Capítulo 13
Nicolás
Tres días después de encontrarla pálida en recepción, Melisa seguía alterada.
No era algo que los demás notaran, seguía sonriendo a los clientes, organizando las citas con eficiencia, haciendo su trabajo con la competencia habitual, pero yo la observaba con una intensidad que me avergonzaba admitir.
Veía cómo sus manos temblaban cuando creía que nadie miraba.
Cómo saltaba cada vez que el teléfono vibraba.
Cómo sus ojos se perdían en la distancia, viendo fantasmas que yo no podía exorcizar.
Algo había pasado. Algo más que nuestra discusión, más que su petición de distancia. Había un miedo real en ella, tangible, que se colaba en sus hombros encorvados y en la forma en que miraba hacia la puerta cada vez que se abría, como esperando a alguien que temía ver.
Y yo estaba desesperado por saber qué era.
Pero no pregunté. Durante tres días, me obligué a mantener las distancias que ella había pedido. No la arrinconé en la oficina. No la presioné con miradas intensas. No intenté repetir lo de la piscina, aunque cada célula de mi cuerpo gritaba por tocarla de nuevo.
Porque estaba aprendiendo. Porque si quería que ella confiara en mí, tenía que demostrarle que podía ser diferente. Que no era como los hombres que la habían herido, quienesquiera que fueran. Que respetaba sus límites, aunque me costara cada fibra de mi ser.
Esa mañana, sin embargo, no pude evitar hacer algo.
La vi desde mi oficina, llegando diez minutos antes de su hora, con ojeras que el maquillaje no lograba disimular.
Se sentó en su sitio de recepción y suspiró, masajeándose las sienes con los dedos temblorosos.
Sin pensarlo, salí de mi despacho, bajé a la cafetería del gimnasio y preparé un café exactamente como me había visto tomárselo: solo, fuerte, con una gota de leche.
Cuando se lo puse delante sin decir palabra, ella levantó la vista sobresaltada. Sus ojos encontraron los míos y durante un segundo vi algo ahí. Sorpresa. Confusión. Y algo más suave, casi como gratitud.
—¿Para mí? —preguntó, incrédula.
—Pareces necesitarlo —dije, encogiéndome de hombros, intentando parecer casual—. Y no pregunto por qué. Solo… tómalo.
Melisa miró la taza como si fuera un objeto extraño. Luego me miró a mí, realmente me miró, y vi que sus ojos se humedecían ligeramente.
—Gracias —susurró.
Asentí y me di la vuelta para irme, dándole el espacio que necesitaba. Pero su voz me detuvo.
—Nicolás, espera.
Me giré. Ella estaba de pie, con el café entre las manos, mirándome con una expresión que no supe interpretar.
—¿Podemos… hablar? —preguntó, su voz temblosa pero firme—. En tu oficina. Un momento.
Mi corazón se aceleró, pero mantuve la calma.
—Cuando quieras.
Subimos juntos. El ascensor se convirtió en una cápsula de silencio incómodo, pero no hostil. Ella olía a jazmín y a miedo, una combinación que me hizo querer protegerla de todo el mundo.
En la oficina, cerré la puerta y me apoyé en el escritorio, dándole espacio, mostrándole que no la atrapaba.
—¿Qué ocurre, Melisa? —pregunté, y mi voz salió más suave de lo que pretendía—. Y no digas que nada. Llevas días… asustada. Y no es por mí. Lo sé. Así que dime. Por favor.
Ella se sentó en la silla, agarrando el café con ambas manos como si fuera un salvavidas. Respiró hondo.
—Es… complicado —dijo finalmente—. Es alguien de mi pasado. Alguien que… que no quiero volver a ver. Y ha aparecido. Me ha contactado.
Sentí que la sangre se me helaba. ¿Un ex? ¿El novio del que nunca hablaba? ¿El motivo de su miedo?
—¿Te ha amenazado? —pregunté, intentando controlar la furia que empezaba a hervir en mi interior.
—No… sí… no sé —se pasó una mano por la cara—. Dice que quiere hablar. Que está en Málaga. Pero yo… yo no puedo verlo, Nicolás. No puedo.
Su voz se quebró. Vi el terror real en sus ojos, y supe que esto iba más allá de una ruptura complicada. Esto era trauma. Esto era pánico.
—No tienes que verlo —dije, acercándome un paso, pero manteniendo la distancia—. No dejaré que te haga daño. Pero necesito que me digas quién es. Para protegerte.
Melisa negó con la cabeza.
