Jefe, no te soporto Capítulo 3
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Capítulo 3

Melisa

Mi primer día completo en Castillo Fitness comenzó con la certeza absoluta de que iba a morir.

No de forma metafórica, no de «estoy tan cansada que me muero», sino de verdad.

Iba a fallecer ahí, sentada frente a un ordenador con una sonrisa congelada en la cara, mientras mi cerebro se licuaba intentando entender un programa informático que parecía haber sido diseñado en el siglo XIX por alguien que odiaba a la humanidad.

—Es muy sencillo —me había dicho Samuel esa mañana, con la paciencia de un santo y la mirada compasiva de quien sabe que está mintiendo—. Solo tienes que registrar a los clientes, gestionar las citas, controlar los pagos y mantener actualizada la base de datos.

Sonaba fácil. Todo sonaba fácil cuando lo explicaba él, con su voz tranquila y su aire de padre de familia responsable.

Pero cuando me senté frente a la pantalla y vi interminables menús, submenús, códigos de color que no significaban nada y botones que parecían dispuestos al azar por un diseñador sádico, supe que estaba condenada.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Marta, pasando por mi lado con una botella de agua en la mano.

—¿Tú sabes usar esto? —Respondí, señalando la pantalla con desesperación.

—Ni idea. Yo soy de musculación, no de informática. Pero si llegas a querer tirar el ordenador por la ventana, avísame. Me apunto al plan.

La miré con gratitud. Marta tenía esa clase de honestidad brutal que yo apreciaba.

En las dos horas que llevaba allí, ya había descubierto que no soportaba a los clientes que se hacían los interesantes, que tomaba café sin azúcar para no ablandar el carácter, y que tenía una colección de memes de gatos en el móvil que consultaba cuando nadie la veía.

—Eres mi nueva persona favorita —dije, suspirando.

—No me conoces lo suficiente —replicó ella, pero sonrió.

Intenté concentrarme de nuevo en el programa.

Samuel había vuelto a la sala de musculación, dejándome con un manual de instrucciones que parecía escrito en mandarín.

Llevaba veinte minutos intentando registrar la entrada de un cliente cuando este se acercó al mostrador con una sonrisa amable y una pregunta terrible.

—Disculpa, ¿podrías explicarme cómo funciona la máquina de press de piernas? Es nueva y no sé cómo ajustar el asiento.

Lo miré. Luego miré la máquina en cuestión, que parecía un artefacto de tortura medieval diseñado por ingenieros con demasiado tiempo libre. Tenía palancas, cables, números y una advertencia en rojo que decía «Consulte a su médico antes de usar».

—Por supuesto —mentí, con la voz más dulce que pude poner—. Un momento.

Cogí el teléfono interno y llamé a Samuel suplicando auxilio con la mirada. Él llegó en menos de un minuto, rescatándome con la elegancia de quien ha visto demasiadas veces a recepcionistas a punto de llorar frente a los equipos de gimnasio.

—Melisa aún está en formación —le explicó al cliente, ajustando la máquina con movimientos expertos—. Para cualquier duda técnica, pueden consultarnos directamente a los monitores.

Cuando el cliente se fue, Samuel me dedicó una sonrisa comprensiva.

—No pasa nada. Nadie nace sabiendo. En una semana lo manejarás como una experta.

—¿Y si no es así? —pregunté, solo medio en broma.

—Entonces fingiremos que sí hasta que lo sea. Eso es lo que hacemos todos, ¿no?

Su optimismo era contagioso. Samuel tenía treinta y tres años, era rubio, de ojos azules y llevaba una alianza en el dedo que tocaba cada cinco minutos, como si temiera que hubiera desaparecido.

Me contó que tenía una hija de cuatro años, Lucía, y que trabajaba allí desde la inauguración.

Era el tipo de hombre que te hacía sentir tranquila solo con su presencia, lo cual era una bendición en un lugar donde todo el mundo parecía moverse a cámara rápida.

