Jefe, no te soporto Capítulo 6
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Capítulo 6

Nicolás

La tarde se había colado por los ventanales de mi oficina con esa luz dorada y perezosa que solo se ve en Málaga durante el verano, cuando el sol baja hacia el mar y pinta todo de un naranja mentiroso.

Yo llevaba dos horas mirando los mismos números en la pantalla, incapaz de concentrarme, escuchando cada vez que la puerta del gimnasio se abría abajo, cada vez que su risa subía por la escalera.

Había intentado convencerme de que era indigestión.

O estrés. O cualquier otra cosa que no fuera ella.

Pero entonces llamaron a la puerta y supe que estaba perdido.

—Pase —dije, y mi voz sonó extraña, demasiado ronca, como si no la usara desde hacía días.

Melisa entró con una carpeta azul bajo el brazo y una expresión de profesionalidad forzada que casi me hizo sonreír.

Llevaba el pelo recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto su nuca, y un vestido de verano que no debería haber sido tan peligroso si no fuera porque se movía con ella de una manera que me distraía de cualquier pensamiento racional.

—Samuel dice que tenemos que revisar juntos los contratos de los nuevos proveedores del segundo centro —dijo, dejando la carpeta sobre mi mesa sin mirarme a los ojos—. Algo sobre cláusulas de confidencialidad que no cuadran.

—Sí —respondí, señalando la silla de enfrente—. Siéntese.

—Prefiero estar de pie —dijo ella, y vi ese destello de terquedad que ya empezaba a conocer demasiado bien.

—Entonces yo también me quedo de pie —repliqué, levantándome.

Nos miramos desde lados opuestos del escritorio, separados por metro y medio de madera de nogal que de repente parecía insuficiente.

Ella abrió la carpeta con un gesto seco y empezó a señalar párrafos con un dedo que tenía las uñas pintadas de un color rojo oscuro.

Ese detalle me distrajo. Pensé en esas uñas contra mi piel y tuve que apartar mentalmente la imagen con violencia.

—Esta cláusula —dijo ella, acercando el papel—. Dice que el proveedor puede rescindir unilateralmente en treinta días, pero el gimnasio necesita sesenta para encontrar alternativa. Es una trampa.

Me obligué a concentrarme en las letras. Las letras eran seguras. Las letras no tenían olor a jazmín ni curvas que pedían a gritos ser tocadas.

—Tiene razón —admití, cogiendo el contrato—. Hay que renegociarla.

—O cambiar de proveedor —sugirió ella, acercándose un paso más.

—No podemos. Son los únicos que tienen el equipo específico que queremos para la zona de crossfit.

Melisa frunció el ceño y se inclinó sobre el documento, tan cerca que pude ver la pequeña marca que tenía en la sien, una peca casi imperceptible que parecía un mapa secreto.

Su cabello se deslizó hacia delante, rozando mi hombro, y ambos nos tensamos al mismo tiempo.

El aire acondicionado zumbaba en algún lugar del techo, pero de repente hacía demasiado calor en la habitación.

—Muéstrame en el ordenador —dije, más brusco de lo que pretendía—. Tengo los correos con sus condiciones originales en el portátil.

Ella asintió y rodeó el escritorio. Yo me quedé quieto, paralizado, mientras ella se acercaba a mi silla, a mi espacio, a ese territorio privado que nadie invadía nunca.

Melisa se inclinó sobre el teclado, introduciendo la contraseña que le había dado esa misma mañana, y su cadera quedó a centímetros de mi muslo.

Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo, una radiación que me quemaba a través de la tela de los pantalones.

—Aquí —dijo ella, señalando la pantalla, y su voz sonó más baja, más íntima.

Me obligué a acercarme. Tenía que ver el correo, tenía que comprobar los datos, tenía que hacer mi trabajo.

Pero cuando me incliné junto a ella, nuestros hombros se rozaron y sentí un shock eléctrico que me subió por la espina dorsal hasta la nuca.

Ella también lo sintió; lo supe porque su respiración se detuvo un segundo, una pausa casi imperceptible antes de continuar.

—Mira —susurró, señalando una línea en la pantalla—. Aquí dice que pueden ampliar el plazo si hay causa justificada.

Su cuello estaba justo ahí, a la altura de mis labios.

Podía ver el latido de su pulso en la yugular, rápido, nervioso, contradictorio con su voz calmada.

Su perfume me envolvió, algo dulce pero no empalagoso, como fruta madura bajo el sol.

Tuve que agarrarme al borde de la mesa para no hacer lo único que quería hacer en ese momento: girarla hacia mí y besarla hasta que olvidara su nombre y el mío.

—Sí —logré decir, aunque no estaba mirando la pantalla—. Podemos usar eso.

—¿Nicolás? —Dijo, y el sonido de mi nombre en su boca me desarmó por completo.

—¿Sí?

