Jefe, no te soporto Capítulo 7
27%

Capítulo 7

Melisa

Andrea no me estaba pidiendo permiso. Estaba dando órdenes disfrazadas de sugerencias, algo que dominaba a la perfección desde que teníamos cinco años y ella decidió que mi look de princesa Disney necesitaba urgentemente un traje de pirata.

—No es negociable —dijo, sentada en el borde de mi sofá con una botella de cerveza sin alcohol que hacía equilibrios sobre su rodilla—. Llevas una semana encerrada en este piso como si fueras la señora de las camelias. Sales. Hoy. Punto.

—Estoy cansada —mentí, recogiendo los platos de la cena mientras evitaba su mirada—. El gimnasio me está matando. Tengo agujetas en lugares donde no sabía que había músculos.

—Mentira —cortó ella, cruzando los brazos—. Lo que tienes es miedo. Miedo a verle la cara a Nicolás después de lo de la otra tarde en su despacho.

El plato casi se me cayó. La cerámica resbaló entre mis dedos sudorosos y tuve que hacer malabarismos para no convertirla en mil pedazos sobre la alfombra.

—No sé de qué hablas —dije, mirando fijamente el fregadero.

—Melisa —su voz cambió, se suavizó—. Que soy yo.

Que te conozco. Sé cuándo estás mintiendo porque te pones ese tono de recepcionista de hotel de cinco estrellas.

Además, Diego no para de enviarme mensajes desde el martes diciendo que el jefe está insoportable, que no para de gruñir, y que tú andas esquivándolo como si tuviera la peste.

Apreté los labios. Diego. Ese chico tenía menos discreción que una puerta de cristal.

—No es eso —suspiré, dejándome caer en el sofá junto a ella—. Es que… casi pasó algo, Andrea. Algo que no debería haber pasado. Yo no estoy preparada para… —hice un gesto vago en el aire—. Para esto. Para él. Para lo que sea que esto esté intentando ser.

Andrea me miró durante unos segundos, con esa intensidad verde que tenía cuando se ponía seria. Luego sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa.

—Perfecto —dijo, levantándose de un salto—. Entonces necesitas un vestido que te haga sentir invencible. Algo que diga «soy una diosa y si tú no te atreves, es tu problema». Vamos.

—¡No! —protesté, pero ya me estaba arrastrando hacia la puerta.

Dos horas después estaba en el probador de La Tentación , una tienda del centro de Málaga que Andrea frecuentaba cuando quería arruinar su cuenta corriente con algún capricho.

Había probado ya cuatro vestidos: uno negro, demasiado funeral; uno azul, que me hacía parecer una azafata de vuelo cancelado; uno plateado, que brillaba más que mi futuro; y uno estampado, que me hacía caderas de torero.

—El siguiente es el bueno —gritó Andrea desde fuera—. Es rojo. Pasión. Fuego. Sangre de tus enemigos.

—Estás loca —murmuré, pero me puse el vestido.

Cuando me miré al espejo, dejé de respirar.

Era rojo. Un rojo intenso, profundo, el color de las amapolas y de las advertencias.

Era escotado, pero no vulgar, ajustado en la cintura y con la falda que caía justo por encima de la rodilla, dejando ver las piernas que el verano había bronceado.

El tejido se adhería a mis curvas sin apretarlas, celebrándolas en lugar de intentar disimularlas.

—Dios santo —susurré.

—¡Sal! —Ordenó Andrea—. Quiero verlo.

Abrió la cortina del probador sin pedir permiso, algo que solo ella se permitía. Se quedó quieta, con la boca abierta.

—Hostia puta —dijo, y su voz sonó reverente—. Melisa, pareces… pareces la venganza hecha mujer. Pareces capaz de conquistar reinos y dejar corazones rotos por el camino.

Me miré de nuevo. El reflejo mostraba a alguien que no reconocía del todo.

No era la Melisa asustada que había huido de la oficina de Nicolás tres días atrás.

No era la recepcionista torpe que no sabía manejar el ordenador.

Era… otra versión de mí misma. Una que había enterrado hacía dos años en Madrid y que ahora resucitaba, desafiando al mundo con ese escote y ese color.

—Me lo llevo —dije, y mi voz sonó firme.

—Esa es mi chica —sonrió Andrea—. Ahora zapatos. Y pintalabios del mismo color. Vamos a pintar esta ciudad de rojo.

El local se llamaba El Puerto , una terraza cubierta en el centro histórico donde el verano se convertía en una mezcla de música, cerveza fría y sudor pegajoso. Había mesas altas, luces de guirnalda colgando de los árboles, y una pista de baile improvisada sobre el suelo de baldosas antiguas.

Llevaba exactamente cuarenta minutos allí cuando lo vi.

Estaba en la barra, de espaldas a mí, hablando con Álex.

Llevaba una camisa negra de manga arremangada que dejaba ver sus antebrazos, unos vaqueros oscuros y una expresión de aburrimiento absoluto que solo él podía hacer parecer atractiva.

Su pelo estaba más despeinado de lo habitual, como si se hubiera pasado la mano por él varias veces, y tenía una copa en la mano que no parecía tocar.

—No me jodas —susurré, agarrando el brazo de Andrea con fuerza.

—¿Qué pasa? —Ella siguió mi mirada—. Ah. Interesante.

—¿Por qué está aquí? —Mi voz sonó aguda, histérica—. Este es mi sitio. Nuestro sitio. Él tiene que estar en sitios de gente importante, de gente con traje y corbata, no aquí con…

—Con nosotras —terminó Andrea, sonriendo—. Pues parece que el universo tiene sentido del humor. O tal vez el destino. Mira, ahí está Álex saludándome. Vamos.

