Capítulo 7 #2
—Le dije que tenía que hablar contigo —dijo él, dando un paso hacia mí—. Que era urgente.
—No hay nada urgente entre nosotros —mentí.
—Mientes —dijo, y su mano se cerró alrededor de mi muñeca—. Baila conmigo.
—No.
—Por favor.
Esa palabra. Esa palabra tan simple, tan rara en su boca, me desarmó. Asentí, a regañadientes, y me dejé llevar hacia la pista.
Cuando sus manos se posaron sobre mi cintura, sentí que el mundo giraba.
No como con la rubia. Con ella había sido mecánico, pulido.
Conmigo… conmigo era fuego. Sus dedos se clavaron en mis costados con una urgencia que me hizo jadear.
Yo puse mis manos sobre su pecho, sintiendo los latidos de su corazón contra las palmas.
—Odio este vestido —murmuró él, acercando su boca a mi oído—. Odio lo que me hace sentir.
—¿Y qué te hace sentir? —pregunté, temblando.
—Como si fuera a perder el control —dijo, y sus labios rozaron mi sien—. Como si quisiera arrancártelo aquí mismo, en medio de todos, y hacerte mía de una vez por todas.
La música nos envolvió, lenta, pesada. Nos movíamos juntos, no bailando realmente, sino balanceándonos en un espacio privado dentro de la multitud. Su pierna se interpuso entre las mías, y sentí su muslo presionando contra mí, duro, caliente. Jadeé, sin poder evitarlo.
—Nicolás… —suspiré.
—Dime que no sientes esto —dijo, y noté su aliento quemándome la piel del cuello—. Dime que no te pasa lo mismo y me iré. Te juro que me iré y no te volveré a molestar.
No podía decirlo. Las palabras se negaban a salir. En lugar de eso, apreté mis manos sobre su pecho y me acerqué más, hasta que nuestros cuerpos quedaron completamente pegados, sin espacio ni para el aire.
Él gruñó, un sonido bajo y animal que vibró contra mi clavícula.
Sus manos subieron por mi espalda, una presión posesiva que me hizo sentir pequeña y protegida y deseada al mismo tiempo.
Estábamos tan cerca que podía ver cada pestaña, cada poro de su piel, esa pequeña cicatriz junto a la ceja que tanto me tentaba a besar.
—Vámonos de aquí —dije, y no supe si lo dije en voz alta o solo lo pensé.
Pero él lo oyó. O quizás lo sintió. Me agarró de la mano y me arrastró fuera de la pista, fuera del local, hacia la calle estrecha del centro histórico donde la noche era más oscura y el ruido de la música se convertía en un eco lejano.
La calle estaba desierta, iluminada solo por faroles antiguos que proyectaban sombras danzantes sobre las fachadas de cal. Nicolás me empujó suavemente contra la pared de un edificio, atrapándome con sus brazos a ambos lados de mi cabeza.
—Esto es una locura —dije, jadeando.
—Lo sé —respondió él, su voz áspera—. Es una locura. Tú eres mi empleada. Yo soy tu jefe. Hay líneas que no deberíamos cruzar.
—Entonces suéltame —dije, pero no me moví para escapar.
—No puedo —dijo, y su frente cayó contra la mía—. Lo he intentado. Dios sabe que lo he intentado. Pero desde que te vi con ese vestido… desde que te vi sonreírle a ese imbécil de Javier… desde que te vi huir de mi oficina con esa expresión de terror…
—No era terror —corregí, suavemente.
—¿Entonces qué era? —Levantó la cabeza para mirarme a los ojos—. ¿Por qué huyes de mí, Melisa? ¿Es porque soy tu jefe? ¿Porque soy un capullo controlador? ¿O es…? —su voz bajó—. ¿O es porque hay algo en ti que no quieres que vea?
Sentí que el corazón se me detenía. Sabía. O sospechaba. No lo específico, pero sí la sombra. El miedo que llevaba dentro.
—Hay cosas que no puedo contarte —dije, y mis ojos se llenaron de lágrimas que odiaba—. Cosas de mi pasado. Que hacen que esto… que esto sea imposible.
—No me importa —dijo, y su pulgar limpió una lágrima que se había escapado—. No me importa lo que hayas hecho o lo que te hayan hecho. Solo dime que esto… —sus manos se apretaron en la pared a mi lado—. Dime que esto es real. Dime que no estoy solo en esto.
Lo miré. A la luz de la farola, con sus ojos brillando de una intensidad que me asustaba y me excitaba por igual. Sentí que caía, que me dejaba caer, que abandonaba todas las precauciones que había construido durante dos años.
—Es real —susurré—. Eso es lo que más miedo me da.
Él cerró los ojos, como si mis palabras le dolieran físicamente. Cuando los abrió, había una determinación aterradora en ellos.
—Si sigo aquí cinco minutos más —dijo, y su voz era un gruñido que me recorrió la espina dorsal—, voy a hacer algo de lo que ambos nos arrepentiremos.
—¿El qué? —respiré.
—Voy a besarte —dijo, acercando su boca a la mía hasta que casi nos tocábamos—.
Y no será un beso suave. Será el beso del que no se vuelve.
El beso que cambia todo. Y después no podré fingir que eres solo mi recepcionista, y tú no podrás fingir que no sientes esto.
Así que dime ahora, Melisa. Dime que te vas. Porque si no lo haces…
Su aliento mezclado con el mío. Su cuerpo pegado al mío. El mundo reducido a ese espacio de cal y sombras donde solo existíamos nosotros.
—Dime que te vas —repitió, y su voz sonó desesperada—. Por favor.
Pero no podía decirlo. No quería que se fuera. Así que me quedé quieta, temblando, esperando, deseando que esos cinco minutos empezaran de una vez.