Capítulo 14
Melisa
La vi entrar antes de que nadie me avisara. Y supe, instintivamente, que ella era peligrosa.
No por su apariencia, aunque eso también ayudaba, sino por la forma en que se movía.
Como si el mundo fuera su escenario particular y el resto de nosotros simples extras.
Llevaba un traje de chaqueta color crema que debía costar más que mi alquiler de tres meses, el pelo rubio recogido en un moño perfecto, y unos tacones que hacían que sus piernas parecieran interminables.
—¿Quién es esa? —le susurré a Marta, que estaba organizando las pesas junto al mostrador.
Marta siguió mi mirada y puso los ojos en blanco.
—Paula Gimeno. Abogada. Clienta VIP desde hace años. Y… —hizo una pausa—. Ex algo de Nicolás.
El corazón se me cayó a los pies.
—¿Ex algo?
—Novios, casi novios, amantes con beneficios… depende de a quién le preguntes —suspiró Marta—. Fue hace unos tres años. Intenso pero breve. Ella quería más, él no estaba preparado. O algo así.
Observé cómo Paula cruzaba la puerta de cristal con una sonrisa radiante. Cómo saludaba a Samuel con dos besos sonoros. Cómo su mirada buscaba y encontraba a Nicolás, que bajaba de su oficina en ese preciso momento.
—¡Nico! —exclamó ella, y su voz sonó a campanas de cristal.
Nicolás se detuvo. Vi que su cuerpo se tensaba, una reacción casi imperceptible pero que yo ya había aprendido a leer.
Paula se acercó a él con los brazos abiertos y le plantó dos besos en las mejillas, demorándose demasiado tiempo, dejando una mano posada en su brazo con una familiaridad que me hizo querer vomitar.
—Cuánto tiempo sin verte —dijo ella, sonriendo ampliamente—. Te he echado de menos.
—Paula —respondió Nicolás, y su voz era educada pero distante—. No sabía que venías hoy.
—Sorpresa —dijo ella, guiñándole un ojo—. He venido a hablar de negocios. Y a ver cómo estás. Te veo bien. Muy bien.
Su mano recorrió el brazo de Nicolás hasta su hombro, un gesto posesivo que él no apartó de inmediato. Mi mano se cerró alrededor del bolígrafo que sostenía hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Durante la siguiente hora, Paula se convirtió en el centro de gravedad del gimnasio.
Estaba en todas partes. Charlando con Diego, que la miraba con admiración evidente.
Riéndose de algo que decía Samuel. Incluso saludando a Andrea, que había venido a entrenar, con una cordialidad excesiva que hizo que mi amiga frunciera el ceño.
Y siempre, siempre, volviendo a Nicolás. Rozándole el hombro. Inclinándose para susurrarle algo al oído. Compartiendo risas que yo no entendía.
Yo intentaba hacer mi trabajo. De verdad que lo intentaba. Pero cada vez que levantaba la vista, estaba ella. Perfecta. Elegante. Segura. Todo lo que yo no era.
Me miré en el reflejo del ordenador. Llevaba una camiseta básica del gimnasio que me quedaba justa en los pechos, unos vaqueros que en otro momento me habían parecido cómodos, pero ahora veía como ordinarios, y el pelo recogido en una coleta desordenada.
Junto a Paula, parecía la limpiadora, no la recepcionista.
—Estás verde —dijo Diego, apareciendo a mi lado con una toalla al cuello.
—Estoy perfectamente —mentí.
—Mentira. Tienes una cara de haber mordido un limón amargo que da miedo —se apoyó en el mostrador, siguiendo mi mirada hacia donde Paula reía agarrada del brazo de Nicolás—. Ah. Ya entiendo.
—No entiendes nada —suspiré.
—Entiendo que Paula es ex de Nicolás. Y que ella es una arpía que vuelve cuando huele carne fresca. Y que tú estás celosa porque crees que no puedes competir con eso —señaló con la barbilla hacia Paula.
—No estoy celosa —mentí de nuevo—. Y no hay nada entre Nicolás y yo. Él puede hacer lo que quiera. Con quien quiera.
Diego soltó una carcajada.
—Melisa, eres pésima mintiendo. Peor que yo haciendo yoga.
Y eso es mucho decir. Además, te voy a contar algo: Paula y Nicolás tuvieron una relación hace tres años.
Casi seria. Ella quería casarse, él no estaba preparado.