—¿Por qué nunca hablas de tu familia? —La pregunta salió de la nada, filtrándose entre la tensión sexual como una navaja afilada.

Me quedé quieto, paralizado por la imprevisibilidad de su ataque. Ella se giró ligeramente, lo suficiente para que nuestros rostros quedaran a escasos centímetros. Podía ver las motas doradas en sus ojos de miel, la forma en que sus pestañas se juntaban en las comisuras.

—Ya te dije que mi madre murió —respondí, y mi voz sonó más áspera de lo que pretendía.

—Sí —insistió ella, sin apartar la mirada—. Pero nunca hablas de tu padre. De tus hermanos. De nada. Es como si hubieras aparecido de la nada siendo ya adulto.

Apreté la mandíbula. Esa pregunta tocaba territorio prohibido, zanjas que había cavado hacía años y cubierto con cemento.

Mi padre, aquel hombre autoritario que creía que el amor era una debilidad y la ternura un defecto de carácter.

Mis hermanos, dos personas con las que compartía sangre, pero no vida, dispersos por el mundo, unidos solo por la obligación de las navidades y el silencio de los mensajes de texto no respondidos.

—No hay nada que contar —dije finalmente, desviando la mirada hacia la pantalla—. Mi familia es… complicada. Y prefiero mantener mi vida profesional separada de la personal.

—Mentira —susurró ella, y su desafío me hizo volver a mirarla—. Es que no tienes vida personal, Nicolás. Tienes este gimnasio. Tienes estos contratos. Tienes… —hizo un gesto vago en el aire—. Tienes miedo.

Quise replicar. Quise decirle que no sabía nada de mí, que no tenía derecho a entrar así, a destrozar mis defensas con esa facilidad insultante. Pero en ese momento ella se movió, intentando alcanzar un bolígrafo que había caído al suelo, y su equilibrio flaqueó.

—Cuidado —dije, agarrándola del brazo para evitar que cayera.

Ella se enderezó, pero el movimiento fue demasiado brusco.

El bolígrafo que había estado usando, uno de esos viejos que guardaba en el cajón, saltó de la mesa y, en su caída, salpicó.

Una gota negra, perfecta, circular, aterrizó justo en el pómulo derecho de Melisa, justo debajo del ojo, como una lágrima de tinta.

—Mierda —suspiró ella, llevándose la mano a la cara—. Estos trastos viejos…

—No te muevas —dije, antes de poder contenerme.

Ella me miró, sorprendida, con la mano suspendida a mitad de camino.

Yo cogí el pañuelo que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, uno de esos detalles arcaicos que mi madre me había inculcado, y me acerqué a ella.

El espacio entre nosotros desapareció. Estábamos tan cerca que podía contar sus pestañas, que podía ver la textura de su piel, suave, con pecas apenas visibles que el maquillaje no lograba ocultar del todo.

Levanté el pañuelo y, con sumo cuidado, empecé a quitarle la tinta de la mejilla. Ella se quedó quieta, petrificada, con los ojos muy abiertos mirándome fijamente. Su piel era cálida bajo la tela fina, y sentí su respiración acelerarse, golpeando mi muñeca en pequeñas ráfagas.

—Nicolás —susurró, y no era una pregunta.

—Shh —dije, sin detenerme, atrapado en ese gesto íntimo que se había convertido en el único universo posible—. Ya casi está.

Pero no estaba casi. La mancha se extendió, y tuve que pasar el pañuelo por su pómulo, acariciando hacia abajo, hacia la mandíbula, hacia ese punto donde el cuello se une con la cara y la piel se vuelve tan suave que duele tocarla.

Ella cerró los ojos un segundo, un temblor recorriendo su cuerpo, y cuando los volvió a abrir había algo diferente en ellos.

Algo hambriento. Algo asustado. Algo que reconocí porque lo llevaba dentro desde el primer día.

El tiempo se suspendió. El gimnasio podía estar ardiendo abajo y no me habría enterado.

Solo existía ella. Su olor. Su calor. La forma en que sus labios se entreabrían, invitando sin palabras, desafiando sin fuerza.

Bajé la mirada hacia su boca, esa boca que me había devuelto tantos sarcasmos, tantas ironías, y ahora estaba ahí, ofreciéndose, a centímetros de la mía.

Un centímetro. Eso nos separaba. Quizá menos.

Podía sentir su aliento, cálido, con un sabor a menta que me volvía loco.

Mi mano abandonó su mejilla y se deslizó hacia su nuca, hacia esa coleta que quería deshacer para ver su pelo caer sobre sus hombros.

Ella no se apartó. No me empujó. Se quedó quieta, esperando, con las manos apoyadas en el borde del escritorio detrás de ella, como si necesitara algo a lo que agarrarse.

—Melisa —susurré, y mi voz sonó extraña, rota, perteneciente a otro hombre que no era el controlador Nicolás Castillo.

