Capítulo 11
Nicolás
No conseguía concentrarme.
Llevaba tres horas sentado frente al ordenador, mirando la misma hoja de cálculo sin ver los números.
En mi cabeza solo había imágenes de ella.
El agua de la piscina corriendo por su cuello.
Sus manos agarrándose a mí mientras se venía contra mi boca.
La forma en que me había mirado después, como si yo fuera el único hombre en el mundo.
Y luego, nada.
Desde aquella tarde en la piscina, hacía ya cuatro días, Melisa había construido un muro invisible pero impenetrable entre nosotros.
Sonreía cuando tenía que sonreír, hablaba cuando tenía que hablar, pero sus ojos no me veían.
O, mejor dicho, me veían demasiado, como si temiera que pudiera leer en ellos todo lo que había pasado bajo el agua.
Apreté el bolígrafo hasta que crujió entre mis dedos.
Era un error. Todo había sido un error. No porque no hubiera sido perfecto, porque lo había sido, joder, nada en mi vida había sido tan perfecto, sino porque ahora sabía exactamente lo que me estaba perdiendo.
Y cada minuto que pasaba sin tocarla se convertía en una tortura.
—Tienes cara de haber matado a alguien —dijo Diego, entrando en mi oficina sin llamar, como siempre.
—Fuera —gruñí, sin levantar la vista.
—O de haberla liado con alguien y no saber cómo gestionarlo —continuó él, ignorando mi orden y sentándose en la silla de enfrente—. Apuesto a que es lo segundo.
Finalmente le miré. Llevaba esa sonrisa de lobo que me hacía querer estrangularlo y echarlo de mi gimnasio de una patada.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí —Diego se inclinó hacia delante, oliendo el aire de forma deliberada—. ¿Cuándo fue? ¿El sábado en la fiesta? Porque Marta y yo vimos cómo desaparecíais los dos hacia el fondo de la piscina y no volvíais a aparecer en veinte minutos.
Sentí que el calor subía a mi cuello. Veinte años de entrenamiento en control emocional y ese imbécil me hacía sonrojar como un adolescente.
—Estábamos hablando —mentí.
—Sí, claro —rio Diego—. Hablando. Con tu lengua en su… boca. Y ella temblando como una hoja cuando salió del agua. Muy convincente, jefe. Muy profesional.
—Diego…
—No te preocupes —levantó las manos—. Tu secreto está a salvo conmigo.
Bueno, conmigo y con Marta. Y con Samuel, que también se dio cuenta.
Y probablemente con Andrea, porque Melisa ha estado caminando como si estuviera en las nubes desde el lunes, aunque ahora parece que ha vuelto a la tierra con un golpe seco.
Me quedé quieto. ¿Caminando en las nubes? ¿Y ahora golpe seco?
—¿Qué quieres decir? —pregunté, olvidando fingir indiferencia.
Diego me miró con una expresión extraña, casi compasiva.
—Que la chica está confundida, Nicolás. Que tú eres su jefe, que pasó algo intenso entre vosotros, y que ahora no sabe cómo actuar. Y tú, en lugar de aclarar las cosas, estás aquí arriba haciendo pozos en la mesa con tu bolígrafo.
Quise replicar, decirle que no entendía nada, que esto no era asunto suyo. Pero tenía razón. Dios, cómo odiaba cuando Diego tenía razón.
Bajé a recepción a mediodía, decidido a hablar con ella. A aclarar las cosas. A decirle… no sabía exactamente qué. Que no podía seguir así. Que la necesitaba. Que estaba volviéndome loco.
Pero cuando llegué, ella estaba ocupada atendiendo a un grupo de nuevos clientes, sonriendo con esa profesionalidad perfecta que me hacía querer gritar.
Esperé a que terminaran, apoyado en la columna de mármol, observándola.
Ella me vio. Lo supe porque sus hombros se tensaron, porque su sonrisa se volvió rígida, porque empezó a hablar más rápido con los clientes como si quisiera que se fueran de inmediato.
Cuando se quedó sola, me acerqué.
—Melisa —dije, bajando la voz—. Necesito hablar contigo.
—Estoy trabajando, señor Castillo —respondió ella, sin mirarme, tecleando algo en el ordenador con una concentración exagerada—. ¿Puede esperar?
—No —dije, firme—. No puedo esperar más.
Ella levantó la vista. Sus ojos encontraron los míos y vi algo ahí que me heló la sangre. Miedo. No el miedo excitante de la atracción, sino miedo real. Inseguridad.
—Nicolás, por favor —susurró, y su voz tembló—. Aquí no. No ahora.
—Entonces, ¿cuándo? —insistí, acercándome más—. ¿Cuándo me dejarás explicarte lo que siento? ¿Cuándo dejarás de huir?
