Jefe, no te soporto Capítulo 8
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Capítulo 8

Melisa

No me fui.

Las palabras quedaron flotando entre nosotros como un desafío, como una promesa, como una sentencia.

Nicolás me miraba con esos ojos oscuros, la respiración agitada, los brazos atrapándome contra la pared de cal sin dejarme escapar ni permitirme caer.

Yo temblaba, pero no de frío. Era un temblor interno, profundo, que venía de algún lugar que había mantenido congelado durante dos años.

—No me voy —susurré, y mi voz sonó extraña, como si perteneciera a otra mujer.

Nicolás no esperó más. No hubo transición suave, no hubo delicadeza fingida. Cuando sus labios chocaron contra los míos, fue como si el mundo explotara. Un gruñido bajo escapó de su garganta, un sonido animal que vibró directamente en mi boca, y sentí que las rodillas me fallaban.

Su beso no era tierno. Era voraz, desesperado, una conquista que me robaba el aire y me entregaba algo más denso, más vital.

Abrió mi boca con su lengua, explorando con una urgencia que me hizo jadear contra él.

Mis manos, que habían estado inertes contra la pared, se agarraron a su camisa, tirando de él hacia mí, necesitando más contacto, más fricción, más de todo.

—Dios, Melisa —gimió contra mi boca, y el sonido de mi nombre en sus labios, ronco y quebrado, me produjo un escalofrío que recorrió mi espalda hasta la nuca.

Sus manos bajaron de la pared y encontraron mi cintura, apretando con una fuerza que rozaba el dolor pero que se sentía increíblemente necesaria.

Me levantó ligeramente, obligándome a ponerme de puntillas, y entonces su cuerpo completo se pegó al mío.

Era duro, sólido, una pared de músculos y calor que me aplastaba contra la fachada del edificio.

Y entre sus piernas, sentí algo rígido, insistente, que presionaba contra mi vientre y me hizo entender el efecto que estaba teniendo sobre él.

—Nicolás… —gemí, arqueándome contra él sin pensar, buscando más presión, más contacto.

—Joder, cómo me pones —suspiró él, su boca deslizándose por mi mandíbula, mordiendo el cuello con una intensidad que me hizo estremecerme—. Te deseo desde el primer día, desde que me dijiste que no sabía sonreír…

Sus manos se movieron, una deslizándose hacia arriba para agarrar mi pelo, tirando suavemente para exponer mi cuello, mientras la otra bajaba, bajaba por mi costado, por mi cadera, encontrando el borde de mi vestido rojo. Los dedos rozaron mi muslo desnudo y sentí que el corazón se me detenía.

—¿Te gusta esto? —preguntó contra mi piel, su aliento quemándome.

—Sí —jadeé, sin poder mentir—. Dios, sí.

Volvió a besarme, y esta vez el beso fue más profundo, más oscuro.

Su lengua bailaba con la mía en una coreografía que me hacía olvidar dónde estábamos, quiénes éramos, por qué esto era una mala idea.

Solo existía la sensación: su sabor a menta y deseo, el sabor salado de su piel, la forma en que su cuerpo se movía contra el mío en una simulación de lo que ambos queríamos.

Volvió a colocar su pierna entre las mías, presionando su muslo contra mi centro, y gemí más alto de lo que pretendía. El sonido escapó de mi garganta sin permiso, un gemido de placer puro que él recogió con su boca.

—Eso —gruñó, moviendo su pierna con más fuerza, creando una fricción deliciosa que me hacía ver estrellas—. Quiero oírte gemir. Quiero saber que te vuelvo loca como tú me vuelves loco a mí.

Sus manos volvieron a mi cintura, agarrando con posesión, y luego una se deslizó hacia arriba, rozando mi costilla, deteniéndose justo debajo de mi pecho.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.

Estaba tan excitada que temblaba sin control, mis manos agarrando su pelo, su nuca, cualquier parte de él a la que pudiera aferrarme.

—Eres perfecta —suspiró, su boca encontrando mi clavícula, mordiendo el punto donde el vestido empezaba—. Tan jodidamente perfecta.

