Capítulo 12
Melisa
El móvil vibró sobre la mesa de mi piso a las siete de la mañana, cuando aún no había suficiente luz como para distinguir si era de día o de noche.
Estaba sentada en el sofá, con una taza de café entre las manos que temblaban desde que me había despertado gritando a las cuatro, otra vez con la misma pesadilla de siempre: la oscuridad, el sabor metálico en la lengua, las manos que no podía apartar.
Pensé que sería Andrea. O una notificación de alguna red social. O incluso Nicolás, aunque llevaba días sin atender mis mensajes personales, manteniendo solo la comunicación estrictamente laboral por correo electrónico.
Pero cuando miré la pantalla, el mundo se detuvo.
Gabriel Valdés.
El nombre aparecía en mayúsculas, como si gritara. Debajo, la preview del mensaje.
Gabriel: Hola, preciosa. Hace tiempo que no sé nada de ti…
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Es curioso cómo funciona el trauma. La mente todavía está procesando la información, intentando convencerse de que es un error, de que no puede ser él, de que hace dos años que corté todo contacto y bloqueé su número en todas las plataformas posibles.
Pero el cuerpo ya sabe. El cuerpo nunca olvida.
El teléfono se me cayó de las manos. Literalmente.
Se deslizó entre mis dedos entumecidos y cayó sobre la alfombra con un sonido sordo.
Mi respiración se aceleró, transformándose en jadeos cortos y superficiales que no llenaban mis pulmones.
El pecho se me apretó, como si alguien hubiera puesto una roca sobre mi esternón.
No. No. No.
Me levanté de golpe, tambaleándome. El café se derramó sobre la mesa, manchando los papeles que tenía encima, pero no me importó. Tenía que moverme. Tenía que salir de mi piel. Tenía que…
El recuerdo llegó en fragmentos, como siempre.
No como una película continua, sino como fotografías quemadas en los bordes.
El olor a colonia barata mezclada con alcohol.
La sensación de frialdad en la espalda desnuda.
La música demasiado alta. La risa de alguien, ¿la de él?
¿De sus amigos? En algún lugar lejano. Mi propia voz, que sonaba como si viniera de muy lejos, diciendo que no, que quería irme a casa, que me encontraba mal.
Y luego, la oscuridad.
Me agarré al respaldo del sofá, sintiendo que las rodillas me fallaban. El sudor frío corría por mi espalda, empapando la camiseta de dormir. Mi corazón golpeaba contra las costillas con una fuerza que me parecía audible, como si fuera a salírseme del pecho y caer sobre la alfombra junto al móvil.
Hiperventilación, pensé, intentando recordar las técnicas que había leído en internet sobre ataques de pánico. Inhala en cuatro. Aguanta en cuatro. Exhala en cuatro.
Pero no funcionaba. No cuando el mensaje seguía ahí, brillando en la pantalla del suelo, esperando a que lo recogiera y leyera el resto de sus palabras venenosas.
¿Cómo había conseguido mi número? ¿Por qué ahora, después de dos años? ¿Qué quería?
La respuesta llegó antes de que pudiera bloquearla: quería lo mismo que siempre. Control. Dominio. La satisfacción de saber que aún podía hacerme daño desde la distancia.
Me agaché con cuidado, como si el teléfono fuera una serpiente lista para morder. Lo cogí. Mis dedos temblaban tanto que casi dejé caer el aparato otra vez. Desbloqueé la pantalla. El mensaje completo apareció:
Gabriel: Hola, preciosa. Hace tiempo que no sé nada de ti. He estado pensando en lo nuestro. En lo bien que lo pasábamos juntos. Echo de menos tu cuerpo. Tu risa. Esa noche fue especial, ¿verdad? Deberíamos repetirla. Estoy en Málaga por trabajo. Tenemos que hablar.
Mi estómago se revolvió. Corrí al baño y vomité hasta que no quedó nada en mi cuerpo excepto el miedo.
Cuando volví al salón, todavía temblando, pero con la mente un poco más clara, hice lo único que podía hacer. Borré el mensaje. Bloqueé el número. Borré la conversación entera como si eso pudiera borrar también la existencia de Gabriel Valdés de mi vida.
Pero sabía que no funcionaba así. El pasado no se borra con un botón.
Andrea apareció a mediodía con bocadillos de jamón y una sonrisa que se desvaneció en cuanto me vio.
—Dios santo —dijo, dejando la bolsa sobre la mesa—. ¿Estás enferma? Pareces un cadáver recién exhumado.
—Gracias —murmuré, intentando sonreír, pero fallando estrepitosamente—. Eres muy diplomática.
