Capítulo 9
Nicolás
No dormí en toda la noche.
Me quedé en la calle, apoyado contra esa pared de cal donde la había besado, durante casi una hora después de que ella se fuera.
Fumé tres cigarrillos, una costumbre que había dejado hacía cinco años, y miré fijamente el punto donde había desaparecido, como si pudiera hacerla volver con la fuerza de mi deseo.
Pero no volvió. Y cuando finalmente me moví, las piernas me temblaban con una debilidad que me avergonzaba.
Ahora era lunes por la mañana. Estaba en mi oficina, con la persiana bajada a medias y el café frío sobre la mesa, intentando convencerme de algo que mi cuerpo se negaba a aceptar.
Tenía que mantener la distancia.
Era lo único lógico. Lo único profesional.
Lo único seguro. Melisa había dejado claro, primero con su cuerpo y después con sus palabras, que no quería esto.
Que había una barrera que no podía cruzar, un límite que yo había ignorado estúpidamente en mi desesperación por tocarla.
Y ahora, mirando la pantalla negra del ordenador, sabía que debía respetar su decisión.
Debería llamar a recursos humanos y pedir que la trasladaran a otra sede.
O mejor aún, debería darle una buena indemnización y despedirla con recomendaciones para que encontrara trabajo en cualquier otro sitio que no fuera mi gimnasio.
Cualquier otra opción sería más sensata que tenerla aquí, a metros de distancia, oliendo a ese perfume suyo que me volvía loco, viendo cómo sonreía a otros hombres con esa boca que yo había probado y que ahora me pertenecía en sueños.
— Debes dejarla ir —dije en voz alta, mirando mi reflejo en el cristal tintado—. Debes ser profesional. Debes…
—¿Debes dejar de hablar solo como un psicópata? —La voz de Álex cortó mis pensamientos.
Entró sin llamar, como siempre, llevando dos cafés de papel y una sonrisa de suficiencia que me hizo querer tirarle algo a la cabeza.
—No estoy hablando solo —mentí—. Estaba… practicando una presentación.
—Claro —dijo, dejando uno de los cafés sobre mi mesa—. Una presentación sobre cómo convertirte en un obsesivo. Capítulo uno: mirar fijamente la puerta durante veinte minutos sin pestañear.
—¿Llevas veinte minutos ahí fuera espiando?
—Llegué hace media hora —dijo, sentándose en la silla de enfrente—. Y he estado observando cómo mi mejor amigo, el hombre más controlado que conozco, se convierte en un zombi con ojeras. ¿Qué pasó el sábado, Nicolás? Saliste del local con Melisa, y volviste solo.
—No es asunto tuyo —dije, cogiendo el café, aunque sabía que me sentaría fatal.
—Ah, pero lo es —sonrió Álex—. Porque soy tu amigo y porque, además, soy policía. Y cuando veo a alguien comportarse como si hubiera presenciado un crimen, me preocupo. ¿Te acostaste con ella?
—¡No! —casi grité, y luego bajé la voz—. No. No pasó eso.
—Pero pasó algo —insistió Álex, inclinándose hacia delante—. Vamos, Nicolás. Llevo veinte años conociéndote. Nunca te había visto así. Ni siquiera cuando aquella empresa rival intentó robarte los clientes. Ni cuando tu padre… —se detuvo, cambiando de tema—. ¿Qué te ha hecho esa chica?
Miré el café. El vapor subía en espirales que se perdían contra la luz tenue de la oficina.
—La besé —admití finalmente, y decirlo en voz alta me produjo un dolor extraño en el pecho—. La besé y ella… ella se apartó. Dijo que no podía. Y se fue.
Álex se quedó quieto. Por primera vez desde que entró, la sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Y tú la dejaste ir? —preguntó, sorprendentemente suave.
—¿Qué otra opción tenía? —repliqué, levantando la vista—. ¿Retenerla en la calle? ¿Suplicarle? No soy…
—¿No eres qué? —interrumpió Álex—. ¿No eres un hombre que se preocupa por alguien? Porque eso es lo que veo aquí, Nicolás. Veo a un tío que se ha enamorado como un adolescente y que no sabe qué hacer con eso.
—No estoy enamorado —mentí—. Estoy… confundido. Es complicado.
—El amor siempre es complicado —suspiró Álex—. Pero escúchame: si ella dijo que no podía, hay una razón. Y esa razón probablemente tenga que ver con lo que sea que esconde de su pasado. No la presiones. Pero tampoco la dejes ir si crees que vale la pena.
