Jefa, no me provoques Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

—Espera que, si te mantenías al margen y no sabías nada, estarías a salvo —confesó finalmente con la voz quebrada.

Lo miré fijamente y fui plenamente consciente de que jamás me había sentido tan jodidamente lejos de él.

—No me protegiste —susurré—. Lo que hiciste fue robarme la vida. Me convertiste en una persona incapaz de saber en quién confiar.

Mi padre abrió la boca, tal vez con la intención de justificarse una vez más o de implorar mi perdón, pero nunca llegué a saberlo. Me di la vuelta y abandoné el despacho dando un portazo, consciente de que estaba dejando atrás muchísimo más que una simple habitación.

Encontré a Candela sentada sobre el capó de mi coche en mitad del aparcamiento subterráneo.

Sostenía dos vasos de café en las manos y lucía una expresión que sugería que deseaba fervientemente prenderle fuego al mundo entero.

En cuanto me divisó, se bajó del vehículo sin prisa; no hizo ninguna de sus bromas habituales ni esbozó la menor sonrisa, y ese comportamiento inusual me alarmó más que cualquier otra cosa.

—Hola —dijo con suavidad.

No fui capaz de responder. Me limité a apoyarme contra el lateral del coche, concentrando todas mis fuerzas en intentar respirar sin terminar de romperme. Candela me observó durante unos instantes antes de coger una botella de agua y tendérmela.

—Bebe un poco.

Obedecí de forma automática, casi robótica.

Ella esperó pacientemente, sin presionarme, sin atosigarme con preguntas antes de tiempo.

Fue en ese preciso instante cuando recordé con total nitidez por qué era mi mejor amiga: porque poseía la rara virtud de saber exactamente cuándo era necesario guardar silencio.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó.

Levanté la vista hacia ella con lentitud. Experimentaba una tremenda sensación de vacío en el cuerpo, como si me hubieran arrancado fragmentos enteros del alma durante las últimas horas. Sin embargo, bajo el manto de fatiga, solo restaba una cosa: una determinación inquebrantable.

—Acabar con esto.

Candela asintió despacio, sin mostrar un ápice de sorpresa.

—Vale.

—¿Vale? —repetí, parpadeando.

—Sí, vale. Si hay que acabar con él, acabaremos con él.

La miré fijamente, frunciendo el ceño.

—Candela, esto podría volverse sumamente peligroso.

Ella puso los ojos en blanco con exasperación afectadísima.

—Alma, por favor. Una vez me teñí el pelo con unos productos clandestinos de dudosa legalidad en mitad de un callejón en Lisboa. Llevo viviendo al límite desde hace diez años.

Una breve risa, casi involuntaria, escapó de mi garganta. Dolió, pero sirvió para aliviar notablemente la asfixiante presión que me atenazaba el pecho. Candela esbozó una leve sonrisa de satisfacción.

—Ahí está. Sabía perfectamente que seguías viva.

Y, por primera vez en todo el día, sentí unas ganas reales y profundas de llorar.

La noche había caído por completo sobre la costa cuando Lukas me encontró en la terraza.

El mar se extendía ante nosotros oscuro, inmenso y violento.

Exactamente igual que yo. No percibí el sonido de sus pasos; solo fui consciente de su llegada cuando noté su presencia al sentarse a mi lado en absoluto silencio.

No articuló palabra, ni intentó arreglar la situación con falsas promesas, y le agradecí ese estoicismo más de lo que habría sido capaz de expresar.

Durante varios minutos, nos limitamos a contemplar cómo las olas rompían con furia contra las rocas.

El viento de la noche me agitaba el cabello y las luces de la ciudad centelleaban a lo lejos, mientras el mundo continuaba con su curso imperturbable, ajeno por completo a que el mío acababa de desmoronarse.

—No tienes por qué hacer esto sola —dijo finalmente con su voz grave.

Tragué saliva con dificultad, manteniendo la vista en el horizonte.

—Sí que tengo, Lukas.

—No. Te aseguro que no tienes por qué.

Su tono era pausado, firme, provisto de una calidez que me resultó reconfortante.

Y eso fue, precisamente, lo que terminó por quebrar mis últimas defensas.

No hubo un llanto súbito ni un arrebato dramático; simplemente sentí cómo el grueso muro que había edificado dentro de mí comenzaba a desmoronarse piedra a piedra.

Apoyé los codos sobre las rodillas y bajé la cabeza, completamente exhausta.

—Si entro de lleno en este juego… sé que no voy a ser capaz de volver a ser la persona que era antes.

Lukas me observó en el mutismo de la terraza antes de replicar:

—Es que tú ya no eres esa persona, Alma.

La tremenda sinceridad que albergaba aquella frase me dolió en el alma, porque sabía, con absoluta certeza, que tenía toda la razón del mundo.

Percibí entonces cómo su mano buscaba la mía de forma pausada; no había rastro de deseo carnal en el gesto, ni la tensión sexual de otras veces.

Solo era pura conexión. Y, precisamente por carecer de artificios, estuvo a punto de destruirme.

Entrelacé mis dedos con los suyos mientras el viento nos envolvía por completo.

—Tengo miedo —admití en un susurro, siendo la primera vez que lo verbalizaba con tanta crudeza.

Lukas ejerció una suave presión en mi mano, infundiéndome aliento.

—Yo también lo tengo.

Lo miré de hito en hito, visiblemente sorprendida por su confesión. Él esbozó una leve mueca, cansado y profundamente humano.

—La gran diferencia entre los dos es que tú posees la capacidad de seguir avanzando en línea recta incluso estando completamente aterrorizada.

El pecho se me contrajo con una fuerza dolorosa, porque nadie me había calado nunca de esa forma.

Nadie me había visto de verdad. Me aproximé a él despacio hasta reclinar la cabeza sobre su hombro; Lukas me rodeó con el brazo, pegándome a su cuerpo con una delicadeza que casi resultaba insoportable de sostener.

Nos mantuvimos en esa posición durante un largo período de tiempo, sin necesidad de hablar, sin ocultar nuestras flaquezas tras ninguna máscara.

Hasta que finalmente levanté la vista para mirarlo.

—Vamos a exponerlo públicamente en mitad de la votación extraordinaria.

Lukas frunció ligeramente el ceño, sopesando la estrategia.

—Para hacer algo así vamos a requerir pruebas fehacientes y definitivas.

Asentí con la cabeza de manera pausada.

—Y solo existe un método viable para conseguirlas.

Él captó mis intenciones al vuelo, entornando los ojos.

—El sistema informático central del consejo de administración.

—Sí.

Se instaló un silencio sepulcral entre los dos.

Ambos éramos plenamente conscientes de lo que implicaba dar ese paso: un riesgo absoluto y sin red de seguridad.

Si cometíamos el más mínimo error o fallábamos en el intento, lo perderíamos todo de golpe: la empresa, las evidencias incriminatorias y nuestro futuro.

Y, con toda probabilidad, algo muchísimo peor.

Me giré por completo hacia él mientras el viento de la costa me azotaba el rostro, sosteniéndole la mirada con firmeza. Ya no restaba el menor resquicio para las dudas, ni para el temor paralizante. Solo quedaba espacio para la guerra.

—Entonces —dije—, entremos de una vez por todas en la guarida del monstruo.