Capítulo 10
Melisa
El lunes decidió que iba a matarme. No de forma literal, sino mediante una serie de catástrofes diseñadas para convertirme en el meme humano del gimnasio.
Empezó a las nueve de la mañana, cuando Javier Prieto, sí, el empresario pesado del reloj caro, salió corriendo de los vestuarios con la toalla a modo de taparrabos improvisado y una expresión de pánico que no le habría sentado mejor ni si hubiera visto a su contable haciendo malabarismos con sus impuestos.
—¡Me he quedado encerrado! —gritó, agarrándose a mi mostrador con los ojos desorbitados—. ¡La puerta del baño no se abría! ¡He estado veinte minutos golpeando!
Intenté no mirar su desnudez parcial, realmente lo intenté, pero el espectáculo de un hombre musculoso a punto de llorar por una cerradura defectuosa tenía algo de hipnótico.
—Señor Prieto, cálmese —dije, cogiendo el teléfono interno—. Llamaré a mantenimiento.
—¿Mantenimiento? —chilló—. ¡Necesitamos un cerrajero!
Diego apareció en ese momento, aún sin haber tomado su café matutino, y evaluó la situación con la calma de quien ha visto demasiadas cosas extrañas antes de las diez.
—Tranquilo, Javi —dijo, dándole una palmada en el hombro que casi le hace perder la toalla—. Es una puerta vieja. Tienes que levantar la manilla hacia arriba, empujar con el hombro y rezar tres padrenuestros. Vamos, te enseño, por si te vuelve a pasar.
Los vi alejarse hacia los vestuarios, uno todavía en pánico y el otro explicando algo sobre la técnica del empuje sagrado. Negué con la cabeza y tomé un sorbo de café, pensando que quizás el día no podía ir a peor.
Error.
A las once, Diego entró en recepción con una cara que habría sido cómica si no fuera porque implicaba que yo tendría que arreglar el desastre.
—He perdido las llaves del almacén —anunció, como quien dice que ha perdido una moneda.
—¿Cómo? —Dejé el café—. Diego, ahí dentro están los equipos nuevos para el segundo centro. Valen más que mi vida.
—Lo sé, lo sé —se pasó las manos por el pelo—. Pero estaba haciendo el pino en la zona de estiramientos y se me deben de haber caído del bolsillo. O quizás las dejé en la ducha. O en el coche. O…
—¿Haciendo el pino? —Repetí, incrédula—. ¿A las diez de la mañana?
—Es mi rutina de mindfulness —dijo, ofendido.
Pasamos media hora buscando por todo el gimnasio. Aparecieron en el coche de Samuel, que las había recogido pensando que eran suyas. Para entonces, ya había tres clientes esperando material que no podíamos abrir, y Diego estaba haciendo el pino de nuevo, esta vez para relajarse del estrés.
Pero el clímax llegó a la hora del entrenamiento funcional. Marta había preparado una clase especial de entrenamiento extremo que implicaba saltar entre plataformas mientras se lanzaban balones medicinales. Sonaba peligroso incluso en la teoría.
Yo estaba archivando papeles cuando escuché el estruendo.
Un sonido entre el trueno y el alud. Corrí hacia la sala y encontré un panorama digno de un sketch de comedia: ocho personas en posiciones imposibles sobre colchonetas, enredadas entre cuerdas y balones, con Marta de pie en el centro como la única superviviente de un apocalipsis fitness.
—¿Están… vivos? —pregunté, tentativamente.
—¡Estamos bien! —gritó una señora desde el fondo, aunque estaba boca abajo con las piernas en alto contra la pared—. ¡Esto es más relajante de lo que parece!
—No se muevan —ordenó Marta, intentando desenredar a un tipo que se había enrollado en una cuerda como salchicha en tripa—. Melisa, llama a… No, espera, no hace falta. Creo que pueden salir solos.
Salieron. Más o menos. Cojeando, riendo, prometiendo no volver a esa clase ni bajo amenaza de muerte. Yo volvía a recepción con la certeza de que necesitaba una copa de vino y eran solo las doce del mediodía.
Y entonces, el agua empezó a caer del techo.
No fue un goteo. Fue una catarata. Una tubería explotó justo encima de la zona de recepción, lanzando un chorro de agua fría que me impactó directamente en la cara antes de que pudiera gritar.
—¡¡Cierren el agua!! —escuché a Samuel gritar desde algún lugar.
