Capítulo 4
Nicolás
No estoy celoso.
Lo repetí como un mantra mientras revisaba los informes de ventas en mi oficina, tres días después de aquella escena en recepción con Melisa y ese empresario.
Prieto. El nombre me producía una arcada cada vez que lo pensaba.
No porque me importara lo que hiciera Melisa con su vida personal, por supuesto que no, sino porque… porque…
Apreté el bolígrafo hasta que crujió entre mis dedos.
Era cuestión de profesionalidad, nada más.
Una recepcionista que se distraía con clientes insistentes era una recepcionista ineficiente.
Y yo odiaba la ineficiencia. Eso era todo.
No tenía nada que ver con la forma en que Javier Prieto se había inclinado sobre el mostrador, invadiendo el espacio personal de Melisa con la confianza de quien cree que el mundo le debe algo.
No tenía nada que ver con la risa de ella, clara y cristalina, respondiendo a sus insinuaciones con sarcasmo, pero sin rechazarlo del todo.
No estaba celoso. Solo era… protector. Sí, eso era. Protector con mi negocio. Con mi equipo.
Mentía tan descaradamente que hasta yo mismo me avergonzaba.
El timbre de la puerta interrumpió mi espiral de autodecepción. Álex entró sin llamar, como siempre, llevando una bolsa de comida para llevar y una expresión de satisfacción que solo podía significar que había resuelto algún caso complicado.
—He traído ensalada de quinoa —anunció, dejando la bolsa sobre mi escritorio—. Y antes de que protestes, también he traído albóndigas. Sé que odias comer como un conejo.
—No odio comer como un conejo —mentí—. Odio que me traten como si fuera un anciano con colesterol.
—Tienes treinta y seis años y haces chequeos médicos cada seis meses —replicó Álex, sentándose en la silla de enfrente y abriendo los envases—. Eres prácticamente un hipocondríaco.
—Soy precavido.
—Eres un controlador obsesivo —corrigió, mordiendo una albóndiga con deleite—. Pero te quiero igual.
Sonreí a pesar de mí. Álex era el único que podía permitirse hablarme así.
Nos conocíamos desde la universidad, cuando él estudiaba Derecho y yo Administración de Empresas, y habíamos compartido apartamentos, desastres amorosos y la construcción de nuestras respectivas carreras.
Él era policía, yo empresario, y aunque nuestros mundos parecían distantes, seguíamos siendo los mismos chicos que se emborrachaban los viernes y se confesaban los secretos los sábados por la mañana con resaca.
—¿Cómo va lo del nuevo gimnasio? —preguntó, cambiando de tema.
—Bien —respondí, distraído, revisando un correo en la pantalla—. La inauguración es el mes que viene. Todo va según lo previsto.
—¿Y lo de las amenazas?
Dejé el ratón y lo miré fijamente.
—¿Qué amenazas?
—El correo anónimo. La foto. ¿O ya lo has olvidado? —Álex me observó con esa mirada de policía que siempre me ponía nervioso—. Nicolás, me dijiste que habías recibido una advertencia. Y una imagen del nuevo local.
—Era un competidor desesperado —dije, encogiéndome de hombros—. Olympus está perdiendo socios a un ritmo alarmante. Es normal que intenten asustarme.
—¿Normal? —Álex dejó la tenedora—. ¿Desde cuándo es normal que entren en tu propiedad para hacer fotos?
No respondí. No tenía respuesta. La imagen del vestuario, tomada desde dentro, seguía grabada en mi memoria como una cicatriz. Alguien tenía acceso. Alguien estaba jugando conmigo.
—Hablaremos de eso después —dije, desviando la conversación—. Ahora dime, ¿cómo va lo tuyo? ¿Algún criminal peligroso por las calles de Málaga?
—Nada que no pueda manejar —sonrió él—. Aunque ayer tuvimos un caso curioso. Un robo en una tienda de deportes. Sospechoso conocido del lugar. Parece que alguien de dentro facilitó información.
—¿Por qué me cuentas esto?
—Porque el dueño es cliente tuyo —dijo Álex, encogiéndose de hombros—. Y porque me parece un patrón extraño. Primero, tu competidor; luego, robos en tiendas del sector…
—No hay conexión —corté, demasiado rápido.
Álex me miró con curiosidad, pero no insistió. En cambio, su expresión cambió, volviéndose más relajada, casi traviesa.
—Oye, ¿y la nueva recepcionista? —preguntó, de repente—. Andrea dice que es un terremoto.
Sentí que mi mano se detenía a mitad de camino hacia la boca con una cucharada de ensalada.
—¿Cómo sabes lo de ella?
—Diego no para de hablar de ella en el grupo de WhatsApp —rio Álex—. Dice que el jefe está «muy interesado». Sus palabras textuales, no las mías.
—Diego es un imbécil —gruñí.
