Capítulo 36
Lukas
No conseguí dormir ni una hora completa en toda la noche.
El reloj de la cocina marcó las dos y diecisiete de la madrugada cuando terminé de revisar, por tercera vez, los accesos internos del edificio central de Medina Global Tech . Y, aun así, seguía sintiendo que algo no encajaba.
La pantalla iluminaba parcialmente el salón de mi chalet mientras repasaba planos de seguridad, registros de cámaras y protocolos internos del consejo, como si mi cerebro hubiera dejado de funcionar como el de una persona normal para convertirse únicamente en un mecanismo de supervivencia.
Accesos biométricos. Puntos ciegos. Servidores espejo. Rutas de evacuación. Turnos de seguridad.
Todo. Lo revisé tantas veces que terminé memorizando incluso el nombre de los vigilantes nocturnos.
Pero el problema no era técnico. El problema era Alma. Porque ya no podía pensar en aquello como una operación corporativa. Ahora era personal. Demasiado personal. Y eso era peligroso.
Apoyé los antebrazos sobre la mesa y me pasé una mano por el rostro lentamente.
Estaba agotado. Pero cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Alma en la terraza horas antes.
La forma en que había dicho: «Entonces entremos en la guarida del monstruo».
No había miedo en su voz. Eso era precisamente lo que me aterrorizaba.
El sonido del timbre me sacó de mis pensamientos. Miré el reloj, fruncí el ceño y me levanté. Nadie aparecía en mi casa a esa hora a menos que hubiera ocurrido algo grave. O a menos que fuera Alma.
Abrí la puerta. Y, efectivamente, era ella. Pero también Candela.
Candela sostenía un portátil bajo el brazo, dos cafés gigantes y la expresión de alguien que estaba a punto de cometer múltiples delitos financieros con entusiasmo.
—He traído cafeína y malas ideas —anunció nada más entrar.
La miré unos segundos.
—Eso no suena legal.
Ella sonrió ampliamente.
—No lo es.
Alma soltó una exhalación cansada que sonó peligrosamente parecida a una risa.
Y yo cometí el error de mirarla demasiado tiempo.
Porque, incluso agotada, seguía consiguiendo alterarme el pulso.
Llevaba una sudadera negra enorme y el pelo recogido de cualquier manera, con ojeras visibles y una expresión tensa. Y, aun así… joder. Parecía hogar.
Ese pensamiento me golpeó tan fuerte que aparté la mirada de inmediato. Mala idea. Muy mala idea. Porque empezaba a asociar a Alma con cosas permanentes. Y eso podía destruirme mucho más rápido que Arturo Linares.
Extendimos toda la documentación sobre la mesa del salón durante casi una hora.
Candela hackeó sistemas secundarios mientras mascullaba insultos contra la tecnología moderna y contra los hombres ricos mayores de cincuenta años.
Alma revisaba transferencias y conexiones financieras. Yo coordinaba los accesos físicos.
Funcionábamos bien juntos. Demasiado bien. Como si lleváramos años haciendo aquello. Como si hubiéramos nacido preparados para destruir corporaciones corruptas en mitad de la madrugada.
Candela señaló una pantalla.
—Vale, aquí está el problema principal.
Me acerqué. Ella amplió el plano interno del edificio del consejo.
—El sistema central está conectado directamente al servidor de votaciones y al archivo financiero privado del consejo ejecutivo.
Alma cruzó los brazos.
—¿Podemos entrar?
Candela soltó una carcajada seca.
—Claro. Igual que puedo convertirme en astronauta. La pregunta es cuánto caos vamos a provocar haciéndolo.
Señalé el lateral del plano.
—La entrada de mantenimiento.
Candela me miró.
—Bloqueada con doble autenticación.
—No durante la votación.
Alma levantó la vista.
—Porque el sistema se reinicia durante las validaciones internas.
Asentí.
—Noventa segundos exactos.
Candela silbó.
—Sois oficialmente la pareja más sexy y preocupante que conozco.
Alma ni la escuchó. Seguía mirando la pantalla con intensidad absoluta.
La tensión endurecía cada línea de su cuerpo.
Y entonces entendí algo que me golpeó de lleno: ya no la veía como mi jefa.
Ni como una mujer complicada con la que compartía demasiada química.
La veía como alguien que podía perder. Alguien a quien podían destruir.
Y la sola idea me provocaba una violencia interna difícil de controlar.
Alma notó mi mirada y giró ligeramente la cabeza hacia mí.
—¿Qué?
Negué despacio.
—Nada.
Mentira. Todo.
Pasadas las tres de la mañana, Candela desapareció momentáneamente en el salón para hacer una llamada sobre servidores espejo y licencias falsas. Eso nos dejó solos en la cocina.
El silencio entre Alma y yo ya no era incómodo; nunca lo era últimamente.
Ella se apoyó contra la encimera mientras bebía café despacio.
Parecía agotada, pero seguía siendo la persona más fuerte de la habitación.