Pero ya era tarde. Estaba empapada. Completamente. El vestido azul oscuro se había convertido en una segunda piel transparente, pegada a mi cuerpo, y el agua seguía cayendo en cascada sobre mi cabeza, convirtiéndome en una estatua de escarcha viviente.
—¡Melisa! —la voz de Nicolás cortó el caos.
Apareció corriendo por la escalera, con una expresión de pánico que nunca le había visto. Llevaba una camiseta gris y unos vaqueros, y en sus manos sostenía unas llaves inglesas que parecían ridículamente pequeñas para el desastre.
—¿Estás bien? —gritó, acercándose a mí sin importarle el agua que seguía cayendo.
—Estoy… —empecé a decir, pero un estornudo violento me interrumpió—. Estoy perfecta. Nunca había estado mejor.
Me miró. Realmente me miró. Y entonces, algo cambió. Sus labios se curvaron. Primero un poco, luego más. Y finalmente, soltó una carcajada.
—Pareces… —dijo, intentando contenerse—. Pareces un pato ahogado. Un pato muy enfadado.
—Gracias —dije, intentando sonar ofendida, pero el absurdo de la situación me golpeó y empecé a reír yo también—. Es el look de esta temporada.
Estábamos los dos empapados ahora, porque él se había acercado tanto que el agua le caía también encima.
La tubería seguía soltando su contenido, pero nadie parecía capaz de cerrarla, y en medio de ese caos, Nicolás y yo nos reíamos como idiotas, con el agua corriendo por nuestras caras, empapándonos por completo.
—Ven —dijo finalmente, agarrándome de la mano—. Vamos a mi oficina. Tengo ropa seca. No puedes quedarte así.
No discutí. Estaba temblando, y no solo por el frío.
En su oficina, cerró la puerta y encendió un calefactor portátil que tenía en un rincón. El agua formaba charcos bajo nuestros pies, creando un lago particular en la moqueta.
—Toma —dijo, abriendo un cajón y sacando una camiseta negra de gran tamaño—. Es lo único que tengo aquí. Es grande, pero… mejor que nada.
La cogí. Era suya. Podía olerlo antes de ponérmelo, ese aroma a madera y algo cítrico que me había vuelto loca la otra noche. La tela estaba gastada, suave, perfecta.
—Gracias —murmuré.
—Hay un baño ahí —señaló una puerta lateral—. Puedes cambiarte.
Entré. Me quité el vestido empapado, que pesaba una tonelada, y me puse su camiseta.
Me llegaba por encima de las rodillas, haciéndome parecer una niña que se había vestido con la ropa de su padre.
Pero olía a él. Terriblemente. Cada fibra estaba impregnada de su esencia, y al ponérmela sentí como si me envolviera en un abrazo suyo.
Cuando salí, él estaba esperando. También se había cambiado, ahora llevaba un polo seco y estaba secando el suelo con unas toallas. Pero cuando me vio, se quedó quieto.
La camiseta me quedaba grande, demasiado grande, dejando al descubierto un hombro y marcando la silueta de mi cuerpo de una manera que no era deliberada pero sí peligrosa.
Su mirada recorrió mis piernas desnudas, mis pies descalzos sobre la moqueta mojada, y cuando llegó a mi rostro, había oscuridad en sus ojos. Mucha oscuridad.
—Melisa… —suspiró, y mi nombre sonó como una oración y una maldición.
—Nicolás, yo… —empecé, pero no supe qué decir.
Dimos un paso el uno hacia el otro. Luego otro. El espacio entre nosotros desapareció, y de repente estaba en sus brazos, no de forma amistosa, sino con la urgencia de dos personas que han intentado resistirse demasiado tiempo.
Me besó. Diferente a la otra noche. Esta vez no había desesperación, había reverencia. Sus labios rozaron los míos suavemente, probando, pidiendo permiso, y cuando yo gemí contra su boca, profundizó el beso con una lentitud que me volvió loca.
—Te he echado de menos —susurró contra mi cuello, mientras sus manos bajaban por mi espalda, encontrando la curva de mis caderas bajo la tela de su camiseta—. Cada maldito minuto.
—Yo también —admití, arqueándome contra él.
Sus manos subieron por mis muslos, levantando la camiseta, encontrando la tela de mi ropa interior. Cuando sus dedos rozaron el borde de mis braguitas, me estremecí, pero no me aparté. Quería esto. Dios, cómo lo quería.