—¡No! —intenté detenerla, pero Andrea ya se había lanzado hacia la barra con la determinación de quien no teme al peligro.

Tuve que seguirla. No podía quedarme atrás como una cobarde, no cuando llevaba puesto ese vestido rojo que me había costado la mitad de mi última paga. Caminé con la cabeza alta, sintiendo los ojos de varios hombres sobre mí, pero solo me importaban uno. Los suyos.

Nicolás se giró justo cuando llegamos. Sus ojos me encontraron y se quedaron quietos. Muy quietos. Vi cómo su mano se detenía a mitad de camino hacia su boca, cómo su mandíbula se tensaba, cómo ese gris verdoso que tanto me obsesionaba se oscurecía hasta volverse casi negro.

—Hola, Álex —dijo Andrea con voz cantarina—. Qué casualidad verte aquí.

—Hola, Andrea —respondió Álex, besándola en las mejillas—. Melisa. Qué sorpresa.

—Sí —dije, mirando a Nicolás directamente a los ojos—. Qué sorpresa.

Nicolás no dijo nada. Solo me miraba, de arriba abajo, con una lentitud deliberada que me hizo sentir desnuda a pesar del vestido. Cuando su mirada volvió a mi rostro, había algo ahí. Hambre. Puramente animal.

—Estás… —empezó a decir, y su voz sonó ronca, estrangulada.

—¿Sí? —Arqueé una ceja, disfrutando de su incomodidad.

—Estás… —tragó saliva—. Bien.

—Bien —repetí, sonriendo con malicia—. Qué detallista eres, jefe. Me haces sentir especial.

Andrea y Álex intercambiaron una mirada cómplice, pero yo solo tenía ojos para él. Para la forma en que su camisa se tensaba sobre sus hombros, para el pulso que latía en su cuello, para la mano que se cerraba en un puño a su lado.

—Vamos a bailar —dijo Andrea de repente, agarrando a Álex del brazo—. Venga, poli. Enséñame tus movimientos.

—Pero… —protestó Álex, pero ella ya lo arrastraba hacia la pista.

Nos quedamos solos. Nicolás y yo. Separados por un metro de espacio que parecía cargado de electricidad.

—No deberías estar aquí —dijo él, bajando la voz.

—Es un local público —respondí, acercándome un paso—. ¿O es que tienes el copyright de la noche malagueña?

—Sabes a lo que me refiero.

—No —mentí—. No lo sé. Explícamelo.

Nos miramos. La música cambió, algo más lento, más sensual. Un reguetón antiguo que hacía vibrar el suelo bajo los pies.

—Ese vestido —dijo él, y su voz era un gruñido—. Ese vestido es una provocación.

—Ah, ¿sí? —Di un paso más, hasta que estuve lo suficientemente cerca como para oler su colonia, ese aroma a madera y cítricos que me volvía loca—. ¿Y qué vas a hacer al respecto, Nicolás? ¿Volver a limpiarme la cara con tu pañuelo?

Vi cómo sus ojos se estrechaban, cómo su respiración se aceleraba. Estaba disfrutando esto demasiado. Era peligroso. Era estúpido. Pero llevaba dos años huyendo, dos años teniendo miedo, y ahora, con ese vestido rojo puesto, sentía que finalmente recuperaba el control.

—Voy a… —Empezó a decir, pero en ese momento una mujer se interpuso entre nosotros.

Era alta, rubia, con un vestido plateado que brillaba bajo las luces. Sonreía a Nicolás con la confianza de quien sabe que es guapa.

—¿Bailamos? —le preguntó, ignorándome por completo.

Nicolás me miró. Yo le devolví la mirada, desafiante.

—Claro —dijo él, y cogió su mano.

Sentí un frío en el estómago mientras los veía alejarse hacia la pista.

No debería importarme. No tenía derecho a sentir…

lo que fuera que estaba sintiendo. Pero cuando vi cómo ella ponía sus manos sobre sus hombros, cómo él la agarraba por la cintura con esa posesión que ya conocía demasiado bien, sentí que me ahogaba.

—Estás verde —dijo Andrea, apareciendo a mi lado con dos copas.

—Estoy perfecta —mentí, cogiendo una de las copas y bebiendo de un trago.

—Claro —ella siguió mi mirada hacia la pista—. Porque ver a tu jefe bailar con la Barbie humana no te afecta en absoluto.

—No es mi jefe fuera del gimnasio —murmuré—. Y que baile con quien quiera. Me da igual.

—Melisa —Andrea suspiró—. Eres la peor mentirosa del mundo.

Miré la pista. Nicolás bailaba con una elegancia sorprendente para un hombre tan corpulento. Movía la cadera con precisión, guiando a la rubia con una facilidad que me irritó sobremanera. Y ella… ella se frotaba contra él como si fuera su dueña.

—Voy al baño —dije, dejando la copa.

—Melisa…

Pero ya me había ido.

No fui al baño. Fui a la barra a pedir otra copa, una más fuerte. Necesitaba borrar la imagen de sus manos sobre esa cintura ajena, de su cara inclinada hacia el cabello de otra mujer. Era absurdo. Él no me pertenecía. Yo no le pertenecía a nadie. Pero el nudo en la garganta no me dejaba respirar.

—¿Te importa?

La voz vino de detrás de mí. Me giré. Era Nicolás. Estaba solo, sudoroso, con la camisa ligeramente desabrochada en el cuello.

—¿Dónde está tu acompañante? —pregunté, con una frialdad que no sentía.