido para demostrarle al mundo que había llegado lejos. La casa que nunca había sido un hogar.
—Dios mío —suspiró Melisa, girando sobre sí misma—. Parece una casa de catálogo. De esas que salen en las revistas de arquitectura con nombres imposibles.
—Lo sé —dije, sintiendo una vergüenza extraña que no esperaba—. Demasiado perfecta. Demasiado… fría.
Entramos. El interior era minimalista, con muebles de diseño en tonos crema y madera oscura, cristaleras que daban al jardín, y un silencio que parecía pesar toneladas.
Melisa caminó por el salón tocando superficies, mirando cuadros abstractos que no significaban nada para mí, observando la ausencia de fotografías, de objetos personales, de vida.
—Es preciosa —dijo, pero su tono decía otra cosa—. Pero… ¿vives aquí solo?
—Sí —respondí, dejando las llaves sobre la consola—. Desde que mi madre murió.
Melisa me miró con una intensidad que me hizo sentir expuesto.
—Nunca habías pensado en ella como un hogar, ¿verdad? —preguntó, suavemente.
La pregunta me golpeó en el centro del pecho.
—No —admití, y la verdad me supo amarga en la boca—. Era un proyecto. Un trofeo. Una prueba de que había triunfado. Pero un hogar… un hogar es donde hay gente que te espera. Donde hay risas. Donde hay… —busqué las palabras— …donde hay alguien que haga que valga la pena volver.
Melisa asintió, y vi comprensión en sus ojos. No lástima, gracias a Dios. Comprensión.
Seguimos hablando, caminando por la casa. Le mostré la cocina de diseño que apenas usaba, el comedor donde nunca había invitado a nadie, mi despacho privado con ordenadores y pantallas, pero sin alma. Y luego, cuando subimos al primer piso, ella se detuvo frente a una puerta cerrada.
—¿Qué hay aquí? —preguntó.
Dudé. Era la habitación que nunca usaba. La que había preparado para… ¿para qué, realmente? Para un futuro que nunca llegaba. Para una familia que nunca tendría. Para llenar el vacío con muebles de catálogo.
Abrí la puerta. Era una habitación vacía. Literalmente. Tenía una cama hecha con sábanas blancas, una cómoda, una lámpara. Pero no había ropa en los armarios, no había libros en la mesilla, no había huellas de que nadie hubiera dormido jamás allí.
Melisa entró despacio. Sus pasos resonaban en el silencio.
—¿Por qué está vacía? —preguntó.
Me quedé en el umbral, apoyado en la puerta, sintiendo que se me abría una herida que llevaba años cicatrizando mal.
—Porque tengo miedo —dije, y mi voz salió ronca, quebrada—.
Miedo a quedarme solo. Miedo a que, si lleno esta casa, si la hago un hogar, y luego lo pierdo…
no sobreviviría. Mi madre murió y dejó un vacío que no sé llenar.
Y mi padre… mi padre me enseñó que depender de alguien es peligroso.
Así que construí esto —hice un gesto vago— …
esto perfecto y vacío. Para no sentir. Para no arriesgarme. Para no perder.
Melisa se giró. Estaba en el centro de la habitación vacía, con la luz del atardecer pintándola de oro, y de repente la estancia no pareció tan vacía. Pareció llena de posibilidades.
—Puedes llenarla —dijo, simplemente—. Cuando quieras. Está permitido que quieras cosas, Nicolás. Está permitido que tengas miedo, pero no dejar que el miedo te paralice.
Caminé hacia ella. Cada paso parecía un acto de valentía. Cuando estuve frente a ella, la cogí de la mano y la llevé hacia mí.
—Contigo —susurré—, quiero arriesgarme. Quiero llenar esto. Quiero… —no terminé la frase porque ella se puso de puntillas y me besó.
Fue diferente a todos los besos anteriores.
No había urgencia desesperada, ni huida, ni guerra.
Había ternura. Promesa. Complicidad. Sus labios se movieron contra los míos con una suavidad que me hizo cerrar los ojos y simplemente sentir.
Sus manos subieron por mi pecho, desabrochando botones con dedos temblorosos pero decididos.
Yo le quité la camiseta por la cabeza, revelando su piel, sus curvas, su belleza imperfecta y perfecta a la vez.
—Eres preciosa —susurré contra su cuello, besando cada centímetro de piel que revelaba—. Tan jodidamente preciosa.
—Nicolás —gimió ella, arqueándose contra mí—. Por favor. No pares.
La llevé a la cama. La habitación que había estado vacía durante años de repente se llenó de calor, de respiraciones entrecortadas, de suspiros.
