Jefa, no me provoques Capítulo 37
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Capítulo 37

Alma

No recordaba haber tenido frío hasta que crucé las puertas del edificio del consejo.

El aire dentro era distinto. No era solo la climatización, el mármol pulido ni las luces demasiado blancas; era algo más limpio y más sucio a la vez. Como si el lugar no quisiera parecer peligroso, pero lo fuera en cada superficie.

Lukas iba a mi lado. Candela caminaba delante, abrazando su portátil como si fuera un animal doméstico peligroso. Y Gael… apareció como aparecen las malas decisiones: sin avisar y con una sonrisa.

—Me debéis una vida —susurró al cruzarse con nosotros en el acceso lateral.

Candela ni lo miró.

—Te debemos dos demandas.

—Trato hecho.

No había tiempo para más. El edificio del consejo no estaba diseñado para ser asaltado; estaba hecho para que nadie pensara que podía serlo. Seguridad discreta, accesos inteligentes y vigilancia invisible. Eso era lo peor. Lo invisible siempre era lo que más mataba.

Lukas me tocó ligeramente la espalda al pasar el primer control. No era un gesto romántico, sino un aviso silencioso: “Estoy aquí. No te pierdas”. Yo asentí sin mirarle, porque si lo hacía demasiado, podía cambiar de opinión.

El plan era sencillo en teoría. Demasiado sencillo.

Candela y Gael entrarían en el sistema interno durante la votación; Lukas mantendría a la seguridad distraída con una falsa alerta en el perímetro oeste, y yo accedería a la sala de servidores principal.

Descargaríamos todo: contratos, transferencias, registros y grabaciones internas.

Todo lo que pudiera demostrar que Arturo Linares no solo había manipulado la empresa, sino el sistema entero a su alrededor.

Y luego saldríamos. O no. No había un “o no” escrito en el plan, pero estaba implícito. Eso era lo que nadie decía en voz alta.

Caminamos por el pasillo principal como si formáramos parte del edificio. Yo llevaba una acreditación falsa colgada del cuello. La miré una vez. Parecía real. Todo parecía real cuando estabas a punto de destruirlo.

La sala de servidores estaba en el nivel menos dos. Demasiado profundo para ser casual, demasiado protegido para ser limpio.

Bajamos en silencio. Cada planta que descendíamos hacía que el sonido del mundo superior se apagara un poco más.

Candela iba murmurando números, Gael revisaba accesos y Lukas permanecía callado.

Yo tampoco hablaba, porque había momentos en los que hablar significaba admitir que estabas nerviosa, y yo no quería admitir nada.

Cuando llegamos al acceso técnico, Candela conectó el portátil. El primer bloqueo cayó en menos de treinta segundos. El segundo, en doce.

Gael silbó bajo.

—Esta mujer es ilegal.

—Gracias —dijo Candela sin levantar la vista—. No me des ideas.

El tercer firewall tardó más. Mucho más. Lukas se posicionó a mi lado.

—Algo no encaja —dijo.

Yo también lo sabía, pero no quería expresarlo con palabras. Decirlo lo hacía real.

—Todo está funcionando —respondí.

—Alma.

Solo mi nombre. Sin presión, pero con todo el peso encima. Le miré.

—Lo sé.

Y mentí.

El acceso cayó. La puerta de la sala de servidores se abrió con un suspiro metálico. Dentro hacía frío. No el frío del aire, sino el de los sistemas que no debían ser tocados. Miles de luces parpadeaban como si el edificio respirara.

Candela entró primero.

—Vale… esto es peor de lo que parecía.

—Siempre lo es —murmuró Gael.

Lukas se quedó en la entrada mientras yo daba un paso, luego otro, y entraba. El objetivo era el núcleo: el servidor central del consejo. Si aquello caía, caía todo.

Candela ya estaba conectada.

—Tengo acceso parcial. Estoy dentro del sistema de votación.

—Descarga los registros —ordené.