—No estoy huyendo —mentía, y ambos lo sabíamos—. Solo estoy siendo profesional. Lo del otro día… —tragó saliva— …fue un error. Un momento de debilidad. No puede volver a pasar.
Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.
—¿Un error? —Repetí, incrédulo—. ¿Llamas error a lo que pasó en la piscina?
—¡Baja la voz! —siseó ella, mirando alrededor—. Sí, fue un error. Yo… no estoy preparada para esto, Nicolás. Tú eres mi jefe. Hay líneas que no deberíamos cruzar.
—Ya las cruzamos —dije, furioso, pero manteniendo el volumen bajo—. Y tú no querías que parara. No me mientas, Melisa. Te vi. Te sentí. No fue un error para ti.
Ella cerró los ojos, respirando hondo.
—No puedo hacer esto —dijo finalmente, abriendo los ojos y mirándome con una determinación que me asustó más que cualquier amenaza anónima—.
No puedo ser la recepcionista con la que te acuestas.
No puedo ser tu… tu diversión de verano.
Así que, por favor, mantengamos las distancias.
Profesionales. O tendré que buscar otro trabajo.
Se dio la vuelta y se alejó hacia la sala de descanso, dejándome allí parado con el corazón hecho pedazos y la certeza de que acababa de cometer el peor error de mi vida: dejar que ella se fuera sin luchar lo suficiente.
Subí a mi oficina como un zombi. No podía pensar.
No podía respirar. Solo quería salir corriendo tras ella, agarrarla, besarla hasta que olvidara todas sus excusas.
Pero no lo hice. Porque tenía miedo. Miedo de perderla del todo.
Miedo de que, si la presionaba más, realmente se fuera del gimnasio, de mi vida, de mi mundo.
Fue entonces cuando Samuel irrumpió en la oficina sin llamar, con la cara pálida y un portátil en las manos.
—Nicolás —dijo, y su voz sonó estrangulada—. Tenemos un problema grave.
—¿Qué pasa? —pregunté, forzándome a cambiar de chip, a ser el empresario frío y controlado.
—Se ha filtrado información —dijo Samuel, dejando el portátil sobre mi mesa—. Sobre la inauguración del nuevo centro. Los precios, el diseño de los vestuarios, incluso la lista de socios VIP que habíamos preparado. Todo está en internet. En el foro de la competencia.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Cómo es posible? —Gruñí, abriendo el portátil—. Esa información estaba en servidores privados. Encriptados.
—Alguien ha accedido —dijo Samuel—. Alguien de dentro. O alguien que tenía acceso a las credenciales de alguien de dentro.
Llamé a Álex inmediatamente. Vino en veinte minutos, con su cara de policía serio y un maletín que parecía sacado de una serie de CSI.
—Muéstrame —dijo, sentándose frente a mi ordenador.
Le pasé los registros de acceso que Samuel había conseguido rastrear. Álex los estudió durante largos minutos, con el ceño fruncido, mientras yo caminaba de un lado a otro de la oficina como un león enjaulado.
—Aquí —dijo finalmente Álex, señalando una línea en el registro—. El acceso se realizó desde un terminal externo, pero utilizó credenciales válidas de un empleado. Un login autorizado.
—¿De quién? —pregunté, deteniéndome.
Álex me miró. Su expresión era grave, inquietante.
—De Melisa Serrano —dijo, y cada sílaba me golpeó como un martillo—. El acceso se realizó usando su usuario y contraseña. Ayer a las tres de la madrugada. Desde una IP externa.
Me quedé parado, procesando la información. No podía ser. Melisa no haría eso. No podía hacerlo.
—Eso es imposible —dije, pero mi voz sonó débil, incluso para mí.
—Nicolás —dijo Álex, levantándose—. Tienes que considerar la posibilidad de que ella esté involucrada. O que alguien esté usando su identidad. Pero las credenciales son suyas. Y alguien filtró esa información usando su acceso al sistema.
Negué con la cabeza, pero el frío en mi estómago se extendió por todo mi cuerpo.
Melisa. ¿Era ella la espía? ¿La persona que me había estado amenazando, que había fotografiado su propia casa para… para qué? ¿Para ganarse mi confianza? ¿Para acercarse a mí?
O ¿era alguien que había robado sus datos, que la estaba usando como chivo expiatorio, que la había convertido en objetivo sin que ella lo supiera?
Miré la pantalla donde brillaba su nombre. Melisa Serrano. La mujer que había probado en la piscina. La que me había rogado que mantuviera las distancias. La que ahora aparecía como principal sospechosa de un sabotaje que podía arruinar todo lo que había construido.
Y por primera vez en mi vida, no supe si debía proteger a mi empresa o protegerla a ella.