Para mediodía, ya había cometido siete errores en el sistema, había colgado dos llamadas por accidente y había servido café a un cliente que solo pedía agua.

Pero también había conseguido hacer reír a tres personas con mi torpeza, había reorganizado de nuevo la recepción a mi gusto pese a las miradas de reproche imaginadas de Nicolás, y había sobrevivido.

—Estás hecha un desastre —dijo Andrea, apareciendo a la hora de comer con dos bocadillos de jamón—. Pero un desastre adorable.

—Odio los ordenadores —respondí, mordiendo con el entusiasmo de quien no desayuna desde el día anterior—. Odio las máquinas de gimnasio. Odio el deporte en general. ¿Cómo es posible que me haya metido en esto?

—Porque necesitas pagar el alquiler —recordó ella, sentándose en la silla de clientes frente al mostrador—. Y porque, aunque no lo quieras admitir, te estás divirtiendo.

La miré con sospecha, pero no pude negarlo.

Había algo en el caos, en la necesidad de improvisar, en la gente que entraba y salía con sus historias y sus sudores, que me mantenía alerta.

No me daba tiempo de pensar en otras cosas.

En Madrid. En Gabriel. En esa noche que seguía acechándome en los momentos de silencio.

—¿Y el jefe? —preguntó Andrea, arqueando una ceja—. ¿Sigue siendo insoportable?

—Peor —suspiré—. Hoy me ha mirado como si fuera un error de la naturaleza. Creo que está convencido de que voy a destruir su imperio desde la recepción.

—Puede que lo hagas —sonrió ella—. Eres muy destructiva cuando te propones algo.

La tarde trajo consigo una oleada de clientes que me mantuvo ocupada hasta el punto de olvidar que existía un mundo exterior.

Había aprendido ya a distinguir a los habituales de los esporádicos: los primeros entraban con una determinación militar, saludaban con la cabeza y sabían exactamente dónde estaba todo; los segundos miraban a su alrededor con pánico, como ovejas perdidas en un matadero de acero inoxidable.

Fue durante una de estas oleadas de esporádicos cuando apareció Javier Prieto.

Lo supe incluso antes de que abriera la boca.

Tenía ese aire de empresario exitoso que se traduce en un reloj caro, zapatos impecables y la seguridad de quien nunca ha escuchado un «no» en toda su vida.

Alto, moreno, musculoso de esa forma que sugiere «tengo dinero para entrenadores personales», se acercó al mostrador con una sonrisa que seguramente funcionaba en el noventa por ciento de las mujeres con las que se cruzaba.

—Hola, preciosa —dijo, apoyándose en el mostrador con una familiaridad excesiva—. ¿Eres la nueva?

—La misma —sonreí.

—Javier Prieto. Pero puedes llamarme Javi. O lo que prefieras, la verdad.

Su tono era amistoso, pero había algo en su mirada evaluadora que me puso incómoda. No de la forma grave, sino de la forma en que me ponían nerviosa ciertas situaciones desde Madrid, sino de esa forma sutil que te dice «este tipo cree que está haciéndote un favor al flirtear contigo».

—Perfecto, señor Prieto —dije, manteniendo el tono profesional—. Encantada de conocerle. ¿Es socio ya o puedo ofrecerle alguna de nuestras tarifas?

—¿Cuál me recomendarías tú? —Inclinó la cabeza, intentando establecer contacto visual que yo evité mirando la pantalla.

—Depende de sus objetivos —respondí—. Si quiere venir a hacer flexiones delante del espejo y mirarse el bíceps, la básica le vale. Si quiere entrenar de verdad, la premium. Y si quiere que le llevemos las toallas a la sauna, la VIP.

Javier soltó una carcajada, genuina esta vez.

—Me gustas. Tienes labia. Soy socio desde hace tiempo, pero estoy seguro de que harás que muchos nuevos se unan al gimnasio. ¿Sales a tomar algo después del trabajo?

—Salgo corriendo —respondí, sin pensarlo—. Tengo una condición médica grave llamada «odio quedarme donde no me pagan». Es muy triste, de verdad. Hay maratones benéficas y todo.

—Podría curarte —insistió, sin darse por vencido—. Conozco un sitio estupendo cerca de aquí. Cócteles, buena música…

—Y probablemente una cuenta corriente que se resiente —terminé yo, sonriendo—. Lo siento, señor Prieto. Soy alérgica a los cócteles caros y a los hombres que usan relojes de más de mil euros para impresionar a recepcionistas sin dinero.

Su expresión cambió, pasando de la sorpresa al divertimento.

—Eres diferente —dijo, casi para sí mismo—. Me gusta.

—Soy única —corregí—. Como todo el mundo. Ahora, si me disculpa, tengo que salvar el mundo un cliente a la vez.

Cogió su bolsa de deporte con una sonrisa derrotada pero interesada y se alejó hacia la zona de vestuarios. Negué con la cabeza, sonriendo a pesar de mí. Al menos tenía sentido del humor.

—Eso ha estado bien —dijo Marta, apareciendo a mi lado con dos cafés—. Javier es de los pesados. Viene de otro gimnasio de la zona. Cree que es el rey del mambo.

—¿Lo conoces?

—Vino a una fiesta de Navidad hace dos años. Intentó ligar conmigo. Le dije que prefería los hombres con menos ego y más cerebro. No se lo tomó bien.

Chocamos los vasos de café en un brindis silencioso por la solidaridad femenina.

—¿Y tú? —preguntó Marta, de repente—. ¿Tienes novio?

La pregunta me pilló desprevenida. El aire se me atragantó un segundo, y tuve que recordarme a mí misma que respirar era una función automática.

—No —dije finalmente, forzando la voz a mantenerse estable—. No estoy en ese momento de mi vida.

—Entendido —asintió ella, sin presionar—. Solo curiosidad. Porque Diego tiene una apuesta con Samuel sobre cuánto tardarás en salir con alguien del gimnasio.

—¿Una apuesta? —Repetí, incrédula.

—Diego es así. Apuesta sobre todo. Ya ha perdido cincuenta euros con lo de que no durarías una semana. Creía que Nicolás te echaría antes del miércoles.

—Qué optimista.

—Diego vive en un mundo de arcoíris —suspiró Marta—. Pero ten cuidado. Nicolás… bueno, Nicolás es complicado. No le gustan las relaciones personales entre empleados, pero lo que menos le gusta es que los clientes se acerquen demasiado a su personal.

—¿Su personal? —Repetí, arqueando una ceja—. ¿Somos propiedad privada?

—Para él, sí. Es muy protector. O posesivo. Dependiendo de cómo se mire.

Antes de que pudiera responder, una sombra se proyectó sobre el mostrador. No hacía falta girarse para saber quién era. Sentía su presencia como una bajada de tensión en el ambiente, como cuando el cielo se pone gris antes de la tormenta.

—¿Todo bien? —preguntó Nicolás, su voz profunda rozando lo gutural.

Me giré. Estaba allí, imponente como una estatua malhumorada, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que habría hecho llorar a un niño pequeño.

—Todo perfecto —respondí, con mi sonrisa más brillante—. Iba a registrar a un nuevo socio VIP, pero él ya es socio.

—He visto cómo lo ha hecho —dijo, sin devolverme la sonrisa—. Ha tardado veinte minutos.

—Ha tardado veinte minutos en intentar ligar conmigo —corregí—. La información que le he dado ha sido rápida. Soy eficiente incluso bajo presión.

Nicolás apretó la mandíbula. Ese gesto ya empezaba a resultarme familiar, casi reconfortante. Era su forma de reprimir el deseo de estrangular a alguien.

—No tiene que sonreírle a todo el mundo —dijo, bajando la voz.

Lo miré, confundida.

—¿Perdón?

—A los clientes. No tiene que ser tan… —buscó la palabra— accesible.