Me sorprendió oírme decirlo así, no como una petición, sino como una orden directa. Gael me miró un segundo y no dijo nada, pero lo entendió.

Lukas se acercó a mí.

—Esto es demasiado fácil.

Y en ese momento lo sentí también. Ese tipo de silencio que no es ausencia de ruido, sino ausencia de resistencia.

—No digas eso —respondí.

—Alma, sal de ahí.

Lo miré.

—Todavía no.

—Ahora.

Su voz cambió, volviéndose más baja y urgente. Y eso fue lo que me hizo dudar un segundo. Solo uno. Demasiado tarde.

Las luces parpadearon. Candela dejó de teclear.

—No…

Gael levantó la cabeza.

—Nos han visto.

Las puertas se cerraron una tras otra. Metal contra metal. Sellado. Cerrado. Definitivo. Lukas golpeó la puerta desde fuera.

—¡Alma!

Yo no me moví. El sistema seguía vivo y, ahora, estaba cambiando.

—Nos han bloqueado —dijo Candela.

—No es un bloqueo —susurré.

Lo entendí demasiado tarde. No nos estaban impidiendo entrar; nos habían dejado entrar.

Las pantallas cambiaron una por una, como si alguien tomara el control manual del edificio entero. Candela intentó cortar el acceso de vuelta.

—Me están expulsando del sistema…

Gael ya estaba buscando una salida física.

—Esto es una trampa.

Lukas golpeó otra vez la estructura metálica.

—¡Alma, sal ahora!

Pero ya no había una salida simple. El sistema había empezado a borrar los archivos, las pruebas y todo lo que habíamos venido a buscar. En tiempo real.

Sentí algo extraño en el pecho. No miedo, exactamente. Algo peor: claridad.

—No quieren que nos vayamos —dije.

Candela me miró.

—¿Qué?

—Quieren que lo veamos.

La pantalla principal se encendió sin comando, sin acceso y sin permiso. Una transmisión interna ocupó todo el sistema y, entonces, apareció una voz:

—Gracias por hacer el trabajo sucio de encontrar las pruebas por mí.

Me quedé helada. No fue una metáfora ni una frase hecha; fue una sentencia. Candela se giró hacia mí.

—Alma… esto no es normal.

Gael se acercó a la consola.

—Alguien ha tomado el control total del sistema central.

Lukas seguía golpeando desesperadamente desde el otro lado.

—¡Alma!

Pero yo no podía responder porque lo estaba viendo. La cámara mostró un rostro. No el de Arturo Linares, ni el de nadie que esperáramos. Era otro: más tranquilo, más viejo, más conocido.

Mi respiración se cortó. Lo había visto antes: en fotografías antiguas, en los archivos de mi madre, en reuniones que nadie quería recordar.

La voz continuó:

—Habéis llegado tarde. Pero habéis sido útiles.

Candela retrocedió un paso.

—Esto es imposible…

Gael bajó lentamente las manos del teclado.

—No… no lo es.

Yo no podía apartar la vista mientras mi mente encajaba las piezas demasiado rápido, de una manera cruel. Lukas dejó de golpear. Silencio. Un silencio distinto, mucho más peligroso.

Y entonces la pantalla mostró el nombre. El verdadero nombre. El rostro detrás de todo. El que había estado moviendo los hilos desde el principio; el que no debía existir en este nivel del tablero.

Y lo reconocí. Porque mi madre lo había mirado a los ojos en las fotos, en los vídeos, en los últimos días antes de morir.

Sentí que el suelo desaparecía. No literalmente; peor aún: desaparecía todo lo que creía saber.

La voz habló por última vez:

—Gracias por traerme exactamente donde quería estar.

Lukas gritó desde fuera:

—¡Alma!

Pero no respondí. Porque en ese momento entendí algo que lo cambiaba todo por completo. No habíamos estado persiguiendo a Arturo Linares.

Arturo Linares nos había estado protegiendo de otra cosa. Y esa cosa… acababa de pillarnos por sorpresa.