Jefe, no te soporto
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Capítulo 1
Melisa
Me desperté aquella mañana con la certeza absoluta de que mi cuenta bancaria estaba tan vacía como mi nevera.
No hacía falta ser vidente para saberlo; llevaba dos semanas haciendo cálculos que habrían avergonzado a Einstein, intentando estirar cien euros como si fueran chicle.
Pero el chicle se había roto. O, mejor dicho, se había agotado.
Saqué el móvil de debajo de la almohada, mi único sistema de despertador desde que vendí el reloj hacía ya seis meses, y abrí la aplicación del banco. El número que apareció en pantalla me hizo soltar una carcajada tan amarga que hasta a mí me sorprendió.
Ciento doce euros y treinta y cuatro céntimos. Eso era todo lo que quedaba a mis veintiocho años de existencia. Bueno, eso y un pisito de cuarenta y cinco metros cuadrados en el centro de Málaga que, para ser justos, empezaba a parecerse sospechosamente a una celda dorada.
— Patatas, arroz y dignidad —dije en voz alta, mirando el techo descolorido—. Eso es una dieta equilibrada, Melisa. Los nutricionistas modernos lo recomiendan.
La dignidad, por supuesto, era el ingrediente más difícil de digerir.
Sobre todo, cuando acababa de recibir un mensaje de María, mi vecina del quinto, que me confirmaba lo que ya temía: el traslado de su marido a Valencia era inminente.
Adiós a cuidar a la pequeña Sofía. Adiós a los doscientos euros mensuales que me salvaban de la desesperación absoluta.
Adiós a la única rutina que me mantenía cuerda desde que había vuelto a esta ciudad.
Apagué la pantalla y me quedé mirando la habitación.
La luz de julio se colaba por las persianas medio rotas, dibujando rayas doradas sobre la cómoda de mi madre.
Esa cómoda antigua de madera oscura que había sobrevivido a tres mudanzas, a una viudez prematura y ahora a la absoluta indigencia de su hija única.
La toqué con la punta de los dedos, como si pudiera transmitirme alguna sabiduría maternal a través del barniz gastado.
Mi madre se había ido hacía cuatro años. Cáncer. Rápido, injusto y silencioso. Yo tenía veinticuatro años, y aún hoy en día conservaba su jersey de lana gris en el cajón de abajo, el que olía a lavanda y a algo indefinible que yo asociaba con la seguridad.
Mi padre… bueno, mi padre era un desconocido con nombre propio.
Apenas tenía dos años cuando murió en aquel accidente de tráfico en la autovía de Murcia.
Lo único que guardaba de él era una fotografía en blanco y negro en la que aparecía sosteniéndome en brazos, con una expresión de asombro total, como si ni él mismo pudiera creer que aquella criatura chillona fuera suya.
Me había criado entre mujeres fuertes. Mi madre, mis tías, las vecinas del edificio.
Todas me enseñaron que llorar estaba bien, pero que luego había que levantarse, ponerse el mejor par de zapatos y conquistar el mundo.
Y durante un tiempo, creí que lo había conseguido.
Madrid me había parecido el escenario perfecto: un trabajo decente en una empresa de marketing, un piso compartido en Chamberí, un novio que parecía respetable.
Qué ilusa fui.
El teléfono vibró de nuevo. Esta vez era Andrea. Contesté sin mirar, dejándome caer sobre la almohada con la elegancia de un saco de patatas.
—Estoy muerta —anuncié—. Llámame Melisa la Desahuciada. Melisa la Hambrienta. Melisa la…
—Cállate y abre la puerta —cortó ella—. Traigo café y salvación.
Andrea era, sin lugar a dudas, el único milagro que había conocido en mi vida.
Nos habíamos conocido a los cinco años en el colegio de las Carmelitas de Málaga, cuando ella me arrebató un bocadillo de Nocilla y yo le devolví el favor mordiéndole la mano.
Desde entonces, éramos inseparables. O, mejor dicho, éramos como hermanas, porque la familia de sangre la tenía escasa.
Cuando llamé aquella noche de octubre, hacía dos años, diciéndole que volvía a Málaga para quedarme, no preguntó por qué. Solo dijo:
— Tranquila, que ya mismo te estoy buscando casa.
Y había cumplido. Me encontró este pisito, me ayudó a pintar las paredes de blanco para borrar la melancolía, y nunca, nunca, me había preguntado por qué había dejado Madrid de la noche a la mañana, por qué no había vuelto a salir con nadie desde entonces, y por qué a veces me despertaba gritando en mitad de la noche.
No hacía falta que preguntara. Andrea lo sabía todo sin necesidad de palabras.
Abrió la puerta con su llave sin esperar a que yo la abriera, otra prueba de confianza extrema, y entró como un torbellino rubio cargado con dos vasos de café de la cafetería de la esquina y una expresión de triunfo absoluto.
—Tienes cara de haber visto el número de la cuenta —dijo, dejándose caer en mi sofá gris que gemía bajo su peso—. Y antes de que empieces con tu monólogo dramático sobre la dignidad y las patatas, escucha esto: en mi gimnasio buscan una recepcionista.
