Capítulo 5
Melisa
La guerra comenzó con una planta. Bueno, con dos plantas, para ser exactos. Y un cesto de mimbre. Y una pizarra con un sol sonriente que, según Nicolás Castillo, atentaba contra la seriedad empresarial del establecimiento.
Llegué aquella mañana, una semana después de la visita de la influencer de piernas interminables y sonrisa de anuncio de pasta de dientes, y encontré la recepción convertida en un espacio tan estéril que hasta el aire parecía haber sido desinfectado.
Mis plantas habían desaparecido. La cesta de mimbre había sido reemplazada por una bandeja de metal frío.
Y la pizarra había sido borrada, dejando solo un mensaje escrito con letra perfecta y odiosa.
«La puntualidad es la cortesía de los reyes.»
Me quedé parada en el centro de la recepción, con mi café en mano y mi paciencia evaporándose más rápido que el rocío de julio.
—¿Qué…? —empecé, pero la voz se me quebró entre la incredulidad y la furia.
Diego pasó por mi lado con una toalla al cuello y una sonrisa de complicidad.
—El jefe llegó a las seis de la mañana —dijo, sin detenerse—. Dijo algo sobre «restaurar el orden». Yo me habría puesto el casco si fuera tú.
No me puse el casco. En cambio, saqué mi móvil e hice una foto del desastre que tenía delante. Luego, con la precisión de una cirujana y la determinación de un general en el campo de batalla, comencé a reconstruir mi territorio.
La planta volvió a su sitio. La cesta de mimbre reapareció de debajo del mostrador, donde alguien, seguramente un cobarde, la había escondido. Y en la pizarra, borré la frase sobre los reyes y escribí la mía.
«La felicidad es un estado de ánimo, no una hoja de cálculo.»
Me senté en mi silla, con la satisfacción del trabajo bien hecho, y esperé.
No tuve que esperar mucho.
Nicolás apareció a las nueve en punto, como siempre, con su café americano en la mano derecha y su expresión de emperador romano en la cara.
Se detuvo en la entrada de la recepción y sus ojos recorrieron el espacio con la rapidez de un escáner detectando anomalías.
Cuando llegaron a la pizarra, vi cómo se le tensaba la mandíbula.
—Serrano —dijo, y su voz era baja, peligrosa, controlada.
—¿Sí, jefe? —Respondí con mi sonrisa más inocente.
—Le dije que no moviera nada sin mi permiso.
—Y yo le dije que el sarcasmo viene incluido —repliqué, dando un sorbo a mi café—. Parece que ambos tenemos problemas de memoria selectiva.
Nos miramos fijamente. El aire entre nosotros vibraba con una electricidad que no tenía nada que ver con la enemistad y todo que ver con algo mucho más peligroso.
Algo que yo me negaba a nombrar, especialmente después de haberlo visto con esa mujer, Sara, había oído que la llamaban, con sus manos sobre sus hombros como si tuviera derecho a tocarlo.
—Vuelva a dejarlo como estaba —dijo Nicolás, y no era una petición.
—No —respondí, y tampoco era una negociación.
Su ceja derecha se alzó, y la cicatriz junto a ella se marcó con más intensidad. Era la primera vez que le decía directamente que no. Podía ver cómo procesaba la información, cómo sus manos se cerraban en puños a los lados de su cuerpo.
—Jefe —dije con una leve sonrisa.
—¿Qué? —respondió y acabó suspirando, porque estaba claro que ya empezaba a conocerme y sabía que mis próximas palabras lo iban a sacar de quicio.
—No te soporto —acabé, y él cerró los ojos dejando que un nuevo suspiro, largo y profundo, saliera de sus labios.
—Disculpe —interrumpió una voz femenina.
Ambos giramos la cabeza como si fuéramos títeres sincronizados. Una clienta nueva, de treinta y tantos años, con el pelo recogido en una coleta, miraba la escena con ojos nerviosos.
—¿Podría indicarme dónde están los vestuarios? —preguntó, su voz temblando ligeramente.
—Por supuesto —respondimos Nicolás y yo al unísono, y luego nos miramos el uno al otro con hostilidad renovada.
—Déjeme a mí —dije, levantándome y dirigiéndome a la clienta con mi sonrisa profesional—. Los vestuarios están al fondo, a la derecha. ¿Necesita una toalla? La primera es gratuita.
La clienta asintió, agradecida, y se alejó con la rapidez de quien huele sangre en el agua y prefiere no saber de quién es.
Cuando se fue, Nicolás y yo volvimos a nuestra posición de combate.
—Esto no ha terminado —dijo, bajando la voz.
—Nunca dije que lo hubiera hecho —repliqué, volviendo a mi asiento—.
Pero si quiere cambiar algo, señor Castillo, le sugiero que use palabras en lugar de acciones pasivo-agresivas a las seis de la mañana.
Algunos dormimos por la noche. Otros, aparentemente, reorganizamos recepciones con complejo de Dios.