—¿Puedo? —preguntó, su voz ronca, su boca en mi cuello.
Asentí, sin aliento.
Sus dedos se deslizaron por debajo de la tela, encontrando mi calor, mi humedad, y gemí más alto de lo que pretendía. Era tan suave, tan deliberado, tocándome despacio, con una paciencia que contrastaba con la urgencia que sentía yo en su cuerpo.
—Eres perfecta —susurró, mordiendo mi cuello con una intensidad que me hizo jadear—. Tan jodidamente perfecta. Quiero hacerte gemir hasta que olvides tu nombre.
Cerré los ojos, dejándome llevar por la sensación. Sus dedos moviéndose en círculos, presionando justo donde necesitaba, creando una tensión que se acumulaba en mi vientre. Me mordí el labio, arqueando la espalda contra él, sintiendo su dureza contra mi espalda mientras me tocaba.
—Nicolás… —jadeé.
—Dime que eres mía —susurró contra mi oído, su aliento quemándome—. Dime que nadie más te toca así. Dime que esto es solo mío.
Y entonces, como un cubo de agua helada, volvió.
La noche en Madrid. La oscuridad. Las manos que no eran suyas. La sensación de no poder moverme, de no poder decir no, de ser un objeto para otros hombres que también decían palabras dulces mientras me destruían.
Mis ojos se abrieron de golpe. El pánico me invadió, frío y brutal, cortando el placer como una navaja.
—No —dije, empujándolo con fuerza.
Nicolás se apartó de inmediato, sus manos saliendo de debajo de la camiseta como si lo hubieran quemado. Su expresión pasó del deseo al horror en medio segundo.
—Melisa, lo siento —dijo, levantando las manos—. He vuelto a ir demasiado rápido. No debería haber…
—No es eso —dije, y mi voz temblaba tanto que apenas me entendía—. No es por ti. Es… soy yo. No puedo.
—¿Por qué? —preguntó, y su voz sonó destrozada—. ¿Qué te he hecho? ¿Qué te hace huir siempre que nos acercamos?
Quise decírselo. Quise explicarle que no era él, que era yo, que mi cuerpo recordaba cosas que mi mente intentaba olvidar. Pero las palabras se atascaron en mi garganta, pesadas como piedras.
—No puedo —repetí, y esta vez soné firme, aunque por dentro me estaba desmoronando—. No puedo hacer esto, Nicolás. No es solo contigo. No puedo hacerlo con nadie.
Me di la vuelta y corrí hacia el baño, cerrando la puerta con llave. Me apoyé contra ella, temblando, con su camiseta todavía puesta, oliendo a él, sintiendo su tacto fantasma en mi piel.
Quise llorar. Quise desmoronarme en el suelo y llorar hasta quedarme sin lágrimas. Pero no lo hice. Me había prometido a mí misma que nunca más lloraría por hombres, ni por lo que me habían hecho, ni por lo que no podía tener.
Me cambié rápidamente, dejando su camiseta doblada sobre el lavabo con una nota mental de devolvérsela lavada. Me puse mi ropa de trabajo de repuesto que guardaba en el gimnasio —unos vaqueros y una camiseta básica— y salí a recepción sin mirar atrás.
Nicolás no estaba en la oficina. Probablemente había salido, necesitando aire tanto como yo.
Fui a mi taquilla para coger mi bolso y marcharme. Necesitaba irme a casa. Necesitaba estar sola.
Pero cuando abrí el bolso para buscar las llaves, vi algo que no había puesto ahí.
Un sobre. Blanco. Sin remitente.
Lo saqué con las manos temblando. Era delgado, ligero. Lo abrí.
Dentro había una fotografía. Una fotografía mía.
Entrando en mi edificio la otra noche, después de dejar a Nicolás en la calle. Con el vestido rojo arrugado, el pelo revuelto, la expresión de alguien que ha estado llorando.
Y debajo, escrito con letra impresa:
«Te estamos observando.»
El suelo se movió bajo mis pies. El gimnasio desapareció a mi alrededor. Solo quedaba la fotografía en mis manos, la prueba de que alguien me había seguido, que me observaba, que sabía dónde vivía.
Y lo peor: no sabía quién era. Si era Nicolás, obsesionado conmigo. Si era alguien del pasado. Si era un desconocido.
Pero una cosa era segura: ya no estaba sola en mi paranoia.
Alguien realmente me estaba vigilando.