Y quizá eso era precisamente lo que más me destrozaba. Porque, incluso rota, seguía avanzando.
Me apoyé frente a ella.
—Si esto sale mal…
Alma levantó la vista de inmediato.
—No va a salir mal.
Negué lentamente.
—No tienes forma de garantizarlo.
Ella sostuvo mi mirada unos segundos. Demasiados.
—Tengo una forma mejor.
—¿Cuál?
Sus labios se curvaron ligeramente, cansados.
—No imaginar que pueda salir mal.
La observé en silencio y entendí que esa era exactamente la razón por la que resultaba imposible apartarme de ella. Porque, mientras el resto del mundo se hundía en dudas, Alma seguía avanzando. Aunque estuviera aterrorizada. Aunque estuviera rota por dentro. Aunque ya no supiera en quién confiar.
Me acerqué lentamente. Ella no se movió.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
Vi una pequeña sombra de sorpresa cruzar su expresión.
—¿De qué?
—De todo esto.
Su mirada descendió apenas hacia mi boca antes de volver a mis ojos.
—De ti… nunca.
Mi respiración se volvió más lenta, más pesada.
—Eso debería asustarme.
Esta vez sonrió de verdad. Pequeño, íntimo, solo para mí.
—A mí ya no me asusta nada contigo.
Y, joder, eso casi terminó conmigo.
Le sujeté la mandíbula suavemente antes de besarla.
No fue desesperado ni salvaje. Fue peor: seguro, profundo, como si ambos hubiéramos dejado de cuestionarnos si pertenecíamos ahí.
Mis labios se movieron despacio sobre los suyos mientras notaba cómo sus manos se cerraban con lentitud sobre mi camiseta.
No había ansiedad, no había huida; solo nosotros.
Ella respiró contra mi boca y apoyó la frente sobre la mía unos segundos. Por un instante, olvidé por completo el consejo, a Arturo, la votación y el peligro. Todo. Hasta que una voz sonó desde el salón.
—Perdón, tortolitos —gritó Candela—, pero tenemos un sistema que hackear.
Alma soltó una risa contra mi cuello. Y yo entendí algo devastador: no recordaba la última vez que había necesitado tanto escuchar a alguien reír.
Las siguientes horas pasaron rápido. Planificamos rutas exactas, horarios, copias de seguridad y puntos de extracción.
Candela consiguió acceso parcial al sistema financiero mientras insultaba a Arturo en tres idiomas distintos.
Alma recopiló cada prueba que teníamos contra él.
Y yo me encargué de lo único que realmente importaba para mí: mantenerla viva.
A las cinco y doce de la madrugada, ella empezó a quedarse dormida sobre el sofá. Intentaba disimularlo, pero fracasaba de manera miserable.
Me acerqué.
—Duerme un poco.
Abrió un ojo.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Tenemos demasiado…
—Alma.
Mi tono bastó para detenerla. Ella suspiró lentamente.
—Odio cuando haces eso.
—¿El qué?
—Hablarme como si fueras más razonable que yo.
—Porque lo soy.
Ella arqueó una ceja.
—Eso es discutible.
Pero, aun así, se dejó convencer. Se tumbó en el sofá con una manta sobre las piernas mientras Candela seguía tecleando como una hacker salida de una película ilegalmente cara.
Yo permanecí sentado frente a los monitores, observando cámaras, mapas y riesgos.
Pero, cada pocos segundos, miraba hacia Alma.
Dormida, vulnerable, demasiado preciosa para todo aquello.
Y entonces apareció el miedo real. No el corporativo, no el financiero; el otro, el insoportable: el de perder a alguien que ya se había convertido en imprescindible.
Bajé la mirada de inmediato, porque no quería admitirlo ni siquiera delante de mí mismo. Pero ya era tarde. Completamente tarde. Estaba enamorado de ella y no había estrategia posible contra eso.
El amanecer empezaba a teñir ligeramente las ventanas cuando mi móvil vibró sobre la mesa. Número desconocido. Fruncí el ceño y abrí el mensaje.
Sentí cómo algo frío descendía lentamente por mi espalda.
Número desconocido: Entrar al consejo es entrar en la trampa.
Me quedé inmóvil. Candela seguía trabajando sin darse cuenta de nada y Alma dormía en el sofá, pero mi cerebro ya estaba funcionando demasiado rápido. Ese mensaje lo cambiaba todo. Porque Arturo no enviaba advertencias; Arturo manipulaba, amenazaba, destruía. Pero esto… esto era distinto.
Leí nuevamente la frase. La trampa. No decía «la trampa de Arturo», ni «su trampa». Solo: la trampa.
Levanté lentamente la vista hacia las pantallas llenas de datos.
Y, por primera vez desde que todo había empezado, entendí algo mucho peor que cualquier conspiración empresarial: Arturo Linares no era el único jugador.
Había alguien más. Alguien oculto, observando desde las sombras todo este tiempo.
Y lo peor de todo era que, probablemente, ya nos estaba viendo acercarnos.