Su expresión cambió. Por un segundo, apenas un parpadeo, vi algo más allá de la irritación. Vi… ¿sorpresa? ¿Respeto? ¿O era solo deseo disfrazado de enfado?
—A las seis de la tarde —dijo finalmente—. En mi oficina. Discutiremos esto como adultos.
—Si usted es capaz de comportarse como uno —murmuré, pero ya se había ido.
La guerra silenciosa duró tres días. Tres días en los que cada mañana encontraba la recepción ligeramente diferente: la planta movida tres centímetros a la izquierda, la cesta reemplazada por una bandeja metálica que yo volvía a cambiar, la pizarra borrada y reescrita con frases sobre productividad y éxito empresarial que yo transformaba en citas de Jane Austen y refranes populares.
El gimnasio entero empezó a notarlo. Los clientes comentaban en voz baja. Los monitores intercambiaban miradas de divertimento. Y Diego… Diego estaba en el cielo.
—Esto es mejor que Netflix —me dijo el segundo día de la guerra, mientras yo colgaba de nuevo la planta en su lugar original—. El jefe ha llegado a las cinco y media. Te ha ganado por media hora.
—Mañana llego a las cinco —respondí, ajustando las hojas con precisión quirúrgica—. Y si hace falta, paso la noche aquí.
—Eres una guerrera —dijo Diego, admirado—. Pero, pregunta seria: ¿esto es por la planta o por algo más?
—Es por principios —mentí.
Diego sonrió, esa sonrisa de lobo que tenía, y se alejó murmurando algo sobre apuestas y cócteles.
El cuarto día, la guerra estalló.
Llegué a las ocho de la mañana, había decidido que madrugar más allá de lo razonable era ceder terreno, y encontré la recepción convertida en un museo del minimalismo agresivo.
No solo habían desaparecido mis decoraciones; ahora el mostrador estaba completamente vacío, salvo por un único ordenador y un cartel impreso que decía: «Eficiencia. Profesionalidad. Resultados».
Me quedé quieta, mirando el desastre, y sentí algo extraño en el pecho. No era solo enfado. Era… ¿tristeza? ¿La sensación de que mi intento de humanizar ese espacio, de dejar mi huella en un mundo que me había destrozado, había sido aplastado por alguien que no entendía nada de mí?
No. No iba a llorar. No por una planta. No por él.
Cogí el cartel, lo arranqué con más fuerza de la necesaria, y escribí en el reverso con mi rotulador más grueso: «Humanidad. Calidez. Sonrisas».
Y entonces llegó Nicolás.
—¿Qué está haciendo? —preguntó, su voz resonando en la recepción vacía.
—Devolviendo el alma a este lugar —respondí, girándome para encararlo—.
¿Sabe qué problema tiene, señor Castillo?
Que confunde el control con la perfección.
Que cree que, si algo no es frío y estéril, no es válido.
¿Pero sabe qué? La gente no viene aquí solo a sudar.
Viene a sentirse bien. Y eso, eso no lo consigue con su… su… ¡dictadura minimalista!
Mi voz había subido de tono. Me di cuenta demasiado tarde de que todo el gimnasio había enmudecido.
Marta, en la zona de pesas, había dejado la barra suspendida.
Samuel, junto a la cinta de correr, miraba con ojos como platos.
Incluso los clientes con auriculares habían quitado uno para escuchar mejor.
Nicolás se había quedado pálido. No de enfado, creo, sino de sorpresa. De la misma forma que yo me había quedado sorprendida por mi propio estallido.
—Mi oficina —dijo finalmente, y su voz era extrañamente suave—. Ahora.
Lo seguí. Por primera vez desde que empecé a trabajar allí, no me sentí valiente. Me sentí expuesta, vulnerable, como si hubiera destrozado una pared que no sabía que tenía.
En la oficina, cerró la puerta y se giró hacia mí. Esperé la reprimenda. El despido. La humillación.
—¿Por qué le importa tanto? —preguntó, y su pregunta me desarmó por completo.
—¿Perdón?
—La planta. La cesta. La pizarra —se acercó un paso, y vi que sus ojos no estaban enfadados, sino confundidos, genuinamente desconcertados—. Podría dejarlo estar. Podría adaptarse. Pero insiste. ¿Por qué?
Abrí la boca para responder con sarcasmo, para decir algo sobre principios y sobre no dejarse aplastar por tiranos con complejo de superioridad. Pero lo que salió fue algo diferente. Algo verdadero.
—Porque es lo único que puedo controlar —dije, y mi voz tembló—. Porque el resto de mi vida… —me detuve, tragando saliva—. El resto de mi vida es un caos, y al menos aquí, en este mostrador de recepción, puedo decidir que haya una planta que me haga sonreír cuando llego por la mañana.
Nicolás me miró durante largos segundos. El silencio entre nosotros era denso, cargado de cosas no dichas, de preguntas que ninguno de los dos se atrevía a formular.