—Y tú estás actuando como un adolescente enamorado —replicó Álex, sin inmutarse—. ¿Qué pasa, Nicolás? ¿La chica nueva te tiene loco?
—No digas tonterías —respondí, demasiado rápido de nuevo—. Es una empleada. Solo eso. Es insolente, desordenada, habla demasiado…
—Y tiene unos ojos preciosos —completó Álex, sonriendo ampliamente—. Sí, Diego también mencionó eso.
Me levanté de la silla y caminé hacia la ventana para ocultar mi expresión. No quería que Álex viera lo que mis ojos seguramente delataban: que llevaba tres días pensando en ella, en su forma de desafiarme, en esa mezcla de vulnerabilidad y fuerza que irradiaba a pesar de sí misma.
—Es complicada —dije finalmente, mirando hacia la sala de musculación donde podía verla, diminuta detrás del mostrador, atendiendo a un cliente—. No encaja aquí. Y, sin embargo, parece pertenecer de alguna forma.
—Vaya —suspiró Álex—. Eso ha sido casi poético. Definitivamente te gusta.
Me giré para replicar, para negarlo con vehemencia, pero en ese momento la puerta de la oficina se abrió sin llamar.
Sara Blanco entró como siempre lo hacía: como si el mundo fuera su pasarela particular. Llevaba un conjunto deportivo de diseño que seguramente costaba más que el alquiler de mi primer piso, su pelo moreno caía en ondas perfectas sobre sus hombros y su sonrisa era blanca, radiante y calculada.
—Nico, cariño —exclamó, cruzando la habitación en tres zancadas y abrazándome con la familiaridad de quien cree que tiene derechos sobre mi espacio personal.
—Sara —respondí, rígido, devolviendo el abrazo con torpeza—. No sabía que venías hoy.
—Sorpresa —dijo, separándose, pero manteniendo las manos sobre mis hombros—. Ayer volví de Barcelona y quería verte. Te he echado de menos.
Álex tosió discretamente desde su silla y vi cómo Sara giraba la cabeza para evaluarlo con rapidez profesional.
—Hola, Álex —dijo, con una sonrisa cordial pero distante—. ¿Sigues sin dejar que Nico coma carbohidratos?
—Él es su propio verdugo —respondió Álex, levantándose—. Yo solo traigo las albóndigas. Os dejo. Tengo que volver a la comisaría.
Se despidió con una mirada significativa en mi dirección, una de esas que decían «hablaremos de esto después», y desapareció por la puerta dejándome solo con Sara.
Sara era… complicada. Influencer de fitness con cientos de miles de seguidores, antigua amiga y algo más, durante un breve período que prefería no recordar, y una de esas personas que confundían la confianza con la posesión.
Nos habíamos conocido hacía cuatro años, cuando ella empezaba en el mundo del fitness.
Hubo algo entre nosotros durante unos meses, nada serio ni definido, pero Sara había decidido que éramos «almas gemelas del fitness» y, desde entonces, aparecía y desaparecía de mi vida según sus propios caprichos.
—¿Vamos a comer? —preguntó ella, sentándose en el borde de mi escritorio sin pedir permiso—. Conozco un sitio nuevo en el centro. Japonés. Muy saludable.
—Estoy ocupado —respondí, intentando no mirar hacia la recepción—. Tengo reuniones toda la tarde.
—Siempre estás ocupado —suspiró, pero su sonrisa no flaqueó—. Eso es lo que me gusta de ti, Nico. Eres imposible de conquistar.
No respondí. Mi atención estaba dividida: una parte escuchando a Sara hablar sobre sus últimas colaboraciones en Barcelona; la otra, la parte traicionera, observando a Melisa detrás del cristal de la oficina.
Y entonces sucedió.
Melisa levantó la vista. Sus ojos encontraron los míos a través del cristal tintado. Y luego se desviaron hacia Sara, sentada en mi escritorio, con su mano, casualmente, sobre mi hombro, sonriendo con la confianza de quien cree que tiene derecho a estar ahí.
Vi cómo el rostro de Melisa cambiaba. No fue un gesto exagerado, ni tan obvio como un ceño fruncido o una mirada de disgusto.
Fue más sutil. Una especie de cierre, como si una puerta invisible se hubiera cerrado detrás de sus ojos.
Su sonrisa profesional permaneció intacta, pero algo se apagó.
Se volvió hacia el ordenador con una rigidez nueva en los hombros.
—¿Nico? —Me llamó Sara—. ¿Me escuchas?
—Sí —mentí—. Dices que el contrato con la marca de proteínas es muy bueno.
—Eso decía hace cinco minutos —rio ella—. Ahora hablo de mi nuevo entrenador personal. Un chico de Barcelona. Muy guapo. Muy joven.
—Me alegro por ti —dije distraídamente, con la mirada fija en Melisa.
Sara se dio cuenta. Por supuesto que se dio cuenta. Ella no habría llegado donde estaba sin saber leer a las personas.