—No puedo contártelo. No todavía. Es… es demasiado vergonzoso. Demasiado…
—Doloroso —terminé por ella.
Asintió, mirando al suelo.
Me arrodillé frente a ella, ignorando la sorpresa en su rostro. Estaba a su nivel, mirándola a los ojos, mostrándome vulnerable.
—Mi padre —dije, y las palabras me costaron más de lo que esperaba— era un hombre autoritario.
Un militar convertido en empresario que creía que el amor era una debilidad y que los sentimientos eran para los débiles.
Me crio con mano de hierro, me enseñó que mostrar vulnerabilidad era peligroso. Que debía controlarlo todo. Que…
Me detuve, tragando saliva. No había hablado de esto con nadie excepto Álex, y, aun así, nunca con tanto detalle.
—Cuando murió —continué—, no lloré. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo. Había pasado tanto tiempo fingiendo ser fuerte, ser frío, ser perfecto… que me olvidé de quién era realmente. De que también podía tener miedo. De que también podía… necesitar a alguien.
Melisa me miraba con los ojos muy abiertos. Había lágrimas en ellos, pero también algo más. Reconocimiento.
—Por eso construí este gimnasio —dije, señalando alrededor—.
No solo por el éxito. Sino porque necesitaba un lugar donde sentirme fuerte sin ser cruel.
Donde controlar algo sin destruirlo. Pero contigo…
—mi voz se quebró— …contigo no puedo controlar nada.
Y eso me aterra, pero también me hace sentir vivo por primera vez en años.
Ella extendió una mano temblorosa y tocó mi mejilla. El contacto fue eléctrico, suave, curativo.
—Tú no eres como él —susurró—. Como tu padre. Como… los otros.
—No —prometí—. Nunca seré como quien te hizo daño. Pero necesito que confíes en mí, Melisa. Que me dejes entrar. Que me dejes protegerte.
Sus dedos se quedaron en mi rostro, cálidos, reales. Por un momento, vi que sus muros empezaban a resquebrajarse. Que consideraba contármelo todo. Que quería dejar de cargar sola con ese peso.
—Dame tiempo —susurró finalmente—. Por favor. Solo… un poco más de tiempo.
Asentí, poniendo mi mano sobre la suya, manteniendo el contacto.
—Todo el tiempo que necesites —dije—. No te presionaré. Pero estaré aquí. Siempre.
Ella sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina, y por primera vez en días, vi que el miedo retrocedía un poco, dejando espacio para algo más brillante.
Estábamos así, yo arrodillado frente a ella, con nuestras manos entrelazadas, cuando la puerta se abrió de golpe.
Álex entró con una expresión que hizo que me levantara de inmediato. Parecía haber visto un fantasma.
—Necesito hablar contigo —dijo, sin mirar a Melisa—. Ahora. Es urgente.
Melisa se levantó, recogiendo su café.
—Yo me voy —dijo, y su voz sonó más firme—. Gracias, Nicolás. Por el café. Y por… todo.
Salió, dejándome solo con Álex. Mi amigo esperó a que la puerta se cerrara antes de hablar.
—Hemos identificado la conexión —dijo, y su tono era grave—. Entre el sabotaje y la empresa que intenta hundirte. No es Olympus, Nicolás. Es algo más antiguo. Más personal.
—¿Qué? —pregunté, confundido.
—La empresa matriz —dijo Álex, acercándose—.
La que financia a tu competidor. Es una antigua compañía asociada a tu padre.
Una de las suyas. La que vendió hace diez años, justo antes de morir.
Alguien desde ahí está detrás de todo esto.
Y creo… —hizo una pausa— …creo que esto es personal.
Que no se trata solo de negocios. Se trata de ti. De tu familia. De venganza.
Me quedé parado, procesando la información. Mi padre. Muerto desde hace cinco años, pero aparentemente todavía capaz de destruir mi vida desde la tumba.
—¿Quién? —pregunté, y mi voz sonó extraña, lejana.
—No lo sé todavía —dijo Álex—. Pero estoy cerca. Y Nicolás… si esto viene de ahí, si alguien de ese círculo está involucrado… entonces Melisa también podría estar en peligro. Porque la han señalado. Porque usaron sus credenciales. Todo está conectado.
Miré hacia la puerta por donde ella había salido, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.
Mi padre. Mi pasado. Y ahora ella, atrapada en medio de una guerra que no era suya.
Juré entonces, con toda la fuerza de mi ser, que no dejaría que la destruyeran. Aunque tuviera que enfrentarme a los fantasmas de mi propia familia.