Antes de que pudiera responder, el ordenador emitió ese sonido. El sonido de un correo nuevo. El sonido que había aprendido a odiar.
—No me digas que trabajas los lunes por la mañana revisando facturas —dijo Álex, viendo cómo me tensaba.
—Es… —empecé a decir, pero ya había abierto la bandeja de entrada.
El remitente era el mismo que la vez anterior. Anónimo. El asunto estaba en blanco. Mi mano se detuvo sobre el ratón, sintiendo que algo malo se avecinaba.
—¿Qué pasa? —preguntó Álex, notando mi cambio.
No respondí. Abrí el correo.
Había solo una línea de texto. Negrita. Simple. Aterradora:
«Ella también pagará el precio.»
Debajo, una fotografía. No del gimnasio esta vez. No del local nuevo. Era una imagen de Melisa. Entrando en su edificio. En su puerta. Con el pelo revuelto, el vestido rojo arrugado, la expresión de alguien que ha estado llorando o a punto de hacerlo.
La marca de tiempo de la esquina marcaba las dos y cuarenta y siete de la madrugada del domingo. La noche del beso. Alguien la había seguido. Alguien había estado ahí, en la calle, observándola mientras yo me quedaba parado como un idiota contra la pared.
—Nicolás, estás pálido —dijo Álex, levantándose.
—Mira —susurré, girando la pantalla hacia él.
Álex leyó el mensaje. Vio la foto. Su expresión cambió instantáneamente, pasando de la preocupación amistosa a la tensión profesional.
—Joder —soltó—. ¿Esto es nuevo?
—Acaba de llegar —dije, y mi voz sonó extraña, distante—. Álex, alguien la está siguiendo. Alguien sabe lo que pasó entre nosotros. Están usándola para llegar a mí.
—Cálmate —dijo, aunque su propia voz tenía un filo de acero—. Primero, cierra ese correo. No toques nada. Voy a llamar a la comisaría para que envíen a un técnico a revisar tu sistema. Segundo… —me miró fijamente—. Tienes que decirle esto a Melisa. Tiene derecho a saber que está en peligro.
—¿Y asustarla? —repliqué, levantándome de golpe—. ¿Decirle que alguien la está observando, que la fotografiaron entrando en su casa a las tres de la madrugada? ¿Que es un objetivo porque… porque yo no puedo mantener mis malditas manos quietas?
—Nicolás —dijo Álex, agarrándome del brazo—. Escúchame. Esto ya no es sobre ti y tus sentimientos. Esto es sobre su seguridad. Alguien está jugando contigo, y ahora ella está en el tablero.
Me solté de su agarre y caminé hacia la ventana. Abajo, en la calle, la vida continuaba normal. Gente entrando al gimnasio. Clientes habituales. Vida.
Pero todo había cambiado.
La rabia que sentí fue como un tsunami. No era la ira fría y controlada que usaba en los negocios.
Era algo primitivo, animal, una necesidad de proteger lo que era mío.
Porque, aunque Melisa hubiera dicho que no, aunque se hubiera apartado, aunque fuera mi empleada y esto fuera un desastre profesional… ella era mía.
La idea me golpeó con la fuerza de un tren. No en el sentido posesivo y enfermizo de mi padre. Sino en algo más profundo. Ella había despertado algo en mí que no sabía que existía. Y ahora, la idea de que alguien pudiera hacerle daño, tocarla, asustarla… sentí que me volvía loco.
—Llama a tu gente —dije, sin girarme—. Pero no digas nada a Melisa todavía. Déjame hablar con ella primero.
—Nicolás…
—¡Déjame! —grité, golpeando el cristal con el puño—. Es mi responsabilidad, Álex. Yo la metí en esto. Yo fui el idiota que la besó en la calle sin mirar si alguien nos observaba. Yo… —mi voz se volvió apenas un susurro—. No puedo dejar que le pase nada.
Álex se quedó en silencio durante unos segundos. Luego suspiró.
—Vale. Pero habla con ella hoy. Y si no lo haces, lo haré yo. No juegues con su seguridad, Nicolás.
Se fue, dejándome solo con la pantalla del ordenador que seguía mostrando esa imagen. Melisa. Asustada. Seguida. Objetivo.
Guardé la foto en un archivo seguro y borré el correo, aunque sabía que los técnicos de Álex podrían recuperarlo. Luego llamé a Samuel y le dije que cancelara todas mis reuniones de la mañana. Necesitaba estar alerta. Necesitaba verla entrar. Necesitaba asegurarme de que estuviera bien.
