Capítulo 1 #2
El interior del gimnasio me dejó sin aliento.
No era solo un gimnasio; era un templo del cuerpo perfecto.
Máquinas de última generación brillaban bajo luces led cálidas, una piscina interior de agua cristalina relucía al fondo, y el olor a limón y eucalipto flotaba en el aire en lugar del habitual sudor rancio de otros gimnasios que había conocido.
Había una amplia zona de recepción, con un mostrador blanco de diseño minimalista y ordenadores con pantalla táctil.
—Impresionante, ¿verdad? —dijo Diego, haciendo una reverencia teatral—. Bienvenida al imperio de Castillo. Aquí es donde los mortales sueñan con tener abdominales y los ricos pagan por fingir que los tienen.
—¿Dónde está el dueño? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.
—Llegará en cualquier momento —respondió Marta, ajustando unas pesas en la zona de musculación—. Prepárate. Nicolás no es… convencional.
Nicolás. Así que ese era su nombre. Nicolás Castillo. Sonaba a alguien importante, rico, arrogante. Sonaba a problemas.
Y entonces la puerta se abrió.
No sé por qué esperaba a un hombre bajito, con barriga cervecera y aire de funcionario frustrado. Quizás porque, en mi imaginación, siempre eran así los dueños de cadenas de gimnasios: tipos que habían hecho dinero vendiendo ilusiones a desesperados.
Nicolás Castillo destrozó ese estereotipo en el segundo exacto en que cruzó el umbral.
Era alto. Muy alto. Metro ochenta y nueve, calculé mentalmente, aunque probablemente redondeaba por abajo.
Vestía un polo negro ajustado que dejaba entrever unos hombros anchos capaces de sostener el mundo, y unos pantalones de deporte grises que colgaban de unas caderas estrechas con injusta elegancia.
Su cabello era negro, ligeramente largo en la parte superior, despeinado de esa manera calculada que seguramente le llevaba veinte minutos conseguir.
Y su rostro… su rostro era de esos que hacen que las mujeres dejen de respirar sin permiso.
Pero fue su expresión la que me hizo recuperar el aliento con un resoplido indignado. Me miraba como si fuera una mancha en su suelo de mármol perfecto. Sus ojos, de un gris verdoso que recordaba al mar antes de la tormenta, me evaluaron de arriba abajo con una frialdad que me erizó la piel.
—Usted debe ser la candidata —dijo. Ni siquiera era una pregunta.
—Y usted debe ser el hombre que no sabe sonreír —respondí, antes de poder contenerme.
Diego soltó una carcajada que ahogó rápidamente con una tos fingida. Marta levantó una ceja, impresionada. Y Nicolás Castillo… bueno, Nicolás Castillo me miró como si acabara de crecerle una segunda cabeza.
—La puntualidad es importante —dijo, ignorando mi comentario.
—Perfecto —respondí, enderezando los hombros—. Entonces empezamos mal los dos, porque usted tampoco estaba sonriendo cuando entré.
Hubo un segundo de silencio absoluto. Un segundo en el que algo pasó entre nosotros, una chispa eléctrica que no tenía nada que ver con la atracción y todo que ver con la guerra.
Vi cómo sus ojos se estrechaban peligrosamente, cómo su mandíbula se tensaba, cómo aquella cicatriz diminuta junto a su ceja derecha se marcaba con más intensidad.
—Mi oficina —dijo finalmente, girándose—. Cinco minutos. Y traiga su currículum, no su sarcasmo.
—Lo siento —mentí, siguiéndolo—. El sarcasmo viene incluido. No hay opción de devolución.
Diego me hizo un gesto de ánimos con el pulgar mientras Marta negaba con la cabeza, sonriendo a pesar de sí misma.
La oficina de Nicolás era tan impersonal como él. Madera oscura, cristal, una mesa enorme completamente vacía salvo por un portátil cerrado. Ni fotos, ni plantas, ni ningún rastro de humanidad. Se sentó detrás del escritorio y me señaló una silla con un gesto seco.
—Siéntese.
—Preferiría estar de pie. Me da un mejor ángulo para el sarcasmo.
Por primera vez, casi vi algo en su expresión. Casi. Un destello de… ¿divertimento? ¿Irritación? Imposible de decir. Se desvaneció tan rápido que podría haberlo imaginado.
—Andrea dice que es trabajadora —dijo, abriendo una carpeta que supuse que contenía mi currículum, escueto y triste—. Que es inteligente. Que necesita el trabajo desesperadamente.
—Andrea habla demasiado —murmuré.
—¿Por qué quiere trabajar aquí? —preguntó, sin levantar la vista.
La verdad estaba en la punta de mi lengua: «Porque me gusta comer tres veces al día y, últimamente, me estaba resultando complicado». Pero algo en su actitud autoritaria, en su forma de mirarme desde arriba como si fuera una mosca, hizo que mi orgullo se encendiera como un resorte.
—Porque me encanta el fitness —mentí con una sonrisa dulce—. Desde pequeña sueño con rodearme de gente sudada levantando pesas. Es mi pasión.
Nicolás levantó la vista. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo querer mirar hacia otro lado, pero me negué a darle esa satisfacción.
—Miente —dijo, simple y llanamente.
—Terriblemente —confirmé—. Pero lo hago con entusiasmo.
Se quedó en silencio, estudiándome. Yo le devolví la mirada, negándome a intimidarme.
Había pasado por cosas peores que un empresario arrogante con complejo de superioridad.
Había sobrevivido a Madrid. Había sobrevivido a Gabriel.
Había sobrevivido a noches enteras sin poder dormir, a pesadillas que me despertaban gritando, a la sensación de que mi propia piel me quedaba pequeña.
Este hombre, con su traje deportivo de marca y su mirada de hielo, no podía hacerme daño.
—La contrato —dijo finalmente.
Parpadeé, sorprendida.
—¿Perdón?
—Empieza mañana. A las ocho. Traiga ropa cómoda y ganas de trabajar. Y, Serrano… —se levantó, extendiendo la mano por primera vez—. Soy exigente. Muy exigente. Si no cumple con mis estándares, se irá sin miramientos.
Miré su mano. Grande, fuerte, con los nudillos ligeramente marcados. La mano de alguien que había trabajado duro, no solo la de alguien que había heredado el éxito. La estreché. Su piel era cálida, sorprendentemente cálida, en contraste con su actitud.
—Y yo soy insoportable cuando me dan órdenes absurdas —respondí, sin soltar su mano—. Así que ya sabe en qué se mete.
Nos miramos. El aire acondicionado zumbaba suavemente entre nosotros, pero de alguna manera, la temperatura en la habitación parecía haber subido diez grados.
Había algo en la forma en que me miraba, una mezcla de irritación y…
¿reconocimiento? Como si viera algo en mí que yo misma intentaba ocultar.
—Nos arrepentiremos los dos —dijo, soltando mi mano lentamente.
—Perfecto —repliqué, sonriendo por primera vez de verdad—. Ya tenemos algo en común.
Salí de su oficina con la cabeza alta y el corazón golpeando contra mis costillas de una forma que no tenía nada que ver con el miedo y todo que ver con algo mucho más peligroso.
Algo me decía que acababa de cometer un error terrible.
Algo me decía que Nicolás Castillo iba a ser mi ruina.
Y por primera vez en dos años, sentí que tal vez valía la pena arriesgarse a arder.