—Tiene razón —dijo finalmente, y su admisión sonó como un trueno en la habitación silenciosa—. Sobre lo del minimalismo. Sobre… sobre la falta de calidez.
No supe qué decir. Me quedé allí, parada, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.
—Pero necesito que entienda algo —continuó, acercándose otro paso, hasta que pude oler su colonia, algo amaderado y cítrico que me hizo querer cerrar los ojos—.
Este lugar… lo construí desde la nada. Cuando mi madre murió, lo único que tenía era una idea y un préstamo bancario que me iba a arruinar.
Cada detalle, cada decisión, representa años de trabajo.
De miedo a fracasar. De… —respiró hondo—.
De la necesidad de controlar algo, porque el resto se me escapaba.
Nos miramos. Dos controladores obsesivos. Dos personas rotas intentando construir algo sólido sobre cimientos inestables.
—No sabía lo de su madre —dije, suavemente.
—No lo sabe nadie —respondió, y por primera vez vi algo vulnerable en su expresión, una grieta en la armadura del emperador—. Bueno, Álex lo sabe. Pero nadie más.
En ese momento, la puerta se abrió sin llamar. Diego asomó la cabeza con una sonrisa traviesa.
—Disculpen la interrupción, jefe —dijo, sin parecer arrepentido en absoluto—. Pero Marta y yo queríamos informarles oficialmente de que hemos iniciado una apuesta.
—¿Una apuesta? —Repetí, confundida.
—Sobre cuánto tardaréis en besaros —respondió Diego, como si estuviera anunciando el parte meteorológico—. Yo digo dos semanas. Marta dice que llegará el otoño. Samuel ha apostado a que ya lo habéis hecho y que sois discretos.
Sentí que el calor subía por mi cuello hasta mis mejillas. No me atreví a mirar a Nicolás.
—Fuera —dijo él, y su voz tenía un deje de humor que no esperaba.
—Pero…
—¡Fuera!
Diego desapareció, dejándonos en un silencio ahora cómplice, cargado de una tensión diferente.
—Debería despedirlo —murmuró Nicolás, pero no sonaba convincente.
—Debería —estuve de acuerdo, y ambos sonreímos, una tregua temporal en nuestra guerra.
La tarde siguiente, mientras organizaba los últimos papeles antes de cerrar, descubrí algo que cambió mi perspectiva.
Era un artículo en la edición digital del periódico local, fechado dos días atrás. El titular decía: «Castillo Fitness gana el Premio Empresarial del Año en el sector del fitness».
Lo leí dos veces. Tres. Había una foto de Nicolás, más joven en la imagen, recogiendo un trofeo con expresión de quien no sabe muy bien qué hacer con el reconocimiento.
El artículo hablaba de su trayectoria, de cómo había convertido un pequeño local en referente del sector, de su compromiso con la innovación y la calidad.
Cuando salió de su oficina, me levanté antes de que pudiera arrepentirme.
—Felicidades —dije, y mi voz salió sincera, sin ironía.
Se detuvo, confundido.
—¿Perdón?
—Por el premio. El Premio Empresarial. He visto la noticia —señalé la pantalla de mi móvil, donde aún tenía el artículo abierto—. Es… es un logro enorme. Enhorabuena.
Nicolás me miró con una expresión que no supe interpretar. Sorpresa, quizás. O algo más profundo, algo que se parecía a la gratitud.
—Gracias —dijo, y su voz sonó diferente, más suave, más joven—. No… no esperaba que lo supieras. Que te importara.
—Me importa —admití, y la verdad de mis palabras me asustó—. Me importa que las personas consigan lo que se proponen. Es… es admirable lo que ha construido.
Por un segundo, vi algo en sus ojos. Una luz. Una conexión. El hombre detrás del emperador, el que se había quedado huérfano y había construido un castillo para no sentirse solo.
—Melisa —empezó a decir, pero se detuvo, como si las palabras se le atascaran en la garganta.
—¿Sí?
—Nada —negó con la cabeza, y la armadura volvió a cerrarse, pero no del todo—. Solo… gracias. Por las felicitaciones.
Asintió y se alejó, dejándome con la sensación de haber visto algo que no debería haber visto. Algo privado. Algo real.
Esa noche, mientras caminaba hacia casa bajo el cielo estrellado de Málaga, pensé en él. En su madre muerta, en su necesidad de control, en la forma en que me miraba como si yo fuera un problema que no sabía resolver.
Y por primera vez desde que empecé a trabajar allí, no pensé en él como en mi enemigo.
Pensé en él como en un hombre herido, igual que yo.
Y eso, descubrí con una mezcla de terror y emoción, era mucho más peligroso que cualquier guerra de plantas y cestas de mimbre.
Porque debajo de toda esa arrogancia, de ese control obsesivo, de esa necesidad de dominar cada centímetro de su reino, había algo mucho más complejo.
Había un corazón que latía con miedo.
Y yo, que había jurado no volver a confiar en ningún hombre, sentí que estaba a punto de cometer el error más grande de mi vida.
O el más necesario.