A las ocho y cuarto, apareció.
La vi atravesar las puertas de cristal con esa sonrisa profesional que usaba para el mundo, la que no alcanzaba a sus ojos. Llevaba un vestido azul oscuro que le sentaba de muerte, el pelo suelto sobre los hombros, y caminaba con esa determinación que tanto me gustaba de ella.
Pero ahora la miraba con otros ojos. No como el hombre deseoso que quería besarla. Sino como el hombre aterrorizado que necesitaba protegerla.
Por primera vez en mi vida, sentí miedo real.
No el miedo a fracasar en los negocios. No el miedo a la bancarrota o al ridículo.
Era el miedo a que algo malo le pasara a ella.
A que alguien le hiciera daño. A que, por mi culpa, por mi estúpida incapacidad para mantener las distancias, Melisa terminara pagando un precio que no le correspondía.
Mis manos se cerraron en puños sobre el escritorio.
Tenía que hablar con ella. Tenía que decirle que se fuera del gimnasio, que se alejara de mí, que encontrara un trabajo en otra ciudad si hacía falta.
Pero ¿cómo decirle eso sin revelarle la amenaza?
¿Cómo explicarle que la estaban observando sin convertirme en su carcelero?
Bajé a recepción a las diez, cuando sabía que habría menos gente. Ella estaba detrás del mostrador, organizando unos papeles, y cuando me vio se tensó. Vi cómo sus hombros se ponían rígidos, cómo su sonrisa se volvía hielo.
—Buenos días, señor Castillo —dijo, formal, distante.
—Necesito hablar contigo —dije, y mi voz sonó más brusca de lo que pretendía—. En mi oficina.
—Estoy ocupada —respondió ella, sin mirarme—. Tengo que preparar la lista de socios para la inauguración del nuevo centro.
—Melisa —dije, bajando la voz—. Por favor.
Ella levantó la vista. Sus ojos encontraron los míos, y durante un segundo vi algo allí. Confusión. Miedo. ¿O era solo mi propia culpa reflejada?
—¿Qué ocurre? —preguntó, y su tono cambió, volviéndose más suave—. Nicolás, ¿te pasa algo?
Estaba ahí. La oportunidad de decirlo. De contarle todo. De advertirle que alguien la había fotografiado, que estaba en peligro, que necesitaba protegerla.
Pero cuando abrí la boca, las palabras se negaron a salir. No quería ver el terror en sus ojos. No quería ser yo quien le arrebatara esa seguridad que tanto le costaba construir. No quería que me mirara como al monstruo que había convertido su vida en objetivo.
—Nada —dije finalmente, y el sabor de la mentira me envenenó la lengua—. Solo quería… disculparme por lo del sábado. No debería haber perdido el control así. No volverá a pasar.
Ella me miró fijamente, como si intentara leer algo más allá de mis palabras. Por un momento, pareció que iba a decir algo, que iba a llamarme mentiroso o a preguntar qué escondía. Pero luego su expresión se cerró de nuevo, volviendo a ser la recepcionista perfecta.
—Acepto las disculpas —dijo, fría—. Ahora, si me disculpa, tengo trabajo.
Se dio la vuelta, dejándome solo en recepción con el corazón golpeándome las costillas y la imagen de ella en esa fotografía grabada en la retina.
Subí a mi oficina como un zombi. Cerré la puerta y me dejé caer en la silla, sacando el móvil para mirar de nuevo la foto que me había enviado a él mismo como copia de seguridad.
Melisa entrando en su piso. Melisa vulnerable. Melisa siendo un objetivo.
Y debajo, la frase que resonaría en mi cabeza durante días: «Ella también pagará el precio.»
Alguien sabía. Alguien nos observaba. Y ahora, la única mujer que había conseguido hacer que mi corazón volviera a latir con algo más que rutina, estaba en la mira.
Me llevé las manos a la cara y respiré hondo, intentando controlar el pánico que me atenazaba.
Tenía que protegerla. Cueste lo que cueste. Incluso si eso significaba que ella nunca me perdonara. Incluso si eso significaba perderla para siempre.
Porque era preferible tenerla viva y odiándome, que… no quería ni completar el pensamiento.
La guerra había cambiado de bando. Y yo estaba dispuesto a quemar el mundo entero con tal de mantenerla a salvo.