Jefe, no te soporto Capítulo 2
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Capítulo 2

Nicolás

Llegué al gimnasio aquella mañana con la precisión de un reloj suizo y el humor de un oso recién despertado de la hibernación.

Eran las siete y media de la mañana, la hora que consideraba perfecta para empezar cualquier jornada digna de ese nombre.

El sol de julio ya apretaba con fuerza contra los cristales tintados de Castillo Fitness, y yo llevaba mi café americano en la mano derecha y la determinación de que aquel día sería productivo en la izquierda.

Todo iba según lo previsto hasta que crucé la puerta de recepción.

Me detuve en seco, parpadeando como si de pronto hubiera entrado en el gimnasio equivocado.

El mostrador blanco, que ayer había estado ordenado con la precisión militar que yo exigía, ahora lucía…

diferente. Había una planta. Una planta real, con hojas verdes y todo, en la esquina derecha.

Los folletos informativos, que yo mantenía apilados por categorías y colores, ahora descansaban en una cesta de mimbre que no recordaba haber comprado.

Y el peor detalle: una pequeña pizarra con letras de colores anunciaba «¡Buenos días!

¿Qué tal llevas la semana?» junto a un dibujo de un sol sonriente que parecía burlarse de mí.

—¿Qué demonios…? —murmuré, dejando el café sobre el mostrador con más fuerza de la necesaria.

—Buenos días, jefe —respondió una voz a mi espalda que me hizo girar con la rapidez de un resorte.

Melisa estaba allí, sonriendo como si acabara de ganar la lotería en lugar de cometer vandalismo en mi recepción.

Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta blanca con el logo del gimnasio que yo no recordaba haberle dado y su pelo castaño caía en ondas desordenadas que le daban un aspecto como si acabara de levantarse, a pesar de que eran casi las ocho.

En su mano sostenía un bote de agua con una pajita de colores.

—¿Ha reorganizado la recepción? —pregunté, intentando mantener la voz en un tono civilizado.

—He humanizado la recepción —corrigió ella, dándole un sorbo a su bebida—. Antes parecía la sala de espera de un dentista soviético. Ahora, al menos, los clientes no entran con miedo.

—A los clientes no les debe dar miedo. Les debe dar respeto.

—El respeto se gana, no se impone con la estética de un hospital privado —replicó, ajustando la planta con un gesto que me indicó que aquella aberración botánica se quedaría allí para siempre—.

Además, Andrea me dijo que sería mi responsabilidad directa mantener la zona de recepción.

Asumo que eso incluye las decisiones decorativas.

Apreté la mandíbula. Andrea. Por supuesto. Mi monitora estrella y su necesidad de convertir todo en un reality show .

—Soy yo quien decide qué es responsabilidad directa y qué no —dije, intentando recuperar el control de la situación—. Y, por cierto, llega cinco minutos tarde.

Melisa consultó un reloj inexistente en su muñeca.

—Según mi reloj biológico, llego exactamente a la hora en la que mi cerebro funciona. Antes sería peligroso para la salud pública.

La miré fijamente. Había algo en ella, en esa forma de desafiarme con una sonrisa, en esa actitud de quien no tiene nada que perder, que me resultaba…

irritante. Extremadamente irritante. Y, lo peor de todo, familiar.

Como si reconociera en ella algo que yo mismo había intentado enterrar hacía años: la desesperación disfrazada de desfachatez.

—Necesito que entienda algo, Serrano —dije, bajando la voz—. Este gimnasio es mi vida. He construido este lugar desde cero, metro a metro, con sudor y sangre. No tolero que nadie, y menos una recepcionista recién llegada, cambie las reglas sin mi permiso.

La sonrisa de Melisa no flaqueó, pero vi algo en sus ojos. Un destello de… ¿herida? ¿Reconocimiento? Fugaz, inmediatamente enmascarado por el sarcasmo.

—Entendido, jefe —dijo, con un deje exagerado de sumisión—. No volverá a ocurrir. La planta se va. La cesta se va. El sol sonriente se va. ¿Quiere que ponga también una foto suya en blanco y negro para que la gente sepa quién manda?

—Solo haga su trabajo —gruñí, girándome para dirigirme a mi oficina.

—¡Por cierto! —gritó a mi espalda—. ¿Tiene hermanos?

La pregunta me detuvo. Me giré, desconcertado.

—¿Perdón?

—Es que tiene pinta de haber sido el niño al que nunca le dejaban jugar con los demás —explicó, encogiéndose de hombros—. Solo por curiosidad.

Entré en mi oficina y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria, negándome a darle la satisfacción de una respuesta. Me dejé caer en mi silla y respiré hondo, mirando el techo blanco e impersonal de mi despacho.

Treinta y seis años. Diez de ellos dedicados a construir Castillo Fitness desde cero.

Mi padre, aquel hombre autoritario que creía que la debilidad era un defecto de fábrica, se habría reído de mí por dejar que una recepcionista de metro sesenta y pico me sacara de quicio en cinco minutos.

Pero mi padre estaba muerto, llevaba cinco años enterrado, y yo seguía aquí, intentando demostrar que podía ser mejor que él sin convertirme en su copia exacta.