Nos desvestimos mutuamente con una lentitud reverente, como si cada prenda que caía fuera una barrera derribada.
Cuando estuvo desnuda ante mí, temblando, pero no de frío, me detuve para mirarla. Realmente mirarla.
—¿Estás segura? —pregunté, mi voz saliendo como un gruñido contenido—. Si no quieres… si necesitas parar…
—Estoy segura —dijo ella, y sus ojos brillaron—. Quiero sentirme viva. Quiero sentirme tuya. Pero… despacio. Por favor.
Asentí. Y entonces comencé a adorarla.
Empecé por su cuello, besando, mordisqueando, saboreando su piel salada.
Bajé por sus clavículas, por el valle entre sus pechos, deteniéndome en cada punto para memorizarla.
Ella gemía suavemente, sus manos en mi pelo, guiándome, animándome.
Seguí descendiendo, besando su vientre, sus caderas, el interior de sus muslos, donde la piel era más sensible.
—Nicolás… —suspiró, y su voz era una oración.
La abrí suavemente, con reverencia, y la miré.
Estaba húmeda para mí, excitada, vulnerable y fuerte a la vez.
Bajé mi boca y la probé por primera vez.
El sabor fue eléctrico, único, perfectamente ella.
Ella se estremeció violentamente, arqueándose hacia arriba, y yo la sujeté por las caderas para mantenerla quieta mientras la saboreaba.
Usé mi lengua con lentitud, trazando círculos suaves alrededor de ese punto sensible, sintiendo cómo se tensaba, cómo sus gemidos se volvían más agudos, más desesperados.
Quería que se corriera así, con mi boca sobre ella, queriendo darle el placer más intenso que hubiera sentido.
Era un acto de adoración, de posesión tierna, de amor callado.
—Dios, Nicolás… voy a… no puedo…
Sí podía. Y lo haría. Aumenté la presión, moviendo mi lengua con precisión, succionando suavemente, y sentí el momento exacto en que se deshizo.
Se vino contra mi boca con un grito ahogado, temblando incontrolablemente, sus manos tirando de mi pelo con una fuerza que dolió delicioso.
La sostuve, la acompañé, bebiendo su placer hasta que ella se quedó laxa, jadeando, con los ojos vidriosos.
Subí por su cuerpo, besando su vientre, sus pechos, su cuello, hasta llegar a sus labios. La besé profundamente, dejándole saborear su propio placer, y ella me devolvió el beso con una ternura que me desarmó.
—Gracias —susurró contra mi boca.
—No hay de qué —respondí, sonriendo—. Eso solo ha sido el principio.
La segunda vez fue más lenta, más profunda.
Estuve dentro de ella mirándola a los ojos, viendo cada emoción cruzar su rostro, sintiendo cómo se adaptaba a mí, cómo me recibía.
Nos movimos juntos con una sincronía perfecta, como si nuestros cuerpos supieran exactamente lo que necesitaba el otro.
Cuando se corrió por segunda vez, apretándose alrededor de mí, yo la seguí, cayendo con ella en un abismo de placer que borró todo excepto nuestra piel, nuestro aliento, nuestra conexión.
Después, nos quedamos enredados en las sábanas que finalmente tenían un propósito. La tenía abrazada contra mi pecho, con su cabeza sobre mi hombro, trazando círculos absentes en mi piel. El silencio era cómodo, profundo, lleno de algo que no me atrevía a nombrar todavía.
Pero entonces ella se tensó. No mucho, apenas perceptible, pero yo la sentía tan profundamente que noté el cambio inmediatamente.
—¿Qué ocurre? —pregunté, besando su sien.
Ella no respondió de inmediato. Cuando habló, su voz salió tan baja que apenas la oí.
—Necesito contarte algo —dijo—. Algo que nunca le he contado a nadie. Ni siquiera a Andrea.
Mi corazón se aceleró, pero mantuve la calma, acariciando su brazo.
—Cuando quieras —dije—. Tómate el tiempo que necesites.
Melisa respiró hondo. Y entonces comenzó a hablar.
Me contó sobre Madrid. Sobre su trabajo en marketing.
Sobre Gabriel, el novio que tenía, el compañero de oficina con el que llevaba ocho meses.
Me contó sobre aquella noche, la fiesta a la que él la llevó, la bebida que le ofrecieron.
Cómo empezó a sentirse extraña. Cómo la memoria se volvió fragmentada, fotos borrosas, sensaciones sin contexto.
—Días después —dijo, y su voz se quebró—, lo escuché.
Escuché a Gabriel hablando con sus amigos por teléfono.