Por un momento, me dejé llevar. Por un momento glorioso y peligroso, dejé de pensar en Madrid, en Gabriel, en esa noche oscura que había sellado mi piel con miedo. Solo existía Nicolás, su calor, su deseo por mí, la forma en que me hacía sentir viva, deseada, poderosa.

Su mano bajó de nuevo a mi muslo, y esta vez no se detuvo en la superficie. Subió por debajo del vestido, rozando la piel sensible de mi interior del muslo, subiendo, subiendo hacia la cadera, moviéndose con intención hacia el centro de mi calor, hacia donde yo palpitaba por él.

Y entonces, el pánico explotó.

No fue gradual. Fue un interruptor que se activó, una alarma que sonó en mi cabeza con un volumen ensordecedor.

De repente, no era Nicolás tocándome. Eran otras manos.

Otra noche. Otros hombres. El olor a cerveza rancia y a colonia barata.

La sensación de estar drogada, de no poder moverme, de que mi cuerpo no me pertenecía.

—¡No! —grité, empujándolo con una fuerza que me sorprendió a mí misma.

Nicolás se apartó de golpe, como si le hubiera quemado.

Sus ojos, que habían estado nublados de deseo, se despejaron instantáneamente, pasando a una claridad aterradora.

Levantó las manos en señal de rendición, dando un paso atrás, luego otro, creando una distancia que de repente me pareció un abismo.

—Lo siento —dijo, y su voz sonó destrozada—. Dios, Melisa, lo siento mucho. No debería haber… he ido demasiado rápido. He perdido el control.

Estaba jadeando, el pecho subiendo y bajando con fuerza, la camisa desabrochada revelando parte de su torso que subía y bajaba con respiraciones agitadas. Parecía tan arrepentido, tan horrorizado consigo mismo, que sentí una mezcla de culpa y tristeza que me cortó por dentro.

—No es por ti —dije, y mi voz temblaba tanto que apenas me reconocí—. No es tu culpa. Es… Soy yo. Simplemente… no puedo.

—¿Por qué? —preguntó, dando un paso hacia mí, pero se detuvo al ver cómo retrocedía—. ¿Es porque soy tu jefe? ¿Porque soy un capullo? ¿O es…? —tragó saliva, y su pregunta siguiente salió casi en un susurro—. ¿Eres virgen? ¿Es por eso?

La pregunta me pilló tan desprevenida que solté una carcajada. Fue una risa amarga, sin humor, que me salió de la garganta antes de que pudiera contenerla.

—¿Virgen? —Repetí, y mi tono recuperó algo de sarcasmo, esa armadura que siempre llevaba puesta—. No, Nicolás. No soy virgen. Soy… —busqué las palabras, pero no las encontré— …soy complicada. Eso es todo.

Nos miramos durante unos segundos que se extendieron como eternidades. Él con las manos todavía levantadas, como si temiera tocarme de nuevo. Yo con la espalda pegada a la pared, temblando todavía, sintiendo el vacío donde antes había habido calor.

—Nos vemos el lunes en el gimnasio, jefe —dije finalmente, enderezando los hombros y forzando una sonrisa que no sentía—. Que descanses.

Me di la vuelta y empecé a caminar. Mis piernas temblaban tanto que temí caerme, pero mantuve la cabeza alta, paso a paso, alejándome de él, de lo que había pasado, de lo que casi pasaba.

—Melisa —me llamó, y su voz sonó desesperada—. Espera. No tiene que ser así. Podemos hablar. Podemos…

—No podemos nada —dije, sin girarme—. Buenas noches, Nicolás.

Y entonces corrí. No literalmente, pero caminé tan rápido que estuve a punto de tropezar con mis propios tacones. Necesitaba alejarme, necesitaba aire, necesitaba borrar la sensación de sus manos sobre mi piel antes de que me volviera loca.

Cuando llegué a la esquina, me detuve un segundo para respirar.

La noche de Málaga me envolvió, cálida y húmeda, pero yo sentía frío.

Frío en las manos donde había sentido su pelo.

Frío en los labios donde había saboreado su deseo.

Frío en el corazón, donde había sentido, por un momento, que podía volver a confiar.

Pero no podía. No podía permitirme dejarme llevar así, perder el control así, entregarme así. Porque no conocía a Nicolás. No realmente. Y no podía arriesgarme a que la historia se repitiera, a que esa noche en Madrid volviera de alguna forma, a que el miedo se convirtiera en realidad otra vez.