Parpadeé. El café humeaba tentadoramente sobre la mesa de centro.
—¿Tu gimnasio? —Repetí, incrédula—. Andrea, yo no sé distinguir una mancuerna de un exprimidor de naranjas. Mi relación con el deporte se limita a levantar el mando de la tele.
—Y precisamente por eso eres perfecta —insistió ella, dándole un sorbo a su café—. No necesitan a alguien que entrene. Necesitan a alguien que atienda el teléfono, sonría a los clientes y no robe. Tres requisitos que, sorprendentemente, cumples.
Me miré el cuerpo. Llevaba un pijama de algodón gastado con estampado de lunas, mi pelo castaño formaba una especie de nido de pájaro sobre mi cabeza, y mi reflejo en el espejo de la entrada mostraba a una mujer de curvas generosas que, efectivamente, no encajaba en el estereotipo de recepcionista de gimnasio.
No era gorda, pero tampoco era de esas personas que parecían haber salido de un anuncio de ropa deportiva.
Tenía caderas, pecho, cintura marcada. El tipo de cuerpo que los hombres miraban en la calle, pero que, en un mundo de musculación y proteínas, podía parecer fuera de lugar.
—Con estas curvas no pinto nada en un gimnasio —murmuré, la vieja inseguridad asomando la cabeza como una tortuga cobarde.
Andrea me miró con esos ojos verdes que tenían la capacidad de ver a través de todas mis mentiras.
—Melisa, muchas matarían por esas curvas. Y el dueño… bueno, el dueño es un capullo insoportable, pero el gimnasio es espectacular. Paga bien. Y necesitas el dinero.
El dueño. Ni siquiera sabía su nombre y ya sentía una antipatía instintiva. Los hombres con poder y éxito me ponían nerviosa desde… desde aquello. Desde Madrid. Desde Gabriel y sus amigos y aquella noche que aún intentaba borrar de mi memoria con alcohol barato y series de Netflix.
Pero tenía ciento doce euros. Y la dignidad, aunque nutritiva, no pagaba el alquiler.
—¿Cuándo es la entrevista? —pregunté, resignada.
Andrea sonrió con la satisfacción de quien sabe que ha ganado.
—En una hora. Vístete. Y Melisa… —su tono cambió, se suavizó—. No hace falta que seas la mejor del mundo. Solo sonríe. Esa sonrisa tuya es imposible de resistir.
Una hora después caminaba hacia el gimnasio con el sudor de julio pegándose a la ropa como una segunda piel.
Llevaba un vestido azul sencillo que Andrea había sacado de mi armario alegando que era «profesional, pero con personalidad», y mis sandalias más decentes.
El pelo lo había recogido en una coleta desordenada que dejaba caer mechones sobre mi cara, y había intentado cubrir las ojeras con un poco de maquillaje que seguramente se derretiría antes de llegar.
Castillo Fitness estaba ubicado en una de las zonas más exclusivas de Málaga, cerca del Puerto Deportivo.
El edificio era moderno, todo de cristal y acero, con unas puertas correderas de cristal tintado que parecían dar acceso a una nave espacial más que a un lugar donde sudar.
Me quedé parada en la entrada, sintiendo que había cometido un error terrible.
Aquel lugar gritaba dinero, éxito, perfección. Y yo… yo gritaba todo lo contrario.
—¿Eres la nueva? —preguntó una voz masculina a mi espalda.
Me di la vuelta y encontré a un hombre de sonrisa deslumbrante y de músculos que amenazaban con reventar la camiseta negra del uniforme. Tenía el pelo moreno revuelto y unos ojos marrones que recorrieron mi cuerpo con interés, no el tipo de mirada evaluadora que me ponía nerviosa.
—Depende de para qué —respondí, automáticamente en guardia—. Si es para un sacrificio ritual, me he equivocado de dirección.
El hombre soltó una carcajada y extendió la mano.
—Diego, uno de los monitores. Y no te preocupes, los sacrificios los hacemos los martes. Hoy solo hay entrenamiento funcional y un jefe de mal humor.
—Melisa. Futura recepcionista, supongo.
—Futura recepcionista que llega cinco minutos tarde —corrigió una voz femenina seca.
A mi lado apareció una mujer alta, de cabello negro rizado recogido en una coleta alta y una expresión que podría congelar el infierno. Vestía leggins negros y una camiseta de tirantes que mostraban unos brazos tonificados y una postura de absoluta autoridad.
—Marta —se presentó, sin ofrecer la mano—. Otra monitora. Y tú debes ser la amiga de Andrea.
—La misma.
—Andrea habla demasiado de ti —dijo Marta, pero sus labios se curvaron ligeramente—. Dice que eres divertida. Aquí hace falta diversión. Demasiadas endorfinas y poco sentido del humor.
Diego me guiñó un ojo.
—No le hagas caso. Marta parece un robot asesino, pero en el fondo es peor. Vamos, te enseño el lugar antes de que llegue el jefe y te mire como si fueras un error de cálculo.