Riéndose. Diciendo que… que esa noche me habían puesto algo en la bebida para que fuera más dócil.
Que todos se lo habían pasado en grande conmigo.
Que… —un sollozo escapó de su garganta— …
que volvería a hacerlo. Que me llevaría a otra fiesta.
El mundo se volvió rojo.
Sentí que la sangre me hervía, que mis manos se cerraban en puños automáticamente, que algo oscuro y violento despertaba en mi interior. Pero ella estaba temblando, así que forcé mi cuerpo a relajarse, a contener la furia que quería explotar.
—¿Él y sus amigos? —pregunté, y mi voz salió como un gruñido animal—. ¿Múltiples?
Asintió contra mi pecho, sollozando en silencio. No había sonido en sus lágrimas, solo el temblor de su cuerpo, y eso me destrozó más que cualquier grito.
—Nunca se lo dije a nadie —susurró—. Nunca denuncié. Solo me fui. Dejé el trabajo, dejé Madrid, volví aquí. Intenté olvidar. Pero ahora… ahora él ha vuelto. Me ha escrito. Quiere verme. Y tengo miedo, Nicolás. Tengo tanto miedo…
La rabia que sentí fue cegadora. Quería matar a Gabriel con mis propias manos. Quería encontrar a cada uno de esos desgraciados y hacerles pagar por lo que le habían hecho. Quería destruirlo todo.
—Ese hijo de puta —siseé, y mi voz temblaba de furia contenida—. Ese maldito hijo de puta. Voy a matarlo, Melisa. Voy a encontrarlo y voy a hacer que pague por cada segundo de sufrimiento que te causó. Y a sus amigos. A todos.
—No —sollozó ella, levantándose para mirarme con ojos llenos de terror—.
No, por favor, Nicolás. No puedes hacer nada.
No puedes contárselo a nadie, no puedes confrontarlo.
Él no sabe que yo sé lo que pasó. Nunca se lo dije.
Si lo confrontas, si haces algo, se enterará…
y no puedo soportar que lo sepa. Que sepa que lo recuerdo. Que sepa que…
—¿Que qué? —pregunté, furioso, pero intentando controlarme—. ¿Que sepa que es un violador? ¿Que sepa que debería estar en la cárcel? Melisa, ese hombre tiene que pagar. Tienen que pagar todos.
—Por favor —sollozó, agarrándose a mí desesperadamente—. No hagas nada. No ahora. No todavía. Solo… solo abrázame. Por favor. Necesito que me abraces y que no me dejes ir.
Mi corazón se partió en dos. Una mitad quería venganza, sangre, justicia violenta. La otra mitad solo quería protegerla, consolarla, hacer que el dolor desapareciera.
La abracé. Fuerte. Con todas mis fuerzas, como si pudiera crear un escudo físico alrededor de ella con mis brazos. La besé en la sien, en las lágrimas, en el pelo, susurrándole que estaba a salvo, que nunca volvería a pasar, que la protegería con mi vida.
—Está bien —susurré, aunque mi voz sonó estrangulada por la furia—. No haré nada. Por ahora. Pero si ese desgraciado se acerca a ti, si te mira siquiera… no respondo de mí.
Ella se aferró a mí, temblando, y yo la sostuve hasta que el sol se puso completamente y la habitación quedó en penumbra. La habitación que había estado vacía durante años ahora contenía el peso de su trauma, de mi rabia, y de una promesa silenciosa de destrucción.
Mientras la sostenía, mientras sentía su respiración volviendo a la normalidad contra mi pecho, pensé en lo que haría con la información que tenía.
Gabriel Valdés. El nombre estaba grabado en mi mente como una marca de fuego.
Sabía dónde buscarlo. Sabía cómo hacerle daño.
Sabía cómo destruirle la vida como él había intentado destruir la de ella.
Pero también sabía que, si lo hacía, si seguía ese instinto asesino que me pedía sangre, terminaría entre rejas. Y entonces no podría protegerla. No podría estar con ella.
Así que necesitaría ayuda. La ayuda de alguien que supiera cómo hacer que un monstruo pagara sin que yo perdiera mi libertad. Alguien que me detuviera antes de cruzar la línea definitiva.
Necesitaría a Álex.
Y mientras Melisa se dormía finalmente en mis brazos, exhausta, vulnerable, pero a salvo, juré en silencio que Gabriel Valdés pagaría por lo que había hecho. Tarde o temprano. De una forma u otra.
Ese hijo de puta no sabía todavía, pero había firmado su sentencia el día que decidió tocar a mi mujer.