Abrí el cajón de mi escritorio y saqué la foto que guardaba allí.

Mi madre, sonriente y radiante, el día de la inauguración del gimnasio.

Había muerto dos años después, cuando el éxito ya era una realidad y ella ya no podía disfrutarlo.

El cáncer se la llevó rápido, silencioso, como suele hacerlo.

Mi padre nunca entendió por qué quise abrir un gimnasio.

Para él, el deporte era una obligación militar, no un negocio.

Pero yo había visto algo que él no vio: la gente necesitaba un lugar donde sentirse fuerte, donde reconstruirse. Yo lo necesitaba.

Guardé la foto y encendí el ordenador. El éxito de Castillo Fitness no había sido casualidad.

Era el resultado de una disciplina extrema, de horarios inhumanos y de no permitirme ni un solo día de descanso durante diez años.

Había empezado con un local pequeño en el centro, un préstamo bancario que me costó años pagar y la certeza de que no tenía un plan B.

Ahora tenía cincuenta empleados, más de dos mil socios y estaba a punto de inaugurar un segundo centro en la zona este de la ciudad.

El Castillo Fitness II, como lo llamaba yo en privado, representaba todo lo que había soñado: más grande, más moderno, más exclusivo.

Y, sin embargo, en ese momento, lo único que ocupaba mi cabeza era una recepcionista insolente con una planta asesina en la mano.

Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. Diego entró sin esperar permiso, como solía hacer, con esa sonrisa de lobo que le caracterizaba.

—Oye, jefe —dijo, dejándose caer en la silla de enfrente—. ¿Ya has visto a la nueva?

—He visto a la nueva —respondí, intentando sonar indiferente—. Y también he visto que ha reorganizado la recepción sin permiso.

Diego soltó una carcajada que resonó en las paredes acristaladas.

—Dios, te ha calado en tres minutos. Eso es un récord mundial, incluso para ti.

—No sé de qué hablas.

—Por supuesto que sí. Esa chica te ha leído el cartucho en el momento en que has entrado. Te ha visto venir desde la puerta. Sabe exactamente cómo sacarte de quicio y lo está haciendo a propósito. Es… —hizo una pausa— magnífica.

—Es insolente —corregí—. Y necesita aprender quién manda aquí.

—O quizás tú necesitas aprender a relajarte —sugirió Diego, encogiéndose de hombros—. Llevas diez años siendo el rey del castillo, Nicolás. A veces los reyes necesitan un bufón que les recuerde que no son dioses.

—Fuera de mi oficina —dije, señalando la puerta, aunque sentía que mi propia boca intentaba esbozar una sonrisa.

Diego se levantó, pero antes de salir se giró.

—Ah, por cierto. Álex ha venido esta mañana. Está abajo haciendo pesas.

Álex, mi mejor amigo desde la universidad, que ahora era policía en la comisaría de Málaga.

Llevábamos veinte años de amistad, atravesando todo: desde exámenes suspendidos hasta divorcios en su caso y fracasos empresariales en el mío, antes del éxito.

Era el único que podía decirme verdades sin que yo le echara de mi vida, y también uno de los clientes más antiguos del gimnasio.

Venía a entrenar casi todos los días, no tanto por el físico, que ya lo tenía, sino por la rutina, por la necesidad de golpear algo sin ir a la cárcel por ello.

—Luego le veré —respondí—. Y Diego… —le llamé cuando ya estaba en la puerta—. Dile a la nueva que si vuelve a mover algo de la recepción sin mi permiso, puede empezar a buscar trabajo en otro sitio.

Diego asintió, pero su sonrisa decía exactamente lo contrario.

Media hora después, estaba en la sala de reuniones con mi equipo directivo revisando los planes del nuevo centro.

Samuel, mi gerente, mostraba proyecciones en la pantalla mientras yo intentaba concentrarme en los números y no en la risa que provenía de la recepción.

Una risa clara, cristalina, que se colaba por las rendijas de la puerta como si tuviera vida propia.

—¿Nicolás? —Me llamó Samuel—. ¿Estás con nosotros?

—Sí —mentí, forzando la atención de vuelta a los porcentajes de ocupación—. Continúa.

—Decía que la inauguración está prevista para el quince de agosto. Tenemos trescientos socios ya apuntados en la lista de espera. La competencia está nerviosa, sobre todo el gimnasio Olympus de la zona. Han bajado drásticamente los precios este mes.

—Bien —dije, masajeándome las sienes—. Eso significa que les preocupamos. Mantened la información del nuevo centro bajo llave hasta la inauguración. No quiero filtraciones.

—¿Crees que intentarán algo? —preguntó Marta, que había entrado sin hacer ruido.

—La competencia siempre intenta algo —respondí—. Pero estamos preparados.

Terminamos la reunión y volví a mi oficina con la intención de revisar contratos. Fue entonces cuando vi el correo electrónico.

Estaba en mi bandeja de entrada, remitente desconocido, asunto en blanco. Lo abrí sin pensar, creyendo que era spam. El mensaje era breve, escrito en una tipografía sencilla: