Jefe, no te soporto Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

«Todavía estás a tiempo de no abrir.»

Me quedé mirando la pantalla durante varios segundos, procesando.

Luego reí. Una risa seca, amarga. Amenazas anónimas.

El deporte favorito de la competencia desesperada.

Samuel tenía razón: Olympus estaba nervioso.

O algún otro gimnasio de la zona que veía cómo les arrebataba el mercado.

Era normal. Lo había visto antes, aunque nunca tan explícito.

Borré el correo y lo atribuí a un competidor cobarde.

Tenía cosas más importantes en las que pensar.

Como el hecho de que, al pasar por la zona de cardio veinte minutos después, vi a Melisa riendo con Diego junto a las cintas de correr.

Él le decía algo al oído y ella echaba la cabeza hacia atrás, soltando esa risa que ya empezaba a reconocer, esa que iluminaba todo su rostro y transformaba sus ojos de miel en algo brillante y cálido.

No entendía por qué me molestaba tanto verlos juntos. Diego coqueteaba con todo lo que se movía; era su naturaleza, inofensiva y constante como la marea. Y Melisa… bueno, Melisa era una empleada nueva, nada más. Una empleada problemática y sarcástica que me desafiaba con cada palabra.

Pero verla reír con él, ver cómo su mano le tocaba el brazo a Diego mientras compartían algún chiste, me provocó una sensación extraña en el pecho. Un apretón incómodo que no tenía nombre. Celos, quizás. Pero ¿celos de qué? No la conocía. No la soportaba. No quería tener nada que ver con ella.

Me alejé de la escena antes de que pudieran verme y me encerré en mi oficina, enfadado conmigo mismo. Estaba actuando como un adolescente hormonal. Necesitaba centrarme en lo importante: el nuevo gimnasio, la expansión, el éxito. No en una recepcionista con ojos de color miel y lengua afilada.

Pasé el resto de la mañana sumergido en papeleo, ignorando conscientemente los sonidos que provenían de la recepción. Al mediodía, cuando salía a tomar algo de aire, me crucé con Álex en el vestíbulo. Estaba sudoroso, con una toalla al cuello, y me hizo un gesto para que esperara.

—¿Tienes un minuto? —preguntó, y su expresión habitualmente relajada ahora estaba seria.

—¿Pasa algo? —pregunté, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.

—No estoy seguro. Es sobre el nuevo local. ¿Podemos hablar en tu oficina?

Volvimos arriba. Álex cerró la puerta, algo que nunca había hecho, y se sentó frente a mí.

—He oído cosas en la calle —dijo, bajando la voz—. Rumores sobre el nuevo gimnasio. Alguien está haciendo preguntas. Demasiadas preguntas. Sobre horarios, seguridad y la llegada de los equipos nuevos.

—Competencia —dije, encogiéndome de hombros—. Acabo de recibir un correo anónimo amenazante. Es normal.

Álex negó con la cabeza.

—Esto no es normal, Nicolás. Cuidado, ¿vale? No te fíes de nadie nuevo. Ni empleados, ni proveedores, ni nadie.

Pensé en Melisa, en su llegada inesperada, en su actitud desafiante. Pero inmediatamente descarté la idea. Era absurda. Paranoica.

—Estás exagerando —dije.

—Espero que sí —respondió Álex, levantándose—. Pero si algo te parece raro, llámame. Inmediatamente.

Se fue, dejándome con una inquietud que no logré sacudirme durante todo el día. Volví a mi ordenador distraído para revisar el correo del nuevo gimnasio. Y entonces lo vi.

Otro mensaje. Mismo remitente anónimo. Esta vez con un archivo adjunto.

Lo abrí.

Era una fotografía. El nuevo local, el Castillo Fitness II que aún estaba en obras. La imagen mostraba el interior del edificio, la zona de vestuarios que aún no estaba terminada. Pero lo que me heló la sangre no era el lugar. Era el ángulo de la foto.

La habían tomado desde dentro.

Desde el interior del local cerrado, donde no debería haber nadie.

Miré la pantalla durante largos segundos, sintiendo cómo la seguridad que tanto me había costado construir se resquebrajaba como un muro de arena.

Alguien estaba dentro. Alguien que tenía llave. O alguien que sabía cómo entrar.

Y lo peor: alguien que quería que yo lo supiera.

Guardé la foto en un archivo seguro y cerré el ordenador, mirando hacia la recepción donde Melisa atendía el teléfono con esa voz cantarina que ya empezaba a reconocer.

¿Cuánto sabía ella? ¿Por qué había aparecido justo ahora?

Negué con la cabeza, enfadado con mi propia sospecha. Era absurdo. Melisa era solo una chica sin trabajo que necesitaba pagar el alquiler. No tenía nada que ver con esto.

Pero mientras observaba cómo sonreía a un cliente, cómo sus ojos brillaban con esa mezcla de ironía y calidez que ya empezaba a obsesionarme, no pude evitar preguntarme si Álex tenía razón.

No debía fiarme de nadie nuevo.

Y, sin embargo, ya era demasiado tarde para aplicar esa regla a Melisa Serrano. Porque algo en mí, algo que llevaba años dormido, ya había despertado con su llegada. Y no sabía si eso me convertía en un tonto o en un hombre condenado.

Lo único que sabía era que, por primera vez en años, sentía algo más allá de la rutina y el control.

Y eso me aterrorizaba más que cualquier fotografía anónima.