—¿Quién es? —preguntó, bajando su voz medio tono.
—¿Quién?
—La chica de recepción. La que no te quita los ojos de encima —Sara se giró para mirar hacia fuera, evaluando a Melisa con la rapidez de un escáner—. Interesante. No es tu tipo habitual.
—No es… —dejé la frase incompleta—. Es una empleada. Nada más.
—Claro —dijo Sara, y su sonrisa se volvió afilada—. Por eso la miras como si fuera la última cerveza en el desierto.
Sara se quedó una hora más, charlando, haciendo planes que yo no escuchaba, posando para fotos que subiría a sus redes con algún texto inspirador sobre «la importancia de rodearte de gente exitosa».
Cuando finalmente se marchó, prometiendo volver pronto, muy pronto, sentí que podía respirar de nuevo.
Pero cuando salí de la oficina, Melisa había cambiado.
Era sutil, casi imperceptible para cualquiera que no la observara con la frecuencia enfermiza con la que yo lo hacía, pero estaba ahí.
Su sonrisa era más fría, más profesional, más distante.
Cuando me crucé con ella en el pasillo, me saludó con un «buenas tardes, señor Castillo» que sonó como una puerta cerrándose.
—Melisa —la llamé, deteniéndome frente a ella.
—¿Sí? —respondió ella, sin mirarme a los ojos, fingiendo revisar unos papeles que seguramente no necesitaban revisión.
—¿Pasa algo?
—Nada —dijo, y por primera vez su voz no tenía música, no tenía sarcasmo, no tenía vida—. Todo perfecto. ¿Necesita algo más?
La miré fijamente, intentando alcanzar algo en ella, alguna grieta en esa armadura repentina.
—No —respondí finalmente, sintiendo la derrota como un peso en el pecho—. No necesito nada.
Ella asintió y se alejó, dejándome allí parado como un idiota, con las manos vacías y la certeza de que había perdido algo que ni siquiera sabía que tenía.
Horas más tarde, cuando el gimnasio cerraba y yo revisaba los últimos correos en mi oficina, Álex volvió a aparecer. Esta vez no traía comida, sino una expresión seria que me puso nervioso de inmediato.
—¿Qué pasa? —pregunté, cerrando el portátil.
—Necesito que me muestres el sistema de seguridad —dijo, sin preámbulos—. El del gimnasio. El de las cámaras.
—¿Por qué?
—Porque he recibido una llamada —respondió, sentándose frente a mí—. Alguien ha intentado acceder de forma remota a tu sistema de vigilancia. Hace dos horas. Desde una IP externa.
Sentí que el estómago se me hundía.
—¿Lo han conseguido?
—No —dijo Álex—. Tu firewall lo bloqueó. Pero el intento fue profesional. No fue un aficionado, Nicolás. Alguien sabe lo que hace. Alguien quiere ver qué pasa aquí dentro.
Pensé en las fotos, en los correos, en la sensación constante de ser observado. Y por primera vez, el negocio, el éxito, la expansión, todo pareció insignificante frente a la imagen de Melisa alejándose de mí con esa expresión vacía.
—Necesito que revises a todos los empleados nuevos —dije, con la voz sonando extraña en mis oídos—. Todos. Sin excepciones.
Álex me miró con curiosidad.
—¿Incluida la recepcionista?
—Todos —repetí, aunque la idea de investigar a Melisa me provocaba una sensación de traición que no podía explicar.
Álex asintió, pero antes de levantarse, me miró fijamente.
—Te gusta —dijo. No era una pregunta.
—No —respondí, automáticamente.
—Entonces deja de mirarla —dijo Álex, levantándose—. Deja de obsesionarte. Deja de actuar como un adolescente celoso. Porque si no te gusta, no tiene sentido que pierdas el tiempo pensando en ella.
Me quedé callado. No tenía respuesta. Porque Álex tenía razón y, al mismo tiempo, estaba equivocado. No era solo que me gustara. Era que me consumía. Que me desafiaba. Que me hacía sentir vivo de una forma que nada ni nadie había logrado en años.
Y ahora, encima de todo, estaba perdiéndola antes incluso de haberla tenido.
—Ve con cuidado —dijo Álex desde la puerta—. Y no solo con el tema de la seguridad. También con el corazón. Eso es más peligroso que cualquier hacker.
Cuando se fue, me quedé solo en mi oficina perfecta y vacía, mirando la pantalla negra del ordenador y preguntándome cuándo había perdido el control de todo.
Y en algún lugar del edificio, sabía que Melisa cerraría su taquilla, se prepararía para irse a casa y construiría muros que yo no sabía cómo derribar.
No estaba celoso, me repetí una última vez.
Pero mientras observaba la grabación de seguridad en la que ella sonreía a Javier Prieto con una calidez que ya no me dedicaba a mí, supe que estaba mintiendo.
Y por primera vez en mi vida controlada y disciplinada, no supe qué hacer con esa verdad.