—¡Melisa! —la voz de Andrea cortó mis pensamientos.

La vi salir del local, buscándome con la mirada. Cuando me encontró, se acercó corriendo, con el pelo revuelto y una expresión de preocupación.

—¿Dónde demonios te has metido? Llevo diez minutos buscándote. Pensé que te habías ido con…

Se detuvo al ver mi cara. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en mi boca, en mi pelo, en el estado general de desastre en el que me encontraba.

—Vaya —dijo, y su tono cambió, volviéndose más suave—. ¿Qué ha pasado?

—Me voy a casa —dije, y mi voz sonó plana, agotada—. No ha sido buena idea salir, Andrea. Necesito olvidarme de todo durante dos días. Del gimnasio, de… de todo.

Andrea me miró fijamente, y luego su mirada se desvió hacia el fondo de la calle, hacia donde había dejado a Nicolás. Aunque no me giré, supe que él seguía allí, quieto, observándonos.

—Tienes el pintalabios corrido hasta la barbilla —dijo Andrea, volviendo a mirarme—. Y unos pelos que asustarían a cualquier estilista. Parece que te ha comido un lobo.

—Algo así —murmuré, intentando limpiarme la boca con el dorso de la mano.

Andrea volvió a mirar hacia atrás, y esta vez sonrió con malicia. Cuando habló, lo hizo en voz alta, lo suficientemente alta para que llegara hasta donde sabía que él estaba.

—Bueno, cariño, si eso es lo que te hace un «no quiero», me encantaría ver lo que te hace un «sí, por favor» —dijo, guiñando un ojo hacia la oscuridad—. Ese hombre tiene pinta de saber exactamente dónde poner las manos. Y la boca.

—Andrea, por favor —susurré, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas—. No es gracioso.

—Es muy gracioso —corrigió ella—. Pero ve a casa. Descansa. Y el lunes, cuando veas a tu jefe, intenta no ponerte colorada cada vez que te mire.

Me despedí de ella con un abrazo rápido y me alejé calle abajo, hacia donde sabía que encontraría un taxi. No me giré. No quería ver si él seguía allí, si nos observaba, si su expresión era de enfado, de confusión o de arrepentimiento.

En el taxi, con la ventana bajada y el aire de la noche golpeando mi rostro, cerré los ojos y dejé que los recuerdos del beso regresaran.

El sabor de él. La fuerza de sus manos. La forma en que había gemido mi nombre.

Por un momento, me permití imaginar cómo habría sido si no me hubiera apartado.

Si hubiera dejado que sus manos siguieran subiendo.

Si hubiera permitido que me tocara donde yo tanto deseaba ser tocada, pero donde también más miedo tenía.

Pero no podía. No debía.

Porque Nicolás Castillo era mi jefe. Era un hombre que no conocía, no realmente. Y yo… yo era una mujer rota que había jurado no volver a perder el control con nadie, menos con alguien que tenía el poder de destruirme por completo.

El beso había sido un error. Un error delicioso, ardiente, inolvidable, pero un error.

Mientras el taxi atravesaba las calles de Málaga hacia mi pequeño piso, me repetí eso una y otra vez, intentando convencerme de que era verdad.

Pero cuando llegué a casa y me miré al espejo, vi los labios hinchados, la piel enrojecida donde su barba me había rozado, y los ojos brillantes de una mujer que había sentido, aunque fuera por unos minutos, lo que era desear sin miedo.

Y supe que estaba mintiendo.

No podía permitir que esto siguiera. No podía permitirme sentir esto por él. Porque si caía, si me dejaba caer, si confiaba y volvía a pasar… no sobreviviría.

Nicolás Castillo era peligroso. No porque fuera malo, sino porque me hacía querer ser valiente. Y yo ya no tenía valor para eso.

Me desvestí, me metí en la ducha y dejé que el agua fría borrara su olor de mi piel.

Pero sabía que el lunes, cuando entrara por esas puertas de cristal y lo viera de nuevo, todo volvería. La tensión. El deseo. El miedo.

Y esta vez, no sabía si sería capaz de apartarme a tiempo.