Ella inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, y ese gesto fue la rendición más erótica que había visto en mi vida.

Mis dedos se tensaron en su nuca. El mundo se redujo a la distancia entre nuestros labios, una distancia que se acortaba peligrosamente, inevitablemente, como dos imanes que finalmente encuentran su polaridad.

Estábamos a punto. A punto de cruzar esa línea sin retorno. A punto de destruirlo todo. A punto de…

—¡Oye, jefe! —La puerta se abrió de golpe y la voz de Diego resonó en la oficina como un disparo—. ¿Has visto las pesas de veinte kilos? Creo que las he dejado en…

Nos separamos como si nos hubiéramos electrocutado.

Melisa dio un salto hacia atrás, tropezando con la silla y agarrándose al respaldo con una violencia que hizo crujir la madera.

Yo me giré hacia la ventana, con la espalda a la puerta, jadeando como si hubiera corrido una maratón, con la mano todavía hormigueando por el contacto de su piel.

—Eh… —la voz de Diego cambió de tono, pasando de la confianza a la sospecha—. ¿Interrumpo algo?

—No —respondimos Melisa y yo al unísono, demasiado rápido, demasiado alto.

—Estábamos revisando contratos —añadió ella, recogiendo los papeles del suelo con manos temblorosas que no lograba controlar—. Ya hemos terminado.

—Claro —dijo Diego, y podía oír la sonrisa en su voz—. Contratos. Eso explica por qué parecéis dos adolescentes pillados en el armario de la limpieza.

—Las pesas están en el almacén —gruñí, sin girarme, sin confiar en mi propia voz—. Y cierra la puerta al salir.

—Por supuesto, jefe —respondió Diego, y su tono decía exactamente lo contrario—. Melisa, tu cara… tienes algo negro en la mejilla.

—Es tinta —respondió ella, secamente—. Del bolígrafo.

—Claro —repitió Diego—. Del bolígrafo. Por supuesto.

Oí sus pasos alejándose, la puerta cerrándose con un clic suave que sonó como una sentencia. El silencio volvió a la oficina, pero ahora era un silencio diferente, cargado de frustración y de algo que se había perdido y no sabíamos si podríamos recuperar.

Cuando me giré, Melisa ya había recogido su carpeta y se dirigía hacia la puerta. Se detuvo un segundo, con la mano en el pomo, sin mirarme.

—Esto no debería haber pasado —dijo, y su voz sonó tan frágil que quise abrazarla.

—Melisa…

—No —cortó ella, finalmente girándose para mirarme con esos ojos que ahora parecían de otro color, más oscuros, húmedos—. Esto es un error. Tú eres mi jefe. Yo soy tu empleada. Y además… —tragó saliva—. Yo no puedo. No estoy… no estoy lista para esto.

Y antes de que pudiera responder, de que pudiera decirle que no me importaba, que ardería el gimnasio entero con tal de volver a sentir su piel bajo mis dedos, salió de la oficina y cerró la puerta con suavidad, dejándome solo con el eco de su ausencia.

Me quedé quieto durante largos minutos, mirando la mancha de tinta que había quedado en el pañuelo que aún sostenía en la mano. Luego me dejé caer en la silla, pasé las manos por el pelo despeinándolo, y solté una carcajada amarga que no tuvo nada de humor.

Estaba jodido.

Completamente, absolutamente, irremediablemente jodido.

Porque no se trataba solo de desearla. Desearla era fácil, casi trivial.

Se trataba de que ella me había visto. Me había visto de verdad, con todas mis defensas bajas, con mi mano temblando mientras le limpiaba la cara, con mi voz rota susurrando su nombre.

Me había visto vulnerable, y en lugar de huir, ella se había quedado. Se había quedado hasta que casi…

Golpeé la mesa con el puño, haciendo saltar los papeles. El dolor me ayudó a centrarme. Tenía que pensar. Tenía que racionalizar esto. Era una atracción, solo eso. Una reacción química. Testosterona y proximidad. Nada más.

Pero mientras miraba la pantalla del ordenador, donde aún se reflejaba borrosamente mi imagen, supe que me estaba mintiendo.

Esto no era solo sexo. No era solo química.

Era ella.

Era su fuerza, su ironía, su forma de desafiarme cuando todo el mundo me obedecía.

Era la manera en que me miraba como si viera algo que yo mismo había olvidado que existía.

Era la guerra de las plantas, y la tregua, y casi besarnos, y el terror en sus ojos cuando se dio cuenta de que ella también sentía esto.

Me llevé las manos a la cara y suspiré hondo, inhalando el aroma residual de su perfume que aún flotaba en el aire de mi oficina.

— Estoy jodido —dije en voz alta, al vacío, a la puesta de sol que se filtraba por los cristales.

Y por primera vez en mi vida, no tuve ni idea de cómo arreglarlo.