Terminaron mal. Ella se fue a Madrid, volvió hace seis meses.
Y desde entonces, él no ha vuelto a mirarla así.
—¿Así cómo? —pregunté, a pesar de mí misma.
—Así —dijo Diego, señalando hacia la zona de musculación.
Miré. Nicolás estaba apartando suavemente la mano de Paula de su brazo, dando un paso atrás, manteniendo la distancia. Su expresión era educada pero fría. Nada que ver con la forma en que me miraba a mí cuando creía que no me daba cuenta.
—Él no la quiere —dijo Diego, simplemente—. Pero ella quiere que tú lo creas. Y estás cayendo en la trampa.
Diego se alejó, dejándome con esa verdad resonando en mi cabeza.
Pero el daño ya estaba hecho. Las inseguridades que llevaba años cultivando habían florecido.
Pensé en Gabriel, en cómo me había utilizado.
Pensé en mi cuerpo, en mis curvas que nunca serían elegantes como las de Paula.
Pensé en que Nicolás, tarde o temprano, se daría cuenta de que podía tener algo mejor.
Alguien sin pasado oscuro. Alguien perfecta.
Cuando Paula finalmente se fue prometiendo volver muy pronto y una última caricia en el brazo de Nicolás que él evadió, yo estaba lista para explotar.
Subí a su oficina sin llamar. Él estaba de pie junto a la ventana, con la espalda a la puerta, masajeándose la nuca con gesto cansado.
—¿Necesitas algo, Melisa? —preguntó sin girarse.
—¿Por qué no me dijiste que Paula era tu ex? —Protesté, y mi voz sonó más aguda de lo que pretendía.
Nicolás se giró. Parecía sorprendido, pero no confuso.
—¿Diego te lo ha contado?
—No importa quién me lo haya contado. Importa que tú no me lo dijiste. Que ella aparece aquí, te toca como si aún te perteneciera, y tú… tú lo permites.
—No lo permití —dijo, acercándose un paso—. La aparté. Varias veces.
—Pero no lo suficientemente rápido —dije, y sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas de rabia e inseguridad—. Ella es perfecta, ¿verdad? Elegante. Exitosa. Sin pasado oscuro. Sin traumas. Sin necesidad de que la protejan de sus propios fantasmas.
Nicolás me miró fijamente durante unos segundos. Luego suspiró, pasándose las manos por la cara.
—Paula es el pasado —dijo, y su voz era firme, definitiva—.
Un pasado aburrido, superficial y egoísta.
Sí, salimos. Sí, fue una relación. No, no funcionó porque ella quería un trofeo para lucir en eventos y yo quería…
—se detuvo, mirándome a los ojos—. Yo quería algo real.
Algo que no sabía qué era hasta que apareciste tú.
Me quedé quieta, procesando sus palabras.
—No te compares con ella, Melisa —continuó, dando otro paso hacia mí—. No te compares con nadie. Eres la única mujer que me importa. La única que ocupa mis pensamientos desde que te vi discutir conmigo sobre una planta en recepción. La única que me hace querer ser mejor. La única que quiero.
Estaba frente a mí ahora. Tan cerca que podía oler su colonia, ver cada pestaña, cada poro de su piel.
—Paula puede ser perfecta para los demás —dijo, su voz bajando a un susurro—. Pero tú… tú eres perfecta para mí. Con tus curvas, con tu pasado, con tu sarcasmo, con tu fuerza. Te quiero a ti, Melisa. No a ella. Ni a nadie más.
Y entonces, sin pensarlo, sin planearlo, me lancé a sus brazos.
Nuestros labios se encontraron con una urgencia que me quitó el aliento.
No fue un beso suave. Fue una reclamación, una respuesta a todas mis inseguridades, una promesa silenciosa de que yo era suficiente.
Él me agarró por la cintura, levantándome ligeramente del suelo, y yo enredé mis manos en su pelo, devorándolo con la misma desesperación con la que él me devoraba a mí.
Cuando nos separamos, ambos jadeando, me di cuenta de algo profundo, algo que resonó en lo más hondo de mi ser: por primera vez en años, no tenía miedo. Por primera vez, sentía que podía confiar en un hombre sin que me destruyera.
Y mientras me miraba con esos ojos grises llenos de promesas, supe que estaba cayendo. Cayendo sin red. Y que, por primera vez, no me importaba el impacto.