—¿Accesible? —Repetí, sintiendo que la irritación subía por mi espalda como una marea—. ¿O quiere decir «amable»? Porque es literalmente mi trabajo, señor Castillo. Mi trabajo es sonreír, ser amable y hacer que la gente quiera volver. ¿O prefiere que gruña como usted y ahuyente a los socios?

Sus ojos se estrecharon peligrosamente. Ese gris verdoso que tenía se oscureció hasta parecer casi negro.

—No pierda el tiempo con clientes que solo buscan… —hizo una pausa incómoda— otra cosa.

—¿Otra cosa? —Repetí, cruzando los brazos—. ¿Podría ser más específico? Porque a mí me ha parecido que buscaba una tarifa de gimnasio, pero quizás he perdido la capacidad de leer mentes desde que dejé de cobrar la prestación.

Nicolás respiró hondo, como si contara mentalmente hasta diez. Vi cómo sus hombros subían y bajaban, cómo sus manos se relajaban a los lados del cuerpo.

—Solo haga su trabajo —dijo finalmente, girándose para marcharse—. Y no… no se distraiga.

—¡No se preocupe! —Grité a su espalda—. Soy una máquina de eficiencia. ¡Un robot de recepción! ¡ Beep boop !

Marta, que había observado toda la escena desde la sombra, se acercó de nuevo con una expresión de puro divertimento.

—Eso ha sido épico —dijo—. Nadie le habla así. Nadie.

—Pues deberían —murmuré, sintiendo que el corazón me golpeaba las costillas con fuerza—. Es insoportable.

—Es celoso —corrigió ella, encogiéndose de hombros.

Me giré hacia ella, sorprendida.

—¿Celoso? ¿De qué?

—De Javier. De que le sonrieras. De que le hablaras. De que existas y no sea él quien… —se detuvo, negando con la cabeza—. Olvídalo. Solo es una observación.

—Estás loca —dije, pero sentí un escalofrío extraño recorriendo mi espalda.

El resto de la tarde pasó en un borrón de clientes, teléfonos y el intento constante de no mirar hacia la zona de musculación donde sabía que Nicolás estaba.

Pero era imposible. Cada vez que levantaba la vista, sentía su mirada sobre mí, pesada, intensa, como un peso físico que me empujaba hacia abajo.

Cuando cerraron las puertas a las diez de la noche, me quedé sola organizando los últimos papeles. El gimnasio quedó en silencio, solo interrumpido por el zumbido de las luces led y el sonido distante de la calle. Suspiré, masajeándome la nuca.

Y entonces lo vi.

En la pantalla de seguridad instalada en recepción, se podía ver la grabación de las cámaras. Y allí, en el ángulo que enfocaba el mostrador, había una imagen congelada desde hacía horas.

Nicolás. De pie junto a la columna de la entrada, parcialmente oculto por una planta decorativa. Mirando fijamente hacia donde yo estaba. Hacia donde Javier Prieto me había estado hablando.

La marca de tiempo en la esquina marcaba las seis y cuarto. Veinte minutos antes de que se acercara a hablarme. Veinte minutos durante los cuales había estado allí, observando, escuchando, sin intervenir.

Contemplé la imagen durante largos segundos, sintiendo cómo se me erizaba la piel en los brazos.

No era solo que me hubiera visto con Javier.

Era lo que había estado mirando durante todo ese tiempo.

Que había elegido quedarse en las sombras, observando, antes de acercarse con su advertencia de no sonreír demasiado.

Guardé el bolso y salí del gimnasio con la sensación de estar siendo observada, aunque no hubiera nadie. La calle de Málaga estaba iluminada por las farolas, cálida y viva, pero yo sentí un frío extraño en el pecho.

Nicolás Castillo me observaba. Me estudiaba. Y lo peor de todo era que, mientras caminaba hacia mi piso con el corazón todavía acelerado, no sabía si eso me aterrorizaba…

O si, en el fondo de mi ser, dañado y desconfiado, me excitaba.