—Melisa —se sentó a mi lado, agarrándome las manos—. Estás helada. Y tiemblas. ¿Qué ha pasado? ¿Es por lo de Nicolás? Porque si te ha hecho algo, yo misma voy al gimnasio y le…
—No es Nicolás —corté, demasiado rápido.
Andrea me miró fijamente. Sus ojos verdes tenían esa capacidad perturbadora de ver a través de mis mentiras, de mis armaduras, de todo lo que intentaba ocultarle.
—Entonces, ¿qué es? —preguntó, suavemente.
—Nada —mentí—. Un antiguo conocido. Alguien del pasado. Me ha escrito y… me ha molestado. Pero ya está. Lo he borrado. No es nada.
—¿Un antiguo conocido? —repetía ella, incrédula—. ¿De Madrid?
Asentí, mirando hacia otro lado.
—Andrea, de verdad, no es importante. Alguien con quien salí hace años. Un imbécil que cree que puede volver a mi vida como si nada. Pero no va a poder. Lo he bloqueado. Fin de la historia.
Ella no parecía convencida. Su mano se cerró alrededor de la mía con más fuerza.
—Si ese antiguo conocido te ha hecho daño, si te ha amenazado, sea lo que sea…
—No me ha amenazado —mentí de nuevo, porque «tenemos que hablar» sonaba demasiado a amenaza para mí—. Solo ha escrito. Y yo lo he borrado. Ya está.
Andrea suspiró, pero no insistió. Esa era la magia de nuestra amistad: sabía cuándo presionar y cuándo simplemente estar ahí.
—Vale —dijo finalmente—. Pero si vuelve a escribir, si pasa algo más, me lo cuentas. ¿Prometido?
—Prometido —dije, aunque ambas sabíamos que estaba mintiendo.
En el gimnasio, intenté comportarme con normalidad. Sonreí a los clientes, organicé las citas, respondí los teléfonos. Pero sentía que llevaba una máscara de cartón-piedra que en cualquier momento se iba a resquebrajar.
Nicolás apareció a media tarde. Lo vi bajar de su oficina con paso decidido, con esa postura de emperador romano que tanto le caracterizaba. Pero cuando sus ojos me encontraron, algo cambió. Se detuvo. Su expresión pasó de la determinación a la preocupación en medio segundo.
—Melisa —dijo, acercándose al mostrador—. ¿Te encuentras bien?
—Perfectamente —respondí, forzando el tono alegre—. ¿Por qué lo preguntas?
—Estás pálida —dijo, y su voz bajó, volviéndose más íntima—. Muy pálida. Y tienes ojeras. ¿No has dormido?
Su preocupación me destrozó. Quise contárselo todo.
Quise caer en sus brazos y confesarle que mi pasado había vuelto a perseguirme, que tenía miedo, que necesitaba que me protegiera.
Pero ¿cómo podía confiar en él cuando llevaba días ignorándome, cuando seguramente se arrepentía de lo de la piscina, cuando yo misma le había pedido distancia?
Además, después de lo que había pasado con Gabriel, ¿cómo podía confiar en ningún hombre? ¿En ninguna mano que se acercara demasiado?
—Solo estoy cansada —dije, retrocediendo un paso para mantener la distancia—. Mucho trabajo. Ya sabes.
Nicolás me miró fijamente. Había algo en sus ojos, una oscuridad que no había estado ahí antes. ¿Desconfianza? ¿Enojo? No podía distinguirlo.
—Si hay algo que necesites contarme —dijo finalmente, y cada palabra pareció pesarle—. Cualquier cosa. Estoy aquí.
Asentí, sin mirarlo, y me di la vuelta para ocuparme de unos papeles que no necesitaban mi atención.
Oí que se alejaba, pero sentí su mirada sobre mí durante largos minutos después.
Estaba guardando mi bolso en la taquilla para irme a casa cuando el móvil vibró otra vez. Mi mano se detuvo sobre la cremallera. Por un segundo, pensé en no mirarlo. En dejarlo ahí, en apagar el teléfono y tirarlo al mar.
Pero la curiosidad malsana, o el masoquismo, o lo que fuera, me obligó a sacarlo y mirar la pantalla.
Mismo número. Mismo remitente. A pesar de haberlo bloqueado, el mensaje había llegado.
«Tenemos que hablar.»
Tres palabras. Simples, directas y aterradoras.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. El gimnasio, con su ruido de máquinas y su olor a sudor, de repente me pareció un lugar hostil, inseguro, expuesto.
Miré alrededor. Nicolás estaba en la zona de musculación, observándome con el ceño fruncido. Andrea no estaba. Los clientes seguían con sus rutinas.
Estaba sola.
Y el pasado había vuelto para reclamarme.